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Arabia Saudí: Respuesta europea

Oct 25 2018

Editorial – El País

Solo los países de la UE unidos pueden plantear exigencias a Arabia Saudí

Arabia Saudí ha ofrecido tantas versiones, tan contradictorias y tan increíbles, sobre el asesinato del periodista crítico Jamal Khashoggi que lo único que ha logrado es dejar todavía más claro lo que ocurrió realmente en el Consulado saudí en Estambul: un crimen de Estado. Y, en esta ocasión, a diferencia de lo que han hecho con otras violaciones de los derechos humanos en Riad, los países europeos no pueden mirar hacia otro lado como si nada hubiese ocurrido.

Esta posición dejaría tan en evidencia un doble rasero que dañaría su legitimidad a la hora de criticar o tomar medidas ante los desmanes de otras dictaduras. Solo se puede plantar cara a Riad, ya sea con la exigencia de una comisión internacional independiente de investigación o con otro tipo de acciones diplomáticas, embargos o sanciones, con una actuación conjunta de la UE.

Se trata de un crimen que de ninguna manera puede ser investigado, ni mucho menos juzgado, en Arabia Saudí, pese a que Riad ha detenido a los que considera implicados en él. Las sospechas que apuntan a lo más alto de la monarquía absoluta saudí, incluso al príncipe heredero Mohamed bin Salmán, invalidarían cualquier intento de resolver este asunto en el reino. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, tiene razón al señalar que el lugar para juzgarlo es el país donde se cometió el asesinato. Pero, de nuevo, solo se logrará forzar una resolución del crimen si los miembros de la UE actúan en bloque y, desde luego, no han empezado con buen pie, sino de una forma contradictoria y unilateral.

Mientras el resto de los países se ponían más o menos de perfil, Francia, Reino Unido y Alemania se desmarcaron con una petición de investigación independiente, pero no tuvieron en cuenta al resto de los Veintiocho, a los que, como en el caso de España, ni siquiera consultaron. El Gobierno de Merkel, además, quiso ponerse una medalla adicional anunciando que dejaría de vender armas a Riad en un movimiento que pretende arrastrar al resto de los socios. Pero ni Berlín, ni París, ni Londres ni Madrid deben ser el escenario de la política hacia Arabia Saudí, sino Bruselas. Solo desde una respuesta conjunta, y rotunda, se puede hacer frente a unas posibles represalias económicas.

Al actuar por separado los distintos miembros de la Unión, no solo quedan más expuestos a la ira del reino, sino que, además, no van a conseguir gran cosa: ni frenar la guerra de Yemen, ni mucho menos ofrecer justicia a Jamal Khashoggi.

Esta política común ha sido reclamada muchas veces por organizaciones de derechos humanos, pero este crimen de Estado la convierte en una necesidad. Tanto por el petróleo (sigue siendo el mayor exportador del mundo) como por sus compras de armas (fue el segundo mayor importador mundial en el periodo 2013-2017), Arabia Saudí tiene una capacidad de respuesta económica importante.

Sin embargo, el mundo no es ni de lejos tan dependiente del crudo como en los setenta. De hecho, Arabia Saudí es consciente de que su economía necesita un profundo proceso de transformación —papel que debía jugar el príncipe heredero ahora salpicado por el crimen de Estambul— y necesita estar integrado en el mercado global. Por eso se trata de un falso dilema: la UE  tiene la obligación de actuar desde sus valores, defender su papel en el mundo y hacer frente desde la unidad a las posibles consecuencias de una política que no puede seguir aplazando.

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Réditos de un cadáver excelente

Análisis de Lluís Bassets*,  Director adjunto de El País

Nada le apetecería más a Erdogan, un presidente salido de las urnas, que acabar con Mohamed bin Salman, el joven autócrata designado por su padre

Este cadáver es tan molesto para Mohamed bin Salmán, e incluso para Trump, como rentable para Erdogan, el gran beneficiario de la catastrófica operación de los servicios secretos saudíes, que el hiperbólico presidente de Estados Unidos ha calificado del “peor encubrimiento de la historia”.

Gracias a su perspicacia, Erdogan ha visto que podía ganar esta mano a Riad, con la que mantiene una permanente carrera por el liderazgo islámico y la hegemonía en Oriente Próximo. También que podría servirle para mejorar sus relaciones con Washington e incluso con la UE, con la que colabora en la contención de la inmigración siria, a pesar de la creciente tensión que provoca el aplastamiento de las libertades desde el intento de golpe de 2016.

El cadáver del periodista saudí eclipsa la represión implacable contra la libertad de prensa desencadenada por Erdogan: cierre de medios, encarcelamiento de periodistas y control de conglomerados mediáticos en manos de capitales afines. Sin cadáveres notables de por medio y con tan dudosas credenciales, el caudillo turco se ha permitido graduar la presión sobre Riad con tanta parsimonia como inteligencia.

Desde el 2 de octubre, el día en que Khashoggi cayó en la celada, hasta este pasado martes, Erdogan se ha mantenido en silencio, aunque sus colaboradores fueron filtrando informaciones sobre las últimas horas del infortunado periodista saudí. Una de ellas es la supuesta existencia de unas grabaciones de audio de los últimos momentos de Khashoggi, con sus gritos de socorro, e incluso una última llamada telefónica en la que habría hablado con el propio Bin Salmán justo antes de morir.

Cuando Erdogan ha roto su silencio no ha sido para dar más detalles sobre el crimen, sino para caracterizarlo como fruto de una operación planificada, una forma de señalarlo como un crimen de Estado. Se supone que guarda munición informativa para mantener la presión o al menos para recibir algo a cambio. Con su mención a la figura del rey Salmán, al que reconoció como “custodio de las Dos Mezquitas”, señala por elusión como responsable del crimen al príncipe heredero, ahora mismo en plena caída en su prestigio.

La astuta gestión de Erdogan busca una cierta revancha por la persecución que sufren por parte saudí los Hermanos Musulmanes, cofradía que pretende implantar democracias islámicas y con la que tuvo vínculos Khashoggi. Hay un frente antisaudí —Qatar, sometido a bloqueo saudí desde este año; los rebeldes Huthi de Yemen; Hamas; el destituido y encarcelado presidente egipcio Mohamed Morsi; y naturalmente Irán— que se relame de gusto ante las dificultades que se ha buscado Bin Salmán con este crimen de Estado, hasta el punto de poner en riesgo su futuro como heredero de la corona. Nada le apetecería más a Erdogan, un presidente salido de las urnas, que acabar con el joven autócrata saudí designado por su padre. 25.10.18.

 

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