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De nuevo en casa y desatado

Lluís Bassets* – El País

El viaje de Trump certifica el final de un siglo de involucración de EE UU en Europa

Todo transcurrió como estaba previsto. Donald Trump no se salió del guion. Hubo incidentes y anécdotas, pero todos menores. Esta primera salida al extranjero, rodeada de ocasiones para gafes y meteduras de pata, ha sido todo un éxito al decir de sus colaboradores.

Y sin embargo, este viaje está ya inscrito en las relaciones transatlánticas como la culminación dramática de una ruptura histórica. El comportamiento de Trump, sus palabras y sus tuits, señalan el definitivo agotamiento del siglo de Estados Unidos en Europa, una etapa que empezó hace cien años cuando Woodrow Wilson obtuvo los poderes de guerra para intervenir en la Primera Gran Guerra y que ha proporcionado a la superpotencia americana tres victorias en territorio europeo, dos directamente militares, y una geopolítica e ideológica, la de la Guerra Fría, además de una hegemonía en todos los campos, económico, militar, político y cultural, como no se había visto nunca antes en la historia de la humanidad.

Trump nada entiende de toda esta historia, de la que solo registra las ventajas y se niega a aceptar las obligaciones y deberes que ha generado. Para los estadounidenses, el siglo XX, su siglo, ha sido un negocio de dimensiones colosales e insuperables, pero Trump solo sabe contemplarlo desde el prisma minúsculo y moralmente mezquino de la cuenta de ingresos y gastos propia del tendero de la esquina. El viaje también certifica que ya se ha producido y triunfado la revancha rusa de la derrota sufrida con aquella «mayor catástrofe geopolítica del siglo XX» que fue al decir de Vladimir Putin la desaparición de la Unión Soviética.

El mensaje de Trump al mundo es perturbador. Washington ya no se preocupa por los derechos humanos ni por la democracia en el mundo. Los dictadores tienen manos libres. El enemigo es el terrorismo, una etiqueta genérica muy atractiva para las monarquías del Golfo, puesto que sirve para todo, para denunciar al enemigo iraní, seguir destruyendo a Yemen o reprimir su oposición interna, como ha hecho ya, al regreso de la cumbre de Riad, la monarquía sunita de Bahrein.

Políticamente no se ha cumplido ninguno de los objetivos que la Casa Blanca había establecido. Su liderazgo global ha salido debilitado; Trump no ha estrechado relaciones sino que ha dejado un rastro de cautela y hostilidad; su escasa apreciación de la Alianza Atlántica ha minimizado cualquier mensaje de unidad con amigos y aliados; y en vez de unir a los creyentes de las tres grandes religiones ha mostrado su preferencia por el sunismo wahabita en detrimento del chiismo e incluso del islam pakistaní, cuyo primer ministro fue marginado en la cumbre árabe e islámica de Riad.

La Casa Blanca, sin embargo, dice estar satisfecha. Deber cumplido. Durante nueve días se ha olvidado de la conexión rusa, el presidente puede regresar a la pelea interior para sacar la agenda republicana en el Congreso y todo está ya preparado para rechazar el acuerdo de París sobre cambio climático. Tras nueve días de un paréntesis viajero, su cuenta de Twitter funciona de nuevo a velocidad de crucero. A pesar de todo, el peor Trump no es el que viaja sino el que se queda solo en casa frente al televisor y con el móvil en la mano.

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*Director adjunto de El País. Licenciado en Filosofía y Letras y en Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. 

 

Anexo:

Europa, en ‘shock’ Trump

José I. Torreblanca*

El mundo de acuerdo con el presidente es un delirio absoluto en manos de un incontrolado. Es imposible que acabe bien

El presidente de Egipto, el mariscal Al Sisi, con un penoso récord de derechos humanos, es un “gran tipo”. El de Filipinas, Duterte, que presume de exterminar a los drogadictos, está haciendo un “magnífico trabajo”. El de Turquía, Erdogan, embarcado en el desmantelamiento de una democracia, es un “buen amigo”. La monarquía feudal saudí, que expande por todo el mundo una versión extremista y excluyente del islam, es la principal aliada estratégica. Y con la Rusia neoimperial de Putin, sancionada por la anexión de Crimea, la desestabilización de Ucrania, el apoyo a El Asad y experta en manipulación de la información y los procesos electorales, compartimos inteligencia y nos prodigamos en gestos de deferencia.

Pero los alemanes, ¡ay, los alemanes!, son malos, muy malos, y se van a enterar. Y los franceses, ¡los franceses!, han elegido a un listillo que habla mejor inglés que Trump cuando podían haber elegido a una xenófoba admiradora de Putin. También se van a enterar. Este es el mundo de acuerdo con Trump, un delirio absoluto en manos de un incontrolado que es imposible que acabe bien. Trump no va a acabar su mandato, esto parece evidente. Lo único que resta es cruzar los dedos para que no provoque una guerra antes de que lo depongan.

Aunque el Gobierno español, como de costumbre, no se haya enterado de nada, Europa se ha quedado en estado de shock tras la visita de Trump. Pese a las formalidades protocolarias, es evidente que la OTAN y el G7 han quedado en hibernación. Como ha dicho Merkel, hay una nueva y brutal realidad: no podemos confiar en Trump para garantizar ni nuestra seguridad ni nuestra prosperidad. Por suerte, además de Merkel, tenemos ahora a Macron, que tras sus reuniones con Trump y con Putin ha demostrado que también sabe cómo hay que hablarles a los abusones del patio de colegio.

EE UU ha sido el principal integrador europeo. Sin Washington, la Europa que conocemos no existiría. Pero no se trata tanto de unirse contra ellos como de darse cuenta de que Europa es hoy el estandarte de los valores (democracia y multilateralismo) que EE UU siempre ha promovido y que Trump ha abandonado. Washington ha caído. Mientras recupera la dignidad, Europa debe preservar esos valores.

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*Profesor de Ciencia Política en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Jefe de Opinión en el ELPAIS

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