Cultura, Historia, Literatura

EN RECUERDO DE SEPÚLVEDA

Abr 23 2020

Por Fernando Ayala*

“Si querido Fernando. Estoy esperando la llamada del hospital quienes me avisarán de su desenlace. Mi querido compañero se va.”

Ese fue el mensaje que recibí de Carmen Yáñez, esposa de Luis Sepúlveda, horas antes de su muerte, ante mi pregunta si era efectivo que su estado había empeorado.  Encerrada en su casa en la ciudad de Gijón, España, donde residían, Carmen no podrá darle un beso del adiós. Ni dejarle una flor.  Ella, una mujer fuerte, que conoció la persecución, la cárcel y la tortura, en Chile, deberá llorar en el silencio de los poetas y seguramente escribirá en su alma, los versos de la partida.

Conocí a Lucho y Carmen en Lisboa, en un ya lejano 2009, invitado por su editor portugués a una cena junto a un pequeño grupo de escritores y poetas lusitanos. Yo estaba con Anke, mi esposa, habíamos llegado hace poco a Portugal como embajadores de Chile.  Sabía que Luis no tenía mayor simpatía por los representantes de los gobiernos chilenos, por lo que me extrañó que me pidiera que me sentara a su lado. Iniciamos una conversación que no terminó esa noche, sino que continuó en el tiempo, entre recuerdos, política, literatura y copas.  Lo reencontré en Italia, en el Festival Literario de Pordenone, en 2015, pero en el hospital, donde lo habían ingresado por una pulmonía y nos reímos de las circunstancias que atravesaba. Sus conferencias reunían a por lo menos mil personas o más, como me tocó verlo en Torino, Bérgamo, Milano o Roma, junto a su infinita paciencia para firmar, dedicar libros y aceptar fotografías.  Para quien tome el desafío algún día, de escribir su biografía, no será fácil, tendrá que ser novelada, como su vida, realidad y ficción. De la pequeña ciudad de Ovalle donde nació, 400 kilómetros al norte de Santiago, bajo uno de los cielos más limpios del planeta, salió a caminar con el peso de la historia bajo el brazo, en años de profundos cambios en la realidad política de Chile y América Latina. Se tituló de director de teatro en la Universidad de Chile, en Santiago, y ya con una militancia activa en la izquierda chilena, desde los 15 años, la revolución cubana terminó de envolverlo, como a miles de jóvenes en el continente, al demostrar que lo imposible era posible: tomar el cielo por asalto. Salió a caminar y recorrió la inmensidad de la cuenca amazónica, hasta llegar a la tribu de los indios Shuar, o jíbaros; si, esos reductores de cabezas a los cuales pudo conocer y aprende de ellos, que siguen repartidos en la selva entre lo que es hoy Perú y Ecuador.  Lo señalo porque ese viaje marcará la vida de Sepúlveda en dos dimensiones: la de escritor y la de defensor de la naturaleza, luchador por la sostenibilidad y el medio ambiente, otra forma de ser revolucionario. Su novela que lo catapultó y convirtió en escritor de culto, escrita en 1988, fue inspirada en su estadía en la selva: El viejo que leía novelas de amor, la cual lo convirtió en un ícono de la nueva camada de escritores latinoamericanos que dejaban atrás a los clásicos del llamado “boom” literario de los años 60 y 70, del siglo pasado.  El viejo, fue traducida a más de 50 idiomas y vendió alrededor de 20 millones de copias. La vertiente ecológica pasó a ser una constante en su vida y en sus historias, al igual que su compromiso político del que nunca renegó ni mucho menos ajustó en una época de grandes abandonos de la política de izquierda en Chile y en el mundo.   La dictadura militar de Pinochet lo privó de su nacionalidad, fue preso, exiliado, refugiado en Alemania, ejerció como periodista, escritor, pero siempre comprometido contra la injusticia y luego crítico del proceso de transición de la dictadura a la democracia, en Chile.  Señaló en una entrevista que cuando fue necesario dejar la pluma y tomar el fusil, lo hizo. Contó que estuvo en Bolivia, en las guerrillas que siguieron a la muerte del Ché Guevara y que combatió en Nicaragua.   No faltan los que han dudado de sus historias y yo también fui escéptico, hasta que, en una oportunidad, en Italia, me presentó a Osvaldo “Chato” Peredo, hermano de los legendarios Coco e Inti, el primero muerto en combate junto al Ché, en 1967 y el segundo asesinado por los militares bolivianos, en 1969.  Ese mismo año se intentó armar un nuevo foco guerrillero, en Teoponte, a 120 kilómetros de La Paz, comandado por el Ejército de Liberación Nacional, ELN, a cargo de Chato Peredo y Elmo Catalán, a cuya vertiente chilena pertenecía este último, y Luis, que se sumó a la lucha. En una conversación telefónica para este artículo, con Chato Peredo, quien reside hoy en Santa Cruz, Bolivia, me contó que él fue personalmente a esperar a Sepúlveda a Oruro, quien iba a integrarse a la lucha guerrillera.  Me relató que fueron delatados, la policía los esperaba en la estación de trenes y solo pudieron escapar abriéndose paso a balazos. Este ejemplo lo señalo por respeto a su memoria y específicamente para aquellos que han dudado de la veracidad de su consecuencia con sus ideas.

Sepúlveda dejó ya su huella en la historia como un combatiente: desde las trincheras a la literatura, sellando su compromiso en sus novelas y cuentos que han conmovido a generaciones de personas alrededor del mundo.  Su militancia permanente, reflejada en el libro, Vivere per Qualcosa, publicado en 2016, junto al ex presidente de Uruguay, José Mujica y Carlo Petrini, luego de una multitudinaria conferencia en Milano, es una lección de consecuencia para cambiar la realidad desde la política.  Con Carmen, su historia de encuentros y desencuentros los llevaron a casarse dos veces: en 1971 y en 2004. Entre medio, cada cual rehízo su vida, hasta reencontrarse en Alemania, y no separarse jamás.  Carmen con su poesía y Luis con sus novelas construyeron su vida en España, en Guijón, donde fui recibido en su casa, recorrí sus lugares de trabajo, contemplé su biblioteca y compartimos un asado de vacas asturianas, que eran de las preferidas de Luis. Le pregunté por qué no regresaban a vivir en Chile. Me explicaron que ya era difícil.  Hijos y nietos repartidos en Europa, las consecuencias del exilio, al igual que miles de otros chilenos. Además, Chile nunca ha reconocido, con las excepciones de siempre, los méritos literarios de Luis, como lo ha sido en el resto del mundo.  Sus más de 30 libros publicados y traducidos a numerosos idiomas, sus guiones para películas, sus crónicas, columnas y su poesía, seguramente lo menos conocido de su trabajo literario, hablan de una riqueza y sensibilidad infinita de la realidad que le tocó conocer. Para mi quedará la memoria la visita que efectuamos al lago Nemi, junto a Carmen y Anke, a visitar el museo de los barcos de Calígula, recorrerlo, prácticamente sin visitantes, caminar pisando las hojas del otoño y de la historia, para luego almorzar en Ariccia, probando pastas, porchetta, pan y vino. Celebrar la vida.

Luis Sepúlveda, descansa en paz.

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*Economista de la Universidad de Zagreb  y Máster en Ciencia Política de la Universidad Católica de Chile. Ha sido embajador de Chile en Vietnam, Portugal, Trinidad-Tobago e Italia. Consultor para FAO en Roma en temas de cooperación Sur-Sur, académicos y parlamentarios. Artículo enviado a Other News por el autor.

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