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El fantasma de McCarthy ronda la Casa Blanca

Jul 22 2019

Arturo Balderas Rodríguez – La Jornada

Ante las elecciones en Estados Unidos de 2020, la estrategia del presidente Trump para relegirse está planteada. Es claro que des-de ahora ha decidido jugar la carta del racismo, la xenofobia y la escatología protofascista que le caracteriza.

Insulto sin disculpa

La gravedad del insulto a cuatro jóvenes legisladoras cuando Trump las acusó de odiar a Estados Unidos y las conminó a regresar a la tierra de la que son originarias –tres de ellas nacieron en ese país y una en Somalia, pero es ciudadana estadunidense– fue una demostración patente de su racismo y de la estrategia para relegirse.

Agredir e insultar de la forma más soez a quienes lo critican y discrepan de él, y de esa manera enardecer los más bajos instintos de los que por extraviadas razones lo apoyan, fue su estrategia para ganar la presidencia y ahora para un segundo mandato.

Su nativismo trasnochado al pregonar que las oleadas de protestantes que colonizaron las tierras que pertenecieron a los indios son los únicos con el derecho natural a vivir en el país que él gobierna, es una trampa que sólo tiene cabida en la ignorancia y la estulticia de quienes piensan igual que él. Esa es la carta que Donald Trump ha jugado a lo largo de la campaña iniciada en 2015, en todo su mandato y, desde mucho antes, cuando, como propietario de edificios de departamentos, se negó rentarlos a latinos y a afroestadunidenses.

Nadie en su sano juicio pensó que un personaje de esa estirpe, cuyo mayor logró había sido como histrión en un programa de concurso, pudiera incursionar en el terreno de la política con alguna posibilidad de éxito. Fue una de las razones por las que la mayoría de los medios de comunicación descartaron de entrada sus posibilidades de ganar la candidatura del Partido Republicano.

Lo que se perdió de vista es que un sector de la sociedad estadunidense se siente agraviada por los movimientos de integración racial, y la lucha por la igualdad de género y raza que invariablemente han rechazado porque los ven como la expresión de una élite ajena a su cultura.

Trump encarnó ese sentimiento porque le era útil y también por convicción. Lo aprovechó para llegar a la Casa Blanca y lo reutiliza en su afán de permanecer en ella cuatro años más.

Al margen de lo que suceda en la elección de 2020, lo que se puede advertir es que la semilla de la discordia ha sido plantada y pudiera florecer más allá de la elección del próximo año. El terreno es fértil en una capa de la sociedad que se niega a entender que el tufo racista y xenófobo destilado por Trump está corroyendo las bases sobre las que se construyó esa nación desde el momento mismo de su Independencia y posteriormente con una guerra civil que costó cientos de miles de vidas. Trump ha logrado su cometido: dividir nuevamente a la sociedad estadunidense para aprovecharse.

Silencio del partido a conveniencia

En última instancia, el mandatario ha requerido de acólitos para lograr sus propósitos. Lo más lamentable en esta oleada de insultos en contra de las cuatro jóvenes legisladoras ha sido la actitud del Partido Republicano, cuya mayoría, fuera y dentro del Congreso, ha justificado la conducta de quien ha organizado el asalto a la ponderada democracia estadunidense, y de paso al que fuera partido de Lincoln. El silencio convenenciero e hipócrita que han mantenido los republicanos frente a la actitud del presidente es no sólo vergonzoso, sino peligroso por las consecuencias que pudiera tener en corto o mediano plazo. Algunos de sus miembros se han atrevido a denunciar a las congresistas objeto de las recriminaciones de Trump como comunistas.

¿Alguien recuerda el macartismo que costó la libertad e incluso la vida a quienes expresaron en un momento sus ideas liberales como tantos otros lo hacen actualmente?

Los síntomas son graves; la historia podría repetirse. Lo que no se sabe es si esta vez como tragedia o como una farsa encabezada por un moderno émulo de Joseph Goebbels.

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Racismo en las urnas

David Penchyna Grub *

“Send her back… Send her back…” (“regrésala…”), coreaba una multitud en Carolina del Norte ante el silencio complaciente del orador. Los gritos iban dirigidos a Ilhan Omar, congresista estadunidense musulmana nacida en Somalia. Dos días antes, el orador –nada más y nada menos que el presidente de Estados Unidos– había emprendido una andanada de tuits que fueron calificados como racistas por el Congreso. Es sólo el principio: detrás de diferendos políticamente correctos como el socialismo o la visión sobre el Estado de Israel, el debate racial se ha vuelto a colar a la elección presidencial de nuestro vecino del norte.

Donald Trump ha normalizado ciertas palabras y arquetipos que parecen estar en el límite de lo que legal y éticamente puede permitirse un jefe de Estado; sin embargo, sus seguidores –que no son pocos– van mucho más allá en términos de una creciente intolerancia a la América no blanca, no anglosajona, no protestante, no inmigrante europea previa a la Segunda Guerra. Su base dura de votantes está regresando a una narrativa y retórica propias del desgarrador debate previo a la Ley de Derechos Civiles que se vio obligado a publicar Lyndon Johnson en los años ’70.

Cuando un estadunidense dice a otro estadunidense que regrese a su país, hay una clarísima connotación racial o religiosa de por medio. Cuando el jefe del Estado dice a una congresista electa que regrese a su país, Estados Unidos da vuelta medio siglo en la historia y hace pensar en las páginas más oscuras de su historia: la de Hamilton, que siendo padre fundador jamás permitió que sus esclavos fueran libres; la de Lincoln, que en la segunda mitad del siglo XIX debió enfrentar la guerra, la carnicería, la división e incluso la muerte, por defender la bandera de la no esclavitud; la de la marcha silenciosa de Selma a Montgomery en Alabama, o el asesinato de Martin Luther King. Hace pensar en este país colosal que, visto de cerca, se craquela y divide en millones de colores distintos.

Send her back, envíala de regreso, es un claro posicionamiento de la derecha norteamericana respecto de la posición de su país en el mundo: no más concesiones a naciones en desarrollo, no más refugiados, no más tolerancia a la inmigración ilegal, no hay más espacio para nadie, no tienen por qué convivir con religiones con las que han estado en guerra y que identifican –en una asociación burda y simplista– con el terrorismo; no más Estados Unidos pluricultural y multiétnico. Que prevalezcan el Midwest y el deep South (el inmenso territorio entre ambas costas y el sur profundo de Tenesse, Luisiana, Arkansas, Alabama, Georgia, Missouri). Make America great again.

Es desalentador que Trump cargue contra cuatro congresistas, mujeres, de color y religión distinta a la suya, y las convierta en ciudadanas de segunda clase. Ellas no pueden volver a sus países. África o América Latina no son más que la tierra de sus abuelos, no una patria a la cual puedan regresar. ¿Serían capaces los seguidores de Trump de decir send her back a una migrante caucásica o de algún país nórdico?, ¿es el color de la piel y no la medida del carácter –parafraseando a King– lo que está privando en este debate? Lo cierto es que para perjuicio de la democracia y debilitamiento de los derechos civiles, en pleno siglo XXI, el debate es abiertamente racial y polarizante. Lo dramático es que también es eficaz para fortalecer la base de votantes del partido republicano de cara a la elección de 2020. Esta posición presidencial –inédita en la historia contemporánea– sintetiza la nueva política migratoria, el trato a México y es consistente con los episodios más polémicos de Trump frente al delicadísimo tema racial: su ataque a los jugadores de futbol americano por arrodillarse durante la ceremonia del himno; y la defensa de los grupos supremacistas blancos que atacaron a civiles en Charlottesville.

El tema no es sólo el racismo con pedestal, comunicación y poder, sino la asombrosa capacidad de amalgamar apoyos a partir de una postura que –hasta hace muy poco tiempo– hubiese sido muy reprobada; y no sólo éticamente reprobable. Hoy se elije entre extremos, priva la irracionalidad, el miedo y la desconfianza en un mundo abierto y sin fronteras claras. Al desmantelamiento de las fronteras siguió la construcción de muros; al avance de las minorías y el ostracismo temporal del racismo en la política, el anhelo de la segregación y la redefinición de roles y castas en función –otra vez– del color de la piel, de la religión y del lugar donde se nace. Por increíble que parezca, el país más poderoso y una de las democracias más sólidas del mundo, muestra que tres siglos le fueron insuficientes para desterrar la vena que los ha dividido siempre, y que sólo las leyes pudieron mantener a raya: el soterrado racismo que los llevó a la Guerra Civil, que movilizó a la nación en los ’70 y que paradójicamente puede garantizar las condiciones para la relección de Trump.

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*Abogado y político mexicano. Ex Senador de la República, ex secretario de Desarrollo Económico y  de Desarrollo Social. En La Jornada de México, 22.07.19

 

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