Juan Carlos Monedero *
Nada demuestra más la persistencia del franquismo sociológico que un editorial de El país diciendo que no existe el fascismo sociológico.
Vuelve a la carga El país a hacerle el trabajo al pasado. Dice que Franco ha muerto y que recuperar los parecidos hoy con el pasado es un delirio. No me extraña que les haya hecho gracia repetir las palabras de Arias Navarro en 1975. Es el diario del régimen del 78. Para bien y para mal. Y por eso da hoy tanto bochorno. Solían guardar mejor las formas. No en vano, Fraga fue fundador de ese periódico y la crítica al franquismo siempre tuvo límites. Algo tiene que ver que su estela siempre ha sido la de los vencedoresde la guerra. Incluidas sus incorporaciones al consejo editorial. Felipe González no movió un dedo para que los 200.000 fusilados por Franco tuvieran una sepultura digna.
Explicamos en la ciencia política (y politólogos como Ignacio Torreblanca, que también está en el consejo editorial del diario debiera saberlo) que el presente no puede explicarse sin la “dependencia de la trayectoria” (path dependence). Querer dejar de mirar en el pasado es una oferta de mentirosos que quieren hurtar claves para enteder los acontecimientos. El ascenso de la extrema derecha en Alemania regresó a los medios el pasado nazi y la entrada en el Parlamento de Allianz für Deutchsland llenó los periódicos de recordatorios de 1933. Lo mismo en Italia con los neofascistas de Fuerza Nueva o del Movimiento Social o en Grecia con Amanecer Dorado. Pero en España, dice El país, hablar de Franco es de enemigos de la patria. De su patria, claro. Tampoco le gusta al grupo PRISA que se hable de Cebrián y los papeles de Panamá. Han echado a periodistas de sus tertulias por hacerlo. Siempre han dictado de qué se podía hablar y de qué no.
Nadie en su sano juicio va a decir que la España actual es como la España de Franco. Estaría bueno. Tampoco se dice que la Alemania de Merkel sea nazi, pero si crece la extrema derecha, se mira al pasado y la reflexión es: algo hemos hecho mal cuando estos criminales no se han ido definitivamente. En España es más evidente, porque cada mañana hay 114.000 desaparecidos, asesinados por Franco -ese que ha muerto- que siguen gritando a nuestra democracia que quieren una sepultura digna para que sus familiares sepan qué fue de ellos y dónde están. Pero ni el PSOE ni el PP ni Ciudadanos tienen el más mínimo interés por recuperar esos cadáveres. Sinverguenzas de esos partidos, como Pablo Casado o Rafael Hernando, dicen que eso son batallitas del abuelo o una búsqueda de negocio de las víctimas. No como las asociaciones de víctimas del PP, que destacan por su altruismo. A Rivera le molesta que hablemos del pasado, porque su partido cada día huele más a falangismo.
Cuando vemos amenazada la democracia, tenemos que mirar a nuestro pasado por dos cosas: primero, porque mirar a lo que ya pasó nos ayuda a entender lo que está pasando y nos da pistas para interpretar el presente; en segundo lugar, porque cuando se amenaza la convivencia democrática, es bastante fácil que lo que ocurra se parezca a cosas que ya nos ocurrieron. Se trata de no desperdiciar la experiencia, como dice Boaventura de Sousa Santos. Si detienen a unos titiriteros, a unos raperos o a unos políticos, debemos saber que en España hemos encarcelado en otros tiempos a los que hacían teatro contra el régimen, a los que cantaban al viento y a la libertad y hemos levantado cárceles solo para meter a los enemigos del franquismo. Y también podríamos recordar que, como advirtió el mismo Pablo Casado que podía volver a ocurrir, hemos fusilado a gente que luchaba por el reconocimiento de Catalunya como una nación (dentro de la República española) y que lo hicieron sin violencia. Lo que pasa es que los parecidos con el pasado escuecen porque quitan mucha legitimidad a nuestra democracia. Eso es lo que les molesta a los de El país.
En esos encarcelamientos siempre contó el franquismo con un poder judicial comprometido con el régimen del 18 de julio. Los mismos jueces del franquismo pasaron a ser jueces de la democracia, y aunque el poder judicial es evidente que se ha democratizado, una parte sigue rehén de su pasado. Pero lo realmente grave es la costumbre de la política de inmiscuirse en los asuntos judiciales. Esa no la hemos perdido. Le recuerdo a El país que el Parlamento ha reprobado el Ministro de Justicia y al Fiscal General del Estado. Y que ni han dimitido ni han sido cesados. Y que políticos corruptos quieren a determinados jueces, y que dicen si no habría que pegarle dos tiros a los jueces desobedientes (¿alguien se imagina que dieran libertad provisional a alguien vinculado a Podemos que dijera que había que pegarle dos tiros a un juez, como ha hecho con Ignacio González?). Eso se llama franquismo sociológico.
El franquismo siguió la estela canovista de inventarse una España falsa que vendría de los visigodos y sancionaron los Reyes Católicos. Es tan falsa esa historia que no les basta para hacerla real con la propaganda. Siempre la han completado con fusilamientos. No en vano, tanto Cánovas como Franco como la Constitución de 1978 le entrega al ejército, negro sobre blanco, la defensa de la “unidad territorial de España”. Y por eso, desde la Restauración canovista, toda esta historia llena de mentiras viene con Rey -jefe de las fuerzas armadas- , incluida la etapa franquista porque con Franco, ese muerto, también éramos un Reino. ¿Por qué no quiere El país que nos acordemos de estas cosas? Tenemos una herida territorial que solamente vamos a cerrarla cuando los catalanes puedan decidir formar parte -o no- de una España federal que zanje esa discusión que nos lleva enredando siglos. Cuanto más tardemos, más catalanes habrá que no quieran estar con nosotros. A los golpes se construye poco cariño.
Teenemos también una herida social, que arrastramos desde el pistolerismo de la patronal a comienzos del siglo XX, y una herida ciudadana, con una esfera pública débil, arrastrada por nuestra condición de país de la Inquisición al que nunca le interesó construir otra cosa que catolicismo integral y obediencia política a la monarquía. Hasta la invasión francesa de 1808 no empezamos a pensarnos como nación española. O entendemos esto, o no vamos a entender nunca a España.
Se entiendo mejor la policía política creada por el PP si pensamos en lo que aún permanece del franquismo. Se entiende mejor el “a por ellos” que algunos españoles cantaban a la policía que iba a Catalunya pidiéndoles que reprimieran con dureza a otros españoles. Se entiende mejor por qué alguién golpea a otro en la cabeza con la bandera española o por qué te dan una paliza si no gritas a la orden de unos energúmenos ¡Viva España! Se entiende mejor que Rajoy siga siendo Presidente pese a sus sobresueldos o sus sms a detenidos si entendemos que aún pesa el franquismo sociológico y que los medios hacen mal su trabajo cuando hay periodistas corruptos protagonizando programas y tertulias, que haya políticos que enseñan facturas falsas en sus ruedas de prensa o por qué volvemos, tan pronto, a invitar a maltratadores a la televisión como si fueran estrellas . Franquismo sociológico. Entenderíamos mejor nuestras “puertas giratorias” si supiéramos de las familias del poder que llevan mandando desde el siglo pasado (podríamos citar a los Botín, accionistas por cierto de El país). Y entenderíamos mejor los ataques furibundos de El país a Podemos si entendiéramos que nuestra democracia tiene débiles mimbres porque nunca hemos discutido la actual Constitución en un país donde hay 23 millones de españoles que ya no es que no la discutiéramos -que nadie lo hizo- sino que ni siquiera la votamos.
Siga El país con su deriva. Que nosotros seguiremos recordando lo que aún pesa del franquismo en España -y en Catalunya- para que esa gente, que lleva los mismos apellidos que los que mandaron durante el franquismo, no vuelvan a robarnos la democracia.
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*Politólogo español, profesor en varias universidades, ensayista doctorado en la Universidad de Heidelberg (Alemania), bajo la dirección del politólogo Klaus von Beyme. Artículo en diario Público.es el 13.11.17
Anexo:
Por Antonio Pérez, miembro de La Comuna – Público.es.
Se equivocaron quienes algún día creyeron que España era el país más autonómico de Europa e incluso del mundo. Esos ingenuos no leyeron bien la Constitución de 1978 (en adelante, C78) y, fruto de su desidia, no se dieron cuenta de que la C78 consagra una monarquía centralista.
Para cerciorarse de esta triste realidad, no es necesario ser un constitucionalista profesional: basta con observar que toda la organización territorial del Estado (Título VIII) y, dentro de éste Título, toda la parrafada sobre las Comunidades Autónomas (Capítulo Tercero), penden de un hilo: el hoy famoso artículo 155 (*).
El 155 es la espada de Damocles que puede caer sobre cualquier autonomía cuando le apetezca al Gobierno de turno. Y ello porque los Padres de la Patria Neofranquista redactaron una C78 que, bajo una alfombrilla de alhelíes autonómicos, escondía una bomba nuclear. Para demostrar que aquella modernidad de las autonomías les importaba un bledo, maquinaron que era suficiente asesinarlas con el mentado 155. ¿Para qué gastar saliva si el centralismo podía garantizarse con sólo 103 palabras?
Sin embargo, existía el peligro de que el progreso legislativo desactivara la bomba de los 155 neutrones pues, como parecía de obligado cumplimiento, los angelicales artículos de la C78 debían ser desarrollados mediante sus correspondientes Leyes Orgánicas y éstas desarrolladas en leyes sucesivas de inferior rango, etc. Solución secreta: para garantizar la absoluta impunidad del Gobierno era imprescindible que el 155 nunca fuera desarrollado por ninguna Ley Orgánica.
En efecto, llevamos 40 años en los que han proliferado las leyes -100.000 según algunos cálculos- e incluso se han promulgado ochenta y seis (86) Leyes Orgánicas pero, ¡oh, casualidad!, ninguna de ellas ha tocado el 155. Resultado: la redacción del 155, un prodigio de vaguedad e inseguridad, permite al Ejecutivo aplicarlo a voluntad –o sea, según su real gana-.
Por ello, perdemos el tiempo discutiendo si su aplicación contra Catalunya ha sido, es o será dura, blanda o mediopensionista. El 155 lo permite todo y nada por lo que sólo cabe preguntarse hasta dónde podrá llegar el Gobierno Central agitando ese chantajista espantajo.
En este sentido, es evidente que su ejecución –nunca mejor dicho- comenzó hace semanas, cuando se amputó la autonomía financiera de los catalanes y cuando Catalunya fue invadida por un contingente extraordinario de “las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado”.
Ahora bien, aunque el 155 se esté ejecutando desde antes que se hiciera famoso este 666 posmoderno, la interrogante se mantiene: ¿hasta dónde quiere llegar el PP-PSOE-C’s?
Obviamente, la intención de esta Tríada es reducir la Generalitat a una peña decorativa como fueron los Coros y Danzas regionales del franquismo para, una vez consumado el expolio, extender el estacazo al resto de España. No necesariamente a sus otras autonomías –aunque también- sino a algo mucho más siniestro pues se encamina a suprimir los Derechos de todos los súbditos españoles. Como se escribe en los medios no subvencionados, lo de Catalunya sólo es la primera fase del experimento que ya está perpetrando Macron: la implantación en Europa de un libertarianismo, neoliberalismo integrista o yihad occidental que privatice la gestión del dinero público y destruya el contrato social que subyacía al Estado del Bienestar. Macron y su mono de imitación español han calculado, “si Catalunya cae, caerá el resto de Europa”.
Naturalmente, la Tríada del Mal llegará en Catalunya hasta donde se estrelle contra la resistencia efectiva del pueblo catalán. Mientras eso sucede y para que esa resistencia pueda ser más racional y más efectiva, creo que no estorba subrayar el perfil religioso que ha adquirido el 155. Para esta tarea estarían más facultados algunos de los muy católicos líderes indepes pero, ya que atienden a problemas más mundanos, alguien lo tenía que abordar.
Por varias razones, el 155 es un fenómeno religioso: de su Santo Advenimiento apenas se recuerda que ocurrió hace muchos años pero nada sabemos de sus arcángeles anunciadores. Intuimos que ha pasado 40 años congelado en la carpintería de Zarzuela-La Moncloa pero, ¿por qué lo ocultaba su Santa Madre, la C78? En su irrupción en la vida pública, sospechamos que Catalunya ha ejercido un papel decisivo que bien pudiera ser el de San Juan Bautista, sobre todo porque el Precursor fue decapitado.
Por si las referencias cristianas fueran débiles, el 155 es religioso puesto que es omnipotente, ubicuo y hasta omnisciente -sólo Él conoce la criminosidad que albergan las almas indepes-. Además, nadie sabe cómo, cuándo -y, especialmente, hasta cuándo- se puede ejecutar. Por ende, es una entelequia inmaterial y, desde luego, atemporal. Lo más concreto que ha proferido el Gobierno es una repetición de aquel Requerimiento del año 1500: “os haremos guerra y os sujetaremos al yugo de la Monarquía y de vuestras mujeres e hijos haremos esclavos. Y las muertes y daños que de ello se siguiesen sea a vuestra culpa” –efectivamente, ya van dos esclavizados presos-.
Sin embargo, todos hablamos del 155 como si fuera una norma concreta cuando, no sólo por no haber sido desarrollado por ninguna Ley Orgánica sino también por su congénita indefinición y por no contener ninguna excepción o transgresión, carece de toda normatividad. Por ello, es aberrante analizarlo desde la óptica jurídica. Y, por ello mismo, la Tríada lo idolatra, especialmente C’s quien, gracias a Él, ya está viendo a su jerezana preferida sentada en el trono periférico. Por su parte, los tertulianos adoran la libertad para desbarrar que les ofrece su arbitrariedad. Y el Gobierno aborrece de la necesaria Ley Orgánica mientras lo agita como si fuera lo que aparenta: el Ángel Caído de la C78, el Luzbel terrorista de la posmodernidad.
En resumen, el 155 no existe. Es el Leviatán de los políticos y la Bicha del vulgo que sirve de precaria excusa jurídica para justificar la represión. Es un fraudulento as en la manga que surge de repente, tal y como suelen manifestarse los zombies religiosos. Lástima que los escépticos no creamos en tahúres ni en supersticiones.
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(*)1. Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general. 2. Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de las Comunidades Autónomas (Constitución de 1978; Título VIII. De la Organización Territorial del Estado; Capítulo Tercero. De las Comunidades Autónomas; artº 155)
