Por José Miguel Amiune* – Artículo enviado a Other News por el autor
Un análisis de lo que aparece detrás de la renuncia de Francisco Rojas Aravena al rectorado de la Universidad para la Paz. La crisis del multilateralismo y la incapacidad de construir la paz.
La renuncia de Francisco Rojas Aravena al rectorado de la Universidad para la Paz (UPAZ), creada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1980 y establecida en Costa Rica, constituye un acontecimiento que trasciende las circunstancias de una crisis universitaria. Nos enfrenta a una paradoja de nuestro tiempo: mientras la humanidad atraviesa un período de intensa conflictividad internacional, una institución concebida para formar profesionales comprometidos con la paz, el diálogo y la resolución pacífica de los conflictos, encuentra serias dificultades para garantizar su propio funcionamiento.
Rojas Aravena, politólogo chileno de reconocida trayectoria internacional, asumió el rectorado en 2013. Su renuncia, anunciada en octubre de 2026 y efectiva a partir del 31 de ese mes, pone de manifiesto problemas institucionales que merecen una explicación pública y una reflexión más profunda sobre el futuro de la Universidad.
En su comunicación a la comunidad académica, Rojas Aravena atribuyó su decisión fundamentalmente a la imposibilidad de contar con un Consejo Universitario debidamente integrado, condición indispensable para el ejercicio de las atribuciones que la Carta Internacional y el Estatuto de la institución confieren a sus autoridades.
Según la información difundida, la falta de nombramientos para completar el Consejo ha obstaculizado decisiones esenciales, entre ellas la aprobación de presupuestos, el examen de auditorías, la autorización de nuevas sedes y el procedimiento de selección de un nuevo rector.
El origen de UPAZ y las causas de la renuncia del Rector
En 1980, un presidente costarricense convenció a la Asamblea General de las Naciones Unidas de que un país sin ejército podía albergar la universidad mundial de la paz. Rodrigo Carazo lo logró con la resolución 35/55. Cuarenta y seis años después, esa universidad tiene campus en tres continentes, un presidente de la República entre sus doctores y una sede italiana en el corazón de Roma. Lo que no tiene, desde hace meses, es un Consejo capaz de gobernarla. Por eso su rector Francisco Rojas Aravena anunció el 19 de octubre su renuncia.
Conviene leer bien la carta antes de sacar conclusiones. Rojas Aravena no se va derrotado. Se va porque el órgano que debería aprobar sus presupuestos, recibir sus auditorías y, llegado el momento, elegir a su sucesor, no existe en su composición legal. El Estatuto prevé 17 consejeros, diez de ellos nombrados por el Secretario General de la ONU, más las designaciones de la UNESCO y del Gobierno de Costa Rica. Las tres están detenidas, por razones que nada tienen que ver con Ciudad Colón: la sucesión incierta de Guterres en Nueva York, el relevo en la dirección de la UNESCO, el cambio de gobierno en San José.
El resultado lo describe el propio rector sin rodeos: «No es posible aprobar los presupuestos, tomar nota de las auditorías, aprobar nuevas sedes académicas o promover medidas de emergencia». Ni siquiera los recortes que exige la caída de la cooperación internacional pueden formalizarse. Un rector sin Consejo no gobierna: espera. Y Rojas Aravena ha decidido que UPAZ no puede permitirse esperar con él al frente.
La ironía es que el relevo estaba previsto. El Consejo, en su reunión de Roma de junio de 2025, había fijado el procedimiento para elegir al nuevo Rector, con inicio en mayo de 2026. Nunca arrancó: faltaban los consejeros que debían conducirlo. La renuncia es la forma de romper el bloqueo desde el único lado que todavía puede moverse. Desde el 19 de octubre la gestión diaria recae en el Vicerrector, el venezolano Juan Carlos Sainz-Borgo, a quien el Consejo, cuando vuelva a existir, deberá confirmar como Rector interino antes de retomar la selección.
Lo que deja Rojas Aravena merece contarse desde esta orilla del Atlántico. Porque una zona de paz y desnuclearizada como América Latina, que tantas contribuciones ha hecho a la paz internacional, puede perder la Sede y la Rectoría de UPAZ; con lo que la región pasaría de la marginalidad a la intrascendencia en el sistema internacional.
Durante su mandato, la UPAZ obtuvo la autorización para impartir formación y posgrados en español, algo que durante décadas no fue posible en una universidad de la ONU asentada en un país hispanohablante. Abrió en noviembre de 2021 la sede de Bucaramanga, en cooperación con la Universidad de Santander, y creó con la Universidad de Cali una maestría en posconflicto que ha graduado a decenas de personas comprometidas con la implementación de los acuerdos de paz colombianos. Honduras, El Salvador, México y el Cono Sur reclaman, según la carta, una presencia cada vez mayor.
Hay un capítulo que pocos conocen. Junto con ACNUR y la OIM, y en coordinación con el Gobierno de Costa Rica, la UPAZ participó en un proyecto humanitario que, en palabras del Rector, «salvó la vida a cientos de personas de la región centroamericana», que pudieron rehacerse en otras tierras. Una universidad de la paz que no se limitó a estudiar las migraciones forzadas, sino que ayudó a evitarlas.
El balance global es igualmente sólido: todas las maestrías del campus central acreditadas por el SINAES costarricense y por instituciones europeas; un campus en Somalia desde 2021, cuyo doctorado cursó el actual Presidente somalí; un doctorado en Pekín desde 2020; unos quinientos graduados del programa Asia Peace Scholar con la Nippon Foundation; en Roma, un seminario sobre inteligencia artificial y paz que recibió un mensaje del papa León XIV, y una maestría en diálogo interreligioso nacida bajo el papa Francisco; en Turín, la formación de abogados contra el crimen organizado junto a UNICRI.
El Rector no esquiva las tensiones internas. Cuenta que se reunió con personal, estudiantes y egresados, que escuchó críticas y que tomó decisiones difíciles que «generan resistencias». Afirma que no concibe ejercer el cargo sin el pleno apoyo de sus colegas. Y rechaza, en un documento anexo, las acusaciones de un comunicado anónimo que califica de falsas y difamatorias. Quien busque en su carta una confesión encontrará, en cambio, una idea precisa de lo que significa dirigir: se dirige con consenso o no se dirige.
Queda una pregunta para la región. Costa Rica fundó esta universidad, la alberga y tiene asiento en su Consejo. Que su nuevo gobierno complete pronto las designaciones que le corresponden es lo mínimo que puede hacer por la herencia de Carazo. Lo demás depende de Nueva York y de París. Mientras tanto, como escribe Rojas Aravena al cerrar su carta, «si quieres la paz, trabaja por la paz». En Ciudad Colón se ha trabajado. Ahora les toca a otros.
La crisis del multilateralismo
La Universidad para la Paz nació de una de las experiencias más dramáticas de la humanidad: las dos guerras mundiales que ensangrentaron el siglo XX. Las Naciones Unidas fueron creadas para evitar que semejantes tragedias volvieran a repetirse. Su Carta expresó la voluntad de sustituir la fuerza por el derecho, la confrontación por la cooperación y la guerra por la solución pacífica de las controversias.
Sin embargo, ocho décadas después, aquel ideal enfrenta una crisis de extraordinaria magnitud. Las guerras en Ucrania y Medio Oriente, los conflictos armados en África, las amenazas nucleares y la competencia estratégica entre las grandes potencias configuran un escenario internacional en el que el recurso a la fuerza vuelve a imponerse sobre los mecanismos de negociación.
El multilateralismo, concebido como instrumento para organizar la convivencia entre Estados soberanos, experimenta un progresivo debilitamiento. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se encuentra frecuentemente paralizado por el ejercicio del derecho de veto y las contradicciones entre los intereses de las potencias que lo integran.
El principio de cooperación cede terreno frente a la competencia geopolítica y geoeconómica. Las instituciones internacionales, creadas para expresar intereses comunes de la humanidad, se encuentran sometidas a presiones que comprometen su eficacia y legitimidad.
La crisis de la Universidad para la Paz debe comprenderse también en ese contexto. No porque las dificultades del sistema internacional expliquen automáticamente sus problemas internos, sino porque muestran la distancia entre los compromisos proclamados por las instituciones multilaterales y los recursos políticos e institucionales que efectivamente se destinan a cumplirlos.
La barbarie en el corazón de la civilización
La palabra barbarie designaba originalmente aquello que se encontraba fuera del mundo considerado civilizado. Pero el siglo XX demostró que las mayores atrocidades podían surgir precisamente de sociedades que habían alcanzado niveles elevados de desarrollo científico, tecnológico y cultural. Auschwitz e Hiroshima permanecen como testimonios de esa terrible contradicción.
Hoy, en pleno siglo XXI, la humanidad dispone de instrumentos tecnológicos que habrían resultado inimaginables para las generaciones anteriores. La inteligencia artificial, la revolución digital, la biotecnología y los avances científicos amplían nuestras posibilidades de transformar el mundo. Sin embargo, ese progreso material no ha sido acompañado por un desarrollo equivalente de nuestra conciencia moral.
Nunca dispusimos de tantos medios para comunicarnos y, paradójicamente, pocas veces resultó tan difícil comprendernos. Nunca acumulamos tantos conocimientos y, sin embargo, seguimos demostrando una alarmante incapacidad para resolver pacíficamente nuestras diferencias.
La barbarie contemporánea no se manifiesta solamente en las guerras. También aparece en la intolerancia, los discursos de odio, la deshumanización del adversario, el desprecio por la diversidad cultural y la indiferencia frente al sufrimiento ajeno.
Cuando la política deja de reconocer al adversario como interlocutor y lo transforma en enemigo, la democracia pierde uno de sus fundamentos esenciales. Cuando las relaciones internacionales abandonan el derecho para privilegiar exclusivamente la fuerza, la convivencia entre las naciones se convierte en una competencia permanente por la dominación.
La paz no es simplemente la ausencia de guerra. Es una construcción cultural y política fundada en el respeto por la dignidad humana, la justicia, la libertad y la convivencia entre diferentes. Esa fue, precisamente, la inspiración que dio origen a la Universidad para la Paz.
Defender la paz es defender sus instituciones
La renuncia de Francisco Rojas Aravena debería constituir una oportunidad para examinar las responsabilidades que condujeron a la crisis y fortalecer los mecanismos de gobierno de la Universidad. Su gestión merece una evaluación fundada en sus contribuciones académicas e internacionales, a pesar de las limitaciones financieras e institucionales.
Corresponde especialmente a las Naciones Unidas contribuir a restablecer el funcionamiento de los órganos de gobierno previstos en la Carta Internacional y asegurar las condiciones necesarias para que la institución cumpla su mandato. No basta con proclamar la importancia de la educación para la paz. Es necesario sostener las instituciones destinadas a promoverla.
El preámbulo de la Constitución de la UNESCO contiene una afirmación que conserva toda su vigencia: las guerras nacen en la mente de los hombres y es allí donde deben construirse los baluartes de la paz. La Universidad para la Paz representa uno de esos baluartes.
Su continuidad y fortalecimiento no deberían depender de circunstancias coyunturales ni quedar atrapados en disputas administrativas o políticas. Su misión pertenece a una aspiración más profunda: contribuir a que la humanidad encuentre caminos de convivencia capaces de superar la violencia y la confrontación. La renuncia de un rector puede cerrar una etapa institucional. No debería significar el debilitamiento de un proyecto educativo que pertenece, por su propia naturaleza, a toda la humanidad.
Porque la verdadera barbarie de nuestro tiempo no consiste solamente en la persistencia de las guerras, sino en nuestra creciente incapacidad para imaginar y construir la paz. Defender la Universidad para la Paz es defender la esperanza de que la civilización todavía pueda prevalecer sobre la barbarie.
*Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales por la Universidad Nacional del Litoral, Argentina.
