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La FBI custodia a una dama llamada democracia

Jun 21 2017

Alberto Betancourt*

El 29 de julio de 2013, el abogado de origen irlandés James Comey fue nombrado director de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés) para ocupar el cargo por los siguientes 10 años; no acabó su encargo, el pasado 9 de mayo lo despidió el presidente Donald Trump. En respuesta, el 8 de junio, el funcionario originario de Nueva York se presentó ante la Comisión de Inteligencia del Senado estadunidense y soltó una bomba informativa que devastó políticamente al magnate, lo colocó en el limen de la ilegalidad: insinuó que había obstruido la justicia y entreabrió una puerta que eventualmente, aunque no en lo inmediato, podría concluir con la destitución del zafio mandatario.

En su comparecencia, el ex director de la FBI mencionó varios hechos muy sintomáticos de la verdadera vocación de la FBI: institución policiaca habituada a entremezclar actividades de espionaje, infiltración, fisgoneo e incidencia en medios de comunicación, presión a actores políticos y gestión de la opinión pública. Comey afirmó que en una reunión, celebrada el 9 de enero, con el entonces presidente electo, le informó que algunos medios estaban a punto de publicar una nota sobre el Rusiagate; su declaración evoca la compulsión de la FBI por husmear a los medios de comunicación. James Risen, ganador del premio Pultizer, señaló en If Donald Trump Targets Journalists, Thank Obama (The New York Times, 30/12/16) que en la administración Obama, la FBI hurgó en las llamadas telefónicas de reporteros y presionó a periodistas a revelar sus fuentes; añadió que Trump podría utilizar las leyes y prácticas de la pasada administración para encarcelar a los funcionarios que filtren información a periodistas.

Comey también señaló que quiso informar al presidente electo Donald Trump de la inminente publicación del Rusiagate para darle oportunidad de preparar una sesión de información defensiva. Durante la sesión sostenida en el senado Comey puso en práctica todas las habilidades comunicativas de la FBI: realizó una sesión de información defensiva/ofensiva, inició su sesión fotográfica sin mover un solo músculo facial, logró una cobertura tipo prime time por parte de las cadenas noticiosas, y se representó a sí mismo como un defensor de la democracia y la legalidad.

La aparición de Comey en el edificio construido por la firma Carrère and Hastings fue un acontecimiento político, legal y mediático, porque dio la impresión de abrir una rendija para la eventual caída de un presidente que constituye una preocupación para el mundo entero. El evento tiene muchas aristas, entre las que se incluyen algunos visos democráticos y algunas ventajas de los contrapesos existentes en el sistema político estadunidense, pero vale la pena tomar en cuenta una de las caras oscuras del poliedro: la intervención de la policía política estadunidense en la vida institucional y democrática de 321 millones de estadunidenses. La FBI ha practicado numerosas acciones legales, extralegales e ilegales, en las que se arroga la capacidad de decidir quién es buen estadunidense, quién está en la ilegalidad, quién es subversivo y quién es terrorista. Democracy Now! nos recuerda que la FBI practicó un sistemático hostigamiento contra Martin Luther King, de quien escuchó sus conversaciones telefónicas, de las que obtuvo información, usada para presionar al protagonista de la desobediencia civil e instarlo a suicidarse. Amy Goodman y Denis Moynihan plantearon en un artículo ampliamente difundido que la maquinaria mediática evaluó el desempeño del superpolicía por su contribución al derrumbe del presidente que les ha declarado la guerra. Las habilidades retóricas de Comey le permitieron su conversión de intimidante policía con permiso para matar en una especie de caballero que monta un caballo blanco y galopa para salvar la república. La comparecencia, abundan, ofreció una oportunidad única para interrogarlo sobre las actividades desplegadas por la policía política. Señor Comey: ¿cuál es el alcance de la vigilancia de la FBI a periodistas?, ¿por qué la FBI calificó de terroristas a los pacíficos indios sioux de Standing Rock que fungían como guardianes del agua? ¿Por qué infiltró al movimiento Ocupa Wall Street? ¿Cuántas personas fueron encarceladas injustamente como resultado de la operación Cointrelpro? Y, sobre todo, ¿cuántas siguen encarceladas por ese programa? Goodman cita la información de The Intercept acerca de que la FBI contrató a la empresa TigerSwan para infiltrar al movimiento sioux Guardianes del agua al que calificó de insurgente. Debemos recordar que el 28 de octubre de 2016, James Comey envió una carta al Congreso afirmando que había reabierto la investigación sobre los correos de Hillary Clinton (Rebecca Harrington, “Experts warn the FBI put itself in a ‘box’ with the Clinton emails it’s ‘got to get back out of”, Business Insider); su indiscreción reflotó la campaña de Trump. El día de la comparecencia de Comey, el mundo observó atento la escena iluminada por los reflectores, que abrió la posibilidad de deshacerse de un presidente que ha puesto en grave peligro la paz mundial, pero, simultáneamente entre las sombras, se hizo presente al fantasma de Edgar Hoover, convocado por el hecho de que la policía política con una larga historia de espionaje, chantajes y asesinatos se haya asignado la tarea de custodiar a esa distinguida dama llamada democracia.

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* Investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Artículo publicado en la página de opinión de La Jornada, el 21.06.17.

Anexo:

Cada vez menos gente quiere trabajar con Trump

 

Jan Martínez Ahrens  -El País

 

El escándalo ahuyenta a los candidatos a cubrir vacantes en la Casa Blanca

 

Hubo un tiempo en que trabajar para la Casa Blanca era un privilegio. Entrar en los segundos y terceros niveles de mando de la nación más poderosa del mundo abría las puertas a un futuro prometedor. Daba al elegido ese toque de experiencia premiumy contacto exclusivo que tan apreciado es por las élites de Washington. Eso era así antes del terremoto.

 

Con Donald Trump, la corte ha cambiado. Para muchos candidatos, al frente de la Casa Blanca ya no hay una idea de nación, sino un hombre enfadado con el mundo, que desprecia a sus vecinos y no duda en utilizar el látigo de Twitter para humillar a sus propios colaboradores. Un gobernante asediado por un escándalo que todo lo devora y que le ha obligado hasta a contratar un abogado privado. Los efectos de ese universo en llamas, de sus continuos sobresaltos e incierto futuro, han alterado los equilibrios tradicionales. Lo que antes eran puestos por los que se peleaba a dentelladas, ahora son despachos radiactivos, capaces de contaminar a quien los tome. Los datos hablan por sí mismos.

 

A estas alturas de mandato, la Administración de George W. Bush había confirmado a 130 de estos cargos medios, la de Barack Obama a 150, la de Trump solo a 43. El vacío es grande y tiene a departamentos enteros trabajando a medio gas. En este despoblamiento interviene también la exigencia del presidente, cada día más desconfiado, de rodearse de colaboradores que hayan demostrado una lealtad extrema. Basta haber tuiteado en contra de alguna idea de campaña para ser descartado. Pero, como señalan los medios estadounidenses, no es un problema de selección, sino de oferta: Trump desincentiva. Los republicanos no solo tienen dificultades para lograr cubrir los puestos medios, sino que sienten la vergüenza del portazo en los más altos. Desde despachos de abogados que se niegan a defender al presidente, generales que rechazan el Consejo de Seguridad Nacional y estrategas que se niegan a cubrir la vacante de director de Comunicaciones de la Casa Blanca. Cada vez son menos los dispuestos a inmolarse por el presidente.

 

 

 

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