Por Gustavo Palomares*
Un fantasma recorre Europa, el fantasma… de la socialdemocracia; nadie sabe dónde está y todo el mundo la busca sin encontrarla: los viejos partidos socialistas perdidos en la renovación, los flamantes partidos emergentes, las pujantes plataformas ciudadanas o, incluso, los redefinidos partidos social liberales con nuevos aromas macronianos.
La evocación inicial con la que arrancan estás líneas emulando el comienzo del Manifiesto Comunista de Marx y Engels en 1888, sirve en la situación actual -más de un siglo después- para describir una vez más la actual crisis profunda de los partidos socialdemócratas en Francia, España, Holanda, Gran Bretaña e incluso en Alemania, su inicial cuna, ante el abandono progresivo en todos los casos de sus históricos electorados. La incapacidad de la socialdemocracia para dar respuesta a los principales retos de futuro con innovado discurso y su ineficacia para adaptarse con un programa propio a la evolución del capitalismo global y virtual imperante.
Las transformaciones técnicas y tecnológicas, el avance imparable de la globalización cultural y de comunicación como un nuevo instrumento de penetración ideológica y económica del neoliberalismo en esta nueva era digital, provocó la incapacidad de aquellas propuestas de mayor contenido social y de avance en la igualdad, keynesianas en lo económico y sociales en lo político, para transformarse en igual medida y similar ritmo que su oponente. Más todavía cuando la globalización impuso a “sangre y fuego” el programa económico global, calcado de las nuevas propuestas y recetas económicas de ese nuevo neoliberalismo digital imperante asociado con el poder financiero. La globalización ganaba así un nuevo calificativo: globalización “especulativa”.
Este nuevo programa de gobierno fue impuesto en todas las dinámicas globales con poca o ninguna resistencia y fue asumida por la socialdemocracia y el socialismo democrático sin rechistar, pasando a ser imaginario y relato de un pensamiento único que establecía idénticos criterios globales para adquirir las credenciales de fiabilidad política y coherencia económica. Esos factores y magnitudes económicas y financieras -ninguna de ellas de carácter social o del empleo- fueron establecidas como referencia para el Euro, como catecismo del ECOFIN y de los criterios de convergencia; dogma de fe en todos y cada uno de los nuevos objetivos de estabilidad en los distintos espacios de integración en Europa, América y Asia.
Para santificar los nuevos estándares de solvencia de forma más solemne, el nuevo dogma pasó a ser la recomendación obligada de todos los organismos internacionales: el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional -individualmente considerados y también en combo Troika– la OMC, la OCDE, así como en todos y cada uno de los organismos económicos y financieros regionales. Y no digamos ya con la llegada de la crisis a partir del 2008, cuando los últimos bastiones del socialismo democrático se plegaron al dogma de la “austeridad” y a las condiciones leoninas de esos organismos asimilados que suponían una involución en los logros sociales y derechos consolidados dos siglos atrás. Llegados a este punto, el triunfo del pensamiento único en esta fase del neocapitalismo virtual y digital, era completo.
La incapacidad de la socialdemocracia para dar respuesta a estos efectos perversos de la globalización para una parte importante de la clases medias y populares ante el recorte de derechos y el desmantelamiento progresivo de los Estados de bienestar -el mayor aporte del socialismo democrático a la modernidad en el siglo XX- provocó una distancia y desconfianza cada vez mayor de la ciudadanía respecto a esos partidos socialistas asimilados al nuevo programa neoliberal de gobierno global. La idea de una socialdemocracia secuestrada (JF Tezanos, Temas para el Debate) expresa con claridad esta situación y el elevado rescate que están pagando estos partidos en desafectos, votos y militantes, antes de conseguir su libertad; si no han perecido antes en el intento de refundarse y encontrar un programa propio con nuevos apoyos.
Es imprescindible una neo-socialdemocracia capaz de recoger los principios históricos del sentido de lo “público” y del Estado para consolidar los logros sociales y ampliarlos con un nuevo programa de alto contenido social y laboral, dentro de una apuesta para conformar esa gran coalición de fuerzas de izquierdas y progresistas como alternativa política y electoral dentro de los sistemas de partidos actuales. La socialdemocracia estará muerta si no es capaz desde la izquierda de encontrar un espacio y un programa propio separado de toda apuesta liberal en sus distintas versiones. Es necesario refundar la internacional socialista y socialdemócrata dando respuesta singular a las preguntas y dinámicas claves en el futuro.
Para llevar a cabo esta refundación, a riesgo de sonar como anatema y en un ejercicio principalmente provocador similar al realizado por Karl Kautsky con el que se ganó el epíteto de renegado, es imprescindible que esta neo-socialdemocracia, desde la reafirmada fe en los valores y sistemas democráticos, así como en los principios de libertad en todos los ámbitos políticos y económicos, rescate algunos de los valores del marxismo para afirmar hoy, en pleno siglo XXI, la total validez de la lucha de clases como un instrumento de cambio y transformación de la realidad global.
Una lucha de clases que se pone de manifiesto en el enfrentamiento entre gran parte de las clases medias proletarizadas por la crisis y las clases trabajadoras en situación de precariedad, frente a ese poder neocapitalista económico y financiero global capaz de establecer las principales dinámicas globales por encima de gobiernos, de ciudadanos y de cualquier ética y moral. Esos mismos capaces de decretar intervenciones financieras o bancarias e incluso establecer las principales magnitudes económicas en todos los escenarios globales. Los que marcan el ritmo del proceso globalizador y provocan los efectos más perversos de esta mundialización de valores que supone, la mayor revolución tecnológica de información abierta en red de democracia virtual y, a la vez, el mayor ejército de parias al servicio de los nuevos imperios tecnológicos y de comunicación dentro de un macro proceso de alienación global en donde el resultado es claro: un nuevo ejército de mano de obra disponible capaz de aceptar contratos basura y condiciones laborales cercanas a la esclavitud.
Quién es capaz de negar rotundamente que se pueda estar al borde de una revolución global con métodos más o menos violentos, tanto en la realidad física, como en la realidad on line. Derrocar este nuevo tipo de explotación hight tec de forma más o menos violenta, con métodos revolucionarios clásicos o incluso, con nuevos instrumentos de hackers militantes que, como está ocurriendo en estos días globalmente, emulando al Míster Robot inconformista de la serie de culto en la televisión mundial, provoque el colapso financiero y económico con la caída de este imperio de hegemonía virtual, capitalismo on line y banca electrónica. En conclusión, provocar el derrumbe del sistema capitalista en esta fase de la globalización financiera especulativa para hacer las delicias de Rosa Luxemburgo, Otto Bauer, Henryk Grossman y de otros líderes de la socialdemocracia clásica.
———————
*Catedrático Europeo y profesor en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración en la UNED. En Público.es , 14.05.17
Anexo:
¿Por qué Pedro Sánchez no puede ser Antonio Costa?
Fernando López Agudín – Público.es
Con excepción de Portugal, donde el Partido Socialista viene gobernando en solitario apoyado por la totalidad de las fuerzas de izquierda, la socialdemocracia se hunde en casi toda la Unión Europea como consecuencia de las duras políticas neoliberales que aplican bien cogidos de la mano de la derecha. De este profundo desplome generalizado ya no se salva ni siquiera el SPD alemán, con el nuevo liderazgo de Martin Schultz pasado por las horcas caudinas de las urnas del Sarre y Renania. Salvo el aludido Partido Socialista Portugués, la regla general es la pasokización en desarrollo, Francia y Holanda, o culminada, Grecia e Italia.
La conclusión es obvia: o el PSOE aplica el modelo lusitano, como sugiere Pedro Sánchez, o el PSOE se pasokizará. Todas las coordenadas– sean sociológicas, económicas o políticas– lo indican meridianamente. Luego, la pregunta es ¿por qué Pedro Sánchez no puede ser como Antonio Costa?
Empezando por donde hay que empezar, Berlín, pasando por la derecha castiza, PP, y terminando por la Banca Morgan, todos estiman que lo que es posible en Portugal no lo es en España. Al no ser igual el PIB español que el portugués, argumentan, no cabe extrapolar ahora en Madrid lo que funciona bastante bien en Lisboa. Paradojicamente, sí se permite en el Estado español la independencia fiscal de Euskadi a la vez que se rechaza, incluso, cualquier mero reajuste de la financiación autonómica. En definitiva, nada es más arriesgado para los intereses alemanes, hábilmente camuflados tras la ideología euroilusionista, que un Antonio Costa español que se sumara a Macron, a la hora de negociar con Angela Merkel, desde la defensa de la soberanía de los países de la Europa del Sur.
Este es el drama político del PSOE, esa será la tragedia social de España, si los militantes socialistas no logran hoy doblar el pulso político de los cuatro anteriores secretarios generales contra el quinto, defenestrado por atreverse a proponer la línea política que puede salvar al Partido Socialista, y que lo único que intenta es que las primarias sean la respuesta a los aparateros que ocuparon Ferraz el pasado 1 de octubre para apoyar a Rajoy mediante la abstención.
Casi nueve meses transcurridos desde entonces, son más que suficientes para calibrar el enorme error de quienes aún continúan sosteniendo a un Mariano Rajoy más corrupto que ayer pero menos que mañana. Justo el cordón umbilical prusiano con el que reaparecieron en 1975, desarrollado hoy como correa de transmisión merkeliana, es el que trata de enterrar a Sánchez para aislar a Costa.
Un lapsus freudiano de uno de los intelectuales de cabecera de los sublevados contra la autoridad legítima de Sánchez- Ignacio Urquizo, de la muy acreditada Fundación Alternativa, presidida por Felipe González- contribuye a aclarar el carácter de la lucha interna en el PSOE al sostener ayer mismo en el diario El País que “somos herederos de un legado que nos ha dejado compañeros como Fernández de los Ríos, Julián Besteiro e Indalecio Prieto”.
Efectivamente, tres destacados dirigentes de la derecha del PSOE enfrentados a otros dos no menos destacados líderes de la izquierda del PSOE, como fueron Largo Caballero o Juan Negrín, que por lo suscrito por este diputado por Teruel no forman parte de la herencia socialista. Nada tiene que ver, afortunadamente, la crisis de la España de 2017 con la anterior de 1934; salvo en que, ahora, vuelven a enfrentarse unos socialistas partidarios de gobernar con la derecha con otros socialistas partidarios de gobernar con los progresistas.
Sin Sánchez, hoy por hoy, no hay ni siquiera la posibilidad de una alternativa a Rajoy. Quizás tampoco sea posible con él, pero sin él es de todo punto imposible. Si no consigue reubicar al PSOE en la socialdemocracia, previsiblemente la izquierda entrará en un proceso cainita en el que ni socioneoliberales, ni aquellos morados nostálgicos de la vieja Izquierda Unida que sobreviven en Podemos, podrán librarse de convertirse en los payasos que reciben sus mutuas bofetadas para alegría del tendido de los poderosos.
Bien lo sabe el PP, Ciudadanos, el PNV y PDeCAT. Por desgracia, no ocurre lo mismo en el abanico de las siglas de izquierda que se mueve entre la incompresión de lo que subyace en la crisis del PSOE y la tentación por sustituirle, y al tiempo carecen de la capacidad de visión de la que hace gala los ejecutivos de Bank of America o de la Banca Morgan, al advertir, una y otra vez, el peligro que supone el probable triunfo de Sánchez.
Vista la formidable envergadura de los intereses a los que se enfrenta, Sánchez debería de ser ya un cadáver. Si no lo es, se debe al estado de putrefacción y desmoronamiento del Estado español. Cuando los mecanismos de selección del personal político se anquilosan y no filtran bien, sucede que la defensa de estos poderosos intereses pasan de ser liderado por un personaje de la talla de Felipe González a serlo por una Susana Díaz. Andaluces ambos, pero distintos en genio, capacidad y finura.
Eso sí, ambos saben que el gran problema con el que se enfrentan es el insoportable grado de corrupción de todas las derechas, de la catalana a la madrileña, enquistado en el Gobierno Rajoy. Esa acertada crítica del portavoz Antonio Hernando al Partido Popular, “ustedes no son vistos como luchadores sino como cómplices de la corrupción”, debiera de ser una autocrítica de la Gestora por la muy grave responsabilidad política contraída combatiendo a quien como Pedro Sánchez se mantiene en el no es no a la corrupción como sistema de gobierno.
