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La Europa totalitaria en evidencia

Jul 7 2015

Juan Torres López*

En Grecia se ha puesto en marcha —¡qué paradoja de la historia!— el proceso al que más temen las autoridades europeas, la democracia que permite revelar las preferencias y los intereses de la gente.

Durante años, los que gobiernan vienen diciendo que todo lo que hacen es por el bien de los ciudadanos y que las medidas que toman son las que más convienen a todos. Aunque las encuestas —como el Eurobarómetro de diciembre pasado— son claras y vienen mostrando desde hace mucho tiempo que no es eso precisamente lo que piensan los europeos.

. Solo el 25% cree que las cosas van por la buena dirección en Europa, solo el 29% tiene confianza en su gobierno y solo el 37% en la Unión Europea.

. Solo el 40% cree que su voz cuenta en la Unión Europea, solo el 43% está satisfecho con la democracia existente en la UE y solo el 40% cree que los intereses de su país han sido tomados en cuenta por sus diferentes instituciones.

Pero esas encuestas las lee muy poca gente y además están precocinadas para que no hagan demasiado daño a los gobernantes.

Lo que sí les duele de verdad a todos ellos es lo que acaba de pasar en Grecia, que se vea claramente y sin ningún tipo de dudas que la inmensa mayoría de la población no cree lo que le dicen, y que no quiere que se sigan imponiendo esas políticas que dicen aplicar por el bien de la mayoría porque la verdad es que son contrarias a los intereses mayoritarios de la población. Por eso querían evitar el referendum y por eso se van a vengar ahora de Grecia con toda su fuerza.

Al pueblo heleno no le van a perdonar que haya tirado de la manta para poner en evidencia a la Europa totalitaria que con palabrería vacía gobierna en contra de lo que quiere la mayoría de los europeos.

Las autoridades europeas y los economistas que defienden las políticas que se vienen imponiendo en Europa en los últimos años se empeñan en presentar las cosas como resultado de una disyuntiva: o se hace lo que dicen ellos, o vendrá el caos. Basta oírlos día a día en los medios de comunicación, donde aparecen sin descanso.

Por un lado, se presentan ellos y sus propuestas sensatas y cargadas siempre de una lógica que a primera vista suena como indiscutible: hay que moderar los salarios y eliminar derechos laborales —aunque a esto lo llaman flexibilizar— para que se creen puestos de trabajo, hay que reducir los gastos del Estado en servicios públicos o en pensiones porque suponen una carga que no nos podemos permitir, los impuestos son innecesarios y es mejor bajarlos, hay que privatizar las empresas y servicios públicos porque los privados funcionan mejor y todo eso es todavía más imprescindible ahora porque hemos de reducir la deuda por encima de todo… En ese bando están Merkel o Rajoy y los economistas que los acompañan con su fundamentalismo ideológico para justificar estas medidas que a la postre solo están beneficiando a las grandes empresas y patrimonios.

En el otro lado estamos todos los demás, los que no sabemos nada —según dicen—, los que solo vamos a traer el caos y la pobreza, los que con nuestras propuestas haremos que salgan capitales a montones, los que arruinaremos a los pensionistas y haremos que el paro se multiplique. Ahí están ahora, Syriza o Varoufakis.

Da igual que junto a estos últimos se encuentren premios Nobel de Economía como Krugman o Stiglitz y muchos más como ellos, de primera fila y de valía reconocida desde hace años en las instituciones académicas más rigurosas del mundo. Da igual que los datos demuestren sin ningún tipo de dudas lo que es evidente: que quienes dicen que no saben nada han sido los que supieron predecir lo que ocurrió, mientras que quienes han producido una crisis gigantesca, millones de desempleados, quiebras bancarias, huida de capitales, destrucción de cientos de miles de empresas, la ruina de pensionistas y de millones de familias son los que ahora se presentan como los únicos sabios capaces de solucionar los problemas que tenemos. Y da igual que las hemerotecas demuestren sin lugar a dudas que todos ellos se equivocaron, que negaron la crisis o dijeron que sería pasajera o sin importancia, y que no supieron prever lo que iba a suceder. Ahora, los que más erraron en sus predicciones se empeñan en decirnos que saben lo que hay que hacer para afrontar con éxito el futuro.

Todo esto es una farsa de dimensiones colosales y han hecho todo lo posible para evitar un referendum como el griego porque saben que eso es lo que la pone al descubierto.

Nos vienen diciendo que la alternativa es entre los sabios y los inútiles, entre los que saben hacer bien las cosas y los que traen el caos pero ahora se comprueba que la opción, en realidad, es otra: entre quienes respetan los intereses y las preferencias de la mayoría y los que no, entre los que reclamamos democracia para afrontar los asuntos económicos y los que acaban con ella para favorecer a unos pocos.

Mañana podrán destrozar a Grecia —lo harán si pueden—, podrán permitir que capitales especulativos de los grandes bancos y fondos de inversión sigan desmantelando empresas y economías enteras, podrán permitir que los bancos hagan lo que les plazca y provoquen otra crisis, podrán quitarnos todos los derechos y entregarles a los capitales privados todos los servicios públicos, podrán endeudarnos hasta las cejas para que los bancos hagan negocio, pero ya no van a poder decir nunca más, como vienen diciendo, que lo hacen por el bien de todos, porque lo necesita y quiere la mayoría de la población y en defensa de la democracia.

La Europa totalitaria que ha impuesto una política de resultados nefastos en contra de los intereses mayoritarios de la población ha quedado en evidencia. Un pueblo pequeño pero con valor le ha quitado la máscara y los que gobiernan Europa ya no podrán disimular lo que hacen de veras ni en beneficio de quién actúan.

Y ha quedado en evidencia porque ya se ha puesto sobre el tapete europeo un principio fundamental que el filósofo alemán Jürgen Habermas expresó con toda claridad hace unos días: “Las élites políticas de Europa no pueden seguir ocultándose de sus electores, escamoteando incluso las alternativas ante las que nos sitúa una unión monetaria políticamente incompleta. Son los ciudadanos, no los banqueros, quienes tienen que decir la última palabra sobre las cuestiones que afectan al destino europeo” (El gobierno de los banqueros. El País, 28 de junio de 2015).

Desgraciadamente, no cabe esperar grandes cambios en los gobernantes europeos. Si hasta ahora no han tenido en cuenta las preferencias mayoritarias de la población europea, no van a cambiar de actitud porque se les haya levantado un pueblo para ellos rebelde y simplemente mal gobernado (los estereotipos están para algo). Van a intentar destruir a Grecia porque hoy día Grecia es la democracia, una china que la Europa totalitaria no puede consentir llevar en el zapato. Acabarán con Grecia antes de ceder, aunque sea a costa de un baño de sangre. Ya lo han hecho así en muchos otros países.

Si todavía quedara un gramo de cordura en Europa las cosas podrían empezar a resolverse con relativa facilidad. Grecia necesita liquidez en condiciones que no le impidan generar nuevos ingresos y en cantidades que no suponen problema ninguno para instituciones que han dado graciosamente billones de euros a la banca privada. También una negociación de la deuda que simplemente le permita tomar aire ajustando pagos al rendimiento económico y que respete principios de justicia universal a los que tiene el derecho de acogerse. Necesita reformas que acaben cuanto antes con la estela de corrupción y robo que dejaron los gobiernos conservadores y, puesto que no cabe pensar que cambie a corto plazo la actual institucionalidad del euro en cuyo seno mal diseñado Grecia no tiene salvación posible, necesita disponer de una moneda complementaria que resuelva los problemas de financiación y de demanda efectiva que hoy atenazan a una economía que casi ha perdido un tercio de su magnitud en seis o siete años.

La tentación de la Europa totalitaria es acabar del todo y por las buenas con la pesadilla griega de Syriza, algo que pueden hacer sin demasiada dificultad y rápidamente, pero será difícil de olvidar en el futuro lo que podría venir detrás si cometen semejante barbaridad.

Ahora cuando empieza el verdadero sufrimiento de Grecia, porque no le van a perdonar que haya hecho frente al monstruo. Por eso es más necesario que nunca que la demanda de una Europa democrática en donde gobiernen los pueblos y no los banqueros inunde todos sus rincones. Y que otros pueblos de Europa acompañen al griego desenmascarando el régimen totalitario y antidemocrático que gobierna la Unión Europea.

*Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla. Autor de numerosos libros y trabajos científicos entre los que destacan últimamente Los amos del mundo. Las armas del terrorismo financiero y Lo que debes saber para que no te roben la pensión, escrito junto a Vicenç Navarro. En Público.es.

Anexo:

El voto de la dignidad

Luis Hernández Navarro – La Jornada, México

En Grecia ganó el voto de la dignidad sobre el voto del miedo. Fracasó el intento de las instituciones de dar un golpe de Estado blando contra un gobierno antiausteridad y de humillar al pueblo griego. Este 5 de julio, con la victoria del no, la política de la gente derrotó al chantaje económico.

Como dijo el clásico: fue un triunfo claro, contundente e inobjetable. El no ganó por una diferencia de casi 22 puntos porcentuales y lo hizo en todas las regiones, incluidas las zonas rurales, donde las políticas de la Unión Europea destrozaron la producción agrícola.

Triunfó el no remontando una campaña de temor en la que el Banco Central Europeo cerró la posibilidad de aportar más liquidez a los bancos helenos, forzando el control de capitales y el cierre de entidades financieras.

Ganó el no, al frenar la intentona de la troika de dar un golpe de Estado blando para derrocar el gobierno de Syriza. Como lo denunció el ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, en una entrevista con el diario El Mundo: “todo esto lo tenían preparado desde el principio. Ya hace cinco meses existía un plan para acabar con un gobierno que no aceptaba dejarse chantajear por el establishment europeo”.

Los tiempos están cambiando. El 31 de octubre de 2011 el entonces primer ministro griego, Yorgos Papandreu, intentó someter a referendo la firma del segundo plan de rescate financiero, acompañado de draconianas medidas de austeridad. Los jerarcas europeos, con Angela Merkel y Nicolas Sarkozy a la cabeza, se le fueron al cuello: llamaron a Papandreu a la cumbre que el G-20 realizaba en Cannes y lanzaron un ultimátum: la consulta no podría ser sobre el rescate, sino sobre la pertenencia de Grecia al euro.

El primer ministro se dobló. Un buen número de legisladores de su partido, el socialdemócrata PASOK, lo traicionó y buena parte de la oposición le declaró la guerra. Papandreu retiró el llamado al referendo y dimitió, a pesar de que él iba a pedir que se votara por la aceptación del plan de austeridad. En su lugar se nombró un gobierno de coalición encabezado por el ex banquero Lucas Papademos.

Pero ahora la historia fue diferente. Aunque las instituciones quisieron repetir la medicina que le recetaron a Papandreu y dieron de manotazos en la mesa, Alexis Tsipras sostuvo el referendo, llamó a votar por el no y obtuvo una abrumadora mayoría.

Su posición negociadora es ahora más fuerte. Tiene el respaldo mayoritario de su pueblo, de casi el doble de los que votaron por él en enero de 2015. O, dicho de abajo arriba, la intensa movilización social contra la austeridad que se vive en el país heleno desde las protestas juveniles de diciembre de 2008 cuenta hoy con un primer ministro que la expresa y defiende.

Los griegos hablaron y ahora les toca mover ficha a los representantes de la Europa de los capitales. Algunos de sus representantes más conspicuos se empeñan en hacer realidad sus amenazas y poner a Grecia fuera de la eurozona (lo que se ha bautizado como Grexit). Para ellos, el no griego significa un no a Europa. Ni tardas ni perezozas, las firmas JP Morgan y Credit Suisse expresaron su preocupación por el futuro y señalaron, cada una por su lado, que la posibilidad de que se produzca la Grexit es de 70 y 75 por ciento.

Y, ante el triunfo del no, Georg Fahrenschon, presidente de las cajas de ahorro alemanas (Deutscher Sparkassen und Giroverband), uno de los principales inversores privados en deuda pública europea, dijo que Grecia rompió las reglas del euro y debe abandonar la moneda única.

Pero el primer ministro Tsipras –y con él la mayoría de los griegos– no están de acuerdo con estas afirmaciones. Para él, la realización del referendo nunca tuvo que ver con la permanencia o no de su país en la eurozona. Es más, ni siquiera trató sobre el fin de la política de austeridad. Lo central de la consulta consistió en refrendar o no el reclamo de un descuento de 30 por ciento a la deuda y “un periodo de gracia de 20 años” para pagarla, así como de una política de austeridad distinta. “Europa –dijo Tsipras– no puede ser un camino único que conduce a las políticas de austeridad. El pueblo griego ha respondido que quiere la Europa de la democracia y la justicia.”

Este 5 de julio una nueva historia comienza y su final no está escrito. Para la Europa de los capitales representa un verdadero dolor de cabeza. Los vientos de cambio helénico podrían impulsar la nave de Podemos y sus aliados en los comicios españoles en noviembre de este año, y la del Sinn Fein en Irlanda, el próximo febrero. O podrían contagiar a países como Italia y Portugal, agobiados por sus deudas. Y, si los grandes capitales optan por darle un manotazo al tablero europeo y decir a los griegos que ya no juegan allí, ellos podrían optar por salir de la OTAN y acercarse a Rusia y China.

Por lo pronto, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, comenzó a consultar con los jefes de Estado y de gobierno de los otros 18 países de la eurozona (sin incluir al primer ministro griego) para decidir cuál será la respuesta de la Unión Europea al desafío heleno. Y este lunes celebrará una conferencia telefónica con el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, y el presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem.

Hace alrededor de un siglo, el gran poeta heleno Constantino Cavafis anunció en su poema Che Fece…Il Gran Rifiuto que “A algunos hombres les llega un día/en que deben el gran sí o el gran no/decir”. Ese día les llegó a los hombres y mujeres de su patria. Y ellos dijeron un justo y digno no. Y no se arrepienten de haberlo hecho a pesar del miedo, la incertidumbre y las amenazas que padecen. Porque al decir no, preservan, para ellos y para todos nosotros, la frágil flor de la democracia.

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