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Una Europa libre de corsés

Feb 26 2015

Xavier Vidal-Folch – El País

¿Ser flexibles con estas reglas? ¿O cambiarlas? Lo urgente es despenalizar la inversión

Si las reglas son rígidas, la receta urgente es ¿aplicarlas con la máxima flexibilidad, como ahora? ¿o cambiar las reglas?

El Pacto de Estabilidad (PEC) de 1997 ha emprendido ambos viajes. Se cambió mediante diktat en favor de Alemania y Francia en 2005, porque incumplieron el tope de déficit en 2003. Se endureció en 2011 para la deuda (mandato de reducirla cada año), y al mismo tiempo se suavizó para el déficit (cláusula de inversión), para cauterizar huidas a la griega y en contrapartida al dinero alemán para los rescates.

Ahora, se aplica con algodones a Francia, sin contrapartidas evidentes, tangibles: se le aplica generosamente la doctrina del “mejor uso de la flexibilidad” del pasado 13 de enero [COM (2015)-12 de la Comisión, y “Europa debe invertir más”, EL PAÍS, 5 de febrero]. Vale, pero…

¿Tiene sentido trajinar, torcer, retorcer, apretar y aflojar la misma regla, tantas veces? ¿Hasta el límite de que cuesta entenderla incluso a los forofos del tecnicismo? ¿Hasta la sinrazón de que su eficacia es cierta, pero modesta, pues los países en déficit excesivo han disminuido: eran 23 en 2011, pero seguían siendo 11 en 2014? ¿No es mejor cambiarla por una norma sencilla, cumplible, más cauce que corsé?

Sobre todo porque la Europa de 1997 ya no es la de hoy. Las reglas del PEC se pensaron para garantizar un esfuerzo de los laxos y sus primos ante su ingreso en el euro, y ya están ahí, inamovibles; para un mundo en que el potencial de crecimiento parecía infinito; en que el diferencial entre ese potencial y el crecimiento efectivo del PIB (output gap) apenas existía; en que el horizonte estaba mucho más despejado.

Atrevámonos pues a pensar una Europa sin corsés. Al menos sin uno. Sin el corsé a la inversión pública. Tiene genialmente escrito el liberal Mario Monti que la “presunción del PEC es que todo el gasto público, incluso la inversión productiva genuina para expandir el potencial de crecimiento es sustancialmente mala y no debe ser financiada con deuda, mientras que todo gasto privado, incluso el consumo, es inherentemente bueno” (“Fiscal discipline and public investment in Europe”, Berggruen Institute, 10 de diciembre de 2014).

Consecuencia de lo anterior: al menos hay que liberar a toda la inversión pública productiva, y no solo a parte de ella —como se ha hecho ya con la del Fondo Juncker, el pasado 13 de enero—, del cómputo-corsé del PEC a efectos de calcular el déficit. Es la “regla de oro” de la inversión que pretendió Jacques Delors en 1990-91, no penalizarla, y que le diluyeron casi del todo en el texto final de Maastricht.

Esta no es una reivindicación estratosférica. Según la jefa del FMI, Cristine Lagarde, “si la inversión pública se diseña adecuadamente, el alza del PIB puede contrarrestar una posible subida de la deuda” como afirmó en Aix en Provence (“Investment for the future”, IMF, 6 julio 2014). Y algo similar postulan los economistas Heirik Enderlei y Jean Pisani-Ferry: un nuevo “fondo para estimular la inversión pública” con 42.000 millones adicionales al Plan Juncker (“Reforms, investment and growth”, 27 noviembre 2014). Quizá haya que desbordar la “regla de oro” y replantearlo todo. Pero empecemos por ahí.

Anexos:

1. Cálmese, señor Schäuble

La premura con la que ha actuado el portavoz del Ministerio de Finanzas alemán, obviamente a las órdenes de Schäuble, para rechazar la solicitud de Grecia de una extensión del acuerdo es un ejemplo característico de mala fe y de actitud hegemónica. Esta es una petición que fue percibida por Juncker como una “señal positiva” que podría “abrir el camino a un compromiso razonable” (…)

Hay problemas evidentes a la hora de completar las negociaciones y muchos asuntos a tratar, pero ese rechazo a priori indica un comportamiento político obsesivo por parte del ministro alemán de Finanzas; más aún cuando la carta de Varoufakis, que fue escrita en gran medida con el apoyo de las instituciones europeas, acepta casi todas las demandas que habían sido planteadas en las conversaciones anteriores.

Europa ha ido avanzado a través de negociaciones dolorosas y de compromisos constantes entre intereses contrapuestos. El papel de Alemania es realmente importante, pero eso no significa que su liderazgo deba ser adoptado sin fisuras, más aun cuando ese punto de vista no es unánime, como refleja la actitud de castigo de Schäuble.

Las otras fuerzas europeas que participan en el Eurogrupo también tienen una responsabilidad para lograr los compromisos necesarios, por el bien de nuestro país y de la propia Europa. El Gobierno griego ha dado un importante paso atrás desde sus posiciones iniciales. Europa puede y ahora debe dar también un pequeño paso atrás por el interés de todos. (To Vima, Atenas)

2. Por qué el estilo de Varufakis seduce e incomoda

El profesor Yanis Varufakis ha logrado en solo un mes como ministro griego de Finanzas cautivar a los medios audiovisuales de medio mundo y soliviantar a casi todos sus compañeros del Eurogrupo, en particular al titular alemán Wolfgang Schäuble.

Berlín no oculta su disgusto con el estilo negociador del ministro griego, que a su dominio académico de la materia añade un estilo directo y cortante que para otros ministros de Economía solo es sinónimo de arrogancia e insolencia.

La tensión es tan evidente que fuentes de la CDU (el partido de Schäuble) han llegado a pedir a Atenas el cese de Varufakis. Y el pasado viernes, el ministro alemán y el griego no llegaron ni siquiera a reunirse y solo negociaron a través de intermediarios.

El aura del personaje ha alcanzado tal nivel que en Bruselas se da pábulo a rumores que hablan de un conato de pelea entre Varufakis y el presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem. Mientras, el griego sigue encandilando a cámaras y redes sociales. (“Cinco días”, El País)

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