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España: el jefe de Estado se inhabilita

Oct 4 2017

Editorial – La Jornada

En una alocución extraordinaria, la primera de su reinado, Felipe VI de Borbón descalificó el proceso independentista impulsado por las autoridades de Barcelona y respaldado por buena parte de los catalanes –la gran mayoría, de acuerdo con los resultados de la consulta realizada el domingo pasado–, dio su pleno respaldo al gobierno de Mariano Rajoy y a los tribunales españoles que han emprendido la criminalización del separatismo e, implíctamente, aprobó la extrema brutalidad policial aplicada por Madrid para intentar que no se realizara el referendo independentista.

De esta manera, en lugar de preservar su condición de árbitro supremo de los diferendos y de abogar por soluciones negociadas e institucionales a los conflictos políticos, el monarca tomó partido, se colocó como un actor faccioso y agravó, acaso de manera irremediable, la fractura entre Cataluña y el resto de España. En otros términos, Felipe VI de Borbón se inhabilitó a sí mismo como jefe de Estado.

Acaso antes de expresar estas posturas el rey habría debido tener en cuenta el declive de la monarquía que él encabeza en el sentir de la ciudadanía española en general y, particularmente, el creciente repudio de que es objeto en el territorio catalán –caracterizado por el apego mayoritario al espíritu republicano–, que tuvo su expresión más reciente en las rechiflas con que fue recibido en Barcelona cuando visitó esa ciudad tras el atentado terrorista perpetrado en Las Ramblas. En cambio, prefirió apostar la credibilidad que le queda a favor del autoritarismo y la cerrazón con que la clase política madrileña ha abordado siempre las reivindicaciones regionalistas –especialmente, la catalana y la vasca–, y con ello se dio un tiro en el pie e hizo un muy flaco favor al Estado que preside: el resultado más probable de su alocución de ayer es que se incremente y extienda el desagrado de los catalanes ante las figuras del rey, de la Casa Real y del Estado español en su conjunto.

Por lo demás, en su discurso, el monarca profirió unas cuantas falacias: por ejemplo, que España vive “desde hace décadas” en “un Estado democrático que ofrece las vías constitucionales para que cualquier persona pueda defender sus ideas dentro del respeto a la ley”, cuando lo cierto es que dentro de ese Estado los nacionalismos no han encontrado el menor resquicio para ensanchar el margen de sus respectivas autonomías; siempre que lo han intentado, se han topado con la rotunda negativa del bando españolista y centralista a considerar una reorganización del país basada en principios federalistas o a modificar una constitución que es a todas luces inoperante en este y en otros ámbitos. Es lamentable, por añadidura, que el rey se haya propuesto “defender la libertad y los derechos” de los habitantes de Cataluña que no comulgan con la causa independentista y no haya tenido una sola palabra de empatía para los más de 800 lesionados que el domingo pasado, sin haber cometido más delito que acudir a las urnas, fueron víctimas de una injustificable barbarie policial.

En suma, Felipe VI dio ayer una prueba fehaciente de que no está a la altura de los de- safíos de la España contemporánea, incluido el más candente, que es gestionar en forma pacífica e institucional los anhelos de autodeterminación que recorre Cataluña. El país ha evolucionado mucho desde 1978 (año en que fue promulgada su actual Carta Magna) y mucho más desde que España era gobernada con el lema franquista de “Una, grande, libre”. Pero, a lo que puede verse, su rey no lo sabe.

 

ANEXO:

El rey antidisturbios

Juan Carlos Escudier* – Público.es

Que el rey se dirigiera a los españoles en fechas nada entrañables y sin langostinos de por medio no presagiaba nada bueno, tal y como pudo confirmarse. Lo que hizo anoche nuestro preparado monarca fue pasarse varios pueblos de sus competencias y ordenar al Tribunal Constitucional y al Gobierno que actúen urgentemente en Catalunya, bien con inhabilitaciones en el caso del Tribunal, bien interviniendo la autonomía por medio del ya famoso artículo 155 de la Constitución o aplicando por decreto la ley de Seguridad Nacional, en lo que respecta al Gobierno. Sólo le faltó presentarse de uniforme en el salón de nuestras casas.

Eso sí, lo dijo a la monárquica manera, que es la que permite llamar cese temporal de convivencia a un divorcio: “Ante esta situación de extrema gravedad, que requiere el firme compromiso de todos con los intereses generales, es responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones, la vigencia del Estado de Derecho y el autogobierno de Cataluña, basado en la Constitución y en su Estatuto de Autonomía”. O lo que es lo mismo y traducido al cristiano, leña al mono.

Si algo demuestra esta demanda es el propio fracaso de la institución, que ha sido incapaz de cumplir el precepto constitucional que le encomienda el artículo 56, y que no sólo consiste en ser el símbolo de la unidad de España y de su permanencia -como recalcó-, sino también arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones. Tanto el emérito, muy ocupado en cazar elefantes en Botsuana cuando se avistaba ya el conflicto hace cinco años, como su sucesor han hecho dejación de esta tarea.

Ya fuera por inspiración de un Ejecutivo inepto que usa al jefe del Estado para cargarse de razones, o cosecha propia del susodicho, el mensaje de ayer fue bastante indecoroso. Más grave aún que los reproches y las acusaciones de deslealtad a la Generalitat, que podían entenderse dentro del guión, fue la sensación de que estábamos ante un antidisturbios con corona. Ni una apelación al diálogo, ni una llamada a la negociación, ni una crítica a la violencia que ha escandalizado a Europa, ni un gesto hacia esa parte de Catalunya, independentista o insatisfecha, a la que nada se ofreció más allá del ‘esto son lentejas’.

La Casa Real tiene con Catalunya dos grandes problemas. Uno, obviamente, es el de la inquebrantable unidad de España, que son palabras mayores para su palaciego vigilante. El otro es que a los actores políticos les dé por negociar un nuevo encaje territorial y que, a mayores, el debate ponga en solfa el propio modelo de Estado. Y es que, puestos a encontrar para los catalanes una fórmula que les satisfaga, lo normal sería preguntar al conjunto de los españoles, catalanes incluidos, por la forma política del Estado y concederles el derecho a decidir si los estados federados o confederados de España han constituirse en república o deben seguir siendo monarquía para no hacerle la puñeta a los editores del Hola.

Abrir el melón constitucional o, para ser más exactos, alumbrar una nueva Constitución para este siglo que no sea una simple operación de cosmética avanzada es lo que tiene: se sabe cómo empieza pero se ignora cómo acaba. “Nosotros decidimos; si un día la Monarquía no sirve a los intereses de España, nosotros decidiremos nuestro modelo. Estoy abierto a ese debate”. Lo decía en 2015 Albert Rivera, ahí donde le ven.

Ello explicaría la beligerancia de su majestad, al que no le sirve convencer sino vencer. Un día aceptas la plurinacionalidad y al siguiente tienes que hacer las maletas y poner rumbo a Roma o a Estoril, con el agravante de que Villa Giralda hace tiempo que fue vendida a unos alemanes. No es sólo la patria común e indivisible de los españoles lo que está en juego.

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*Escritor y periodista español. Columnista del diario digital Público.es

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