Igualdad y justicia social, Política, Salud, Sociedad civil

Dudas y certezas

Jul 22 2020

Por Esteban Valenti (*)

Un columnista de Uypress escribió hace poco «Quien no tiene dudas, no tendrá certezas». Que gran y dura verdad, sobre todo en estos tiempos tan lleno de dudas, de incertidumbres, de miedos sobre el futuro y con un enorme desorden en las respuestas.

Podíamos decir que en Uruguay, si dependiera de la marcha de la pandemia tenemos preguntas mucho menos angustiantes que en otros países del mundo y de la región, cuando América Latina ha pasado a ser el centro de la peste, por los niveles proporcionales de casos, de muertes y sobre todo de crecimiento del Covid-19. Por ahora – y nada parece indicar que esto cambiará – nos va muy bien en el combate al coronavirus. A cinco meses de los primeros casos tenemos solo 60 personas, cursando la enfermedad y un altísimo nivel de curados (88%). Pero las incertidumbres sobre el empleo, la economía en general, el impacto social (pobreza, indigencia, marginación), en la distribución de la renta y de la riqueza, en la capacidad de compra y consumo familiar, si bien tenemos un punto de partida mucho mejor que Argentina y Brasil, para los uruguayos las dudas son también muy serias y en algunos casos angustiantes.

Cuando la política y la economía logra aislarse de tal manera que navegan solo en las estadísticas comparativas, o en los debates sobre méritos y culpas de diversos gobiernos y partidos y no bajan al duro nivel de la tierra, de las familias, de la gente que perdió su empleo o su empresa, o está al borde y no sabe a qué puertas golpear y cual es en definitiva su futuro y el de su familia, es el peor rostro de la política y de la economía.

Pero hay otro elemento que desde hace bastante tiempo hemos incluido en nuestros análisis, en particular a partir de la peste y es el cambio climático, tan o más grave que este virus maldito y que ya está actuando desde hace bastante tiempo y que la propia cuarentena obligada en algunos países, demostró sin lugar a dudas ni polémicas, que es la acción del hombre, su transporte, sus industrias, su generación de energía, su urbanización despiadada la que está causando la crisis en el medio ambiente y en particular en el clima.

El debate sobre las causas y las posibilidades del cambio climático deberían terminar abruptamente por la prueba irrefutable del impacto de la paralización obligada de ciertas actividades productivas y de movilidad y el encierro de los seres humanos, sobre el clima en las más distantes latitudes, para que todos tuvieran que aceptar que el elemento determinante y acumulativo del cambio climático es la actividad humana desenfrenada.

Esta nueva realidad también indica otra cosa muy compleja, no es simple ni fácil frenar la contaminación a partir de un shock obligado de paralización e inactividad, pues las consecuencias en otros planos son terribles. La morsa entre ambos extremos es terrible.

Y la primera gran pregunta es precisamente ¿Cómo hacemos para desarrollar políticas económicas globales sustentables, es decir socialmente y económicamente sustentables pero también ambientalmente sustentables?

La respuesta más simple y brutal, es que es imposible, hay que optar entre alguno de los dos extremos, o damos vía libre e incentivamos el consumo, las inversiones, las formas tradicionales de crecimiento económico y de acumulación o no habrá recuperación del empleo y del crecimiento económico. Ese es el modelo de la ortodoxia económica. No le voy a poner ningún nombre con «ismo», porque admite varios, en diversas economías políticas, pero para la mayoría dominante en el mundo, la nueva normalidad, es volver lo antes posible a lo anterior, multiplicado.

En la historia de la humanidad siempre hubo dos maneras de encarar el futuro, UNA: dejarse llevar por la tendencia dominante, como si fuera una fuerza natural surgida de la esencia humana, de su ADN social y cultural más profundo e inexorable, que en este caso es el mercado en su más profunda y cruda acepción y DOS: elaborar, producir ideas que en polémica, en choque – duro a veces – con las costumbres y las tendencias dominantes, marcaron otros derroteros, más racionales, más justos y más sensibles a las necesidades de la humanidad.

Para esto último hacen falta no solo conocimientos técnicos, sino visiones morales y éticas de la sociedad diferentes, una renovada visión humanista. Esa fue la clave con la que la humanidad emergió de la gran y devastadora crisis del siglo XIV (peste negra, cambio climático) que se devoró entre 40 y 50 millones de seres humanos (cuando en Europa había 70 millones de habitantes), salió con un nuevo humanismo, sustituyendo la visión teocrática dominante, por el hombre como el centro de la historia y de la propia economía.

¿Eso destruyó la religión y la visión de dios (Dios)? No, la cambió, le dio un sentido más espiritual y menos dominante de todo, del poder, de la economía, de las ideas, de los límites de la ciencia, de las artes y de la cultura. Esa fue la base del Renacimiento.

Ahora se trata de substituir la religión omnipotente y omnipresente del mercado (Mercado) de la oferta y la demanda, como la guía implacable de todo, inclusive de los sistemas sanitarios que fracasaron estrepitosamente, de la gobernanza mundial incapaz de afrontar la pandemia y otros desastres en ciernes y sin anularla, sin pretender la simpleza de reivindicar un estatismo que se mostró profundamente fracasado, incluso en su máximo templo: el «socialismo real», sino de salir de ese torniquete infernal, y privilegiar en su visión las necesidades colectivas, por encima de los supremos egoísmos individuales, como los motores de la nueva economía sostenible. Y no confundir lo colectivo exclusivamente por lo estatal.

La peste demostró, suavemente, que puede afectar a ricos y pobres, aunque estos últimos como siempre han sido los grandes pagadores, las víctimas principales y los que están sumergidos en las mayores dudas y preguntas. El cambio climático en su extrema expresión será mucho peor, mucho más devastador y afectará a toda la humanidad. Y aunque los ricos, los poderosos – como lo demuestran todas las películas de ciencia ficción catastrófica sobre el futuro – estarán siempre en mejores condiciones, los precios que pagaremos todos serán aterradores. Cambio climático o cualquier otra peste.

Por ello se necesita gente capaz, sensible, con experiencia estudiando, proponiendo, elaborando con urgencia y con mucha profundidad sobre economía política sostenible socialmente, productiva y ambientalmente. Y asumiendo que para ello se requieren alineaciones políticas muy amplias, muy sensibles, con otra moral, con otra sensibilidad que la tradicional, que sin renunciar a sus matrices ideológicas comprendan la encrucijada en la que se encuentra el mundo actual. No el del futuro.

(*) Escritor y periodista,  director de la Agencia Uruguaya de Noticias UYPRESS y de BITÁCORA.  Coordinador General de IPS entre 1979 y 1984. 

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