Ambiente, Corrupción, Derechos Humanos, Extremismo radical, Neoliberalismo, Populismo

Bolsonaro destruye la selva amazónica

Jul 30 2019

Roberto Pizarro*

La semana pasada, Jair Bolsonaro, en su primera conferencia presidencial ante la prensa extranjera, dijo con todas sus letras, “La Amazonía es nuestra, no de ustedes” y, agregó, “Los datos de deforestación sobre la Amazonía son falsos”. Con estos dichos ratificaba lo que hace dos meses atrás había señalado su asesor de Seguridad, el General Augusto Heleno Pereira, “La idea que el Amazonas es patrimonio mundial es una tontería; los extranjeros deben dejar de inmiscuirse.”

El presidente de Brasil y su asesor de Seguridad Nacional se equivocan. La selva amazónica es patrimonio mundial. Se encuentra en su mayor parte en territorio brasileño, pero es indispensable para mantener la vida del planeta y de todos los seres humanos. La Amazonía es la mayor reserva forestal del planeta, “el pulmón del mundo”, que se extiende a lo largo de 7.4 millones de kilómetros cuadrados y concentra el 60% de la biodiversidad mundial.

La selva amazónica al ser un patrimonio de toda la humanidad plantea al Estado brasileño exigencias ineludibles. Lo obliga a protegerla, especialmente hoy día cuando los equilibrios medioambientales se están rompiendo, con serias amenazas para la sobrevivencia de los seres humanos

Por tanto, Bolsonaro y su asesor de seguridad tienen la obligación de cuidar la Amazonía y evitar la deforestación. De no hacerlo cometen delito de lesa humanidad. Y, no pueden argumentar que los extranjeros no tienen derecho a opinar ya que lo que sucede en el “pulmón mundo” afecta a todos los seres humanos. Tienen el deber de informar al mundo sobre el tratamiento que dan a la vida animal, vegetal e indígena en la Amazonía.

Sin embargo, la política medioambiental de Jair Bolsonaro se desentiende de la grave presión que actualmente experimentan los ecosistemas. Reduce las regulaciones en la Amazonía para favorecer las explotaciones mineras y agropecuarias y propone duplicar la producción de soja en los próximos diez años. El resultado será una mayor deforestación facilitada por la integración del ministerio de medio ambiente al de agricultura, a lo que se agrega el término de las demarcaciones de nuevas tierras indígenas pues “el indio ya tiene demasiada tierra”.

Así las cosas, se multiplican las preocupaciones de las ONG locales y de organismos internacionales. De acuerdo con el reporte de la World Wildlife Fund (WWF) publicado en octubre del 2018, una quinta parte de la selva ha desaparecido en los últimos 50 años; según Greenpeace, la deforestación de la Amazonia en los años 70 alcanzaba un 1% del territorio, mientras hoy llega al 18%. Y, una reciente estimación del Instituto de Investigaciones Espaciales destaca que sólo en el mes de junio de este año, en comparación al mismo mes del año pasado, se ha producido un 88 % de deforestación en la Amazonía. Los datos no son falsos.

En consecuencia, el actual presidente de Brasil, en vez de enfrentar con responsabilidad la grave desforestación del “pulmón del mundo”, prefiere admirar el retiro de los Estados Unidos del Acuerdo de Paris (que compromete la reducción de las emisiones de carbono). Imitando a Trump, durante su campaña electoral, también propuso el retiro de Brasil del Acuerdo de Paris. Probablemente por ello el presidente de Francia advirtió que no ratificará el reciente acuerdo comercial Unión Europea-Mercosur a menos que exista un compromiso claro de Brasil con reducir la deforestación y, por cierto, ello incluye el no retiro del Acuerdo de Paris.

En la segunda década del siglo XXI el mundo enfrenta serios desafíos medioambientales. Los acelerados procesos de industrialización, urbanización y comercio global han colocado una presión extrema sobre los ecosistemas, con grave peligro para el planeta. En efecto, se está rebasando el límite de seguridad del cambio climático; la biodiversidad se está reduciendo a extremos muy delicados; los bosques originales han disminuido sustancialmente y muestran signos de estar absorbiendo menos carbono; y, la aplicación de fertilizantes y pesticidas en la agricultura han rebasado límites tolerables, dañando a plantas, aguas y peces.

La Amazonía, que debiera ser el principal escudo protector para enfrentar el deterioro de los ecosistemas, se está destruyendo. Se verán afectados Brasil y el resto de los países amazónicos, pero también toda la humanidad y sobre todo las generaciones venideras. Disminuirá la capacidad para absorber CO2, morirán mayores especies de animales y vegetales y el calentamiento global continuará su marcha inexorable. La subsistencia del planeta está en juego. Bolsonaro tendrá que asumir su responsabilidad ante la humanidad.

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*Economista, con estudios de posgrado en la Universidad de Sussex (Reino Unido). Investigador Grupo Nueva Economía. Fue decano de la Facultad de Economía de la Universidad de Chile, ministro de Planificación, embajador en Ecuador y rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.  Columnista de diversos medios. Artículo enviado a Other News por el autor y publicado en AméricaEconomía, el 26.07.19.

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Anexo:

Las barbaridades del bárbaro

Por Eric Nepomuceno – Página12, Argenina

El presidente Jair Bolsonaro lo desmiente. Cada día da hartas y vastas pruebas de que su capacidad de disparar estupideces y aberraciones carece de cualquier límite.

A lo largo de sus casi treinta años como diputado nacional, ese primate ultraderechista que desde enero ocupa la presidencia brasileña mereció atención gracias a esa capacidad. Esa es la razón exclusiva: en todos esos años presentó solamente dos proyectos de ley, ambos rechazados por sus pares.

Las perlas disparadas son del tipo «el periodo militar (él nunca se refirió a la dictadura que duró de 1964 a 1985 como dictadura) cometió algunos errores. Torturar fue un equívoco: deberían haber fusilado a por lo menos unos treinta mil, empezando por Fernando Henrique Cardoso’.

O cuando se dirigió a una diputada, diciendo «‘no te estupro porque no lo mereces», o al confesar que utilizaba el auxilio vivienda a que todo diputado tiene derecho ‘para comer gente’, en referencia a pagar prostitutas. O cuando dijo que prefería un hijo muerto a un hijo gay. La lista de ejemplos sigue y es casi infinita.

Pese a esa conducta olímpicamente absurda y a su incontestable desequilibrio emocional (bueno: emocional, en el mejor de los casos…), fue electo para presidir el país más extenso, más poblado y de economía más fuerte de nuestro continente.

Lo mínimo que se podría esperar entonces de semejante esperpento es que tratase de contener sus ímpetus de producir una aberración tras otra. O que alguien lo contuviese.

Qué va: ni se contuvo ni nadie lo contiene.

En todos esos días no hizo más que dejar en evidencia lo que los mínimamente informados sabían: Jair Bolsonaro es un descerebrado que no tiene absoluta idea no solo de lo que es presidir a una nación, como tampoco las reglas que determinan la liturgia del cargo que ocupa. Tampoco tiene la menor idea de lo que es la convivencia social, e ignora cualquiera de las bases más elementales de educación. Por si fuera poco, sus relaciones con la realidad son prácticamente inexistentes.

A lo largo de los últimos diez días propició otra formidable secuencia de falsedades, perjuicios y, claro, sarcasmo.

Pero nada comparable a la secuencia disparada ayer, cuando su metralleta de barbaridades actuó con precisión absoluta.

Por la mañana, dijo que el periodista norteamericano Glenn Greenwald cometió delito al publicar en su revista digital ‘The Intercept’ audios y textos filtrados de los celulares tanto del entonces juez (y actual ministro de Justicia) Sergio Moro y de los fiscales. Ese material deja absolutamente claro que Moro era el verdadero coordinador de la ‘Operación Lava Jato’ que condenó a Lula sin pruebas y lo mandó a la cárcel, abriendo espacio para la elección de un sociópata.

Greenwald fue el responsable de divulgar los papeles del ‘caso Snowden’, lo que le valió el premio Pulitzer, auge del reconocimiento periodístico. Vive en Brasil desde hace quince años, y está casado con David Miranda, diputado nacional por el izquierdista Partido Socialista y Libertad (PSOL).

El pasado viernes Bolsonaro ya había afirmado que ‘a lo mejor’ Greenwald podría ser detenido. Ayer reforzó la presión.

Alrededor del mediodía avanzó contra Felipe Santa Cruz, presidente nacional de la OAB (Orden de los Abogados de Brasil). En un surto de agresividad, recordó que se trata del hijo de Fernando Santa Cruz, militante de la resistencia de izquierda a la dictadura desaparecido luego de haber sido detenido en 1974, auge de la dictadura. ‘Si él quiere, le cuento lo que ocurrió con el padre. Cuento la verdad sobre su padre. Él no querrá oír, pero cuento’.

Cuando Fernando fue detenido y luego desaparecido, su hijo tenía dos años. Bolsonaro, 19, y estaba en la academia del Ejército.

Las reacciones a lo dicho por el presidente fueron inmediatas, y todas absolutamente negativas. Fue clasificado por el abogado Miguel Reale Junior, que puede ser señalado de cualquier cosa menos de izquierdista o siquiera progresista, como un caso clarísimo de un insano mental.

Por la tarde Bolsonaro suspendió un encuentro con el ministro francés de Relaciones Exteriores. Prefirió aparecer vía redes sociales con su peluquero cortándole el pelo en el despacho presidencial.

Y contó, entonces, lo que pasó con el padre de Felipe Santa Cruz: ‘vino a Río sin avisar a su organización. Cuando lo vieron en Río, sus compañeros desconfiaron que hubiese pasado para el lado nuestro (en referencia a la dictadura). Y lo mataron. Lo supe de militares que sabían’.

Felipe Santa Cruz avisó que presentará acciones a la Corte Suprema para que inste el presidente a revelar dónde están los restos mortales de su padre.

¿Quién contactará al servicio de emergencia psiquiátrica?

Bolsonaro es un tipo sin límites en su barbaridad.

 

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