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La débil democracia chilena

Por Roberto Pizarro* – El Desconcierto.cl 

Lo más preocupante es que la baja participación electoral no se distribuye de manera homogénea. Son los jóvenes y las personas de origen popular, de nivel socio económico bajo, los que menos votan. Y ello es especialmente manifiesto en las grandes ciudades del país. Y, cuando no acuden a votar es porque no esperan mucho de la política, no creen en los políticos.

Políticos y economistas insisten en la insuficiencia del crecimiento. No se dan cuenta que lo que falta es democracia. Porque cuando la democracia es frágil la sociedad se oscurece, las personas desconfían de las instituciones, la corrupción se generaliza, la delincuencia aumenta. Y, a final de cuentas, la economía se ve afectada y el crecimiento se reduce.

Por eso es preocupante que la democracia representativa esté en problemas en nuestro país. Su debilidad es manifiesta. Lo dice el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Destaca que en las elecciones parlamentarias del 2013 votó apenas el 51% de las personas mayores de 18 años. Y, en las municipales del 2016 lo hizo sólo un 35%. Por cierto, el voto voluntario -instaurado en 2012- agravó una sostenida baja de participación electoral; pero, la caída se venía produciendo desde antes y se hizo más aguda a partir del cambio en la obligatoriedad del sufragio.

La participación electoral en nuestro país es una de las más bajas del mundo. Manifiestamente inferior a América Latina, en que los votantes han alcanzado un 71%; y, también menor al conjunto de los países de la OCDE, que tienen un 64%. El cambio es notable para nuestro país que en los años sesenta era altamente politizado.

No sólo la democracia representativa se muestra débil. También es escasa la organización de la sociedad civil. En efecto, según la última encuesta Auditoría a la Democracia de 2016 del PNUD, los chilenos participan poco en organizaciones voluntarias, que se vinculen a la toma de decisiones locales o nacionales. En promedio, menos de un 10% de los encuestados participa en algún tipo de organización social, sin contar las asociaciones religiosas.

Lo más preocupante es que la baja participación electoral no se distribuye de manera homogénea. Son los jóvenes y las personas de origen popular, de nivel socio económico bajo, los que menos votan. Y ello es especialmente manifiesto en las grandes ciudades del país. Y, cuando no acuden a votar es porque no esperan mucho de la política, no creen en los políticos. Tienen la sensación de que votar no repercute en sus intereses, que sus ideas no son acogidas.

La baja participación ciudadana en las elecciones pone de manifiesto el distanciamiento existente entre las elites y la sociedad, con una creciente desconfianza en las instituciones y en los partidos políticos. Esto se ha acentuado especialmente en los dos últimos años, como consecuencia de los escándalos sobre el financiamiento ilegal de la política y con los hechos de corrupción detectados en carabineros y en el Ejército.

También ha sido evidente en el último tiempo que, las grandes empresas se coluden y engañan a los consumidores; colegios y universidades privadas cierran sus puertas y dejan a los estudiantes sin futuro; las AFP  (Administradoras de Fondos de Pensiones)  mienten a los ciudadanos con su oferta de pensiones decentes; y las ISAPRES (Instituciones de Salud Previsional)  otorgan seguros médicos para su estricta ganancia. A final de cuentas, el discurso complaciente de las elites sobre el crecimiento y la reducción de la pobreza pierde fuerza de convencimiento al abrirse demasiados flancos sobre los abusos del capitalismo chileno.

Por otra parte, la gente participa escasamente en organizaciones ciudadanas para defender sus propios intereses. No existe confianza en el trabajo colectivo. El individualismo que ha instalado el régimen neoliberal lleva a la gente a creer que los canales de participación son solamente para informar o para opinar, pero no para producir  cambios. Y eso frena la participación ciudadana. Se prefiere defender estrictamente lo propio antes que arriesgar triunfos colectivos más amplios.

Sin embargo, ha habido también señales que la ciudadanía puede hacerse cargo colectivamente de los problemas que la afectan. Las movilizaciones estudiantiles desafiaron el lucro en la educación; la protesta contra las AFP ha puesto al desnudo la estafa que significa el sistema de pensiones. Pero, en ambos casos, la canalización de las demandas ciudadanas han encontrado tropiezos en la institucionalidad, han sido mediatizadas por el sistema político.

Se abrieron esperanzas con las nuevas organizaciones políticas que nacieron al calor de las movilizaciones estudiantiles del 2011. La constitución del Frente Amplio ha sido un aire fresco para la política chilena. Sin embargo, hasta ahora su fuerza ha sido limitada, con escasa inserción en el mundo popular. Su dirigencia ha preferido embarcarse en disputas personales de poder antes que en la construcción de un camino político claro para terminar con el neoliberalismo y la cultura del individualismo en el país.

Así las cosas, las próximas elecciones presidenciales no anuncian un cambio radical en la participación ciudadana. Todo indica que la gente de clase alta ira en pleno a votar por los suyos. En cambio, las personas más oprimidas por el sistema no parecen entusiasmadas por sufragar. En estas condiciones, la democracia chilena no se verá fortalecida. 07.11.2017

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*Economista de la Universidad de Chile, con estudios de posgrado en la Universidad de Sussex (Reino Unido). Investigador Grupo Nueva Economía, fue decano de la Facultad de Economía de la Universidad de Chile, ministro de Planificación, embajador en Ecuador y rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (Chile).

 

Anexo:

¿Abstención o voto oculto?

Por PATRICIA POLITZER* – El Mostrador.cl

La elección del 19 de noviembre próximo, será la más ideológica desde el retorno a la democracia. Es mucho lo que está en juego.

Hay consenso en que un segundo Gobierno de Sebastián Piñera no será como el anterior, en que hizo lo posible por mantener intacto lo que la Concertación venía realizando desde 1990. No propuso ninguna reforma mayor. Ahora, desde todos los partidos que lo apoyan, se pide otra cosa: que la derecha marque claramente su sello. José Antonio Kast –el díscolo del sector– pide sin tapujos que deje de ser “acomplejada”. Ya no bastan las fichas del crecimiento sino asegurar los valores del nacionalismo, el mercado y el orden.

Por el otro lado, una centroizquierda con dos candidatos –Carolina Goic y Alejandro Guillier–, tiene el desafío de mantener el camino trazado por la Presidenta Michelle Bachelet. No cabe duda que, en estos cuatro años, la Mandataria logró modificar sustancialmente el rumbo del país. Temas tabúes, como la educación gratuita, el aborto o el futuro de las AFP, hoy están sobre la mesa y seguirán estándolo. La centroizquierda pretende seguir encarando estos y otros asuntos –como el acceso a la salud y la inmigración– con la impronta bacheletista, poniendo el acento en los derechos de las personas y no en su poder adquisitivo, disminuyendo el rol del mercado y la competencia para propiciar más colaboración y justicia social.

La decisión que deben tomar los chilenos y chilenas no es menor. Ante tal disyuntiva, ¿es posible que la abstención sea más grande que el número de votantes? ¿O será que el fantasma del voto oculto recorre nuestro país como lo ha hecho en otras latitudes?

Con sufragio voluntario y un insondable nivel de abstención, sin binominal y nuevos distritos electorales, es muy difícil aventurar el resultado. Como señaló hace unos días Roberto Méndez, una voz más que autorizada en materia de pronósticos electorales, ni siquiera la prestigiosa CEP está en condiciones de predecir quién se llevará el premio mayor en la segunda vuelta del 17 de diciembre.

En todo el mundo, las predicciones están fallando porque los votantes se niegan a confesar cuál será su preferencia. Es el llamado voto oculto, el que solo se muestra el día de la elección, uno que a veces está en la derecha y, otras, en la izquierda, que a veces no se deja ver por temor y, otras, porque no es políticamente correcto o simplemente porque no le apetece la ola del que se supone ganador.

En todo el mundo, las predicciones están fallando porque los votantes se niegan a confesar cuál será su preferencia. Es el llamado voto oculto, el que solo se muestra el día de la elección, uno que a veces está en la derecha y, otras, en la izquierda, que a veces no se deja ver por temor y, otras, porque no es políticamente correcto o simplemente porque no le apetece la ola del que se supone ganador.

¿Cuál podría ser el voto oculto en el actual proceso electoral? O dicho de otro modo, ¿por quién votará ese tercio de electores que, según las encuestas, asegura que irá a votar el 19 de noviembre pero se niega a desenmascarar su preferencia? ¿Y por quién optarán aquellos que, sin pensarlo mayormente, se animen a última hora?

Los más ricos, los de mayor edad, los pocos que aún militan o adhieren a un partido, ya parecen haber declarado su preferencia. Por lo tanto, la decisión inconfesada hay que buscarla en los sectores menos afortunados económicamente, los jóvenes y los más desinteresados o desilusionados de la política.

Siempre existe un votante que se inclina por el que va puntero, pero el estancamiento, que desde hace meses muestra Sebastián Piñera en las encuestas, indicaría que este favorito no termina de entusiasmar.

El glamour –ese encanto difuso que fascina y atrae–  parece estar en otra parte, más bien en los extremos del espectro político. Sin duda, José Antonio Kast tiene lo suyo, y se ha convertido inesperadamente en la novedad del año. No solo sacó del clóset al pinochetismo puro y duro, sino que puede estar conquistando a un grupo relevante de la UDI que quiere marcar su fuerza, para golpear la mesa con autoridad, si Piñera llega nuevamente a La Moneda. La propia presidenta de la UDI, Jacqueline Van Rysselberghe, reconoció que las ideas del candidato de ultraderecha la representan plenamente.

La candidata del Frente Amplio también tiene su cuota de glamour. Si bien parte de sus encantos se disiparon después de las primarias de su sector, su empatía, su discurso rupturista pero no tanto, su halo de honestidad y transparencia en tiempos de corrupción, siguen entusiasmando a un grupo incuantificable que esa mañana irá a las urnas.

Incluso Marco Enríquez-Ominami, a pesar de ser una estrella demasiado conocida y un tanto a maltraer, tiene su atractivo. Preparado, culto y buenmozo, seguramente tiene más admiradores que los que se confiesan. Después de sus líos con SQM, y más allá de sus insistentes desmentidos, a muchos les resulta difícil admitir que votarán por él. Pero no falta quien piensa que logrará llegar tercero.

Paradójicamente, porque es el sector que puede derrotar a la derecha, quienes tienen un nivel de glamour muy escaso son los dos candidatos de la centroizquierda: Carolina Goic y Alejandro Guillier. Ambos forman parte de una coalición en crisis, ninguno de los dos representa a la dirigencia histórica de los partidos que los respaldan, reciben a diario fuego amigo tanto o más intenso que los ataques de sus adversarios, y –lo reconozcan o no– son continuadores de un Gobierno que ha sido dramáticamente juzgado desde el primer día.

Hay que tener coraje para proclamar que se apoya a Guillier o a Goic. Y es justamente por eso que ambos pueden dar una sorpresa el día de la elección. No sería raro que tuvieran un capital oculto que no se muestre hasta la hora cero. Porque, si bien el glamour está en otra parte, la inmensa mayoría de los electores se dice de centro o apolítico, quiere reformas pero no revoluciones, es más bien fome y parecido a Goic y Guillier.

La derecha mostró abiertamente sus cartas desde las primarias, cuando movilizó al grueso de su activo, dejando boquiabiertos a los analistas. En la centroizquierda, en cambio, está por verse si la crisis política es tan profunda que la mayoría opta por la abstención –o por candidatos sin posibilidades de triunfo– o si, a última hora, despierta del letargo, asume la relevancia de esta elección, logra recomponer la unidad del sector, reconquista a los desilusionados que partieron hacia la punta izquierda y –más allá de la falta de glamour– se moviliza contra su enemigo histórico: la derecha. El resultado final sigue abierto.

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*Presidenta de la Sociedad de Derechos Literarios (Sadel), miembro del directorio de Educación 2020 y consejera de Comunidad Mujer. Fue directora de prensa de Televisión Nacional de Chile (TVN) entre 1991 y 1994. En 2000 asumió como directora de Comunicación y Cultura del Ministerio Secretaría General de la Presidencia, lugar que ocupó hasta mayo del año siguiente, cuando fue nombrada presidenta del Consejo Nacional de Televisión de Chile (CNTV), cargo que ejerció hasta junio de 2006.

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