El pasado del futuro de Europa

Por Boaventura de Sousa Santos*

Cualquier búsqueda bibliográfica revelará que el tema del «futuro de Europa» es muy recurrente, sobre todo después de 1945. Se entiende que tras dos guerras mundiales devastadoras había sobradas razones para cuestionar el futuro de Europa. La Europa del Tratado de Versalles de 1919, caracterizada por la continua rivalidad entre los Estados nacionales beligerantes, había dado paso a la Europa de los bloques rivales, el bloque occidental y el bloque soviético –bajo la égida de la potencia que entonces confirmaba su dominio global, Estados Unidos. Dominada por el recuerdo de la devastación causada por la guerra, dos temas dominaban la discusión sobre el futuro de Europa, en ese momento reducida a Europa Occidental: la creación de una organización intereuropea que incluyera a Alemania (Occidental) para evitar que esta representara un peligro para otros pueblos y la autonomía de Europa en relación con Estados Unidos, en un momento en que la Europa imperial se había convertido en cosa del pasado

El primer tema se refería a los modelos de organización, siendo la cuestión central el intercambio y la libre circulación de los recursos naturales. De esta manera, surgió el Tratado de París de 1951, que creó la Comunidad Europa del Carbón y del Acero (CECA). También se decidió la división de Alemania, la prohibición de que esta tuviera acceso a armas nucleares y la ocupación militar de Alemania Occidental por parte de Estados Unidos.

El segundo tema se centraba en dos posiciones opuestas. Por un lado, la posición de Francia liderada por Charles de Gaulle, quien creía que Europa podía aspirar a seguir siendo una potencia global, para lo cual era necesario mantener la autonomía en relación con Estados Unidos. Esta idea sería desarrollada por Servan-Schreiber en su libro Le défi américain (1967). Por otro lado, la posición estadounidense, según la cual Europa, ahora reducida a Europa Occidental, tendría que unirse a Estados Unidos y constituir una comunidad atlántica, una posición defendida en un influyente texto de Walter Lippmann de 1944, U.S. War Aims.

Desde entonces, cinco momentos han sido particularmente intensos en la discusión sobre el futuro de Europa: el fin del bloque soviético/fin de la Guerra Fría, la destrucción de Yugoslavia, el Brexit, la pandemia y, por último, la guerra en Ucrania. Lo más curioso de esta discusión es que siempre se ha centrado en el futuro de Europa y nunca en su pasado. En el caso de la Europa que fue socialista y soviética hasta 1991, el pasado discutido después de esa fecha fue el pasado de la anexión soviética, y la discusión aún está lejos de terminar. Este es el caso de la cuestión de Mitteleuropa, un concepto que se refiere tanto Europa Central (que, por cierto, después de 1945, pasó a ser Europa Oriental), como a la Europa de fuerte influencia alemana. Como afirmó Milan Kundera, el problema de Mitteleuropa era estar geográficamente en el centro, culturalmente en Occidente y políticamente en Oriente.

La discusión sobre el pasado debería ser particularmente importante para la Europa Occidental, capitalista, ya que está constituida por todos los países que participaron en la expansión colonial europea, desde los primeros (Portugal y España) hasta los últimos (Bélgica, Alemania e Italia). Y sería importante para toda Europa, especialmente si consideramos que el colonialismo moderno después del siglo XV tuvo fuertes antecedentes en el colonialismo que existió dentro de Europa en los siglos anteriores. Si por colonialismo entendemos una economía política fuertemente injusta y violenta impuesta a pueblos/razas/etnias considerados ontológicamente inferiores, la historia del colonialismo interno en Europa es muy larga, y esa larga duración condiciona más de lo que cualquier especulación sobre el futuro de Europa se puede imaginar.

A lo largo de la historia, los eslavos fueron considerados por sus enemigos como razas inferiores. Las palabras «esclavo» y «eslavo» tienen la misma etimología (del latín sclavus). Eslavos son los pueblos europeos, desde Rusia hasta los Balcanes, que durante la Edad Media fueron sometidos con frecuencia a la esclavitud. Ejemplo de ello son los esclavos eslavos que trabajaban en las plantaciones de azúcar de Chipre a partir del siglo XIII y que eran propiedad de comerciantes de Venecia. La eslavofobia alcanzó el paroxismo con el nazismo y sirvió como justificación para la expansión alemana hacia el este, desde Polonia hasta Ucrania y Rusia. Paralelamente, toda Europa del Sur, desde la Europa occidental (Portugal y España) hasta la oriental (Balcanes y Grecia), fue considerada durante siglos por Europa Central como ocupada por razas inferiores («blancos oscuros»), y en el caso de los Balcanes, no solo por razas inferiores (los eslavos del sur), sino también por religiones inferiores (el islam).

Las razones de la ignorancia

La ignorancia de esta historia siempre ha convenido a los países y clases que han dominado Europa hasta el día de hoy. Por muchas razones. En primer lugar, cuando dejó de ser legítimo hablar de razas inferiores, se utilizaron otros argumentos para criticar y castigar los comportamientos de pueblos antes racializados, pero la dureza e incluso la brutalidad de los argumentos apenas disimuló los prejuicios racistas. La expresión más reciente de esto fueron el discurso y la práctica de Alemania sobre la crisis financiera de Grecia, Portugal y España en 2011.

La segunda razón para la conveniente ignorancia de la historia es dar credibilidad a lo que después de 1945 se convino en llamar «los valores europeos»: el cristianismo y la Ilustración. No solo se olvida que la religión islámica estuvo presente en Europa durante ocho siglos (Al-Ándalus) y continúa presente hoy en día en múltiples comunidades europeas, ya sean de inmigrantes o de ciudadanos. En segundo lugar, se olvida que conectar los valores de la Ilustración con la antigua Grecia y los países que heredaron esos valores (el Renacimiento italiano) significa ocultar el papel de la esclavitud y el colonialismo en la construcción de las sociedades que luego reivindicarían los valores ilustrados (incluso en la propia Grecia).

En tercer lugar, la ignorancia es conveniente para ocultar la diversidad étnico-cultural, histórica y social que siempre ha caracterizado a los pueblos europeos. Hoy, cuando se reconoce esa diversidad, es para oponer los pueblos europeos (supuestamente homogéneos) a los inmigrantes y descendientes de los países que fueron colonizados por Europa. Es un reconocimiento de la diversidad que busca justificar la superioridad de la homogeneidad a la que se contrapone. Finalmente, la ignorancia de la historia pretende desvalorizar las dificultades y frustraciones recurrentes en la construcción de la llamada identidad europea.

Es evidente que en los últimos cincuenta años se ha hecho mucho por fomentar esa identidad (el programa Erasmus está ahora en el corazón de muchos miles de jóvenes europeos), pero la persistencia de las identidades nacionales que dominaron el siglo XIX y buena parte del siglo XX siguen anulando cualquier idea de identidad supranacional promovida por las élites autodenominadas cosmopolitas de la UE y el Parlamento Europeo. Hoy nadie daría su vida por Europa, pero muchos lo harían por su país, tal como lo están haciendo los ucranianos. Las fuerzas políticas de extrema derecha son las que mejor han explotado esta tensión identitaria, la cual tenderá a agravarse a medida que las élites europeas reivindiquen la identidad europea para justificar políticas que empobrecen a los europeos (alimentar guerras) o, peor aún, para convertir la identidad europea en una subespecie de la identidad norteamericana, como es el caso en la actualidad.

Si el pasado europeo se conociera con alguna objetividad, el futuro de Europa no sería el que se perfila actualmente y que no augura nada bueno para los europeos. Para entenderlo, tenemos que retroceder algunas décadas. Uno de los analistas más eruditos y más conservadores de las relaciones internacionales de la posguerra, Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad del presidente estadounidense Jimmy Carter, escribió en 1997 (El gran tablero mundial) que “Europa” era un concepto, un objetivo y una visión, pero no una realidad. Dudaba de que Europa alguna vez se convirtiera en una entidad política y concluía que Europa Occidental y cada vez más Europa Central eran protectorados estadounidenses, cuyos estados recordaban a los antiguos estados vasallos o tributarios dentro de los imperios. Cualquier proyecto político en Europa tendría que tener lugar en el seno de la seguridad geoestratégica de Estados Unidos y, por tanto, la ampliación de Europa tendría que ser concomitante con la expansión de la OTAN.

Todo lo sucedido desde entonces confirma esta lectura. Si durante la Guerra Fría una Europa dividida (especialmente con su motor económico, Alemania, dividida) no podía ser competidora de Estados Unidos en la economía o en la política globales, no podía decirse lo mismo de una Europa unida. Desde la perspectiva estadounidense, la incertidumbre que podría resultar de la unificación de Europa solo podría controlarse mediante la continuación de la tutela política y militar de Estados Unidos a través de la OTAN. Cualquier solución que implicara el fin de la OTAN era inaceptable para Estados Unidos. Como la OTAN se había vuelto anacrónica con el final de la Guerra Fría, era necesario renovar su mandato inventando o fomentando nuevos enemigos o reciclando viejos enemigos. Por eso la Rusia de Gorbachov e incluso la de Putin (el momento en que llegó al poder), cuando quiso entrar en la OTAN, fue inmediatamente descartada. Así como se descartó la alternativa ofrecida por Rusia de que los países más próximos a su frontera, concretamente Ucrania, no ingresaran en la OTAN. Por el contrario, era urgente inventarse o fomentar enemigos. El primero fue Yugoslavia en la década de 1990; el segundo fue la invasión de Rusia a Ucrania.

En este momento, Europa es, más de lo que Brzezinski anticipó (o incluso deseaba), un protectorado estadounidense. Si analizamos los discursos y prácticas de la mayoría de sus líderes políticos, cualquiera que sea su ideología política, son discursos y prácticas típicas de estados vasallos. Ernest Mandel argumentó que una de las características del capitalismo tardío es depender en gran medida del capitalismo armamentístico. Ahí está ante nosotros. Y aparentemente la supremacía militar no fue suficiente. El sabotaje de los gasoductos Nordstream sirvió a los intereses geoestratégicos de Estados Unidos porque golpeó directamente el motor de la economía europea, Alemania, privándola del acceso a energía barata y haciéndola dependiente, al menos por un tiempo, de la energía producida o controlada por Estados Unidos.

Si Europa examinara la historia de las injusticias que cometió en el pasado (y sigue cometiendo), tanto dentro del continente como en las colonias y excolonias, ciertamente asumiría que su futuro debe consistir en saldar esa deuda histórica. De ello resultarían algunas orientaciones. La primera es defender al pueblo ucraniano, buscando la paz a toda costa, y nunca alimentando la guerra. La segunda es no amputarse de Rusia, que forma parte de la historia y de la cultura europeas. La tercera es tener presente que la guerra de Estados Unidos contra Rusia tiene como objetivo destruir el bloque euroasiático chino-ruso, identificado por Brzezinski como un objetivo a derrotar. Esto último busca, en última instancia, confinar a China en Asia e impedir que tome represalias contra Estados Unidos, impidiendo su acceso a Asia. Los países que colonizó Europa han evitado tomar una posición incondicional a favor de uno u otro rival. Esta sería la única posición de Europa coherente con su responsabilidad histórica, la no cooperación activa, sea con el imperialismo estadounidense en declive, sea con el imperialismo chino en ascenso. Una Europa desprovista de nostalgia imperialista que ni siquiera sirve de muleta fiable a Estados Unidos –véase el caso de los submarinos nucleares que comprará Australia–, sería la posición que mejor serviría a la paz en el mundo.

–Artículo enviado a Other News por la oficina del autor el 27.03.22. Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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*Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial.