Corrupción, Derechos Humanos, Elecciones, Extremismo radical, Racismo&discriminación, Religión, Violencia

El líder que se agarra al poder

Mar 6 2020

Por Ramón Lobo – El País

Benjamin Netanyahu ha beneficiado de una fatiga electoral que él ha fomentado

Israel está gobernado por un jugador con fuerte apoyo popular, Benjamín Netanyahu. Se ha beneficiado de una fatiga electoral que él ha fomentado. Su política es crear la sensación de que su presencia al frente del país es inevitable. Tras no ganar del todo las terceras elecciones consecutivas en menos de un año (faltan tres escaños para la mayoría absoluta), acusó a su principal rival, Benny Gantz, líder del partido Azul y Blanco, de alinearse con los amigos de los terroristas y de poner en peligro la democracia israelí.

Quien lo dice tiene un problema legal grave: el 17 de este mes arranca un proceso en el que se le acusa de tres delitos de corrupción. Necesita posponer ese juicio, lograr el apoyo de 61 de los 120 diputados (tiene 58) y aprobar una ley retroactiva que le garantice la inmunidad.

El bloque de la derecha, que es de ultraderecha, trata de atraer a tres tránsfugas de la llamada izquierda, o lograr el apoyo del no menos ultraderechista Avigdor Lieberman, cuya agenda laica (que los ultrarreligiosos hagan la mili) choca con la de los ultrarreligiosos aliados del primer ministro en funciones.

Con “los amigos de los terroristas” se refiere a la Lista Conjunta árabe israelí, que ha logrado 15 escaños. Es la gran sorpresa. Ha movilizado a su electorado pese a que su presencia en el Parlamento es irrelevante. El resto de los partidos le hacen el vacío.

Su éxito tiene que ver con la alarma creada por el plan de Trump, que incluye un cambio de soberanía para 10 poblaciones limítrofes con la Línea Verde. Pasarían a la Autoridad Palestina. Sus habitantes perderían la nacionalidad israelí. Los palestinos que la tienen suman el 20% de la población.

Netanyahu ganó sin mayoría la primera elección, la de abril de 2019, una situación similar a la actual. Gantz ganó las segundas, también sin mayoría. Ahora ha vuelto a la segunda posición. No se atrevió a distanciarse del discurso ambiente. Netanyahu lleva 14 años en el cargo. Para conseguirlo ha destruido planes de paz e iniciativas para alcanzar un pacto con los palestinos. En casi tres lustros ha derechizado a la sociedad israelí, que vive en un tobogán emocional. No será fácil que se vaya. Denuncia que le quieren robar la victoria. Habla de los tribunales.

Mientras que la juventud israelí es cada vez más derechista y aboga como Netanyahu por la anexión de gran parte de Cisjordania, la juventud estadounidense está con Sanders, un judío de Brooklyn que detesta las políticas de Netanyahu. Hay varias partidas simultáneas y en todas pierden los palestinos. El excelente resultado de la Lista Conjunta aviva el temor a una solución Edward Said. Este gran intelectual palestino, ya fallecido, proponía renunciar al Estado propio y pedir en masa la nacionalidad israelí. Serían casi la mitad de la población. Obligaría a resolver un dilema que no es nuevo: Estado judío o democracia.

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Anexo:

Palestina: palabras narrativas

Maciek Wisniewski – La Jornada

Edward W. Said, el gran intelectual palestino –y quintaesencia intelectual pública− que por sí solo y de manera pionera abrió las ciencias sociales a los modos en que mundos enteros quedan encasillados en palabras y narrativas ajenas − Orientalism (1978), Culture and imperialism (1993)−, en un texto triste, escalofriante y bello −por si esta palabra aplica a una reflexión sobre el sufrimiento de todo un pueblo escrita en medio de una enfermedad terminal− hablando de la peculiar crueldad de Israel −un país poseído por la manía de castigar a los débiles− reflejada en periódicas masacres de Gaza e interminable ocupación de Cisjordania, apuntaba que todo el lenguaje del sufrimiento y de la vida cotidiana palestina fue secuestrado o pervertido al punto de ser inútil e incluso servir como pantalla para ir infligiendo más muerte y tortura (bit.ly/3ck4pZ7).

Me acordé de esto pensando en el Acuerdo del Siglo ( The deal of the century) que preparado −sin ninguna participación palestina, pero sí con harta autoría israelí− por los mediadores estadunidenses cuya creatividad radicó básicamente en secuestrar las palabras y alterar su sentido: cambiar los nombres o estatus de los lugares contrario al derecho internacional (Jerusalén, asentamientos ilegales, etcétera.) para sancionar su ocupación y la próxima anexión o llamar ejército a un conjunto de enclaves sin continuidad, control del espacio aéreo/seguridad/política exterior, el Estado, nació, con excusa y pantalla de mejorar la vida cotidiana de los palestinos ( bit.ly/3bERgJz) para seguir castigándolos e irles infligiendo más muerte y tortura. “Matar, reducir, mutilar y ahuyentar hasta que ‘quiebren’”, escribía Said.

Por más que este supuesto plan de paz se presente como un cambio de enfoque y narrativa frente a lo que no servía antes (bit.ly/32PbFaM) en realidad es sólo la consumación de lo que ya hubo: los Acuerdos de Oslo a los que en su momento Said se opuso categóricamente prediciendo que esto iba a acabar así: todo para Israel, nada para Palestina ( The end of the peace process, 2000), y por más que el dúo Trump-Netanyahu que lo parió se vislumbre como el milagro para Israel −en efecto se le concedieron todos sus deseos− ya hemos tenido algo así.

¿Alguien se acuerda de la dupla Sharon-Bush Jr.?

Cuando en 2004 Israel se retiró unilateralmente de Gaza –una medida calculada para boicotear el proceso de paz y ponerlo en formaldehído (bit.ly/2x8j0GT)− G. W. Bush llamó a Ariel El Carnicero Sharon el hombre de la paz (sic) y abrazó su agenda nacionalista y anexionista dándole garantías por escrito (sic) −retención de partes de Cisjordania a su criterio y negación al retorno de los refugiados palestinos− que revertían, o desnudaban, la tradicional –neutral− postura de Estados Unidos (A. Shlaim, Israel and Palestine, p. 293).

Said llamó −en otro lugar− las jugadas israelí-estadunidenses de aquel entonces ( road map) gracias a las cuales Sharon, a pesar de tres acusaciones de corrupción en su contra, logró aferrarse al poder −¿a qué nos recuerda esto? (¡le hablan Mr. Netanyahu!)− y Bush Jr. consolidó el voto de los sionistas cristianos ante las elecciones que se avecinaban −¿a qué nos recuerda esto? (¡le hablan, Mr. Trump!)− no planes de paz, sino de pacificación: “de poner el fin al problema ‘Palestina’” (bit.ly/2wterGK).

El unilaterialismo sharoniano tenía un propósito: el politicidio de los palestinos: la disolución de Palestina como una legítima entidad que comprendía también una −total o parcial− limpieza étnica en Eretz Israel (B. Kimmerling, Politicide, p. 17).

El Acuerdo del Siglo que no por casualidad contiene un apartado sobre “ transfers poblacionales” −un eufemismo para la limpieza étnica−, o sea, un marco legal para ejecutarlos en el futuro ante los ojos del mundo indiferente, con su unilateralismo es sólo el siguiente ejercicio en politicidio y afán de desaparecer a los palestinos envuelto ahora en un novedoso lenguaje de visiones y oportunidades económicas.

Si bien –como de costumbre− tiene razón Robert Fisk que basta echar un ojo a la palabrería de este documento −absurdos, parodia y banalidad en casi igual proporción− para ver que todo esto es sólo una siguiente locura ( mumbo-jumbo) y vacilada ( ballyhoo) trumpiana −¿Hasta cuándo los periodistas, los escritores, estaremos tomando en serio estas palabras…? (bit.ly/2GOYMmZ)–, balbuceo o no, allí está e incluso está siendo implementado (bit.ly/2PPZMMz).

Ya hace 18 años en aquel triste y –vuelvo a decir− bello texto, Said lamentaba la época pasada de Israel Shahak, Yeshayahu Leibowitz o Jakob Talman, los intelectuales que no temían decir verdades incómodas –como que la ocupación está pervirtiendo al propio Israel (nyti.ms/3cuBktX)− subrayando que eran pocos (Uri Avnery, Ilán Pappe, Zeev Sternhell, Gideon Levy, Amira Hass, Jeff Halper) quienes tenían el valor de luchar por las palabras en Israel.

La paz por ejemplo –un término que desapareció del vocabulario político israelí y está siendo usado para el público exterior− ya es una palabra muerta. Sólo queda la pacificación.

Y las voces palestinas (y pro-palestinas) –múltiples, ricas, heterogéneas (bit.ly/39jwTjD)− quedan secuestradas, pervertidas, silenciadas y desaparecidas, como la Palestina misma (bit.ly/32ToelN).

Sólo queda el balbuceo del dúo Trump-Netanyahu.

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