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El coronavirus y el futuro que nos espera

Abr 22 2020

Por Donald G. McNeil Jr* – New York Times en español

No volveremos pronto a nuestras vidas de antes, según una veintena de expertos. Pero hay esperanza en el manejo del flagelo ahora y en el largo plazo.

El coronavirus se está propagando desde las ciudades más grandes de Estados Unidos hasta sus suburbios y ha empezado a irrumpir en las regiones rurales de la nación. Se cree que el virus ha infectado a millones de ciudadanos y ha cobrado la vida de más de 34.000.

Sin embargo, la semana pasada, el presidente Donald Trump propuso lineamientos para reabrir la economía y sugirió que una parte de Estados Unidos pronto regresaría a algo parecido a la normalidad. Desde hace varias semanas, la perspectiva del gobierno en cuanto a la crisis y nuestro futuro ha sido más optimista que la de sus propios asesores médicos y de los científicos en general.

La verdad es que nadie sabe con certeza adónde nos llevará esta crisis. Más de veinte expertos en salud pública, medicina, epidemiología e historia compartieron sus opiniones sobre el futuro en entrevistas detalladas. ¿Cuándo podemos salir de nuestros hogares? ¿Cuánto tiempo pasará, de manera realista, antes de tener un tratamiento o una vacuna? ¿Cómo mantendremos el virus a raya?

Algunos creen que el ingenio estadounidense, una vez comprometido, podría producir avances para aliviar las cargas. La ruta a seguir depende de factores que son difíciles pero factibles, dijeron: un enfoque cuidadosamente escalonado para la reapertura, pruebas y vigilancia generalizadas, un tratamiento que funcione, recursos adecuados para los proveedores de atención médica y, finalmente, una vacuna efectiva.

Aún así, fue imposible evitar pronósticos sombríos para el próximo año. La mayoría de los expertos coinciden en que el escenario que Trump ha descrito en sus informes diarios a la prensa es una fantasía: ha dicho que los confinamientos cesarán pronto, que una píldora de protección está casi al alcance de la mano, que los estadios de fútbol y los restaurantes pronto estarán llenos.

“Nos espera un futuro lúgubre”, dijo Harvey V. Fineberg, expresidente de la Academia Nacional de Medicina.

Él, junto con otros expertos, vislumbra una población triste, atrapada en interiores durante meses, y, los más vulnerables, tal vez durante mucho más tiempo. Expresaron su preocupación de que los científicos no lograran encontrar una vacuna pronto, que los ciudadanos agotados ignorasen las restricciones pese a los riesgos y que el virus se hiciera parte de nuestras vidas de ahora en adelante.

“Mi lado optimista dice que el virus se reducirá en el verano y que una vacuna llegará al rescate”, dijo William Schaffner, especialista en medicina preventiva en la facultad de Medicina de la Universidad de Vanderbilt. “Pero estoy aprendiendo a protegerme de mi naturaleza optimista”.

La mayoría de los expertos opinaron que, cuando la crisis terminase, la nación y su economía se reactivarían rápidamente. Sin embargo, sería inevitable pasar por un periodo de dolor intenso.

La forma exacta en que acabará la pandemia dependerá, en parte, de los avances venideros en la medicina. También dependerá de cómo se comporten los estadounidenses mientras tanto. Si nos protegemos y a nuestros seres queridos escrupulosamente, la mayoría de nosotros vivirá. Si subestimamos al virus, nos encontrará.

Es posible que mueran más estadounidenses de lo que admite la Casa Blanca.

Podría decirse que la COVID-19, la enfermedad que causa el coronavirus, es la principal causa de muerte en Estados Unidos en este momento. El virus ha causado el fallecimiento de más de 1800 estadounidenses casi a diario desde el 7 de abril y es posible que la cifra oficial sea una subestimación de la real.

En contraste, las enfermedades cardíacas suelen causar 1774 muertes al día en Estados Unidos, mientras que el cáncer provoca 1641.

Es cierto, las curvas del coronavirus se están estabilizando. En Nueva York, el epicentro de la epidemia, menos personas están siendo ingresadas a los hospitales y hay menos pacientes con la COVID-19 en las unidades de cuidados intensivos. El total diario de víctimas aún es desalentador, pero ya no va en aumento.

El modelo epidemiológico citado a menudo por la Casa Blanca, que fue producido por el Instituto de Medición y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington, predijo originalmente que habría de 100.000 a 240.000 muertes para mediados de verano. Ahora, esa cifra es de 60.000.

Si bien estas son noticias alentadoras, enmascaran algunas preocupaciones importantes. La proyección del instituto va hasta el 4 de agosto, y describe solo la primera ola de esta epidemia. Sin una vacuna, se espera que el virus circule durante años y que la cifra de muertes aumentará con el tiempo.

El progreso que se ha logrado hasta la fecha ha sido gracias al cierre de emergencia en el país, una situación que no puede continuar de manera indefinida. El plan de reapertura “gradual” que expuso la Casa Blanca sin duda incrementará el número de víctimas, sin importar cuán cuidadosa sea su implementación. La mayor esperanza es que los fallecimientos sean mínimos.

Las proyecciones confiables a largo plazo de cuántos estadounidenses morirán varían, pero todas son sombrías. Varios expertos consultados en marzo por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) predijeron que el virus eventualmente podía llegar a entre el 48 y el 65 por ciento de los estadounidenses, con una tasa de mortalidad de poco menos del uno por ciento, y que mataría a unas 1,7 millones de personas si no se hiciera nada para evitar la propagación.

Un modelo de investigadores del Imperial College de Londres, citado por el presidente estadounidense el 30 de marzo, predijo 2,2 millones de muertes en el país para septiembre, en las mismas circunstancias.

En comparación, alrededor de 420.000 estadounidenses murieron en la Segunda Guerra Mundial.

Los datos limitados de China son aún más desalentadores. Su epidemia se detuvo, por el momento, y prácticamente todas las personas infectadas en la primera ola murieron o se recuperaron.

China ha informado oficialmente sobre casi 83.000 casos y 4632 muertes, lo que representa una tasa de mortalidad de más del cinco por ciento. El gobierno de Trump ha cuestionado las cifras, pero no ha producido unas más precisas.

Las tasas de mortalidad dependen en gran medida de qué tan abrumados están los hospitales y a qué porcentaje de casos se le hace pruebas. Según un informe del Centro de Medicina Basada en Evidencia, la tasa de mortalidad calculada de China era del 17 por ciento la primera semana de enero, cuando Wuhan estaba en caos, pero solo del 0,7 por ciento a fines de febrero.

En este país, los hospitales de varias ciudades, incluyendo Nueva York, llegaron al límite del caos. Esta semana, funcionarios tanto en Wuhan como en Nueva York tuvieron que ajustar al alza sus recuentos de muertes cuando se dieron cuenta de que muchas personas habían muerto en casa de la COVID-19, derrames cerebrales, ataques cardíacos u otras causas, o porque las ambulancias nunca vinieron por ellos.

En epidemias vertiginosas, muchas más víctimas llegan a hospitales o mueren en casa de lo que los médicos pueden hacer pruebas; al mismo tiempo, los enfermos leves o asintomáticos nunca se hacen la prueba. Esos dos factores distorsionan la verdadera tasa de mortalidad en formas opuestas. Si no sabes cuántas personas están infectadas, no conoces cuán letal es un virus.

Solo cuando se realicen decenas de miles de pruebas de anticuerpos sabremos cuántos portadores silenciosos puede haber en Estados Unidos. Los CDC han sugerido que podría ser el 25 por ciento de los que dan positivo. Investigadores en Islandia dicen que podría ser el doble de eso.

China también está revisando sus propios cálculos. En febrero, un amplio estudio concluyó que solo el uno por ciento de los casos en Wuhan eran asintomáticos. Una nueva investigación dice que tal vez lo era el 60 por ciento. Nuestras brechas de conocimiento siguen siendo lo suficientemente amplias como para hacer llorar a los epidemiólogos.

“Todos los modelos son solo eso”, dijo Anthony S. Fauci, asesor de ciencia para el equipo especial del coronavirus de la Casa Blanca. “Cuando obtienes nuevos datos, les haces cambios”.

Puede haber buenas noticias ocultas en esta inconsistencia: el virus puede estar mutando para causar menos síntomas. En las películas, los virus se vuelven más mortales. En realidad, generalmente se vuelven menos, porque las cepas asintomáticas llegan a más huéspedes. Incluso el virus de la gripe española de 1918 finalmente se desvaneció en la gripe estacional H1N1.

Por el momento, sin embargo, no sabemos exactamente qué tan transmisible o letal es el virus. Pero los camiones refrigerados estacionados afuera de los hospitales nos dicen todo lo que necesitamos saber: es mucho peor que una mala gripe de temporada.

Los confinamientos terminarán, pero con dificultad.

Nadie conoce el porcentaje exacto de estadounidenses que se ha contagiado hasta ahora —los cálculos han variado del 3 al 10 por ciento—, pero es probable que al menos 300 millones de nosotros sigamos siendo vulnerables.

Hasta que surja una vacuna, o alguna otra medida de protección, los epidemiólogos coinciden en que no hay manera de que todas esas personas salgan a las calles de manera segura. Si los estadounidenses regresan a la fuerza, todo parecerá tranquilo durante unas tres semanas.

Luego, las salas de emergencia volverán a estar ocupadas.

“Existe este pensamiento mágico de que todos vamos a resistir por un tiempo y luego la vacuna que necesitamos va a estar disponible”, comentó Peter J. Hotez, decano de la Escuela Nacional de Medicina Tropical de la Escuela de Medicina de Baylor.

En su afamado artículo, “Coronavirus: el martillo y la danza”, publicado el 19 de marzo en Medium (el 22 de marzo en español), Tomás Pueyo predijo de manera correcta el cierre nacional, al cual se refirió como el martillo, y dijo que nos llevaría a una nueva fase, a la cual bautizó como la danza, en la que partes esenciales de la economía podrían reactivarse, como algunas escuelas y algunas fábricas con el mínimo personal necesario.

Todos los modelos epidemiológicos plantean algo parecido a la danza. Todos asumen que el virus rebrotará cada que surjan demasiados portadores y forzará otro cierre de emergencia. Después, el ciclo se repite. En los modelos, las curvas de ascenso y descenso de muertes se ven como una hilera de dientes afilados.

Los modelos predicen que los repuntes son inevitables, aunque se queden cerrados los estadios, las iglesias, los teatros, los bares y los restaurantes, todos los que lleguen del extranjero cumplan cuarentenas de 14 días y los viajes nacionales se restrinjan rigurosamente para prevenir que áreas de alta intensidad reinfecten aquellas de baja intensidad.

Los expertos dicen que cuanto más estrictas sean las restricciones, menores serán las muertes y más largos los periodos entre confinamientos. La mayoría de los modelos asumen que los estados eventualmente realizarán tomas generalizadas de temperatura, pruebas rápidas y rastreo de contactos, como es habitual en Asia.

Incluso las pautas de “Abriendo América otra vez” que Trump presentó el 16 de abril tienen tres niveles de distanciamiento social, y se recomienda que los estadounidenses vulnerables permanezcan ocultos. El plan respalda las pruebas, el aislamiento y el rastreo de contactos, pero no especifica cómo se pagarán esas medidas ni cuánto tiempo llevará implementarlas.

El 17 de abril, nada de eso impidió que el presidente contradijera su propio mensaje al publicar tuits que alentaban a los manifestantes de Michigan, Minnesota y Virginia a pelear contra los cierres de sus estados.

China no permitió la reapertura de Wuhan, Nanjing y otras ciudades hasta que la vigilancia intensiva encontró cero casos nuevos durante 14 días consecutivos, el tiempo de incubación del virus. En comparación con China o Italia, Estados Unidos sigue siendo un patio de recreo.

Los estadounidenses pueden tomar vuelos domésticos, conducir a donde quieran y recorrer las calles y los parques. A pesar de las restricciones, todos parecen conocer a alguien que organiza discretamente citas de juego para niños, hace asados en su patio trasero o se reúne con personas que conocieron en aplicaciones de citas.

Como resultado, el país ha registrado hasta 30.000 nuevos casos de infecciones al día. “La gente tiene que darse cuenta de que no es seguro jugar al póquer con la cara cubierta con una bandana”, dijo Schaffner.

Incluso con medidas rigurosas, los países asiáticos han tenido problemas para mantener al virus bajo control.

China, que ha informado sobre cien nuevas infecciones al día, recientemente cerró de nuevo todos los cines del país. Singapur ha cerrado todas las escuelas y lugares de trabajo no esenciales. Japón declaró recientemente el estado de emergencia. (Corea del Sur también ha tenido problemas, pero el domingo reportó solo ocho nuevos casos, el primer aumento de un solo dígito en dos meses).

Resolve to Save Lives, un grupo de apoyo a la salud pública dirigido por Thomas R. Frieden, exdirector de los CDC, publicó una serie de criterios detallados y estrictos sobre cuándo puede reabrirse la economía y cuándo debe permanecer cerrada.

La reapertura requiere una disminución de casos en un periodo de 14 días, un monitoreo del 90 por ciento de los contactos, un alto a los contagios entre trabajadores del sector salud, lugares de recuperación para los casos leves y muchos otros objetivos difíciles de alcanzar.

“Tenemos que reabrir el grifo poco a poco, no dejar salir chorros de agua de una sola vez”, explicó Frieden. “Este es momento de trabajar para que ese día llegue más pronto”.

La inmunidad se convertirá en una ventaja social.

Imagina a Estados Unidos dividido en dos clases: aquellos que se han recuperado de la infección de coronavirus, y podrían definirse como inmunes al virus, y aquellos que siguen siendo vulnerables.

“Será un cisma escalofriante”, predijo David Nabarro, comisionado especial de la Organización Mundial de la Salud para la COVID-19. “Los que cuenten con los anticuerpos podrán viajar y trabajar y el resto será discriminado”.

Hoy, la gente con presunta inmunidad es muy solicitada, pues les piden que donen sangre con anticuerpos y algunos desempeñan labores médicas de riesgo sin temor.

El gobierno pronto tendrá que inventar una manera de certificar quién es realmente inmune. Una prueba de inmunoglobulina G (IgG), que se produce cuando se establece la inmunidad, podría funcionar, dijo Daniel R. Lucey, experto en pandemias de la Escuela de Derecho de Georgetown. Muchas empresas están produciéndolas.

El doctor Fauci ha dicho que la Casa Blanca estaba discutiendo certificados como los propuestos en Alemania. China usa códigos QR en teléfonos celulares vinculados a los datos personales del propietario, para que otros no puedan tomarlos prestados.

La industria del cine para adultos de California fue pionera en una idea similar hace una década. Los actores usan una aplicación de celular para demostrar que han dado negativo al VIH en los últimos 14 días, y los productores pueden verificar la información en un sitio web protegido por contraseñas.

Según las predicciones de los expertos, a medida que los estadounidenses confinados en sus casas vean a sus vecinos inmunes reanudar sus actividades —y, quizás, incluso tomar los empleos que ellos perdieron—, no es difícil imaginar la enorme tentación de unírseles a través de la autoinfección. Los ciudadanos más jóvenes, en particular, van a calcular que arriesgarse a padecer una enfermedad grave tal vez sea una mejor opción que el empobrecimiento y el aislamiento.

“Mi hija, quien es economista de la Universidad de Harvard, siempre me dice que su grupo etario tiene que organizar fiestas de la COVID-19 para desarrollar inmunidad y ayudar a que la economía siga en marcha”, relató Michele Barry, directora del Centro de Innovación en Salud Global de la Universidad de Stanford.

Ha sucedido antes. En la década de 1980, Cuba contuvo con éxito su pequeña epidemia de sida al internar brutalmente en campos de aislamiento a todos los que resultaron positivos. En el interior, sin embargo, los residentes tenían sus propios búngalos, comida, asistencia médica, salarios, grupos de teatro y clases de arte.

Docenas de jóvenes cubanos sin hogar se infectaron premeditadamente a través de sexo o inyecciones de sangre para poder entrar, dice Jorge Pérez Ávila, un especialista en sida que es la versión cubana del doctor Fauci. Muchos murieron antes de que se introdujera la terapia antirretroviral.

Sería, también, una apuesta para la juventud estadounidense. Los obesos y los inmunocomprometidos están claramente en riesgo, pero incluso jóvenes saludables y delgados han muerto de la COVID-19.

El virus se puede mantener bajo control, pero solo con recursos amplificados.

Los expertos afirman que los próximos dos años transcurrirán a tropezones. Conforme más gente inmune regrese a trabajar, más se recuperará la economía.

Sin embargo, si demasiada gente se contagia al mismo tiempo, será inevitable efectuar nuevos cierres de emergencia. Para evitar eso, será imperativo que se realicen pruebas de manera generalizada.

Fauci dijo que “el virus nos dirá” cuándo sea seguro. Lo que quiere decir es que, cuando se establezca un estándar nacional de cientos de miles de pruebas realizadas a diario en todo el país, se podrá detectar cualquier propagación vírica cuando el porcentaje de resultados positivos aumente.

La detección de fiebres en aumento mientras los mapean los termómetros inteligentes de Kinsa pueden dar una señal temprana, dijo Schaffner.

No obstante, las pruebas diagnósticas han sido un problema desde el principio. A pesar de las afirmaciones de la Casa Blanca, médicos y pacientes siguen quejándose por su escasez y demoras.

Para mantener el virus bajo control, varios expertos han insistido en que el país debe empezar a aislar a todos los enfermos, incluso a los casos más leves.

En este país, se les pide a los pacientes que dan positivo que se queden en sus casas pero aislados de sus familias.

Las noticias de la televisión se han llenado con celebridades en recuperación, como Chris Cuomo, de CNN, sudando solo en su sótano mientras su esposa dejaba la comida en la cima de las escaleras, sus hijos saludaban y los perros esperaban.

Pero incluso Cuomo terminó ilustrando por qué la OMS se opone firmemente al aislamiento en el hogar.

El miércoles, reveló que su esposa tenía el virus.

“Si me viera obligado a elegir solo una intervención, sería el rápido aislamiento de todos los casos”, dijo Bruce Aylward, quien dirigió el equipo de observadores de la OMS en China.

En China, cualquiera que diera positivo, sin importar cuán leves fueran sus síntomas, debía ingresar de inmediato a un hospital tipo enfermería, por lo general instalado en un gimnasio o centro comunitario equipado con tanques de oxígeno y escáneres de tomografías computarizadas.

Ahí, se recuperaban bajo la vigilancia de las enfermeras. Eso redujo el riesgo de las familias, y estar con otras víctimas alivió los miedos de algunos pacientes. Las enfermeras incluso daban clases de danza y ejercicios para levantar los ánimos y ayudar a las víctimas a limpiar sus pulmones y mantener el tono muscular.

No obstante, las opiniones de los expertos estuvieron divididas en cuanto a este tipo de instalaciones. Fineberg coescribió un artículo de Opinión en The New York Times en el que hizo un llamado a favor de procesos obligatorios, pero “compasivo” de cuarentena.

Por otro lado, Marc Lipsitch, epidemiólogo de la Escuela T. H. Chan de Salud Pública de la Universidad de Harvard, se opuso a la idea, y dijo: “No confío en nuestro gobierno para que separe a personas de sus familias a la fuerza”.

Finalmente, suprimir un virus requiere hacer pruebas a todos los contactos de cada caso conocido. Pero Estados Unidos está muy lejos de ese objetivo.

Alguien que trabaja en un restaurante o una fábrica puede tener decenas o incluso centenas de contactos. En la provincia china de Sichuan, por ejemplo, cada caso conocido tenía un promedio de 45 contactos.

Los CDC tienen alrededor de 600 rastreadores de contactos y, hasta hace poco, los departamentos de salud estatales y locales empleaban alrededor de 1600, principalmente para rastrear casos de sífilis y tuberculosis.

China contrató y entrenó a 9000, solo en Wuhan. Frieden calculó hace poco que Estados Unidos necesitará de al menos 300.000.

No habrá una vacuna tan pronto.

Aunque ya han comenzado a realizarse ensayos clínicos con humanos de tres candidatos —dos aquí y uno en China—, Fauci ha dicho en repetidas ocasiones que cualquier esfuerzo por fabricar una vacuna tardará, al menos, de un año a 18 meses.

Todos los expertos familiarizados con la producción de vacunas coincidieron en que incluso esa escala de tiempo es optimista. Paul Offit, vacunólogo del Hospital de Niños de Filadelfia, señaló que el récord es de cuatro años, para la vacuna contra las paperas.

Los investigadores claramente discreparon en cuanto a lo que debe hacerse para acelerar el proceso. Las técnicas modernas de biotecnología que usan plataformas de ARN o ADN hacen que sea posible desarrollar vacunas candidatas con más rapidez que nunca.

Sin embargo, los ensayos clínicos toman tiempo, en parte debido a que no hay manera de apresurar la producción de anticuerpos en el cuerpo humano.

Así mismo, por razones poco claras, algunas vacunas candidatas para combatir coronavirus previos como el SRAG han provocado un “refuerzo dependiente de anticuerpos”, lo cual hace a los receptores más susceptibles a infectarse, no menos. En el pasado, las vacunas contra el VIH y el dengue inesperadamente hicieron lo mismo.

Por lo general, una nueva vacuna primero se pone a prueba en menos de cien voluntarios jóvenes y saludables. Si parece segura y produce anticuerpos, miles de voluntarios más —en este caso, tal vez serían los trabajadores en el frente de batalla, que están en mayor riesgo— reciben la vacuna o un placebo en lo que es llamado un estudio en Fase 3.

Es posible acelerar este proceso con “ensayos de desafío”. Los científicos vacunan a un pequeño número de voluntarios, esperan hasta que desarrollan anticuerpos, y después los “desafían” con una infección deliberada para ver si la vacuna los protege.

Los ensayos de desafío se usan solo cuando una enfermedad es completamente curable, como la malaria o la fiebre tifoidea. Normalmente, es éticamente impensable desafiar a sujetos con una enfermedad sin cura, como la COVID-19.

Pero en estos tiempos anormales, varios expertos argumentaron que poner a algunos estadounidenses en alto riesgo para obtener resultados más rápidos podría ser más ético que dejar a millones en riesgo durante años.

“Menos daño se hace si haces un ensayo de desafío en unas pocas personas que si haces una prueba de Fase 3 en miles”, dijo Lipsitch, quien recientemente publicó un artículo que aboga por los ensayos de desafío en el Journal of Infectious Diseases. Casi de inmediato, dijo, aparecieron voluntarios.

Otros estaban profundamente incómodos con esa idea. “Creo que es muy poco ético, pero no puedo ver cómo podríamos hacerlo”, dice Lucey.

El peligro oculto de los ensayos de desafío, explicaron los vacunólogos, es que reclutan muy pocos voluntarios para mostrar si una vacuna crea mejoría, lo que puede ser un problema raro pero peligroso.

“Los ensayos de desafío no te darán una respuesta sobre seguridad”, dijo Michael T. Osterholm, director del Centro de Investigación y Políticas de Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Minnesota. “Puede ser un gran problema”.

W. Ian Lipkin, virólogo de la Facultad de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia, sugirió una estrategia alternativa. Elegir por lo menos dos vacunas candidatas, probarlas brevemente en humanos y hacer los ensayos de desafío en monos. Comienza por tener una ganadora inmediata, incluso mientras amplía los ensayos en humanos en busca de problemas ocultos.

Si bien poner a prueba una vacuna es una labor ardua, producir cientos de millones de dosis es aún más complicado, advirtieron los expertos.

La mayoría de las plantas de vacunas estadounidenses producen solo alrededor de cinco a diez millones de dosis al año, necesarias para los cuatro millones de bebés que nacen y los cuatro millones de personas que cumplen 65 años cada año, dice R. Gordon Douglas Jr., expresidente de la división de vacunas de Merck.

Pero si inventan una vacuna, Estados Unidos puede necesitar 300 millones de dosis, o 600 millones, si se necesitan dos vacunaciones. Y la misma cantidad de jeringuillas.

“La gente tiene que comenzar a pensar en grande”, dijo Douglas. “Con ese volumen, debes comenzar a producirlas muy pronto”.

Las plantas de vacunas para la gripe son grandes, pero aquellas que cultivan las vacunas en huevos de gallina no son adecuadas para las vacunas modernas, que crecen en caldos celulares, dijo.

Los países europeos tienen plantas pero las necesitarán para sus propios ciudadanos. China tiene una gran industria de vacunas, que podría expandir en los próximos meses. Los expertos dijeron que podría fabricar vacunas para Estados Unidos. Pero los clientes cautivos deben pagar el precio que pida el vendedor, y los estándares de seguridad y eficacia de algunas empresas chinas son imperfectos.

India y Brasil también tienen grandes industrias de vacunas. Si el virus se mueve rápidamente a través de sus poblaciones aglomeradas, pueden perder millones de ciudadanos pero lograr una inmunidad generalizada antes de que lo haga Estados Unidos. En ese caso, podrían tener capacidad de reserva en sus plantas de vacunas.

Alternativamente, sugirió Arthur M. Silverstein, un historiador médico jubilado de la Escuela de Medicina Johns Hopkins, el gobierno podría tomarse y esterilizar plantas de licores o cervezas que tienen grandes depósitos de fermentación.

“Cualquier destilería podría transformarse”, dijo.

Es probable que haya tratamientos primero.

A corto plazo, los expertos se mostraron más optimistas con respecto a los tratamientos que a las vacunas. Varios de ellos opinaron que el “plasma convaleciente” podría funcionar.

Esta técnica básica se ha utilizado desde hace más de un siglo: se toma sangre de personas que se hayan recuperado de una enfermedad, luego se filtra para eliminar todo excepto los anticuerpos. La inmunoglobulina rica en anticuerpos se inyecta a los pacientes.

El obstáculo es que ahora hay relativamente pocos sobrevivientes de quienes se pueda recolectar la sangre.

En los tiempos prevacunas, los anticuerpos se “cultivaban” en caballos y ovejas. Pero ese proceso era difícil de mantener estéril y las proteínas animales a veces desencadenaban reacciones alérgicas.

La alternativa moderna son los anticuerpos monoclonales. Según los expertos, estos regímenes de tratamiento, que recientemente estuvieron muy cerca de acabar con la epidemia de ébola en el este del Congo, son los que probablemente cambiarán el juego a corto plazo.

Se eligen los anticuerpos más efectivos, y los genes que los producen son unidos en un virus benigno que crecerá en un caldo celular.

Pero, como con las vacunas, el crecimiento y la purificación de anticuerpos monoclonales lleva tiempo. En teoría, con suficiente producción, podrían usarse no solo para salvar vidas sino para proteger a los trabajadores de primera línea.

Los anticuerpos pueden durar por semanas antes de descomponerse, el tiempo depende de muchos factores, anotó Silverstein, y no pueden matar al virus que ya está oculto dentro de las células.

Tomar una pastilla preventiva diaria sería una solución mucho mejor, ya que las pastillas se pueden sintetizar en fábricas con mucha más rapidez que las vacunas o de lo que se pueden desarrollar y purificar los anticuerpos.

Sin embargo, incluso si se inventara una, tendría que redoblarse la producción hasta que fuera tan ubicua como la aspirina, a fin de que 300 millones de estadounidenses pudieran tomarla a diario.

Trump ha mencionado la hidroxicloroquina y la azitromicina con tanta frecuencia que sus conferencias de prensa suenan como infomerciales. Pero todos los expertos concuerdan con el doctor Fauci de que no se debe tomar ninguna decisión hasta que se completen los ensayos clínicos.

Algunos recuerdan que en la década de 1950 las pruebas inadecuadas de talidomida causaron que miles de niños nacieran con extremidades malformadas. Más de un estudio de hidroxicloroquina se detuvo después de que los pacientes que recibieron dosis altas desarrollaron ritmos cardíacos anormales.

“Dudo que alguien tolere altas dosis, y hay problemas de visión si se acumula”, dijo Barry. “Pero sería interesante ver si podría funcionar como una droga similar a la PrEP”, agregó, refiriéndose a las píldoras utilizadas para prevenir el VIH.

Otros fueron más duros, especialmente sobre la idea de Trump de combinar cloroquina con azitromicina.

“Es una tontería”, dijo Luciana Borio, exdirectora de preparación médica y de biodefensa en el Consejo de Seguridad Nacional. “Le dije a mi familia, si me da la COVID, no me den ese combo”.

La cloroquina podría proteger a los pacientes hospitalizados con neumonía contra las tormentas letales de citoquinas, porque amortigua las reacciones inmunes, dijeron varios médicos.

Sin embargo, eso no la hace útil para prevenir infecciones, como Trump ha implicado, porque no tiene propiedades antivirales conocidas.

Varios antivirales —incluidos remdesivir, favipiravir y baloxavir— se están probando contra el coronavirus; los dos últimos son medicamentos contra la gripe.

Los ensayos de varias combinaciones en China emitirán resultados para el próximo mes, pero serán pequeños y posiblemente no concluyentes porque los médicos se quedaron sin pacientes para realizar pruebas. Las fechas de finalización de la mayoría de los ensayos en Estados Unidos aún no están establecidas.

Adiós a ‘Estados Unidos primero’.

Cambios sociales previamente impensables ya han tenido lugar. Las escuelas y los negocios han cerrado en todos los estados, y decenas de millones han solicitado ayuda por desempleo. Los impuestos y los pagos de hipotecas se retrasaron y las ejecuciones hipotecarias están prohibidas.

Los cheques de estímulo, destinados para compensar la crisis, comenzaron a llegar a las cuentas corrientes esta semana, convirtiendo a gran parte de Estados Unidos, temporalmente, en un estado de bienestar. Se están abriendo bancos de alimentos en todo el país y se han formado grandes filas.

Una crisis de salud pública de esta magnitud requiere cooperación internacional a una escala que no se ha visto en décadas. Sin embargo, Trump está tomando medidas para retirarle el financiamiento a la OMS, la única organización capaz de coordinar una respuesta como esa.

Además, pasó la mayor parte de este año oponiéndose a China, que ahora tiene la economía en funcionamiento más poderosa del mundo y tal vez se convierta en el proveedor dominante de medicamentos y vacunas. China ha utilizado la pandemia para extender su influencia global, y dice haber enviado vestimenta y equipos médicos a cerca de 120 países.

Un importante receptor es Estados Unidos, a través del Proyecto Airbridge, una operación de carga aérea supervisada por el yerno de Trump, Jared Kushner.

Varios expertos han señalado que, en este mundo, “Estados Unidos primero” no es una estrategia viable.

“Si el presidente Trump quiere redoblar los esfuerzos de salud pública aquí, debería buscar medios para colaborar con China y dejar de lado los insultos”, afirmó Nicholas Mulder, historiador de economía en la Universidad Cornell. Él ha llamado al proyecto de Kushner de “Préstamo-Arriendo a la inversa”, en referencia a la ayuda militar estadounidense a otros países durante la Segunda Guerra Mundial.

Osterholm fue incluso más directo. “Si alienamos a los chinos con nuestra retórica, creo que volverán a mordernos”, dijo.

“¿Qué pasa si crean la primera vacuna? Pueden elegir a quién vendérsela. ¿Somos los primeros de la lista? ¿Por qué lo seríamos?”.

Cuando haya pasado la pandemia, es posible que la recuperación nacional sea veloz. Mulder destacó que la economía estadounidense se recuperó de las dos guerras mundiales.

Los efectos secundarios psicológicos serán más difíciles de medir. El aislamiento y la pobreza causados por un largo periodo de confinamiento podrían incrementar las tasas de violencia doméstica, depresión y suicidio.

Incluso las perspectivas políticas pueden cambiar. Al principio, el virus golpeó fuertemente a ciudades demócratas como Seattle, Nueva York y Detroit. Pero a medida que se extiende por el país, no perdonará a nadie.

Incluso los votantes en estados republicanos que no culpan a Trump por la falta de preparación de Estados Unidos o por limitar el acceso al seguro de salud pueden cambiar de opinión si ven morir a amigos y familiares.

En uno de los análisis más provocativos en su artículo de seguimiento, “Coronavirus: Out of Many, One”, Pueyo analizó los datos de Medicare y los del censo sobre la edad y la obesidad en estados que recientemente se resistieron al confinamiento y en condados que votaron por los republicanos en 2016.

Él calculó que esos votantes podrían tener un 30 por ciento más de probabilidades de morir por el virus.

Mulder mencionó que, en los periodos posteriores a ambas guerras mundiales, la sociedad y los ingresos se volvieron más equitativos. Los fondos creados para las pensiones de los veteranos y las viudas fomentaron redes de seguridad social, se adoptaron medidas como la ley de ayuda a veteranos o GI (para financiar los estudios de soldados desmovilizados) y los préstamos hipotecarios del Departamento de Asuntos de los Veteranos, los sindicatos se fortalecieron y los beneficios presupuestarios para los ricos menguaron.

Los expertos sugirieron que, si una vacuna llega a salvar vidas, muchos estadounidenses tal vez confíen más en la medicina convencional y sean más receptivos a la ciencia en general, incluso en temas como el cambio climático.

Los cielos despejados que han brillado en las ciudades estadounidenses durante esta era de confinamiento incluso podrían volverse permanentes.

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*Donald G. McNeil Jr. es un reportero de ciencia que cubre las epidemias y enfermedades que aquejan a las personas en pobreza. Se unió a The New York Times en 1976 y ha reportado desde sesenta países.

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Anexo:

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El filósofo y lingüista estadounidense criticó con dureza la gestión de Donald Trump ante la pandemia, asegurando que «lo que ha hecho con la OMS es realmente criminal».

https://www.emol.com/noticias/Internacional/2020/04/21/983731/Coronavirus-Chomsky-entrevista.html

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