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Lo bueno, lo malo y lo podrido de las redes

Dic 21 2020

Por Esteban Valenti (*)

                                                           “Nada de lo humano me es ajeno”. Terencio

¿Para qué sirven principalmente las redes? Para atrapar, desde siempre, desde los primeros pescadores y cazadores de la prehistoria. Atrapaban y vaya si han atrapado cosas y cosos a lo largo de los tiempos, pero nunca tantos como en los últimos años.

Unas pocas redes nos han atrapado a la mayoría de los seres humanos. Los animales se han salvado, a lo sumo son protagonistas involuntarios. Para ser claro me refiero, desde Internet, hasta las últimas novedades, Twitter, Facebook, Instagram, Messenger, Whatsapp y hasta Tic Toc. Todo lo demás se apoya en las redes.

¿Habría un desarrollo del hardware, es decir de equipos electrónicos  de todo tipo sin las redes? Y lo mismo podríamos preguntarnos sobre los programas, sobre el software. Son el corazón del sistema, porque conectan y atrapan y procesan los datos recogidos.

Los genios de las redes que leen mis columnas y a veces me pregunto para que se molestan, saltarán con sus comentarios ingeniosos. Todos los grandes inventos de la historia de la humanidad podrían verse en sus contradicciones, pero nada, absolutamente nada como las redes resume la genialidad y la estupidez de los humanos. Las redes nos han transformado a todos – me incluyo entre los primeros y más dependientes – en sus prisioneros, en sus presas. Nos han transformado en su mercancía y en sus siervos.

Es cierto, nos comunicamos, nos intercambiamos todo tipo de cosas que no sean materiales, sino electrónicas, como mensajes, textos, imágenes, videos, tablas y diseños de todo tipo y ya hemos pasado a la etapa que el dinero, se produce y se genera en las redes y que las mercancías sólidas, duras, tangibles no se pueden intercambiar sin las redes. Y cada día seremos más y más dependientes.

Inventamos el concepto de la globalización, y en realidad el soporte total y absoluto de la globalización, son las redes, financieras, comerciales, cinematográficas, de viajes, de servicios, de medicina, de entretenimiento, de deporte, apoyadas en la redes tecnológicas. ¿Qué sería el fútbol, la mayor pasión de multitudes, sin las redes para que podamos asistir a los 90 minutos de gloria o de sufrimiento? Y como faltaba algo inventamos el VAR para ser todavía más dependientes de la tecnología y no dejar ningún espacio a la imaginación, la arbitrariedad, la ilusión y la picardía. Uno de estos días a alguien se le ocurre substituir los partidos por juegos en las Play. Yo llegué a ver en un torneo estudiantil en Maldonado una final entre Francia y Francia. Si señores. A pocas semanas después del último mundial…

Pero hay algo que las máquinas todavía no han copado, son los contenidos, las frases, los mensajes. Incluso algunos programas te exigen que demuestres que no eres una máquina, con ingeniosos juegos de imágenes. Ya le encontrarán la vuelta.

Y así como las redes permiten intercambiar mensajes ingeniosos, bromas, chistes, historias, libros, filmaciones y reflexiones de todo tipo, también ponen al descubierto la cantidad de idiotas, de cobardes escudados en el anonimato (privilegio de las redes), de gente que lleva el odio y el rencor escondido detrás de sus caras de inocencia y que la escupe a través de las redes. Y no hay ley que pueda impedirlo, la imbecilidad, el odio y el fanatismo humano no necesitan fundamentación, ni explicación, están allí expuestas en toda su magnificencia.

Somos parte de una civilización que afronta una pandemia que ocupa una parte importante de nuestras vidas, que contagió a más de 70 millones de personas y y unos cuantos miles de animales, especialmente visones…y que mató a más de un millón setecientos mil habitantes en todos los continentes. Gente común y otra famosa. Aunque la estela del desastre dejará un surco cada día más profundo en la pobre gente y en la gente pobre. Pero tenemos que reconocer que somos geniales, en menos de un año descubrimos y estamos produciendo una vacuna contra un virus que no tiene ADN (ácido desoxirribonucleico) sino ARN (ácido ribonucleico), es decir que mil veces más compleja. Y lo hicieron, lo hicimos en varias partes del mundo. A pesar de que algunos gobernantes «geniales» desde el principio subestimaron el peligro y hasta le tomaron el pelo. Uno, el principal se va en unos días del poder, derrotado hasta las patas. Donald Trump, uno de los principales cultores de las redes. Usuario de la parte legal de las redes y también de la otra, con asistencia de grandes empresas de tecnología.

¿Cómo podemos ser geniales en nuestras creaciones y somos la misma humanidad, que en el mismo tiempo, al unísono, recolectamos tantos imbéciles, tantos fanáticos, tanta gente que ni se preocupa de fundamentar, de informarse, de hacer un aporte? Y es una «virtud» bien distribuida, a diestra y a siniestra.

¿No nos iremos acostumbrando cada día más a que nuestro destino, a es ser una minúscula, insignificante parte atrapada en esas redes y que ese es nuestro destino final?

Hay un solo remedio, el de siempre, el que salvó siempre a la humanidad de la barbarie en todos los tiempos, su sensibilidad, su sentido de solidaridad y de defensa de los buenos valores que le dan sentido a nuestras vidas.

Cuando miles de millones de horas diarias ocupan a nuestros hijos, nietos y a nosotros mismos frente a una pantalla y la hacen cada día más imprescindible, no podemos permanecer con los brazos cruzados dejando que la corriente nos precipité en sus mallas cada día más cerradas.

Hace falta una revuelta, una sublevación intelectual y cultural, aunque seamos derrotados, aunque parezcamos locos anacrónicos. No queremos volver atrás, no queremos saltar al vacío, queremos protegernos de los burros, de los cobardes, de los ignorantes y sobre todo de los comerciantes de nuestra intimidad, de esa parte que nos hace diferentes y por lo tanto únicos. No queremos ser rebaños en las redes, que además nos marcan el camino, la ruta y dictan hasta nuestros gustos.

Somos los viejos y queridos seres humanos, geniales y brutales, que pintamos la capilla Sixtina, construimos el Taj Mahal y masacramos a nuestros hermanos en los campos de concentración, generamos las condiciones para una mutación para producir una pandemia, contaminamos los mares y los cielos pero somos capaces de descubrir una vacuna y nos proponernos conquistar el espacio. Somos todo eso y muchísimo más, no podemos dejar que nos atrapen para siempre en una red. Sería la decadencia inexorable de nuestras civilizaciones. Tan maravillosas, tan variadas, tan sutiles, tan inteligentes y a veces tan horrendas.

Lo que está demostrado cada día más es que el mercado por sí mismo no es capaz de regular, de hacer transparente, al menos algo más transparente y decente si no se disponen de normas internacionales y nacionales. Hasta los países que se proclaman más liberales, ya han comenzado a exigir medidas contra el monopolio y la concentración sin reglas.

La frase de Terencio es muy buena, pero le falta una parte, lo importante es lo que prevalece, si la luz o las tinieblas, si la esperanza o la opresión. Todo es humano…

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(*) Escritor y periodista,  director de la Agencia Uruguaya de Noticias UYPRESS y de BITÁCORA.  Coordinador General de IPS entre 1979 y 1984. Artículo publicado en “Bitácora” de Montevideo el 21.12.20

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