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Groenlandia el “Pedazo de Hielo” que Tiene Obsesionado a Donald Trump y que nos Afecta a Todos

Por María Vergara* – Diario Red

Lo que está en disputa en Groenlandia no es solo un pedazo de hielo ni una franja remota del planeta: es el futuro del clima, el agua dulce, la soberanía de los pueblos indígenas y el derecho colectivo a un mundo habitable.

En los últimos meses, Estados Unidos ha impulsado una escalada que muchos analistas políticos describen como el inicio de una nueva recolonización. Cuando se habla de recolonización solemos limitarla a América Latina, pero la realidad es más amplia: este proceso también involucra a Norteamérica. La incredulidad global no es menor. Groenlandia ha sido el epicentro del debate en las últimas semanas debido a la obsesión histórica del presidente estadounidense por ese territorio, al grado de referirse a esta región como un pedazo de hielo. Para justificar su interés, el mandatario apeló al argumento económico: afirmó que, después de la “inversión” destinada a mantener la OTAN durante las últimas décadas, el país tiene derecho al territorio. Según las cifras mencionadas durante el Foro Económico Mundial en Davos, el 22 de enero de 2026, fuentes no oficiales señalan que el gasto acumulado desde la creación de la alianza hace 75 años ascendería a 22 billones de dólares.

Antes de explicar las posibles causas de la obsesión de Trump, habría que hablar de las particularidades de esta región. Un dato que suele ignorarse cuando se discute sobre el Ártico es que Groenlandia, o Kalaallit Nunaat para los pueblos indígenas, es un territorio habitado por 56.000 personas, de las cuales alrededor del 80 % tienen origen indígena inuit. En español aún es común el uso del término “esquimal” (del inglés Eskimo), una categoría colonial heredada del siglo XIX. Los inuit constituyen una población indígena ártica y subártica altamente adaptada que comprende Kalaallit Nunaat, Inuit Nunangat en Canadá, Alaska y la península de Chukchi en Siberia. Kalaallit Nunaat significa “la tierra de los Kalaallit” y funciona hoy como una sociedad multiétnica con instituciones propias y creciente autonomía política.

El entorno físico de Groenlandia es un componente crítico del sistema climático global: su deshielo contribuye al aumento del nivel del mar y a las inundaciones costeras en diversas partes del planeta. A nivel ecológico y económico, el Ártico, región en la que se encuentra Groenlandia, contiene una de las reservas más grandes de bancos de peces del mundo. Conforme las aguas tropicales y templadas se calientan, especies comerciales se desplazan hacia latitudes altas, aumentando el valor potencial de la explotación pesquera en la región. Esta dinámica refuerza el interés de potencias estatales y corporativas por controlar zonas marítimas árticas y rutas de navegación emergentes.

La disputa política internacional tampoco es reciente. La Unión Europea propuso la creación de un régimen internacional específico para el Ártico, pero los Estados árticos respondieron con la Declaración de Ilulissat (2008), defendiendo una postura claramente soberanista y bloqueando el ingreso de la UE como miembro observador en el Consejo Ártico en 2009. Paralelamente, organizaciones como Greenpeace lanzaron campañas transnacionales como Save the Arctic para exigir la creación de un santuario ecológico en aguas internacionales.

Los impactos del calentamiento en el Ártico ya están documentados por la ciencia. Diversos estudios muestran que el ecosistema ártico se está calentando más del doble de rápido que el promedio global, afectando sistemáticamente otras regiones del planeta. La pérdida de hielo terrestre está asociada con el aumento del nivel del mar, la alteración de patrones de precipitación y la intensificación de eventos climáticos extremos en el hemisferio norte. Modelos climáticos vinculan la retracción del hielo marino con veranos más nubosos y lluviosos en Europa, así como con condiciones más cálidas en el este de Estados Unidos y el oeste de Canadá. Entre 2007 y 2012, Europa registró seis veranos consecutivos con precipitaciones por encima de la media, tendencia que algunos modelos atribuyen a perturbaciones inducidas desde el Ártico. Otros proyectan mayor probabilidad de lluvias severas en altas latitudes, el Mediterráneo y Asia Central.

El retroceso del hielo modifica la trayectoria de las tormentas, generando sistemas más intensos en zonas templadas. El huracán Sandy en 2012 se desplazó por la costa este de Norteamérica tras un verano en el que se superaron récords históricos de pérdida de hielo ártico, lo que abrió una discusión sobre vínculos indirectos entre ambos fenómenos.

La reducción del hielo oceánico también habilita nuevas actividades extractivas que amenazan ecosistemas prístinos. El transporte marítimo, la pesca industrial, la explotación de hidrocarburos y la exploración sísmica incrementan riesgos asociados al carbono negro, derrames de crudo, combustibles pesados, degradación de hábitats y contaminación por ruido. A ello se suma el cambio climático inducido por la combustión de los mismos combustibles fósiles extraídos del Ártico.

Desde 2008, la disputa territorial se intensificó tras el descubrimiento de reservas estratégicas de petróleo, gas natural y minerales críticos, así como por la posible apertura comercial de nuevas rutas marítimas la Ruta del Mar del Norte y el Paso del Noroeste que pueden reconfigurar el comercio global para Rusia y China.

Rusia ha intensificado el uso de la Ruta del Mar del Norte desde 2022, utilizándola para transportar petróleo y gas a China después de que las sanciones impuestas por la guerra de Ucrania la aislaran de sus anteriores clientes europeos. En 2024, Rusia y China realizaron por primera vez una patrulla conjunta en aguas árticas, reflejando una cooperación estratégica que va más allá del ámbito militar. Este interés coincide con una transformación acelerada del Ártico como consecuencia de la crisis climática, ya que la región se está calentando aproximadamente cuatro veces más rápido que el promedio global. La reducción del hielo marino avanza con rapidez y, aunque la comunidad científica advierte sobre sus costos devastadores para los ecosistemas y para las poblaciones que dependen de ellos, diversos actores económicos consideran que el retroceso del hielo abre nuevas oportunidades en sectores como la minería y el transporte marítimo.

De hecho, dos rutas antes impracticables comienzan a habilitarse para la navegación estacional en el Ártico: la Ruta del Mar del Norte, a lo largo de la costa septentrional rusa, y el Paso del Noroeste, que bordea la costa ártica de América del Norte. Desde finales de la década de 2000, ambas vías han quedado prácticamente libres de hielo durante los picos del verano, lo que las ha convertido en alternativas tangibles para la navegación comercial.

La Ruta del Mar del Norte reduce el trayecto entre Asia y Europa a unas dos semanas, casi a la mitad del tiempo que toma cruzar el Canal de Suez, y aunque la Unión Soviética la utilizó con fines logísticos internos, sus riesgos y dificultades la mantuvieron fuera del comercio global hasta que, hacia la década de 2010, el deshielo amplió su accesibilidad.

El Paso del Noroeste ha seguido una trayectoria similar de reactivación, pasando de apenas algunos viajes anuales en los primeros años de la década de 2000 a 41 en 2023, lo que confirma su creciente viabilidad para el transporte marítimo. A pesar de que ambos corredores representan oportunidades económicas para actores estatales y corporativos, científicos y organizaciones ambientales alertan que la apertura de rutas comerciales en un ecosistema extremo, remoto y altamente vulnerable implica riesgos severos para la biodiversidad, para las comunidades que habitan la región y para la estabilidad climática global.

Sin embargo, el creciente poder de Rusia y China en el Ártico no es un dato menor y constituye una de las claves para entender la fijación de Donald Trump con Groenlandia y con la región en general. No se trata únicamente de rutas marítimas o presencia militar: el Ártico y la Antártida concentran recursos físicos estratégicos para cualquier potencia que aspire a sostener hegemonía en el siglo XXI.

Los mantos de hielo y glaciares cubren cerca del 11 % de la superficie terrestre, mientras que las regiones de permafrost ártico y subártico representan alrededor del 25 %. En conjunto, estos sistemas almacenan aproximadamente el 70 % del agua dulce del planeta. Resulta evidente que, en un escenario de crisis climática, estrés hídrico global y competencia geoeconómica, controlar la última gran reserva congelada de agua dulce no es un gesto irracional desde la lógica imperial estadounidense: es una apuesta de poder de largo plazo. En ese sentido, la insistencia de Trump con Groenlandia deja de parecer un capricho y pasa a inscribirse en una disputa geoestratégica donde la disponibilidad de agua y su control adquiere valor estatal.

Lo que está en disputa en Groenlandia no es solo un pedazo de hielo ni una franja remota del planeta: es el futuro del clima, el agua dulce, la soberanía de los pueblos indígenas y el derecho colectivo a un mundo habitable. La retórica estadounidense por controlar el Ártico bajo el argumento de seguridad y comercio es, en el fondo, la expresión contemporánea de una vieja lógica colonial que insiste en convertir territorios estratégicos en mercancía y en militarizar ecosistemas enteros en nombre del progreso. Mientras los glaciares se derriten y las rutas se abren, las grandes potencias aceleran la carrera por un botín que solo será útil si ignoramos el hecho ineludible de que no habrá comercio ni seguridad en un planeta muerto. Por eso, discutir el Ártico no es un ejercicio técnico: es una disputa política urgente donde la defensa del clima y de los pueblos que lo habitan debe ponerse por encima de los intereses de cualquier país.

La disputa por Groenlandia o por Kalaallit Nunaat, para ser menos coloniales, como tantas otras, no se resolverá en foros diplomáticos, sino en cómo resistiremos los pueblos ante la voracidad imperial y en la capacidad de los pueblos para resistir. Si queremos un planeta vivible, toca elegir de qué lado estamos.

Referencias

Solís, J. J., & Menjivar, C. A. P. (2020). Geopolítica y Medio Ambiente: Incidencia del cambio climático y los intereses geopolíticos en el Ártico. Relaciones Internacionales, 93(1), 83-111.

Minor, K., Jensen, M.L., Hamilton, L. y otros. La experiencia supera la conciencia del cambio climático antropogénico en Groenlandia. Nat. Aire acondicionado. Chang. 13. 661-670 (2023).

 Arctic Council. (s. f.). The Arctic Council. 

China as a Black Sea Actor: An Alternate Route – Institute for Security and Development Policy. (2024, 30 julio). Institute For Security And Development Policy. 

*María Vergara estudió biología en la Facultad de Ciencias (FC) de la UNAM; es militante de Ciencia para el Pueblo, Capítulo México y delegada de la Internacional Antifascista.

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