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Alemania al fin aburre

Sep 22 2017

Opinión de JORGE BUSTOS – El Mundo

A nuestra corresponsal en Berlín le ha tocado cubrir «una de las campañas electorales más aburridas de los últimos tiempos». Los que tenemos que escribir sobre Cataluña la compadecemos. Uno se hace periodista en la esperanza de cubrir al menos una revolución en su vida, pero no parece que la Alemania de Merkel vaya a satisfacer próximamente esta romántica fantasía. Hablamos de la cuna continental del romanticismo, y de cosas aún peores. Pero tras liarla parda a lo largo de los siglos, el alma germana ha encontrado la paz. Ya no tiene ganas de provocar la caída del Imperio Romano, ni de originar un cisma que parta el cristianismo, ni de vengarse de Francia, ni siquiera de invadir Polonia. Ya no compone sublimes sinfonías ni redacta metafísica trascendental. Hoy se conforma con oponerse a la mutualización de la deuda y copar el mercado europeo del automóvil.

Ahora bien, la principal exportación alemana es el consenso político. El domingo va a ganar Merkel, pero daría lo mismo que ganara Schulz. El debate televisivo que sostuvieron los coaligados contrincantes fue de tal cortesía que la audiencia declaró vencedor al cámara. Se peleaban literalmente por darse la razón. El socioliberalismo alemán, camino de su cuarto mandato, se nos antoja el verdadero fin de la historia, alcanzado por la misma nación exhausta y feliz que antaño no solo aceleraba los acontecimientos, reescribiendo el atlas cada semana, sino que describió el mecanismo dialéctico para teorizar su propio avance inexorable hacia la plenitud nacional. Ya los alemanes no quieren ni oír hablar de Herder, el formulador de esa pulsión primero lírica y luego criminal llamada nacionalismo, ni tampoco de Carl Schmitt, doctrinario del antagonismo amigo-enemigo que ahora recupera el populismo para fundamentar sus revanchas callejeras contra la democracia liberal. En Alemania está prohibido el nazismo, el comunismo y el independentismo. Esto es como plantarse en la cueva de Zugarramurdi, petada de brujas y hechiceros, e instalar fibra óptica. Se ahorra uno muchos siglos de parloteo estéril y sacrificios humanos.

Alemania, sobre cuya capital cayó ¡medio millón de toneladas! de bombas durante la II Guerra Mundial, tiene buenas razones para blindar el consenso y expulsar el conflicto. Durante décadas, desde el fondo de su arrasador sentimiento de culpa, los berlineses han ido erigiendo el mayor búnker de todos contra la espoleta retardada del negacionismo, el relativismo, el olvido, el sutil pretexto historicista o económico y la mera ignorancia de las nuevas generaciones. Todo berlinés registra la noción más extrema de responsabilidad colectiva cuando pasea por el memorial del Holocausto, y parte de ahí para fundar el único concepto válido -trabajoso, vigilante- de ciudadanía.

Sin embargo, la esencia de la democracia parlamentaria es el conflicto reglado. Si las posiciones partidistas se diluyen en el unanimismo, será inevitable que el votante termine sintiéndose estafado. ¡Todos los políticos son iguales!, exclamará. Y volverá los oídos a la prédica de los mesías. El dilema está servido: la democracia muere igual por exceso de conflicto, cuya reacción trae la dictadura caudillista, que por exceso de consenso, cuya reacción aboca a la anarquía revolucionaria. Visto que no todos los humanos somos alemanes, el político del futuro está llamado a encontrar el equilibrio entre la frialdad socioliberal de la tecnocracia y el ardor ideológico de los nostálgicos.

Ojalá volvamos pronto a aburrirnos los periodistas españoles.

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