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La crisis griega : Farsa, drama…¿y final feliz?

Jul 10 2015

Análisis de Guillermo Medina*

Alexis Tsipras y su Gobierno lograron una victoria, incluso por encima de sus expectativas, en el referéndum del día cinco. Era lo previsto, y se equivocaron quienes aseguraban que nadie gana un referéndum con un corralito por medio. No consideraron que muchos griegos están tan desesperados que poco efecto les habrían de causar las amenazadoras advertencias a favor del Sí.

Sin embargo, ¿estamos ante una victoria pírrica del primer ministro griego? En parte sí, porque no se han cumplido las advertencias de que el triunfo del No supondría la salida de Grecia del euro, pero el Gobierno de coalición de Syriza ha tenido que renunciar a reivindicaciones que consideraba esenciales. Buscar ahora vencedores y vencidos puede que no tenga sentido porque el acuerdo alcanzado (cuando escribo a punto de definirse) es el acuerdo posible y sus efectos deberán ser valorados en el futuro. Al menos en el terreno económico, porque en el político el gobierno de Tsipras ha quedado chamuscado.

Quizás la mayor virtud del pacto que se cuece es que las dos partes pueden exhibir éxitos; Grecia porque logra elevados recursos financieros durante tres años y la UE porque su doctrina de austeridad queda a salvo y esta vez las reformas griegas van en serio. Desde la perspectiva de la amenaza inminente de quiebra y Grexit –léanse más adelante las declaraciones de algunos dirigentes europeos a favor de la salida del euro- no ha habido profecía autocumplida de los más radicales y en ese sentido Grecia ha logrado un triunfo. Pero visto el desenlace desde las aspiraciones y promesas electorales, Grecia sentirá una cierta frustración.

Pese a las amenazas de que el No supondría la ruptura, las negociaciones se reanudaron después del referéndum. Pero en un contexto endurecido para Grecia. La invitación del Eurogrupo a Grecia para que presentara una última propuesta reflejaba el compromiso entre los partidarios europeos de la expulsión o salida de Grecia del euro y los del dialogo: un nuevo rescate exigiría condiciones más duras y el Gobierno del No tendría que renunciar a algunas de sus reivindicaciones mantenidas hasta ahora. Grecia tendría que solicitar un completo rescate financiero y aceptar una “estricta condicionalidad”.

Concluyo este artículo cuando se acaba de conocer, en la tarde del miércoles 8, la propuesta del gobierno griego al mecanismo europeo de rescate (Mede) solicitando el rescate por tres años y una ayuda financiera que no se concreta pero que el FMI calcula en 50.000 millones de euros. No se trata esta vez de un préstamo para cumplir con los vencimientos próximos sino de un verdadero rescate que por tanto estará sujeto a estrictas condiciones y a controles sistemáticos.

Además, Grecia se compromete a subir el IVA y reformar las pensiones de forma inmediata. Y lo que es más significativo: Atenas renuncia a ligar de alguna manera la realización de las reformas a la renegociación de la deuda; se conforma con la intención de los socios-acreedores de explorar potenciales medidas en un futuro de plazo no precisado. Sin que haya que excluir que ante la actitud positiva de Grecia, las presiones externas y del propio FMI y la evidencia de su necesidad, los líderes europeos decidan el gesto político trascendental de aceptar la renegociación de la deuda.

Si la propuesta del Gobierno heleno (que debe aún complementar con otros compromisos) es aceptada por el Eurogrupo en sus reuniones del jueves y el sábado, y el proceso ahora en curso se cierra por los líderes europeos el domingo día 12, Grecia logrará una financiación a largo plazo. Pero tras ello existe una capitulación política. La dimisión de Yanis Varufakis “para facilitar un acuerdo” es un símbolo. Y habrá que ver si, como parece, el acuerdo final queda por debajo del nivel de concesiones a Grecia que tenía el ultimátum europeo del 25 de junio, que Tsipras rechazó para dar paso al referéndum. Están por ver las consecuencias que ello tendrá para la estabilidad política en Grecia.

Los patronos de la ortodoxia económica dominante habrían logrado su propósito de doblegar el reto lanzado por Syriza. Piensan evitar así el contagio. Ya se verá, porque la rebeldía de Grecia no será el último episodio generado por el malestar social en Europa.

Esta es, en esencia, la situación. ¿Cómo se ha llegado hasta aquí y que posibles consecuencias cabe esperar de la crisis griega?

La huella del referéndum.

El fracaso moral y político de las instituciones europeas en el referéndum de Grecia, que enfocaron como un plebiscito, es evidente. A sensu contrario, una victoria del Sí habría significado un espaldarazo a los partidarios a ultranza de la austeridad. Los griegos han vapuleado a quienes desde las instituciones europeas hicieron campaña a favor del Sí. Altos dirigentes de la UE aseguraron (con el aplauso de muchos editoriales de prensa europea de todas las tendencias) que un No traería consigo la ruptura de Grecia con Europa.

Recordemos algunas de las afirmaciones de altos dirigentes europeos

El presidente del Parlamento Europeo, el socialdemócrata Martin Schulz, de quien cabía esperar una posición más neutral, dijo -¡el mismo día de la consulta¡- que si los griegos votan No tendrán que introducir otra moneda, porque el euro ya no estará disponible como medio de pago. En el momento en que un país introdujera una nueva moneda, saldría automáticamente de la eurozona. Estos son elementos que me hacen confiar en que la gente hoy vote por el sí”.

El presidente de la Eurocámara sostuvo que un no supondría retirar cualquier base para futuras negociaciones para una ayuda financiera que la economía helena necesita desesperadamente. Otro líder socialdemócrata, el vicecanciller alemán, Sigmar Gabriel, se sumó a la posición: el No significa romper los últimos puentes con Europa. Llama la atención, por cierto, el interés que los socialdemócratas europeos parecen mostrar por el fracaso de Syriza aún a costa de sacar a Grecia del euro.

Nada más conocerse la convocatoria del referéndum griego, el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, afirmó, de forma intencionadamente solemne, que los griegos debían escoger en el referéndum entre estar dentro o fuera de la UE. Fue un pronunciamiento imprudente, intimidatorio y contraproducente (seguramente ayudó al No). Implícitamente venía a decir que o votaban Si o no habría nuevas negociaciones después del No. El propio Juncker, habitualmente alineado con Berlín, se sintió obligado a una patética rectificación: “El no griego no es un no a Europa, no es un no al euro: es un no a una propuesta que ya estaba superada….la salida de Grecia es un error”

Hay dirigentes a los que les daba igual el resultado del referéndum. Es el caso de la primera ministra de Polonia, para quien, sí o sí, Grecia tiene que salir del euro y los griegos son hoy “víctimas de un puñado de populistas”.

A tenor de esas drásticas afirmaciones, ¿puede sorprender la dureza de los acreedores en el escenario post referéndum?

Ángela Merkel, maestra en el arte de los equilibrios políticos, no se dejó arrastrar por las demandas de los “duros”, también presentes en su propio partido, y lo primero que hizo tras el referéndum fue reunirse con el presidente Hollande y abrir paso a una nueva negociación. La canciller incluso tuvo la habilidad, en su comparecencia en el Bundestag previa a la consulta, de no secundar la intransigencia de su vicecanciller socialdemócrata Sygmar Gabriel cuando dijo que la victoria del no supondría “una clara decisión en contra de la permanencia en la eurozona”.

La posición del Eurogrupo quedaba definida así para dar una última oportunidad a Grecia, a la que se invitaba a hacer una propuesta que, si quería que prosperase, debía asumir todas las exigencias de los acreedores. De no hacerlo, sería el Gobierno griego el que aparecería cargando con la responsabilidad de saltar al precipicio sin necesidad de que lo empujasen.

Razones para un acuerdo

Si finalmente se llega a un acuerdo será porque existen muchas y poderosas razones para ello. Por parte de Grecia son evidentes y no necesitan mayor explicación las graves secuelas de una quiebra y de la salida del euro. Pero también por parte de la UE, incluidos los socios no miembros de la unión monetaria. Sin olvidar que la crisis griega ha dejado de ser un asunto europeo y económico y hay que mirarla desde una perspectiva global y política.

Los inconvenientes de la ruptura superan a los de cualquier otro escenario, y esto vale tanto para Atenas como para Bruselas. Si hay Grexit hay fracaso de la propia UE. El problema es la incertidumbre sobre las consecuencias de Grexit, aunque unos digan que no hay riesgos y otros teman una desestabilización de la UE y el inicio del desmantelamiento del euro. Antes del referéndum, Ángela Merkel aseguraba que el proyecto europeo no peligra por la crisis griega y que el riesgo de contagio es muy limitado, pero esa seguridad choca con la visión de otros políticos y analistas y parece motivada por la necesidad de tranquilizar.

El escenario Grexit se haría bajo unas condiciones desconocidas y en todo caso enviaría una señal de desconfianza a los mercados en el sentido de que, si sale un país, puede salir otro, y de que lo que parecía definitivo es reversible. Ello podría provocar desconfianza hacia los países periféricos, como España o Italia, que probablemente sufrirían un repunte en sus primas de riesgo y cuyas debilidades pasarían a primer plano. William R. Polk, consultor de política internacional, que fue asesor de John F. Kennedy, opinaba en un artículo en La Vanguardia el día 7 que “un colapso total de la economía griega levantaría el espectro del colapso de otras economías de la UE y el peligro, en última instancia, de un colapso de la Unión Europea y de una caída del euro”. Y añadía: “Si un país que suscribió notables préstamos no atiende sus obligaciones y deja de pagar ­se preguntan­, ¿que país que también suscribió voluminosos préstamos será el próximo? Muchos han indicado que será España”.

Según un informe publicado por el European Policy Centre y difundido por Efe, «las consecuencias a largo plazo de un Grexit afectarían al proyecto europeo por completo y sentaría un precedente que podría minar la misma razón de ser de la UE». En el terreno financiero abriría un agujero de miles de millones de euros en el presupuesto alemán, y como ha recordado el ex secretario del Tesoro Larry Summers, podría acarrear una moratoria sobre más de 300.000 millones de euros de deuda y la posible creación de un estado fallido en una zona caliente de Europa,

Ninguno de estos riesgos son ignorado por la señora Merkel, que no quiere pasar a la historia como la dirigente que jugando a la ruleta rusa se pegó un tiro en un pie. Pero la canciller se ve fuertemente condicionada por sus socios de coalición. Por ello la estrategia de acuerdo de financiación a largo plazo con condiciones duras lleva su marca y se plantea como la vía de escape, pactada con François Hollande, para eludir el Grexit.

La clave está en la deuda

Lo que Tsipras y, hasta su dimisión, Yanis Varufakis vienen planteando es algo que sus ortodoxos acreedores parecen ignorar. En primer lugar que Grecia está inmersa en una crisis de solvencia y nada bastará para superarla mientras no se acometa la reestructuración de la deuda que absorbe los recursos disponibles e impide que los sacrificios impuestos hasta ahora a la población permitan crecer y salir de la crisis.

En segundo lugar, evitar que una austeridad excesiva vuelva imposible la recuperación de la economía. Ambas cuestiones están ligadas. Como afirmó el 4 de julio el economista Ashoka Mody, miembro del think tank Bruegel, la economía griega está a un paso de caer en la recesión y “es necesaria una reestructuración de la deuda ahora para prevenir una reestructuración mayor más tarde. “Ello responde al interés tanto de los acreedores como de los deudores”.

El acuerdo global que a finales de junio estuvieron a punto de suscribir las instituciones y Atenas contemplaba negociar sobre la deuda dentro de pocos meses; Juncker incluso había propuesto el mes de octubre, pero quedó descartado por la negativa alemana. La cuestión siguió viva después del referéndum pero por imposición de Berlín se descarta cualquier compromiso de renegociación de la deuda incluso aunque Atenas asuma un compromiso creíble sobre las reformas. Para aceptar una renegociación Merkel tendrá que contar con el visto bueno de su parlamento, lo que no es momento de plantear tanto por la urgencia de llegar a un acuerdo con Grecia como por lo problemático que sería un debate parlamentario sobre el asunto.

A corto plazo la renegociación parece necesaria e inevitable. Como hasta el propio FMI admite, resulta elemental que aliviar la carga financiera en un país donde el problema es la deuda ha de formar parte necesaria de la solución, así como evitar que una austeridad excesiva se vuelva contra la recuperación de la economía. La señora Lagarde ha tenido incluso la “audacia” de aceptar que el aligeramiento de la deuda debe constituir el segundo pilar de un plan, junto a la consolidación presupuestaria y las reformas.

Cada vez son más, dentro y fuera de Europa, los analistas e instituciones que consideran irracional pensar que Grecia podrá pagar su deuda de 322.000 nillones de euros, equivalente al 177% del PIB del país. Sin embargo, durante todos estos meses de tensas reuniones, los negociadores institucionales y a la vez acreedores –el BCE, el FMI, la Comisión y los socios de Grecia en el Eurogrupo- han condicionado la concesión de las nuevas ayudas a la realización de una nueva tanda de reformas, sin dar cabida formal a la suavización de las condiciones de devolución-refinanciación de la deuda. Primero las reformas y después ya veremos la deuda, decían, cuando ambas deberían formar parte inseparable de una “solución global”.

Los partidarios de renegociar la deuda acaban de recibir un llamativo espaldarazo –y los adversarios un varapalos- por parte del FMI, al que Grecia debe 21.000 millones de euros. El rígido campeón de la ortodoxia económica lanzó el 2 de julio una información que ha caído como una bomba: Grecia necesitará 50.000 millones de euros en ayudas suplementarias hasta 2018 y una amplia suavización (allégement) de su deuda.

Se comprende la reticencia de los acreedores cuando la deuda ya fue objeto de una quita importante en 2012 –por entonces la mayoría estaba en poder de privados- y los sucesivos gobiernos griegos han mostrado poca resolución a la hora de cumplir lo prometido; y más cuando los otros países del Eurogrupo que han recibido ayudas a cambio de reformas severas no se han beneficiado de quita alguna. Pero esquivar por ello una cuestión tan central, si se quiere llegar a un acuerdo sostenible, no es racional ni solidario. Si más pronto que tarde la deuda no se revisa, está por ver que el tercer rescate de Grecia no termine como los dos anteriores.

El futuro seguiría siendo incierto

¿Permitirán los términos exigentes del acuerdo que parece esbozarse un crecimiento económico sin el cual Grecia seguirá sin salir de la crisis? Habrá que esperar a conocer los términos de un acuerdo final, si se produce. Pero considerando ahora lo que sabemos, y si no hay a corto plazo una reestructuración de la deuda, es de prever que no faltarán los escépticos.

Un grupo de congresistas estadounidenses, entre los cuales algunos próximos a Obama, advertía en una carta hecha pública hace unos días: «Grecia necesita una solución que convierte en prioridad una recuperación económica, si no permanecerá en la trampa de austeridad, recesión y deuda insostenible”.

Ashoka Mody y Peter Doyle, ex economistas del FMI en Washington, han instado a la troika a no forzar a Grecia a recortar pensiones ni subir el IVA, precisamente las líneas rojas de Tsipras antes de ceder en la propuesta del miércoles día ocho. «Si no retiran estas medidas de la propuesta (se refiere a la del ultimátum del Eurogrupo el 25 de junio) van a machacar más la demanda en la economía griega, y prolongarán la recesión sin mejorar mucho el lado de la oferta».

Fuera de Europa cada vez son más los analistas e instituciones sorprendidos y desde luego preocupados por la obcecación ortodoxa europea. Se sabe que en sus conversaciones con líderes europeos a propósito de la crisis griega, Obama, cuya política económico-financiera es opuesta a la panacea euro-germana de la austeridad, aconseja que la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI tengan muy en cuenta que, sin la quita de una parte de la deuda, Grecia carece de posibilidades de resarcir a los acreedores. Así lo repite Jack Lew, el secretario del Tesoro, en sus numerosos contactos telefónicos con dirigentes europeos. Pero esta vez EE UU está siendo incapaz de imponer una estrategia anticrisis, como ha hecho en ocasiones anteriores; es la consecuencia de una economía mundial globalizada sin liderazgo

Todo rescate de Grecia que no pase por una importante renegociación de la deuda asociada a un plan estratégico, sólo conseguirá imponer más sacrificios al pueblo griego y mantener indefinidamente la crisis.

En ese mismo sentido, cuatro prestigiosos profesores de la Universidad de Paris (Thomas Piketty), Columbia (Jeffre D.Sachs), Harvard (Dani Rodrik) y Oxford (Simon Wren-Lewis ) y el ex secretario de Estado de Economía alemán (Heiner Flassbeck) acaban de lanzar un duro alegato contra las políticas de austeridad propiciadas por Alemania y la Comisión Europea y denuncian los tremendos efectos sociales de las mismas. “La austeridad impuesta a Grecia no ha funcionado. Solo ha servido para dañar el país aún más”, afirman en la carta dirigida a la canciller Merkel y a los dirigentes del FMI y el BCE.

Los cinco expertos urgen a cambiar de actitud “para evitar un nuevo desastre y permitir a Grecia permanecer en la zona euro”. Argumentan que hoy “se necesita una reestructuración y reducción de la deuda griega, dando a la economía espacio para respirar y recuperarse, y permitir a Grecia asumir una carga reducida de la deuda por un largo periodo de tiempo. Ahora es tiempo para repensar de manera humana el fallido y punitivo programa de austeridad de estos años y de acordar una mayor reducción de la deuda en paralelo a la puesta en marcha de las reformas que el país necesita”.

“Ahora mismo se pide al Gobierno griego que se ponga una pistola en la cabeza y apriete el gatillo. Tristemente la bala no acabará solo con el futuro griego en Europa. El daño colateral también pondrá fin a la Eurozona como faro de esperanza, democracia y prosperidad, y podría tener consecuencias económicas a escala global”.

Jacques Delors, Pascal Lamy y António Vitorino han presentado estos días un informe que abunda en las mismas inquietudes. Estos tres pesos pesados de la experiencia europea señalan las hondas debilidades de la economía helena y la necesidad de profundas reformas administrativas, jurídicas, educativas, fiscales, etcétera. Y a la vez sostienen una estrategia global de la que hasta ahora se ha carecido. Merece la pena la larga cita:

A la UE corresponde asumir plenamente parte de esta reconstrucción, proponiendo a Grecia un plan de conjunto en tres partes. Por una parte, una ayuda financiera razonable para permitir que Grecia recupere su solvencia a corto plazo.

Por otra parte, una movilización de los instrumentos de la UE para reanimar la economía de Grecia (fondos estructurales y de cohesión, préstamos del BCE, contribuciones del plan Juncker, etcétera) y, por tanto, su retorno al crecimiento, que disminuirá él mismo el ratio deuda/PIB de este país. Por último, incluir sin dilación en el orden del día el examen del peso de la deuda griega y de las deudas de los otros «países sujetos a programa» en un marco europeo en cuanto pongan en práctica y se respeten los compromisos de reforma. Únicamente un plan global de tales características parece capaz de abrir perspectivas de esperanza y de movilización al pueblo griego y a sus autoridades y, por lo tanto, de comprometerles en el esfuerzo de reconstrucción que necesita este país y del que se beneficiará la UE.

Nadie pone en duda que Atenas debe reformar su economía, mejorar su sistema de recaudación y luchar contra el fraude, acabar con el clientelismo, poner fin a la hipertrofia administrativa, reformar su imposible sistema de pensiones… Sin embargo, a tenor de opiniones y advertencias como las expuestas, a las que se podrían añadir otras muchas en el mismo sentido, cabe preguntarse si el acuerdo que se firme responderá a las necesidades e inquietudes que existen, apretando pero no ahogando a Grecia, o se va camino de un austericidio. El tiempo dirá.

Delenda est Syriza

En la prensa española abundan quienes difunden la imagen de un gobierno del primer ministro Tsipras compuesto de revolucionarios radicales, inmaduros e irresponsables que conducen a su país al desastre, y a los griegos como gentes que quieren seguir viviendo a costa de los demás europeos. Incluso medios críticos con las políticas de austeridad se sumaron al mensaje de Bruselas sobre la irresponsable convocatoria del referéndum seguida de una inexplicable y absurda nueva propuesta de Atenas. Tales decisiones conducirían a poner al país “al borde del precipicio” y sacrificar a los griegos por intereses de partido. El gobierno de Syriza es presentado como el único responsable de la crisis, obviando que esta ya estaba ahí cuando llegó al poder hacer seis meses. Incluso analistas considerados progresistas se han sumado a las duras descalificaciones de los dirigentes helenos.

No puede sorprender así que, según las encuestas, los españoles, a diferencia por ejemplo de los franceses, hayan sido mayoritariamente partidarios del Sí en el reciente referéndum. Y ello pese a que, en la cuestión de fondo planteada, esa opción representara la primacía de unas políticas de austeridad que rechazan en su propio país.

La realidad es más compleja y las decisiones recientes de Tsipras, con independencia de sus pobres resultados, respondían a una lógica, sólo que fuera del contexto doctrinal y político hegemónico en Europa. En primer lugar aceptar la última oferta de la troika (el 25 de junio) habría supuesto incumplir radicalmente el mandato recibido por el gobierno actual en las elecciones de enero. Es lamentable que algún columnista tenido por solvente y crítico con la euro-ortodoxia haya querido oponer a la legitimación democrática de la convocatoria del referéndum, descalificándola, la legitimidad democrática de los gobiernos europeos que la rechazan, como si Syriza no estuviera obligada a defender el interés de los griegos. ¿Por qué es legítimo que la Canciller Merkel mantenga una postura exigente porque así lo demandan los electores alemanes y Tsipras es un demagogo insensato por secundar la demostrada opinión mayoritaria de los griegos?

En segundo lugar, la propuesta final de la troika el 25 de junio secundaba básicamente la euro-ortodoxia responsable en gran parte de que Grecia viva una crisis sin fin. Era un programa de ayuda que mantendría al país con respiración asistida sin permitirle salir de la crisis. Como hasta ahora.

Tsipras fue acremente criticado por presentar a las instituciones, contra toda lógica aparente, dos días después de convocar la consulta, una nueva propuesta. Pero ese movimiento tenía sentido tras las declaraciones del presidente de la Comisión, coreadas por otras instancias, gobiernos y medios de comunicación, que pretendían convertir el referéndum en un plebiscito sobre la UE; Tsipras quería significar con su contraoferta que la consulta y el propuesto No, no significaban la voluntad de sacar a Grecia del euro y de la UE. El No de los griegos no es un no a Europa sino a las políticas de austeridad impuestas. No es un No al euro sino a unos negociadores institucionales que se comportan como acreedores atentos a sus intereses como tales, no como dirigentes de una Europa solidaria.

Que dejen de presentar la crisis griega como un conflicto entre la razón europea y la sinrazón helena, entre otras cosas porque las instituciones, antes Troika, llevan años cometiendo errores colosales en sus relaciones con Grecia. El trasfondo es la confrontación entre la propuesta helena de una estrategia anticrisis que evita la austeridad extrema y los principios contrarios imperantes en la UE.

Habría que recordar que esos principios están alejados de lo que se piensa y practica en ciertos ámbitos académicos y de gobierno fuera de Europa, comenzando por los EE.UU.

¿Cómo se explica la aplicación a Grecia de una ortodoxia que otros ven como heterodoxia? Por la existencia de motivaciones e intencionalidades políticas que condicionan el debate griego desde hace tiempo. Porque se prioriza el rescate de los acreedores, que son quienes reclaman ajustes para resarcirse, no de Grecia. Porque el principio de la austeridad como solución se ha enquistado y es inseparable de la visión sostenida, contra evidencias de todo tipo, en la Europa alemana. Porque en Berlín temen que una reestructuración de la deuda griega produzca un efecto contagio a otros países de la Unión. Porque algunos países pretenden acabar con lo que consideran, y no les falta razón, una amenaza para sus intereses electorales…..

Enseñanzas y secuelas de la crisis

Probablemente, salvo una nueva sorpresa, habrá de inmediato un acuerdo que selle el conflicto UE-Grecia. Sin embargo, las secuelas de la crisis y del proceso negociador serán duraderas. Durante los últimos seis meses el Eurogrupo –un órgano opaco donde los intereses nacionales priman sobre el interés común europeo- y los representantes griegos han vivido un psicodrama que sólo puede acentuar la merma de desprestigio de las instituciones europeas ante el resto del mundo y la pérdida de credibilidad ante sus ciudadanos, como indican las encuestas que confirman el auge de los populismos y nacionalismos.

La inhabilidad europea para resolver la crisis, el desconcierto de los líderes y sus divisiones y contradicciones, la esquizofrenia de la que hacen gala, la evidencia de los defectos de diseño del euro, la impotencia de la Comisión Europea… han quedado a la vista de todos a lo largo de seis meses. Después de todo ello, la Unión debería impulsar un relanzamiento de la construcción europea. Pero por desgracia quienes están al mando carecen de audacia y liderazgo para ello, mientras que las condiciones internas de los países no permiten esperar los respaldos parlamentarios precisos para un impulso con una impronta refundadora. Frente a la crisis europea y la falta de vitalidad política de las instituciones de la UE, la tradicional estrategia europea de avanzar a pequeños pasos no funcionará frente al dilema del momento: o se avanza con fuerza o se retrocede.

*Guillermo Medina, periodista y escritor español, exdirector del diario YA, exdiputado y expresidente de la Comisión de Defensa del Congreso de España Análisis enviado a Other News por el autor, 9 Julio 2015.

Anexo (La Jornada de México)

“Lo que Alemania hace actualmente socava la democracia”

Terminarán en el basurero de la historia quienes buscan expulsar a Atenas: Piketty

“Los que quieren expulsar a Grecia de la zona euro terminarán en el basurero de la historia”, declaró el controvertido economista francés Thomas Piketty, para quien el liderazgo de Alemania en la política que los acreedores quieren imponer a esa nación europea es “una gran broma”.

En entrevista con el diario alemán Die Zeit, el director de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS, por sus siglas en francés) sostuvo que quienes apoyan la postura de Alemania y Francia hacia Grecia muestran una “ignorancia chocante de la historia europea.

“Lo que Alemania está haciendo hoy, insistiendo en que los estados sigan en la penuria bajo los mecanismos que el propio Berlín está ignorando, socava la democracia europea… Alemania es realmente el mejor ejemplo de un país que nunca ha pagado su deuda externa. Ni después de la Primera Guerra Mundial ni después de la Segunda. No está en condiciones de dar lecciones a otros países”, dijo Piketty, según refirió este lunes RT en su portal.

El autor de El capital en el siglo XXI destacó que el Acuerdo de Londres de 1953 anuló más de 60 por ciento de la deuda externa de Berlín tras las dos guerras y restructuró su débito. Más aún, subrayó Piketty, la deuda alemana llegó a más de 200 por ciento de su producto interno bruto, y una década después lo que debía la República Federal de Alemania era de menos de 20 por ciento.

“Nunca hubiéramos logrado esa reducción increíblemente rápida de la deuda con la disciplina fiscal que hoy recomendamos a Grecia”, expuso.

Piketty indicó que hay dos mecanismos para pagar las deudas y no sólo uno, como se ha pretendido hacer creer a los griegos. El primero lo aplicó el imperio británico en el siglo XIX, después de las costosas guerras con Napoleón. Entonces el Reino Unido impuso un drástica disciplina presupuestaria, y a lo largo de más de un siglo dedicó entre 2 y 3 por ciento de su economía para pagar sus deudas, más de lo que destinaba al sistema de educación. Fue una estrategia que funcionó, pero a muy largo plazo, que es lo que se quiere imponer ahora a Grecia, explicó.

El segundo método, dijo, es más rápido y fue probado por Alemania el siglo pasado. El llamado milagro ecónomico alemán tuvo tres pilares: la inflación, un impuesto especial a fortunas personales, y el mismo tipo de “alivio de deuda” que ahora se le niega a Grecia.

“Europa fue fundada basándose en el perdón de la deuda y la inversión en el futuro. No en la idea de la penitencia sin fin”, resaltó, y al referirse a la posibilidad de la salida de Atenas de la zona europea, señaló: “si empezamos a expulsar estados, la crisis de confianza en la zona no sólo se agravará. Los mercados financieros se dirigirán hacia otro país. Esto daría inicio a una agonía eterna.

“Los griegos han cometido errores. Hasta 2009 el gobierno de Atenas maquilló sus balances. A pesar de esto, los griegos más jóvenes no tienen por qué cargar con los errores de sus mayores, así como los alemanes más jóvenes no tienen que pagar lo que hicieron sus antepasados en los años 50 y 60”, afirmó, y concluyó: “No podemos exigir que las nuevas generaciones paguen durante décadas por errores de sus padres”, reportó el portal chileno El mostrador.

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