General

Pablo Piacentini, noble caballero andante del periodismo

Nota del editor de Other News:

Publicamos a continuación los testimonios de los periodistas José Luís Alcázar(Bolivia), Ricardo Grassi (Argentina),  Leonardo Cáceres (Chile) y Guillermo Medina (España), amigos y colegas cercanos de Piacentini, que reafirman al igual que tantos otros, la grandeza humana y profesional de nuestro inolvidable Pablo.

Mario Dujisin.

 

 

Pablo Piacentini, noble caballero andante del periodismo

 

JOSE LUIS ALCAZAR DE LA RIVA

 

Fue inmensa la personalidad de nuestro carissimo Pablo Piacentini, noble caballero andante de las letras del periodismo justiciero, el Conde, como muchos de sus amigos lo conociamos en nuestros andares por los caminos del sur. He leído conmovido las comunicaciones se han recibido de grandes y antiguos amigos sobre las virtudes de Pablo y su gran pasión por el periodismo y por su gran amor por IPS de la que fue uno de los fundadores y a la cual sirvió hasta el final. En estos momentos, que experimento en mi hijo la terrible enfermedad, quiero recordar a Pablo como el ser humano y el amigo.

Mi primer encuentro fue en Santiago de Chile en 1970, cuando Pablo trabajaba en ese entonces en la revista Panorama de Buenos Aires. Yo llegaba para una entrevista con el presidente Salvador Allende. Amigos comunes hicieron posible el encuentro, entre ellos Antonio Torres, director de IPS Chile, José Tohá, el Negro Jorquera, el Perro Olivares. Tuve el privilegio de entrevistar al presidente Allende en compañia de Pablo. En esos días, fuímos inseparables compañeros en el ya turbulento Santiago, y Pablo, conocedor del panorama, me explicaba los bemoles  de la  política chilena, los papeles de la Unidad Popular de Allende, del Partido Demócrata Cristiano, del Partido Nacional y otros grupos menores, pero no menos agresivos con  el gobierno. No solo nos dedicamos esos dias a nuestros trabajos, también conocedor de la capital chilena visitamos algunos sitios emblemáticos, cuya historia Pablo la conocia, como la historia de tantas ciudades, como Roma, la incomparable. Pero también nos dedicamos al esparcimiento de «los espíritus» como decia. Recuerdo nuestros juegos nocturnos de dados junto con Antonio Torres (generala, se llamaba el juego) en el bar del hotel Carrera, enclavado en pleno centro cívico de Santiago. A Pablo le encantaba el estilo «Art Deco» de este hotel que en esos tiempos era el más distinguido de la capital.

A partir de entonces, nos encontrariamos en Buenos Aires o en Lima, donde generalmente acudíamos a la casa del periodista boliviano Augusto Montesinos, conocido en el gremio argentino como el «Canalla» Montesinos. Años después nos hallariamos en Roma o México o en alguna reunión de corresponsales en Colombia o Ecuador. En una de sus visitas a México, estuvo acompañado por su compañera Sara. Recuerdo que tuvimos una agradable velada en la casa de un prestigioso periodista mexicano, Miguel Angel Granados Chapa, uno de los primeros colaboradores de IPS en la década de los 60, quien nos recibió con una de las escritoras más afamadas de la época, Guadalupe Loaeza.

Luego, nos volveriamos a encontrar en el mismo buque que construyó: IPS. Pablo en Roma y yo en México. Las sabias lecciones como jefe editor de la agencia nos orientarían no solo en la cobertura de la información mexicana, sino tambien y muy especialmente en la ejecución de varios proyectos de importancia que se llevaron adelante en México. No olvido la coordinación que establecimos con Pablo para arribar a buen puerto con uno de los más grandes proyectos mexicanos que a la cabeza de Savio impulsamos en los últimos años de los 70. Su apoyo decisivo para llevar adelante uno de los proyectos editoriales estrella de IPS América Latina, TIERRAMERICA, u otro a nivel mundial sobre las grandes urbes.

En las tres últimas décadas colaboré con Pablo en la distribución y la publicación del servicio de columnistas en América Latina. Este servicio, al que dedicó tanto vigor y calidad hasta el último minuto que lo dirigió, logró el reconocimiento como uno de los más importantes de su género, por la presencia de grandes firmas internacionales y por la temática que impuso para cada una de las columnas. En México, en la primera década del servicio, alcanzamos éxitos notables con la publicación en los principales diarios aztecas de columnas como las de Bill Clinton, Albert Al Gore, Mijail Gorbachov, entre otras figuras mundiales. No solo por su publicación sino tambien por el éxito económico.
Hace un par de años, Savio me informó sobre el estado de salud de Pablo. Nos comunicamos, y con esa personalidad regia, Pablo me contaba como desde años atrás tenía controlada la enfermedad y el buen servicio médico y farmaceútico italiano, lamentando –una vez más la calidad humana de Pablo–, que esos servicios sean tan caros en nuestros países del Tercer Mundo.

No hace mucho, los socios de IPS fuímos testigos de la vigorosa presidencia de la asamblea de la agencia y todos los esfuerzos que desplegó para conseguir que esta nave que construyó siguiera navegando en la turbulentas aguas del siglo XXI.

Con Pablo se cierra un capítulo en IPS.

Como la visión de Savio, también «lo veo irse como un hidalgo encima de un caballo blanco», guardando «intactos su optimismo, su generosidad, su fe en el ser humano, mientras sombras y personajes inaceptables, para los valores de Pablo, están tomando cada vez más poder», pero el mundo sigue conservando aquellos por los que Pablo lucho desde su incansable trincera.
l
Mi carissimo Pablo, reposa en paz
Pablo  Piacentini, maestro, amigo y compañero

 

Por Ricardo Grassi

 

Estaba en mi camino de Kabul hacia Roma, donde recién ahora puedo sintetizar lo que fue recorriéndome desde la mañana del jueves pasado.

 

Pablo, Pablito, PP, el Duque. Para mi también un obispo jesuita detrás de su escritorio antiguo, iluminando lo que leía con una única lámpara en el fondo de la enorme sala de redacción a oscuras de IPS, en la mítica sede de la Via Panisperna. Mi maestro, amigo y compañero. Miro y remiro la foto que nos mandó Sara, su compañera de tantos años, en la que Pablo es muy el Pablo de los últimos años: la ternura y dulzura con la que el tiempo y Sara fueron moldeando su expresión otras veces tajante, el dejo de ironía de siempre, y esa serena solidez que supo hacer crecer en él y en los demás.

 

Nos hemos reído, mofado, ironizado, fumado, bebido todo al ritmo de nuestras máquinas de escribir, escandalizados ante la barbarie que tergiversa nuestro sentido de ser. Ellos, los bárbaros, sigue haciéndolo; también nosotros lo nuestro, ahora sin Pablo, golpeando teclados silenciosos, blandiendo cámaras y micrófonos, lanzando twitters, organizando blogs y apelando a cuanto medio exista para buscar la vida buena.

 

Nos habíamos conocido en Santiago de Chile en septiembre de 1973, cuando pudimos entrar para cubrir aquella trágica enormidad. Él ya era una estrella del periodismo argentino, junto a otros como Luis Guagnini, José María Pasquini, Juan Gelman, el Perro Verbitsky, Pablo Giussani. Ellos, todos con orígenes muy distintos pero ninguno gorila,  eran la generación de «los más grandes»; yo, un aún demasiado joven director del semanario El Descamisado, aunque había entrado a Chile camuflado de corresponsal del diario conservador La Capital, de Rosario. Además de hacer su trabajo, en esos días y en silencio Pablo ayudaba a que compañeros chilenos que necesitaban refugiarse lograsen burlar a los soldados que custodiaban el ingreso a las embajadas.

 

Creo que volvimos a vernos recién en Roma, a mediados de 1977, ambos en la misma circunstancia: exiliados. Esta vez su gesto solidario consistió en abrirme una oportunidad en IPS, encargándome en noviembre de ese año la cobertura en Madrid de la primera reunión de la Internacional Socialista que tenía lugar en España. Franco había muerto. Allí conocería a Savio y suya fue la decisión de contratarme como editor en la central romana. Pablo era así; tejía circunstancias para facilitar algo, sin que quedase claro si él había decidido o no. De allí también, aquello de “obispo jesuita”. En el inmenso y complejo mundo de IPS –que no ahorraba intrigas- no estaba claro para mi cuál era el acuerdo entre él y Savio, una alianza indisoluble que a veces se parecía a un armisticio. No importa: todos éramos y somos héroes, asesinos, pecadores y santos.

 

IPS significó poder encauzar cotidianamente y con mucho sentido mi energía de militante derrotado. Había otros similares en aquella IPS; mano de obra buena con compromiso y pasión. Como Jefe de Redacción, Pablo era el jefe de todos nosotros, algo no sencillo con ejemplares que no solo nos creíamos los mejores periodistas del mundo sino que poníamos sobre la mesa la prepotencia de habernos jugado el pellejo. Pablo sabía manejar esto con su estilo personal firme pero sereno y poniendo en juego aspectos profesionales irrefutables: calidad de escritura, enfoque correcto de cada nota, fuentes rigurosas.

Siguió siendo mi jefe hasta que fui nombrado Jefe de Redacción en su reemplazo, él pasó a ser el Director Editorial y, en cuanto tal, seguiría siendo el referente principal y teniendo la palabra final, si quería decirla, lo cual no le preocupaba demasiado.

 

Coincidíamos en que el periodismo llamado de izquierda debía abandonar la retórica, adjetivos y editoriales para ofrecer un servicio útil, que para serlo debía ser rico en información y análisis basados en datos cuidadosamente corroborados. Para conquistar credibilidad y autoridad, debíamos ser orfebres.

 

Su nuevo cargo lo liberaba de la remada cotidiana y sus corridas, permitiéndole el tiempo necesario para mirar y construir hacia más adelante. Creo que Pablo fue magistral en construir una rigurosa disciplina que implicó regir el uso de su tiempo. El resultado fue un conocimiento asombroso del que emergía una voz firme contra pavadas y superficialidades. Y, al mismo tiempo, recibía con gusto la interrupción de una charla, después de la cual continuaba escarbando textos sin apuro.

 

Todo ello llegó a su apogeo en la última de sus creaciones importantes: el Servicio de Columnistas de IPS. Además de haberlo organizado y apelado a soluciones brillantes para obtenerlas, Pablo editaba–cincelaba personalmente cada una de las columnas, que resultaban impecables. Una paciencia indoblegable con la que seguía subrayando la relevancia esencial del rigor.

 

La vida cotidiana marca una enorme diferencia. Como en cualquier trabajo, también la cocina en una sala de redacción va forjando relaciones que adquieren riqueza excepcional. Por eso, cuando dejamos de hacerlo, Pablo siguió siendo el amigo necesario para compartir y verificar nuevos pasos, que él escuchaba con una curiosidad alentadora y preguntas que ayudaban a definir el concepto de un modo preciso y simple, sin el cual nada se construirá.

 

He querido decir, digo: Pablo era un amigo, compañero, compinche, cómplice. Cotidiano. Como lo son quienes trabajan juntos, coincidiendo, creyendo, enojándose. Ahora estoy triste por haber perdido esto y me aferro a evocar precisamente eso: los hombres cocinando, con sus grandezas y pequeñeces, en todo nuestro largo hoy en el que él fue protagonista y maestro. Un prócer es un muerto lejano y desconocido. Yo lloro a un amigo, un compañero vivo y cercano. Necesario. Seguiré imaginándome su sonrisa cachadora, considerar un tema, un título, un copete, un texto y pensar qué diría Pablo… Mi querido Pablo, de carne, hueso y espíritu empecinado: mis 970 palabras y lágrimas que no escondo.

6.03.2017

 

 

 

 

Despedida a un grande del periodismo latinoamericano

 

Por Leonardo Cáceres C.

 

Pablo Piacentini, periodista argentino, se fue definitivamente durante el sueño en la primera madrugada de marzo. Seguramente su nombre no dice nada a las actuales generaciones, pero él fue uno de los más notables y destacados profesionales argentinos comprometidos con Chile y el Tercer Mundo.

Desde mediados de los años 60 del siglo pasado vino tantas veces a Chile, que se convirtió en amigo entrañable de políticos y periodistas. Mario Dujisín, en ese entonces redactor de la Oficina de Informaciones en la Moneda, recuerda que durante el período de la Unidad Popular sólo había tres periodistas que tenían acceso libre al presidente Allende. Uno de ellos era el argentino.

 

Él participó en la creación de la agencia de noticias del Tercer Mundo, Inter Press Service (IPS). Su fundador y mítico director, Roberto Savio, reconoció en una ocasión que “yo soy la madre de IPS. Piacentini es el verdadero padre de la agencia”. Ello porque la agencia nació en Roma cuando Savio, que había creado en 1961 la agencia Roman Press Service, había lanzado la idea de que el mundo estaba cambiando y que los países del sur tenían derecho a ser tomados en cuenta por el periodismo mundial.

Fue entonces que apareció en la capital italiana un joven argentino, estudiante de una maestría de ciencias políticas, que le comunicó a Savio que allí estaba para crear de inmediato la nueva agencia. Él mismo designó a los corresponsales en América Latina y se convirtió en editor de los materiales que poco después comenzaron a llegar. Más tarde, en febrero de 1964, se trasladó a Buenos Aires y Santiago como director de IPS para América Latina.

 

Paralelamente fue contratado como jefe de la sección internacional del influyente diario Clarín de Buenos Aires, junto a un grupo de destacados jóvenes periodistas, como Horacio Verbitski y Luis Guagnini. Verbitsky recuerda que “Clarín trataba de blanquear su historia de complicidad con la dictadura y a nosotros (peronistas) nos venía muy bien para expresar nuestras posiciones en un medio masivo”.

Para el golpe de estado en Chile, septiembre de 1973, Piacentini ingresó al país en el primer avión que pudo entrar tras la veda y el toque de queda impuesto por los militares. Y fue entonces cuando conocí otra faceta suya.

 

El me buscó –yo había sido hasta el martes 11 de septiembre jefe de prensa de Radio Magallanes- y me reveló que había visto en el despacho del general que actuaba como intendente de Santiago una lista de “buscados”, y entre ellos estaba mi nombre. Se empeñó entonces en asilarme en la embajada argentina y me hizo entrar al lugar junto a él, mientras yo cargaba su pesada grabadora, y él explicó a los militares que cercaban la embajada, en su mejor tono de porteño, que yo era su imprescindible ayudante.

Piacentini estuvo siempre comprometido profesional y personalmente con Chile y los chilenos. La idea que lo llevó a crear IPS y poco después Los Cuadernos del Tercer Mundo, se resume en el desequilibrio informativo mundial, concentrado casi exclusivamente en los países desarrollados, y que sólo destinan espacio para el Tercer Mundo cuando éstos sufren desastres naturales. Lo dramático es que esa afirmación, tan actual y vigente hoy día, es de hace más de 50 años.

 

Preocupado de mil cosas simultáneamente, él sacó de Chile semanas después mi preciada máquina de escribir portátil y me la envió a la ciudad de Corrientes, donde yo estaba “confinado” por el gobierno democrático de Juan Dgo. Perón. Su propósito era que yo escribiera en ese período un capítulo del libro que se editó poco después en Buenos Aires por la editorial Crisis sobre el golpe en Chile. Creo que este fue uno de los primeros libros de testimonio sobre lo sucedido en nuestro país.

 

A principios de 1974 había emigrado, junto a periodistas de primera línea, como el propio Verbitsky, Pablo Giussani, Juan Gelman y otros, al recién creado diario Noticias, en cuya sección internacional me tocó trabajar compartiendo la mesa con el político uruguayo Zelmar Michelini, quien poco después fue secuestrado y asesinado por un comando de la siniestra Triple A.

 

Era un argentino atípico. Pese a ser porteño al cien por ciento, era de una modestia personal impresionante. Roberto Savio escribió a su muerte que se fue “con la discreción y la tranquilidad que lo han acompañado toda la vida”. Sólo después de su fallecimiento en Roma sus amigos se enteraron que el presidente de Chile, Salvador Allende, le confirió en su período la Orden al Mérito Bernardo O`Higgins. Debe haber sido uno de los pocos, o quizás el único, periodista argentino en recibir esa distinción.

En el lugar en que estuviera, él ayudó a los chilenos en el combate contra la dictadura. Es habitual reconocer que en Chile somos mal agradecidos y tendemos a olvidar a quienes nos tendieron una mano, en momentos claves de nuestra historia nacional y personal.

 

Tendríamos por lo tanto que revisar esa actitud y recordar, por ejemplo, a los periodistas, locutores y técnicos chilenos que transmitieron programas radiales desde Moscú, Berlín, Praga, La Habana, Argelia, Australia, que fueron escuchados por miles de chilenos en el interior del país y que colaboraron a salvar vidas y a denunciar los crímenes de la dictadura. Estos programas no se hicieron de la nada, sino gracias al trabajo permanente y persistente de muchos, chilenos y extranjeros, en muy distintos países.

La última vez que vi a Pablo fue en Roma, en 1983. Pero nunca he olvidado ni olvidaré que él probablemente me salvó la vida.

 

 

Un hombre excepcional

 

Por Guillermo Medina

 

Debo a IPS haber conocido a Pablo. Eso fue en otro tiempo y después nuestra amistad se nutrió de afectos y coincidencias más allá de lo profesional y al margen de IPS. Por todo ello no deseo faltar, aunque sea con brevedad, a la oportuna convocatoria amistosa in memoriam de Pablo.

 

En enero de 1965 llegué a Roma, desde España, para trabajar en la por entonces más bien imaginaria redacción europea de IPS, que acababa de ser creada por Pablo y Roberto y entonces ocupaba un modesto y frío apartamento en una callejuela romana, la Via degli Ibernesi. Era la prehistoria de IPS.

 

Pablo marchó pronto a Santiago de Chile, y un año después también lo hice yo para formar parte de una redacción latinoamericana formada por un irrepetible grupo de “expatriados”: Edgar Triveri, Carlos Varela, Hugh O’Shaughnessy, Guy de Almeida y el propio Pablo. Pasado un tiempo tuve que regresar a España y seguí mi camino fuera de IPS, pero sin perder la relación con Pablo ni el recuerdo, algo romántico y melancólico, que llevamos consigo quienes pasamos por la Agencia en cualquiera de sus etapas. De vez en cuando nos encontrábamos como enviados en algún acontecimiento latinoamericano. Recuerdo, en particular, cuando con otros compañeros logramos entrar en Chile después del golpe militar. Ya fuera de Chile, Pablo organizó un libro colectivo que sin duda es lo mejor que se ha escrito sobre el proceso político presidido por Salvador Allende. Se titulaba “Chile, una tragedia americana” y formaba parte de una colección que dirigía Rogelio García Lupo. Entre los autores, además de Pablo y yo mismo, recuerdo a O’Shaughnessy, Ted Córdova-Claure, Danilo Baroncini y José Vázquez.

 

Cuando me reencontré con Pablo, ya de vuelta éste a Roma, después de varios años sin contacto, fue como si no hubiera pasado un solo día, un sentimiento que solo se vive cuando dos amigos verdaderos se vuelven a ver al cabo de los años. Empezó entonces, creo recordar que hace unos veinticinco años, la etapa de una profunda amistad compartida con Sara, su mujer, y la mía, Emi. No pasaba año sin que nos encontráramos al menos dos veces, yendo ellos a Madrid o a nuestra casa cerca de Sevilla, y nosotros a la casa de Roma o a Lucignano. Me quedan grandes recuerdos de su erudición y de las muchas ocasiones en las que me permitió compartir su gusto por la vida.

 

Otros amigos y compañeros, empezando por Roberto Savio, han recordado con emoción y justeza las cualidades que hacían de Pablo un hombre excepcional. Todos las conocemos y no es necesario repetirlas. Acaso, señalar su honestidad intelectual y profesional, gracias a la cual era capaz de ser fiel a sus ideas y a la vez alejarse de cualquier clase de dogmatismo o sectarismo. Y ahora seamos fieles a los valores de Pablo y que Pablo descanse en paz.

 

Los comentarios están cerrados.