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Grecia: esperanza y emergencia

Jul 6 2015

Editorial – La Jornada de México

El no obtuvo ayer una contundente victoria en el referendo realizado en Grecia a instancias del gobierno de Alexis Tsipras para someter a consulta de los ciudadanos la aceptación o el rechazo a las condiciones impuestas por la troika –Banco Central Europeo (BCE), Comisión Europea, (CE) y Fondo Monetario Internacional (FMI)– para otorgar un paquete más de ayuda financiera a cambio de nuevas medidas de austeridad. Tanto en el país mediterráneo como en el resto de la Unión Europea (UE) el hecho tiene diversas dimensiones que es pertinente comentar.

Por principio de cuentas, el resultado de la consulta no resuelve de manera alguna la crisis griega; más bien inaugura un nuevo capítulo y coloca la confrontación entre las autoridades de Atenas y las instituciones del viejo continente en un terreno complicado e incierto, en el que cualquier pronóstico puede resultar apresurado.

Es pertinente colocar el ejercicio democrático de ayer en su justa dimensión, toda vez que desde que se anunció su realización fue sometido a una intensa campaña de distorsión y desinformación –impulsada principalmente desde el gobierno alemán, que preside Angela Merkel–, cuyo eje principal fue que la ciudadanía griega estaba por decidir su permanencia en la zona euro (o, incluso, en la propia UE) o su salida de ella. Es cierto que una de las posibles consecuencias del resultado de la consulta podría ser la exclusión del país mediterráneo de la moneda común y de las instituciones europeas en general, pero tal decisión no depende de los griegos –cuyo gobierno ha reiterado una y otra vez su voluntad de permanecer dentro de la región monetaria–, sino del resto de los gobiernos de la UE.

Las posturas al respecto distan de ser unánimes. Por ejemplo, mientras Berlín adelanta una interpretación de los resultados como una “ruptura de puentes” entre Atenas y Bruselas –sede de varias instituciones centrales de la Europa comunitaria–, el presidente francés, François Hollande, reiteró la urgencia de buscar mecanismos para que Grecia permanezca en el ámbito de la moneda común y de la Unión Europea. Está por conocerse la postura del BCE, cuyo consejo de gobierno deberá determinar esta misma semana si sigue dando a Atenas y a sus bancos, casi vacíos, alguna ayuda financiera de emergencia o si suspende la transferencia de fondos, lo que podría derivar en un rápido colapso del sistema financiero griego.

Por lo demás, la circunstancia no sólo resulta peligrosa para Grecia, sino también para el resto de Europa: si se permite la bancarrota del país mediterráneo, éste se verá imposibilitado de cumplir con los cuantiosos pagos que tiene pendientes a corto plazo, y ello podría desencadenar una crisis financiera sin precedente en todo el continente y acaso también en el mundo. Resulta significativo al respecto que el presidente estadunidense, Barack Obama, pida con insistencia a los gobernantes europeos que hagan cuanto esté en sus manos para impedir la llamada Grexit, es decir, la salida de Grecia de los organismos continentales.

La preocupación de la Casa Blanca no es únicamente económica, sino también política e incluso geoestratégica, en la medida en que un precedente griego podría abrir la perspectiva a un desgajamiento de la UE y en consecuencia del bloque occidental.

Político es, asimismo, el pulso entre Atenas y la troika: lo que está en juego, en el fondo, es la determinación de la primera a impedir que una nación soberana rechace los términos de los “ajustes estructurales” impuestos desde la tecnocracia de las cúpulas institucionales que defienden los intereses de los grandes capitales, los cuales han promovido incluso al precio de devastar economías nacionales y de provocar enormes sufrimientos sociales, como ocurrió en España, Italia y Portugal.

No debe descartarse la posibilidad de que ahora tales intereses busquen desestabilizar y socavar a la administración de Tsipras, a fin de ofrecer un escarmiento a los sectores políticos que se han propuesto seguir su ejemplo; destacadamente, la organización emergente Podemos, en España.

Los acreedores y sus representantes acusan al gobierno de Syriza de propiciar la destrucción de la economía griega, pero omiten mencionar que esa economía ya fue destruida por un proceso de endeudamiento que culminó con créditos impagables –como ha reconocido el propio FMI– y una década de ajustes salvajes impuestos precisamente por la troika.

En este contexto, el resultado del referendo de ayer no sólo constituye una recuperación democrática de la soberanía nacional frente a los organismos multinacionales promotores de las políticas de saqueo financiero, sino también la afirmación de que tales políticas pueden ser cuestionadas y resistidas por pueblos y gobiernos.

En lo inmediato, la emergencia griega se extiende al resto de Europa, y lo único seguro es que todos los actores están obligados a llevar a cabo nuevas y urgentes negociaciones. Cabe esperar que en ese proceso Grecia logre de sus socios europeos términos más respetuosos, así como condiciones política y socialmente aceptables.

Anexos:

La pulseada que ganó Tsipras

Por Mercedes López San Miguel – Página12, Argentina

Con el triunfo del No Alexis Tsipras les ganó una pulseada a sus socios europeos y a la oposición griega. Hace tan sólo seis meses el líder de Syriza llegó al poder con promesas de cambio para una Atenas sometida a las recetas de austeridad dictadas por los acreedores internacionales y la consecuente inestabilidad de la dirigencia helena.

A diferencia de los últimos tres gobiernos del conservador Costas Caramanlis, el socialista Giorgos Papandreu y el también conservador Antonis Samaras, el izquierdista Tsipras enfrentó las imposiciones de ajuste de los anteriormente conocidos como troika (Banco Central Europeo, Comisión Europea y Fondo Monetario Internacional) y, al ver la intransigencia de sus socios, pateó el tablero y llamó a un referéndum para que fuera el pueblo el que decida si acepta o no continuar en el camino de los recortes.

En noviembre de 2011, Papandreu amagó con convocar a una consulta popular sobre el paquete de rescate, pero dio marcha atrás y cedió ante la presión de los mercados y de los líderes europeos. Su sumisión volvió impopular al socialista que había hecho campaña bajo el lema “Devolveremos la sonrisa a Grecia”. Durante su gobierno, Caramanlis fue acusado de falsear las cuentas del déficit griego con el apoyo de Samaras. El rotundo No de ayer estuvo también dirigido a los viejos partidos y rostros de la oposición, que hicieron campaña por el Sí, alineados con el Eurogrupo.

Para la Unión Europea y el FMI resultó imperdonable que el gobierno de Tsipras jugara una carta democrática ante la negativa de los acreedores de alcanzar un acuerdo lo suficientemente bueno para ellos –no para el pueblo griego– que evitara empujar a Atenas al borde del default. En vano el gobierno de Syriza pidió al Fondo que extendiera el plazo de pago de la cuota de 1600 millones de euros: el martes pasado el país heleno entró en moratoria, uniéndose a Somalia, Sudán y Zimbabwe.

Aunque Tsipras insistió en que la votación no tenía que ver con el euro o con Europa, la derecha europea y los medios de comunicación afines comenzaron con una campaña de miedo, advirtiendo a los griegos que la consecuencia de respaldar a Syriza sería la tan temida Grexit (salida de Grecia de la zona euro).

La victoria del No marca un antecedente en el Viejo Continente de participación del pueblo en la macroeconomía. Juan Carlos Monedero, uno de los fundadores de Podemos, el partido español aliado de Syriza, habla de punto de inflexión. “Cuando el Eurogrupo expulsó a Varoufakis (ministro de Finanzas griego) de la reunión sólo dejó dos alternativas: la autoritaria y la democrática. La autoritaria impedía que el pueblo fuera consultado. La democrática se impuso. Grecia marca un punto de inflexión: la solución pasa por confiar en el pueblo.”

Podemos siente la victoria de Syriza como propia, dado que ambas formaciones plantean una Europa menos dependiente de los mercados. “Mañana si el Eurogrupo pretende mantener sus exigencias, ignorando el resultado, tiene enfrente al pueblo griego y a todos los demócratas europeos”, sostiene Monedero. Y agrega el politólogo español: “El resultado del referéndum nos obliga a todos a decir ‘basta al chantaje’ y agranda la brecha entre los políticos europeos y la ciudadanía”.

Aunque los socios de Grecia apostaron a que Tsipras perdiera el referéndum, el líder de Syriza obtuvo un contundente voto de confianza que lo fortalece a la hora de negociar.

Si ahora ocurriera un Grexit, prepárense para un Italexit el año que viene

Por Mariana Mazzucatto (*)

El fracaso a la hora de lograr un acuerdo en Grecia trae su causa primera en el error de diagnóstico. Al final, el paciente empeoró y lo que ahora quiere es que dejen de tratarle.

Como ha venido repitiendo desde el comienzo de esta crisis el ministro de finanzas Yanis Varoufakis, Grecia no tenía una crisis de liquidez, sino una crisis de solvencia. Esta última fue causada por una crisis de competitividad y empeoró con la crisis financiera. Y este tipo de crisis no pueden ser resueltas con recortes y más recortes, sino sólo con una estrategia seria de inversiones acompañada de reformas serias no palabreras (por ejemplo, en la forma de llevar el Estado y, por consiguiente, de manejar los impuestos) para devolver competitividad a la economía.

Las condiciones del rescate deberían, pues, haber sido condiciones capaces de estimular el tipo de reforma del sector público y de estrategia de inversión que caracteriza a muchas de las potencias competitivas de la Europa septentrional (incluida Alemania). Grecia no debería hacer lo que Alemania dice que hace (austeridad), sino lo que Alemania realmente hace (invertir).

A lo largo de la última década, Alemania ha invertido en todas las áreas clave que no sólo incrementan la productividad, sino que crean también crecimiento inducido por la inversión. Empresas como Siemens son el resultado de una dinámico ecosistema público-privado en Alemania, con un elevado gasto público en vínculos ciencia-industria (Institutos Fraunhofer), la existencia de una grande y estratégica banca pública (KfW) que suministra capital paciente, comprometido y a largo plazo a las empresas alemanes, un tipo de gobernanza empresarial a largo plazo por las partes interesadas (en vez del modelo de accionista cortoplacista anglosajón que la Europa meridional ha copiado), una proporción de I&D/PIB por encima de la media (en vez de la baja proporción que se observa en Grecia, Portugal e Italia), inversiones en entrenamiento vocacional y capital humano, así como una estrategia finalista de »cambio energético» centrada en el reverdecimiento del conjunto de la economía.

Imaginen lo distintos que serían los resultados a que hubiéramos asistido, si las negociaciones hubieran versado sobre una estrategia de inversiones vertidas sobre Grecia, n vez de meros recortes. »OK, te rescataremos, pero reforma tu país, y lanza inversiones públicas (del tipo antes mencionado), de modo que estés preparado para el desafío innovador de 2020».

En cambio, insistir en el statu quo rebosante de austeridad produjo una Grecia cada vez más débil, más desempleo y más pérdida de competitividad. Abandonada a su suerte ahora, la única esperanza será que se preste oídos a la insistencia de Varoufakis en un programa de inversiones a escala europea para encontrar al menos una solución a escala nacional. Tal vez pueda empezar con Grecia instituyendo un banco del desarrollo como el KfW, usándolo como punto de partida del tipo de estrategia de inversiones a largo plazo que deberían haber sido parte del »pacto» desde el comienzo. ¡Ah! y la competitividad de Italia es ugual de mala. De manera que si ocurriera ahora un Grexit y Europa no metiera en la sala a un médico de verdad, prepárense para un Italexit el año que viene.

(*) Mariana Mazzucato es una economista de la Universidad de Sussex, autora de The Entrepreneurial State. Escribe regularmente en The Guardian. Versión en español divulgada por “Bitácora” de Uruguay.

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