David Torres*
Hay diversas formas de explicar la escalada de tensión entre Corea del Norte y Estados Unidos, desde la diplomacia a la peluquería. No obstante, una de las menos socorridas es acudir a la historia del siglo XX y preguntarse qué cojones pinta Estados Unidos en la otra punta del Pacífico. En cuestiones de política, la geografía siempre suele ser parte del problema, cuando no es el problema mismo. Como en Chile, como en Perú, como en Grecia, como en Indonesia, como en El Salvador, como en casi cualquier lugar del mundo donde se les ocurra, el gran policía internacional siempre viene a meter las narices donde no se le ha perdido nada.
A esta clase de matones lo que más les molesta es que otro espécimen utilice las mismas tácticas disuasorias que él, se sienten disminuidos en su papel de gallo jefe del gallinero, aunque el gallinero les pille a cinco mil kilómetros de casa. Eso no se puede consentir. Tony Soprano no toleraba que cualquier otra empresa de mangantes viniera a interferir en su negocio de limpieza: la basura era sólo suya y los métodos que empleaba para eliminar la competencia eran bastante expeditivos. Lo que ya resulta inadmisible en el nivel de chulería es que en Corea del Norte se haya puesto a ensayar con una bomba de hidrógeno, cuando todo el mundo sabe que el privilegio de lanzar artilugios termonucleares sobre la población civil es una patente norteamericana desde Hiroshima y Nagasaki.
Un coreano jugando a destruir el mundo mediante hongos atómicos es algo fuera de concurso, inconcebible para esa mentalidad de cowboy que ha hecho de medio mundo una pista de rodeo con vacas más o menos sumisas. A los orientales les van las patadas voladoras, el kung fu, el karate, los robots, el servilismo, el comer con palillos, el arroz, el pescado crudo, no la energía atómica, ni los megatones, ni la pose de toro bravucón. Tony Soprano tampoco se explicaba cómo iba a inventar gente que come con palillos algo para lo que necesitas tenedor.
A Trump le da lo mismo que les hayan untado el morro en Vietnam, un poco más al sur, y casi medio siglo atrás. Como si se acordara de eso. Por aquel entonces, antes de retirar las tropas, Nixon fantaseó con arrojar bombas atómicas sobre el país, una fantasía genocida de la que Kissinger logró desanimarlo con no poco esfuerzo.
Kissinger, nada menos, aquel siniestro secretario de Estado que dirigió la política exterior de Estados Unidos durante casi una década como si dirigiera un manicomio. Incluso Kissinger, que frenó a Nixon y creía que el poder era el afrodisíaco definitivo, podría ser ahora una buena opción para que los diplomáticos hagan su trabajo y Donald Trump cierre la boca por un rato, cuando los expertos aseguran que no hay ninguna salida viable al conflicto aparte de la negociación. El Tuitero Number One dice que los norcoreanos sólo entienden una cosa: se refiere al más de medio millón de toneladas de explosivos que arrojaron sobre territorio coreano en los tres años que duró la guerra de Corea. Una cadena de televisión demostró meses atrás, con una encuesta en directo, que la inmensa mayoría de los estadounidenses era incapaz de ubicar a Corea de Norte en un mapa.
Le preguntan a Trump y no encuentra ni el mapa.
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*Escritor español. Columnista del diario Público.es. Septiembre 4, 2017
Anexo:
El primer indulto de Trump, un canto al racismo
Opinión de Milagros Pérez Oliva – El País
El perdón concedido al ‘sheriff’ Joe Arpaio es un desafío a quienes cuestionan la política migratoria
Hay gobernantes prudentes que utilizan la prerrogativa de gracia que les concede la ley para reparar rigores excesivos de la justicia, premiar arrepentimientos o reforzar la finalidad de inserción y rehabilitación del sistema penal. Pero los hay también que convierten la capacidad de indultar en un instrumento al servicio de su ideología o de los amigos políticos que han transgredido la ley. Que el primer indulto que concede Donald Trump haya sido para su amigo Joe Arpaio, sheriff durante 23 años del condado de Maricopa (Arizona), es un desafío a todos aquellos, incluidos los jueces, que se atreven a poner trabas a sus polémicas políticas contra la inmigración. Y es también un insulto a toda la comunidad latina, a la que el sheriff Arpaio ha perseguido de forma implacable durante más de dos décadas, hasta que en noviembre del año pasado la movilización del voto hispano le apeó del cargo.
En realidad, Arpaio y Trump son almas gemelas. Comparten un carácter prepotente y narcisista, un gran afán de protagonismo y una especial habilidad histriónica para atraer los focos mediáticos. En los últimos años han hecho gala de una perfecta sintonía personal y política. La motivación racista de su modo de proceder quedó ostentosamente patente cuando ambos emprendieron una campaña para demostrar que Barack Obama no era norteamericano. Para Trump, las políticas de acoso a los indocumentados que Arpaio aplicaba en su condado eran un modelo a seguir en todo el país.
Arpaio fue condenado en julio pasado por desacato. Una juez federal le había ordenado que dejara de aplicar métodos de persecución de inmigrantes que vulneraban los derechos civiles, pero las patrullas a su mando siguieron sus campañas de acoso con detenciones e identificaciones basadas exclusivamente en los rasgos raciales. El sheriff se mofaba del rosario de demandas que la policía recibía cada año. Y presumía de haber encontrado la fórmula para lograr que los presos de Phoenix cumplieran las penas en toda su integridad y con tanta penalidad que no les quedaban ganas de volver a delinquir. Él no tenía problemas de plazas penitenciarias. Se inventó una cárcel tan elástica que podía crecer tanto como el celo de sus patrullas quisiera: un mar de tiendas de campaña en medio del desierto. Podía plantar tantas como hicieran falta. Y no se conformaba con que las condiciones de la prisión, en la que fácilmente se soportaban temperaturas de 45 grados centígrados, fueran de una dureza desmedida, sino que imponía a los internos humillantes medidas disciplinarias, incluidos grilletes y trajes de rayas.
Esto es lo que ocurre en los Estados Unidos del siglo XXI y ese es el personaje a quien Trump acaba de indultar alegando que es un patriota y que su “admirable servicio a la nación” merece el perdón presidencial. Resulta descorazonador que personajes como Arpaio hayan tenido durante tanto tiempo el apoyo electoral necesario para ejercer su racismo. Y, más aún, que las circunstancias que lo explican sean las mismas que han llevado a que otro personaje como Trump pueda ahora indultarle. 4 SEP 2017
