Multilateralismo y unilateralismo

Mucho más que ataques: las costosas brechas antiaéreas de Arabia Saudí están en juego

Por Diego Tudares* – Mundiario

La ofensiva de los hutíes contra las infraestructuras civiles saudíes coincide con el recrudecimiento de los combates en Yemen. Mientras Riad promete responder, Trump afronta el dilema de ampliar su intervención militar sin cerrar la vía diplomática con Irán.

La oleada de ataques hutíes contra los aeropuertos de Arabia Saudí abre un nuevo frente de riesgo en una guerra regional que ya desborda las fronteras de Irán. Los proyectiles y drones dirigidos contra Riad y Dammam no solo ponen a prueba las defensas de una de las principales potencias del golfo Pérsico: amenazan también las rutas aéreas, las exportaciones energéticas y la estrategia económica del príncipe heredero Mohamed bin Salmán. La posibilidad de que Donald Trump se sume a los bombardeos saudíes añade otra incógnita a un conflicto en el que los combates y las negociaciones con Teherán avanzan en direcciones contrapuestas.

Los ataques registrados durante el fin de semana han elevado considerablemente el coste humano y económico de la escalada. Los hutíes, aliados de Irán, reivindicaron una ofensiva contra el aeropuerto internacional Rey Jalid de Riad que, según las informaciones proporcionadas por las autoridades saudíes y los balances iniciales difundidos, dejó al menos 13 muertos y más de 300 heridos. Arabia Saudí informó posteriormente de otro ataque contra la terminal 4, que provocó un incendio y nuevas víctimas, aunque la evaluación de los daños seguía en curso.

La ofensiva no se limitó a la capital. Los rebeldes también reivindicaron ataques contra el aeropuerto internacional Rey Fahd de Dammam y contra instalaciones de la petrolera Saudi Aramco. Las autoridades saudíes confirmaron el incidente en Dammam, donde se investigaban los daños y se realizaban inspecciones de seguridad. Un testigo citado por Reuters describió el impacto de un proyectil en la pista, junto a varios aviones estacionados, y el incendio posterior.

La interrupción de las operaciones aéreas en Riad, las cancelaciones y los retrasos en Dammam y la suspensión de las clases presenciales en la capital reflejan la dimensión de la amenaza. No se trata únicamente de instalaciones militares o depósitos de combustible: los aeropuertos son infraestructuras civiles de las que dependen los desplazamientos de millones de personas, el turismo, los negocios y la conectividad internacional del reino.

El hecho de que los sistemas de alerta no advirtieran a tiempo de algunos de los ataques plantea preguntas sobre la eficacia de las defensas saudíes. Sin embargo, un impacto no basta para concluir que todo el sistema antiaéreo sea ineficaz. Los drones de bajo coste, los misiles de crucero y los ataques desde diferentes direcciones pueden complicar la detección e interceptación, incluso para países con importantes recursos militares. Lo que sí queda demostrado es que la superioridad económica y armamentística no garantiza la protección absoluta de infraestructuras estratégicas.

Los hutíes han advertido a aerolíneas, trabajadores aeroportuarios y pasajeros de que eviten utilizar los aeropuertos saudíes, con excepciones anunciadas para los de La Meca y Medina. La amenaza busca ampliar el impacto de los ataques más allá de los daños materiales: pretende elevar los costes de asegurar el espacio aéreo, alterar el tráfico comercial y transmitir que Arabia Saudí no puede mantener sus actividades habituales mientras continúe la campaña militar contra Yemen.

Yemen vuelve a una guerra abierta

La escalada actual tiene su origen inmediato en la reactivación de los combates entre los hutíes y las fuerzas del Gobierno yemení reconocido internacionalmente, respaldadas por Arabia Saudí. La tregua que había reducido considerablemente las hostilidades desde 2022 quedó debilitada tras la reanudación de las operaciones militares y los ataques contra posiciones estratégicas.

En el centro de la disputa se encuentra el estrecho de Bab el Mandeb, que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y constituye uno de los pasos marítimos fundamentales para el comercio internacional. Las fuerzas gubernamentales yemeníes avanzaron a comienzos de octubre por zonas costeras que habían permitido a los hutíes amenazar el tránsito marítimo. Ese avance desplazó parte de los combates hacia el entorno de Taíz y obligó a los insurgentes a replegarse de algunas posiciones.

La pérdida de territorio costero puede tener consecuencias militares y económicas para los rebeldes. Por ello, los ataques contra los aeropuertos saudíes pueden interpretarse como una forma de compensar las dificultades sobre el terreno y trasladar la presión al territorio de su principal adversario regional. No obstante, aunque la secuencia de los acontecimientos apunta a una relación entre ambos frentes, no permite atribuir automáticamente cada ataque a una única causa.

La ofensiva también guarda relación con las restricciones impuestas al aeropuerto de Saná, situado en territorio controlado por los hutíes. Los bombardeos contra esa infraestructura y las limitaciones a sus operaciones contribuyeron a romper el precario equilibrio existente. La lógica que ahora invocan los insurgentes es la de responder al bloqueo con otro bloqueo: si los aviones no pueden operar con normalidad en Saná, sostienen, tampoco deberían hacerlo en los aeropuertos saudíes.

Esta estrategia de represalias tiene un efecto multiplicador. Los ataques contra infraestructuras civiles alimentan nuevas operaciones aéreas saudíes; esas operaciones ofrecen a los hutíes argumentos para justificar nuevos lanzamientos de misiles y drones. El resultado es una espiral en la que cada bando pretende disuadir al contrario, pero aumenta simultáneamente los incentivos para intensificar el conflicto.

Las autoridades hutíes han asegurado que Arabia Saudí realizó 124 ataques aéreos en Yemen durante las 24 horas anteriores a sus declaraciones del domingo. Esa cifra procede de fuentes vinculadas al propio movimiento y debe tratarse como una afirmación de parte, pendiente de verificación independiente. Lo relevante es que ambos contendientes presentan sus operaciones como respuesta a las del adversario, una dinámica que dificulta establecer límites claros a la campaña militar.

Trump, ante la presión de Riad y el riesgo de una nueva intervención

La dimensión internacional del conflicto aumenta porque Arabia Saudí no afronta esta escalada en solitario. El presidente estadounidense, Donald Trump, afirmó el sábado que Washington estudia incorporarse a los ataques saudíes contra los hutíes. La declaración abre la puerta a una intervención directa, aunque no equivale todavía a una decisión definitiva sobre el alcance, los objetivos o la duración de una eventual campaña estadounidense.

La muerte de ciudadanos de distintas nacionalidades, incluido un estadounidense, puede incrementar la presión política sobre la Casa Blanca para responder. Trump tendría argumentos para presentar una intervención como una operación de protección de civiles, infraestructuras y aliados. Pero el coste potencial va más allá de una represalia puntual: una campaña sostenida podría convertir a Estados Unidos en parte todavía más directa de una guerra yemení compleja, en la que los avances militares no garantizan una derrota rápida de los insurgentes.

Arabia Saudí también tiene motivos para actuar con cautela. El príncipe Mohamed bin Salmán ha intentado proyectar el reino como destino turístico, centro financiero y sede de grandes acontecimientos internacionales, mientras impulsa la diversificación de una economía todavía dependiente del petróleo. La inseguridad en Riad y Dammam perjudica esa estrategia, afecta a la confianza de los inversores y pone en cuestión la capacidad del país para proteger las actividades económicas que pretende atraer.

Al mismo tiempo, una respuesta militar más intensa podría reforzar precisamente la táctica que los hutíes buscan imponer: obligar a Riad a destinar más recursos a la guerra y demostrar que sus instalaciones estratégicas siguen expuestas. Los insurgentes no necesitan derrotar al ejército saudí en una confrontación convencional para causar un impacto relevante. Les basta con mantener una amenaza creíble, multiplicar los costes defensivos y dificultar el funcionamiento de aeropuertos y rutas comerciales.

El riesgo para Washington es que una operación concebida como limitada termine ampliándose por la sucesión de represalias. Si Estados Unidos bombardea posiciones hutíes, los rebeldes podrían responder contra objetivos saudíes o instalaciones vinculadas a la presencia estadounidense en la región. Y, dado el apoyo iraní al movimiento, cada nueva ofensiva alimentaría la percepción de que los distintos escenarios de la guerra forman parte de un mismo enfrentamiento regional.

Eso no significa que Teherán controle cada decisión hutí. El grupo dispone de intereses propios y conserva un margen de autonomía, aunque el suministro de armamento, la cooperación técnica y el intercambio de información con Irán refuercen su capacidad operativa. La relación permite a Teherán ejercer presión indirecta sobre sus adversarios, pero también entraña el riesgo de que las acciones de sus aliados precipiten una escalada que complique sus propios cálculos diplomáticos.

El estrecho de Ormuz y unas negociaciones con Irán estancadas

La crisis de Yemen coincide con un bloqueo diplomático entre Washington y Teherán. El domingo, Mohsen Rezaei, responsable iraní de seguridad, calificó de «insuficiente» la respuesta estadounidense a la propuesta de siete condiciones presentada por Irán para reabrir el estrecho de Ormuz. Según la versión iraní, Teherán ofreció restablecer el tránsito marítimo normal en un plazo de siete días si se cumplían sus exigencias. Washington respondió a través de intermediarios cataríes, pero varias cuestiones continúan sin aclararse.

Rezaei aseguró que Estados Unidos había aceptado algunas condiciones, aunque dejó otras en términos ambiguos, y sostuvo que no habría negociaciones ni reapertura del estrecho para los estadounidenses hasta que se satisficieran las exigencias iraníes. Estas declaraciones describen la posición pública de Teherán; no permiten conocer por sí solas el contenido íntegro de la respuesta estadounidense ni descartar que continúen los contactos indirectos.

El estrecho de Ormuz es una pieza central de la disputa porque por él transitaba, antes de la guerra iniciada a finales de febrero con los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado comercializados mundialmente. Su cierre o funcionamiento restringido tiene consecuencias sobre los precios de la energía, los seguros marítimos y las cadenas de suministro. El control de esa vía se ha convertido, por tanto, en una herramienta de presión estratégica para Teherán.

Las conversaciones buscan recuperar un alto el fuego que se ha derrumbado, reducir el riesgo de nuevas operaciones y restablecer la navegación. Sin embargo, las posiciones siguen alejadas: Irán condiciona la normalización del tránsito al cumplimiento de sus demandas, mientras Washington no ha presentado públicamente una respuesta que ambas partes consideren suficiente. La mediación de Qatar y otros actores mantiene abierta una vía diplomática, pero todavía no hay señales de un acuerdo definitivo.

*Abogado egresado de la URBE, aficionado a la política internacional, a los derechos humanos y al medioambiente. Seguidor de series de ficción, se confiesa lector y amante de los animales.

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