Europa en estado de negación

Por Boaventura de Sousa Santos*

La clase política europea en su conjunto está en un estado de negación. La polarización entre partidos políticos ideológicamente diferentes tiende a ocurrir en un círculo cada vez más estrecho de puntos de vista y soluciones políticas. Hay una clara diferencia entre los partidos que defienden los derechos y los partidos que atacan los derechos (en el caso de la extrema derecha), pero ¿es esto suficiente para distinguir a la izquierda de la derecha? Ciertamente no será suficiente para enfrentar los dos grandes desafíos que cuestioan hasta el límite, tanto la relación entre la humanidad y la naturaleza (la inminente catástrofe ecológica) como la convivencia humana (inteligencia artificial). El círculo de lo políticamente posible se ha estrechado y dentro de él la clase política se empuja para marcar diferencias que, de hecho, son más retóricas que reales. La negación radica en aceptar este estado de cosas como una fatalidad.

La causa inmediata de la reducción cualitativa de los problemas políticamente abordables y la consiguiente expansión de los problemas inabordables es la guerra en Ucrania, la guerra en sí, su continuación y su posible expansión. Pero la continuación de la guerra es sólo el último episodio de la rivalidad entre EE.UU. y Europa como centros globales de acumulación capitalista. A partir de la década de 1970, EE.UU. se dio cuenta de que su hegemonía indiscutible en la economía mundial después de la Segunda Guerra Mundial estaba siendo cuestionada por dos potencias cuya existencia política se había vuelto dependiente de los EE.UU. al final de la guerra: Europa Occidental y Japón. 

La prosperidad de Europa se basó en parte en esta dependencia (gasto militar insignificante), pero también se debió a la creación del mercado común, las relaciones desiguales (neocoloniales) con las antiguas colonias, la normalización de las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética (la Ostpolitik de Willy Brandt), la intensificación de las relaciones económicas con la Rusia postsoviética (gas y petróleo baratos) y todo el antiguo bloque oriental. Mientras que Japón comenzó a tener problemas en la década de 1990, Europa, ahora dirigida económicamente por Alemania, siguió siendo el aliado rival de EE. UU., mientras que China, sin  las dependencias de la Segunda Guerra Mundial en relación a los EE. UU., emergió como otro rival y una potencia mucho más difícil de controlar.

El fin de la prosperidad relativa de Europa comenzó con la sumisión al neoliberalismo de las instituciones europeas menos controladas democráticamente (Comisión Europea y Banco Central) y termina con la sumisión a los designios geoestratégicos de los Estados Unidos: la guerra en Ucrania, una guerra en Europa cuyo resultado depende exclusivamente de los EE.UU.. La crisis es, por ahora, más visible en el centro de la economía europea (Alemania y Francia) e incluso puede significar momentáneamente algún estímulo para las periferias (por ejemplo, Portugal y España), pero la tendencia histórica es que Europa esté atada a la decadencia de EE.UU. y sin alternativa. Es por eso por lo que el círculo de la política posible continuará estrechándose. La respuesta a las protestas sociales que puedan surgir solo puede ser una respuesta represiva, como estamos viendo en Francia y mañana veremos en otros países.

Al dejar de ser una potencia mundial, Europa pierde la posibilidad de ser líder en la discusión de los problemas que más desafían a las sociedades contemporáneas. Por lo tanto, dejan de ser abordados y pasan a formar parte del estado de negación. Los cuatro problemas principales son: transición ecológica; conocimiento, cultura y ética; cohesión social y demodiversidad; paz.

 Transición ecológica. Sobre la transición ecológica no hay mucho que inventar: la matriz energética renovable, el transporte ferroviario público de calidad, el agua como bien estratégico y escaso, la ruralización de las ciudades (huertos urbanos, empleo local, mayor soberanía sobre el tiempo), la soberanía alimentaria y la agroecología. Dado que los 23 países más ricos son responsables del 50% de las emisiones de CO2 y dado que la crisis climática, aunque global, afecta mucho más gravemente a los países del Sur global, con algunos en riesgo de desaparecer total o parcialmente (como es el caso de Bangladesh), es inaceptable para el Sur global que el Norte global continúe descartando sus responsabilidades históricas en esta área y transfiera a los países del Sur global la responsabilidad de resolver la crisis climática, cuando no la convierte en otra oportunidad de negocio.

Conocimiento, cultura y ética. Tres desafíos dominan. La separación entre el bien y la verdad, entre la ética y la ciencia, fue un logro revolucionario, pero permitió que la ciencia se convirtiera en una fuerza productiva y se sometiera a la lógica capitalista, y, por lo tanto, hoy solo contribuye a los problemas que enfrentamos si las soluciones significan más capitalismo, es decir, más exclusión y más polarización. La inteligencia artificial simboliza el paroxismo de los riesgos de la tecnología sin ética. Por otro lado, la especialización científica fue otro logro que hoy necesita contrapunto, de lo contrario ya no veremos ni siquiera los árboles, mucho menos el bosque. Todas las ciencias son sociales y humanas, y sólo la cultura y las humanidades pueden realizar el urgente reencuentro entre la ética y la verdad. Esta reunión sólo es posible fuera de los límites del eurocentrismo. Por eso he estado proponiendo las epistemologías del Sur para las cuales la ciencia es conocimiento válido, pero no es el único conocimiento válido. 

La ciencia moderna sólo responde a preguntas que pueden formularse científicamente, pero muchas de las preguntas que permiten reunir la búsqueda del bien (ética y política) con la búsqueda de la verdad no son científicamente formulables. ¿Qué es la felicidad? ¿Cuál es el significado de la vida? ¿Están los antepasados con nosotros? ¿Somos responsables de los que vendrán? El potencial de la ciencia sólo se valora si se conocen sus límites.

Cohesión social y demodiversidad. El tercer desafío es el de la creciente polarización social dentro de cada país. El reformismo liberal (que dominó todo el siglo XX) terminó con el surgimiento del neoliberalismo. Las promesas de mejorar las condiciones de vida sólo son posibles para los partidos de gobierno cuando están en la oposición. El crecimiento de la extrema derecha se alimenta de la cultura del odio y de una política de exclusión y discriminación. El triunfo del liberalismo confirió legitimidad a la democracia liberal representativa, pero hoy está más lejos que nunca de su ideal: el gobierno de las mayorías en beneficio de las mayorías. En este período de retroceso histórico, la democracia representativa por sí sola no se defiende eficazmente contra los antidemócratas. Debe complementarse con formas de democracia participativa y directa (demodiversidad).  Con la migración, la posible cohesión social no puede significar asimilación o uniformidad. Tiene que combinar la redistribución social con la interculturalidad y con el reconocimiento de la diversidad racial, sexual, regional, capacitista, religiosa, y de edad.

Paz. Finalmente, la polarización entre países y entre regiones aumentará en las próximas décadas a medida que el sistema mundial moderno evolucione de la unipolaridad a la multipolaridad.  El crecimiento de los presupuestos militares en casi todos los países es una señal inquietante de que la fragmentación del mundo y la inestabilidad resultante tendrán la violencia y la guerra como su principal respuesta. La paz será el bien más escaso después del agua.

En Europa, ninguno de estos problemas está en la agenda política de los partidos. ¿Qué se necesita para superar esta negación?  O se reinventa la UE para incluir a Rusia y Turquía, se retira a la OTAN del centro de las decisiones políticas y se democratizan las instituciones europeas, o se disuelve la UE y los diferentes países europeos, con el pírrico aumento de soberanía que esto les aporta, pueden pedir la adhesión a los bloques existentes o emergentes. Algunos preferirán unirse al bloque del imperio británico (Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Nueva Zelanda y Australia), otros preferirán los BRICS. En este último caso, esta será la primera experiencia en cinco siglos de países europeos que entran en relaciones igualitarias (no coloniales) con el mundo no europeo.  

Texto envado a Other News por el autor, el 25.07.23 . Traducción de Bryan Vargas Reyes

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*Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial.