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¿Una Europa alemana?

Jul 13 2015

Daniel Innerarity*

La situación de Grecia es una razón más para transformar la hegemonía económica de Alemania en liderazgo: es jugar a un juego diferente, con más responsabilidad hacia el conjunto de la Unión y con mecanismos de decisión más compartidos~

El último libro del fallecido Ulrich Beck sostenía la tesis de que la crisis del euro había hecho realidad aquella “Europa alemana” de la que advertía Thomas Mann en 1953. Alemania no solo se ha beneficiado del nuevo orden europeo sino que se ha convertido de hecho en un poder hegemónico, sin nadie que haga de contrapeso y con una institucionalización débil que apenas equilibra ese poder. Se da la paradoja de que Alemania se ha convertido en un poder hegemónico pero al mismo tiempo no ha querido ejercer el liderazgo europeo que le correspondería.

En la gestión de la crisis del euro Alemania es un actor central. Inicialmente reacia a comprometerse, dispuesta incluso a dejar caer a Grecia, una vez que comprendió que esta salida tendría grandes costes políticos y económicos, utilizó la crisis para reconfigurar una UE a imagen propia y ponerla al servicio de sus intereses económicos. Con el objetivo de fortalecer el control sobre los países deudores exigió en mayo de 2010 incluir al FMI tanto para las ayudas a Grecia como para la creación del Fondo de Estabilidad. Así se excluyó al Parlamento Europeo y se debilitó a la Comisión.

Como es sabido, el Gobierno alemán se incorporó al fondo de rescate a condición de imponer una consolidación fiscal, un endurecimiento del pacto de estabilidad y crecimiento así como el compromiso de limitar el endeudamiento. Esta exigencia obedecía a un diagnóstico de la situación que es muy cuestionable. Berlín defendía que los intereses elevados se debían a los riesgos que planteaba un país y que sin la presión de los mercados financieros los países deudores no llevarían a cabo las reformas necesarias. Algunos estudios ponen de manifiesto, por el contrario, que una parte significativa de los diferenciales de los países periféricos de la eurozona en 2010-2011 no tenían relación con el incremento de la deuda y se debían más bien a sentimientos negativos en el mercado que actuaban como profecías autocumplidas y que se hicieron muy poderosos desde finales de 2010.

Alemania no está entre los perdedores de la crisis del euro, sino que en cierto modo se ha beneficiado de ella. De entrada porque mucho de lo que se hizo para el rescate de Grecia, Portugal, Irlanda o España beneficiaba especialmente a los bancos alemanes. Alemania se beneficia por el hecho de que el aumento del precio de los créditos para los países con una mayor deuda viene acompañado de un abaratamiento de los costes de refinanciación de sus propios bonos.

Detrás de estas divergencias hay una falta de acuerdo en torno a cómo entender las relaciones entre solidaridad y responsabilidad en la Unión. La política alemana contra la crisis, tal y como han repetido incansablemente Merkel y Schäuble, se ha basado en un principio muy simple: solidaridad a cambio de solidez. Los Estados deudores deben ganarse la solidaridad, lo que significa aumento de impuestos, reducción del sector público y reformas estructurales. Las autoridades alemanas están convencidas de que ciertas formas de solidaridad pueden implicar una pérdida de responsabilidad en los países ayudados. Ahora bien, estos esfuerzos no pueden hacerse a costa de arruinar un país. Los Estados en crisis tienen que aplicar ciertas reformas, pero las condiciones tienen que ser realistas. Todo ello dejando a un lado que las medidas de austeridad tienen también un límite de legitimación democrática.

¿Es excesiva la solidaridad alemana en la crisis del euro? Si consideramos los números absolutos, Alemania es con mucho el contribuyente más importante de la eurozona. Su aportación al Tratado de Estabilidad es muy elevada. Pero si ponemos en relación lo que costaron a Alemania las ayudas a Grecia y los fondos de rescate del euro con su capacidad económica, su crédito supone el 4,5% de su PIB (una parte menor de la que dedican a ello Malta, Estonia, Eslovaquia, España o Italia).

Si queremos salir de este atolladero tenemos que pensar de otra manera la relación entre solidaridad y responsabilidad. La solidaridad implica relaciones de reciprocidad y puede estar vinculada a ciertas condiciones. Pero también es cierto que la solidaridad incluye siempre un elemento de interés propio bien entendido. Por eso me parece que es muy interesante la iniciativa del Gobierno de Portugal para la próxima Cumbre Europea que recomienda no hablar tanto de solidaridad como de responsabilidad común.

Si los países deudores tienen que ser más responsables en su comportamiento económico, a Alemania le corresponde una mayor responsabilidad en la estabilización de la eurozona y sobre el conjunto de la Unión. Aquí es donde la diferencia entre hegemonía y liderazgo resulta fundamental. La función de liderazgo en Europa solo puede ejercerse si se está dispuesto a realizar una mayor transferencia de soberanía y a asumir una mayor responsabilidad respecto de la Comunidad Europea. La relación entre quien ejerce el liderazgo y quien lo acepta presupone una cierta comunidad de intereses, riesgos y valores, lo que no es el caso cuando se trata de una hegemonía. Las funciones de liderazgo en una comunidad implican también ciertas obligaciones y, tratándose de una comunidad tan compleja como la europea, solo puede llevarse a cabo de una manera coordinada.

Alemania no ha tenido ninguna experiencia de liderazgo europeo o internacional y ese concepto está contaminado por su historia reciente. Pero 20 años después de la unificación, la posibilidad de que Alemania asuma una posición de liderazgo es considerada algo normal e incluso deseable. ¿Quién podría hacerlo si no? Es evidente que el eje franco-alemán ya no puede ejercer esa función. Francia no representa ese tipo de autoridad que Alemania reconoció en otro tiempo y se encuentra en una crisis política y económica con resultado incierto. Alemania no parece dispuesta a que su política europea sea conducida por la incertidumbre francesa.

Lo que ahora tenemos en Europa es una situación de hegemonía que consiste en que Alemania ejerce un poder económico sobre el resto de los europeos como no había tenido desde la unificación, pero ha limitado este poder a la consecución de un interés a corto plazo. Alemania ha renunciado al tipo de liderazgo que se le reconocería si hubiera ejercido una forma de cooperación solidaria con la vista puesta en los posibles riesgos futuros de Europa.

Si en el referéndum de Grecia hubiera ganado el sí, Alemania se habría cargado de razones para continuar con su cómoda hegemonía; la victoria del no —por paradójico que parezca— es una razón más para transformar esa hegemonía en liderazgo, lo que supone jugar a un juego diferente, con mayor responsabilidad hacia el conjunto de la Unión y con mecanismos de decisión más compartidos. Esto no significa que Grecia haya ganado la partida, ni siquiera que haya mejorado su posición negociadora, pero tampoco Alemania gana nada con una estrategia que es igualmente electoralista, limitada al corto plazo y sin ninguna responsabilidad hacia lo común.

*Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.En El País» de Madrid, 13 JUL 2015

Anexo:

Parte central del análisis del profesor Juan Torres López, Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla, en Público.es.

Grecia se hunde, Europa no gana, Alemania impera

Ganadores y perdedores

Está claro quién pierde y quién gana en todo este proceso que estamos viviendo.

Sabemos que Grecia pierde porque las medidas económicas que se le imponen forman parte de un protocolo de actuación que se ha aplicado docenas de veces en todo el mundo desde hace años y cuyos efectos están perfectamente estudiados. Isabel Ortiz y Matthew Cummins, por ejemplo, han estudiado lo que ha ocurrido en 181 países después de aplicar medidas de austeridad como las que exige el Eurogrupo a Grecia (The Age of Austerity: A Review of Public Expenditures and Adjustment Measures in 181 Countries). Gracias a su estudio sabemos que la disminución de salarios públicos se ha llevado a cabo en 74 países de bajo ingreso y en 23 de alto; la reducción o eliminación de subsidios, en 78 países de bajo ingreso y 22 de alto; el incremento de impuestos al consumo, en 63 de bajo ingreso y 31 de alto; la reforma de las pensiones y de los sistemas de salud, en 47 de bajo ingreso y 39 de alto; las reformas en los sistemas de protección social orientadas a limitar su alcance, en 55 países de bajo ingreso y 25 de alto, y la flexibilización del mercado de trabajo, en 32 países según el FMI o en 40 según la OIT…

Y de su estudio se concluye que, en contra de lo que ahora dice el Eurogrupo que se va a conseguir con ellas en Grecia, lo cierto es que esas medidas nunca han promovido el empleo estable, ni el crecimiento, ni han mejorado el nivel de vida ni la cohesión social sino que, por el contrario, están empeorándolos y que son las que llevan a nuevas recesiones y al aumento de la desigualdad.

Y como no es posible que en Grecia suceda ahora un milagro, después de aplicar las medidas que impone el Eurogrupo, de privatizar sin medida, de recortar derechos, de reducir salarios, de bajar impuestos a las rentas y patrimonios elevados y subirlos a las bajas, y de destruir el sector público educativo, entre otras cosas, lo que ocurrirá allí será exactamente lo mismo que en todos los casos anteriores: una enorme destrucción de actividad económica y empleo, una gigantesca transferencia de renta y riqueza hacia los grupos ya de por sí más poderosos y ricos y mucha más fragilidad de la economía ante nuevos impactos de crisis que además serán cada vez más recurrentes. Cuando salga adelante después de diez, quince o veinte años lo hará con una gran dependencia y sin recursos endógenos para generar ingreso, con un porcentaje elevadísimo de la población al margen de la actividad y totalmente excluida, y con una sociedad dividida y destrozada.

Europa tampoco gana con el empeño de sus dirigentes en seguir aplicando políticas de austeridad que han sido un completo fracaso, que destruyen millones de empleos y aumentan la deuda, que sólo proporcionan satisfacción a los grandes grupos económicos y financieros y que no hacen frente al auténtico barril de pólvora en el que está asentada la Unión Europea: un sistema bancario podrido hasta los tuétanos y que acumula un riesgo letal y una unión monetaria mal diseñada que reproduce los desequilibrios previos y produce otros nuevos generando una tensión estructural que hace inevitable que antes o después salte por los aires.

Europa en su conjunto no gana nada hundiendo a Grecia y lo veremos en los próximos tiempos, más pronto que tarde.

En el proceso hay, sin embargo, un ganador, Alemania, pues es quien impone las condiciones a los demás socios y ahora a Grecia.

Es una terrible paradoja que el país europeo que más deudas ha dejado de pagar (incluido a Grecia) reclame ahora que las pague todas un país asfixiado que sólo pide aire para poder hacerles frente; que el país que sobrevivió a la ruina y se convirtió en potencia gracias a la generosidad de los demás (incluida Grecia) rechace ahora cualquier muestra de solidaridad; que el país en donde las políticas de austeridad prendieron la mecha del mayor desastre de la historia europea y que produjo millones de muertos (muchos de ellos griegos) se empeñe ahora en imponerlas a pesar de que todas las evidencias demuestran su inutilidad; que el país que se vio humillado y arruinado por la exigencia absurda de quienes le imponían reparaciones impagables tras la Primera Guerra Mundial, luche ahora para exigir condiciones imposibles de cumplir a los griegos; que el país que dejó que sus bancos cometieran una de las mayores irresponsabilidades financieras de la historia (dedicar el inmenso excedente alemán a financiar burbujas) y que ampara en silencio a uno de los bancos con mayor basura y riesgo financieros acumulados (el Deutsche Bank) reclame responsabilidad a los demás.

Pero por mucha que sea la paradoja, Alemania es efectivamente quien vence porque es quien obliga y quien manda en Europa. Aunque, eso sí, es una vencedora sólo aparente, porque la política de imposiciones de Merkel y de su Gobierno no beneficia a toda Alemania. Es verdad que el poder imperial que Alemania ejerce sobre el resto de Europa y las políticas que impone Merkel le vienen permitiendo obtener grandes excedentes comerciales y beneficios, pero éstos no se distribuyen equitativamente entre su población. Lo mismo que empobrecen a otros países, empobrecen también a sus compatriotas. Desde hace años, la tasa de pobreza no deja de aumentar por sus políticas y Alemania es el país de Europa donde la riqueza se distribuye más desigualmente.

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