General

Test fatales

Jul 23 2015

Boaventura de Sousa Santos*

Europa se ha convertido en un laboratorio del futuro. Lo que en él se experimenta debe causar preocupación a cualquier demócrata y, más aún, a cualquier persona de izquierda. Dos experiencias se están desarrollando en ambiente de laboratorio, es decir, supuestamente controlado. La primera es un test de estrés a la democracia. La hipótesis que orienta el test es la siguiente: la deliberación democrática de un país fuerte puede superponerse antidemocráticamente a la deliberación democrática de un país débil sin alterar la normalidad de la vida política europea.

Las condiciones para el éxito de esta experiencia son tres: controlar la opinión pública de modo de que los intereses nacionales del país más fuerte se conviertan en el interés común de la zona del euro; disponer de un conjunto de instituciones no electas (Eurogrupo, BCE, FMI, Comisión Europea) capaces de neutralizar y castigar cualquier deliberación democrática que desobedezca el diktat del país dominante; y demonizar al país más débil de manera que no suscite ninguna simpatía entre los electores del resto de países europeos, sobre todo entre los votantes de los países candidatos a desobedecer.

Grecia es el conejillo de Indias de esta tenebrosa experiencia. Se trata del segundo ejercicio de ocupación colonial del siglo XXI (el primero fue la Misión de Estabilización de la ONU en Haití desde 2004), un nuevo tipo de colonialismo, ejecutado con el consentimiento del país ocupado, aunque bajo chantaje inaudito.

Y, tal como el viejo colonialismo, justificado como “servicio” a los mejores intereses del país ocupado. La experiencia está en curso y los resultados del test de estrés son inciertos. A diferencia de los laboratorios, las sociedades no son ambientes no controlados, por mayor que sea la presión por controlarlas. Una cosa es cierta: después de esta experiencia, cualquiera que sea su resultado, Europa no será más la Europa de la paz, la cohesión social y la democracia. Será el epicentro de un nuevo despotismo occidental, rivalizando en crueldad con el despotismo oriental estudiado por Karl Marx, Max Weber e Karl Wittfogel.

La segunda experiencia en curso es un ejercicio sobre la solución final para la izquierda europea. La hipótesis que guía esta experiencia es la siguiente: en Europa no hay lugar para la izquierda en la medida en que reivindique la existencia de una alternativa a las políticas de austeridad impuestas por el país dominante. Las condiciones para el éxito de esta experiencia son tres. La primera es provocar la derrota preventiva de los partidos de izquierda castigando brutalmente al primero que intente desobedecer. La segunda consiste en inocular en los electores la idea de que los partidos de izquierda no los representan.

Hasta ahora, la idea de que “los representantes no nos representan” era una bandera del movimiento de los indignados y de Occupy contra los partidos de derecha y sus aliados. Después de que Syriza se vio obligada a beber del cáliz de la cicuta austeritaria a pesar del “no” del referéndum griego apoyado por el propio partido, se inducirá a los votantes a concluir que, al fin y al cabo, los partidos de izquierda tampoco los representan. La tercera condición consiste en atrapar a la izquierda en falsas opciones entre falsos Planes A y Planes B. En los últimos años, la izquierda se ha dividido entre los que piensan que es mejor permanecer en el euro y quienes piensan que es mejor abandonarlo. Ilusión: ningún país puede optar por salir ordenadamente del euro, pero si desobedece será expulsado y el caos se cernirá implacablemente sobre él. Lo mismo ocurre con la reestructuración de la deuda que hasta ahora ha dividido tanto a la izquierda. Ilusión: la reestructuración se producirá cuando sirva a los intereses de los acreedores, por eso esta bandera de alguna izquierda se convierte ahora en una política del FMI.

Los resultados de esta experiencia también son inciertos por las mismas razones mencionadas. Una cosa es cierta: para sobrevivir a esta experiencia, la izquierda tendrá que refundarse más allá de lo que hoy es imaginable. Esto implicará mucho coraje, mucha audacia y mucha creatividad.

*Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Artículo enviado a Other News por el autor, 23 de julio de 2015. Traducción de Antoni Aguiló

Anexo:

Réquiem por la idea de Europa

Manuel Sanchís i Marco*

Sin cambios institucionales a la altura del momento, el euro pasará a ser un fracaso de la UE

La puerta al tercer rescate griego se abrió, pero la desconfianza mutua se enseñorea hoy del clima político entre los socios. Lo más grave es que los pueblos de Europa ya no se miran a los ojos, tampoco Francia y Alemania; y con el corazón franco-alemán infartado, el declive de Europa es ineludible. Berlín despliega su propio perfil internacional una vez saldadas las cuentas de las guerras mundiales.

Pero emanciparse y constituirse en poder hegemónico le obliga a abandonar su universo autorreferencial y asumir responsabilidades más allá de lo nacional. Es cierto, necesitamos el liderazgo de aquella Alemania europea por la que Thomas Mann exhortó a luchar a los estudiantes en Hamburgo en 1953. Una Alemania que ejerza su poder hegemónico mediante el método comunitario, que no inspire miedo a los socios, ni explote en exclusivo beneficio nacional el método intergubernamental tan querido de la euroescéptica canciller Merkel.

Además, los alemanes podrían aprender de los paralelismos entre su unificación monetaria en el siglo XIX, y la europea del XX. Existe una discordancia entre las dificultades tecnocráticas y la retórica férvida de los grandes ideales que alentaban ambos proyectos. Si el nacionalismo romántico alemán alcanza su cima en 1810, la plenitud del idealismo paneuropeísta eclosiona tras la Segunda Guerra Mundial. Si la unificación impulsada por Bismarck tiene que esperar hasta 1870, los planes monetarios europeos cobran fuerza en 1990.

Tras la caída del muro, Alemania obtuvo de Francia el beneplácito para su reunificación. A cambio, Mitterrand contó con el asentimiento de Kohl para que Alemania pasase del marco al euro. Si fuese cierto que se necesita medio siglo desde la edad de oro inicial en la que se exaltan los proyectos de unificación monetaria hasta que se materializan en realidades institucionales, nos encontraríamos ahora doblando el cabo y perdiendo impulso.

Francia ha vuelto a demostrar que, a pesar de su querencia nacional, da prioridad al interés de Europa

Por otro lado, las experiencias vitales de los líderes no son hechos anodinos en el devenir de la historia. Merkel es hija de un pastor luterano de la RDA, mientras que el hermano mayor de Kohl murió en el frente en 1944. Este recuerdo tiene que haber acompañado a Kohl cuando Mitterrand, en uno de los gestos más simbólicos de reconciliación franco-alemana, le cogía de la mano en septiembre de 1984 durante los actos que honraban a los muertos en Verdún. Y, también durante la crisis del SME de 1992, cuando tomó “la decisión exclusivamente política de continuar sosteniendo al franco francés” (James 2012, Making the European Monetary Union, Belknap, p. 361).

Las nuevas generaciones, sin embargo, se desentienden del sentimiento de vergüenza por las faltas de sus antepasados. Dan por amortizados los traumas de las guerras, sepultados en el silencio de las trincheras. Así como “un acontecimiento, enterrado como en una cripta, se transmite del inconsciente de los padres al inconsciente de los hijos” (Canaula 1998, Comment paye-t-on les fautes de nos ancêtres, DDB, p. 9), se ha echado tierra sobre la dislocación que padeció Europa, y eso forma parte ya de los arcanos y no-dichos que se transfieren al inconsciente de las nuevas generaciones.

En 2015, se ha evaporado el aire de familia que nos había hecho olvidar los gases que se enviaron a Ypres en 1915. Lo que ocurra a partir de ahora dependerá de las conclusiones que extraigan las élites sobre esta crisis. Pero el tiempo apremia porque el desafío tiene plazo de caducidad, y, sin cambios institucionales a la altura del momento histórico, en un lustro el euro pasará a ser un nuevo episodio fracasado de la historia monetaria de Europa.

Francia ha vuelto a demostrar que, a pesar de su querencia nacional, da prioridad al interés de Europa, consciente de que no hay alternativa y de que es la mejor forma de servir sus intereses. El impulso político por Europa sigue débil, solo Hollande y Delors reclaman una Unión política. Pero sin Alemania como aliado, el ímpetu político de Francia perderá vigor.

Es nuestra última oportunidad. La alternativa, en el mejor de los casos, es la irrelevancia política y económica de Europa; en el peor, un conflicto entre europeos más allá del ámbito económico. La disolución del proyecto civilizatorio de Europa, la demolición del orden moral regido por el respeto al derecho, será imperceptible y gradual, pero no faltará a su cita. Cuestión de tiempo.

*Manuel Sanchis i Marco es profesor de Economía Aplicada de la Universitat de València y miembro de AFEMCUAL, su último libro lleva por título El fracaso de la élites. Lecciones y escarmientos de la Gran Crisis, Pasado & Presente. En El País, 23 JUL 2015

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