Información y comunicación

«El Che Guevara me despertó a las dos, y se me derramó el café…»

Por Francesco Barana* – Il T Quotidiano Autonomo del Trentino Alto Adige Südtirol

Roberto Savio, 94 años, periodista, fue el portavoz de Aldo Moro. «Un maestro. Tú le decías A y él respondía C: era un hegeliano»

Roberto Savio, periodista, ensayista, economista y activista ítalo-argentino. Ha sido testigo privilegiado de los últimos setenta años de la vida pública internacional: trabajando en treinta países del mundo (especialmente en América Latina), ha visitado 104, relacionándose con numerosos líderes políticos. En 1964 fundó, junto con Pablo Piacentini, la agencia de prensa Inter Press Service (IPS), que logró desafiar a los gigantes multinacionales del sector y sigue siendo un caso de estudio. Posteriormente fur jefe de prensa de Aldo Moro («mi maestro», recuerda) y responsable de la Democracia Cristiana para las relaciones con los países en vías de desarrollo.

Conoció al Che en La Habana en 1961. Apenas dos años después de la revolución de Fidel Castro en Cuba.

«Era verano. Llegué a la isla tras un viaje a Venezuela, donde había entrevistado al líder de la guerrilla venezolana, que se inspiraba en la castrista. Aquella noche -acababa de instalarme en el Hotel Metrópolis-, mientras charlaba con algunos colegas dije que en Venezuela la revolución no era posible, porque los campesinos no estaban explotados y no había ningún dictador: el gobierno de Betancour era socialdemócrata y había sido elegido regularmente. Sabía que esas palabras llegarían a los servicios secretos cubanos».

¿Qué pasó?

«Pocas horas más tarde, a las dos de la madrugada, un miliciano llamó a mi puerta y me despertó. “Vístase y sígame”, me dijo. Me llevó al Ministerio de Industria, un edificio de cinco pisos en el centro de La Habana. Todo estaba a oscuras, solo el quinto piso estaba iluminado. Al entrar, me entregó a otro miliciano que me anunció: “El comandante quiere verlo”. Yo pensaba que sería un suboficial. Otro miliciano me acompañó en el ascensor hasta el quinto piso, y otro más hasta el despacho…».

El del Che, que entonces era ministro de Industria de Cuba.

«Un despacho completamente revestido de madera de caoba tropical, con una mesa gigantesca llena de papeles. El Che fue directo. Sin siquiera saludar, fue al grano: “Oye, a ver, ¿por qué dices que la guerrilla venezolana no funciona?”».

¿Qué respondió?

«Ya me sorprendió verlo, y quedé descolocado por esa rapidez. Él lo notó, porque enseguida dijo: “Pero tranquilo, tomemos un café”. Ahí ocurrió algo que se me quedaría grabado para siempre…».

Cuéntelo.

«El miliciano que volvió con la bandeja y dos tacitas de café llevaba una metralleta colgada a la altura del hombro derecho. Le ofreció el café al Che, que dijo: “Primero a los invitados”. El miliciano, al girarse hacia mí, me apuntó con la metralleta a la sien. Di un salto del susto y volqué la bandeja con las dos tacitas de café, manchando una enorme cantidad de papeles. El Che hizo un gesto con gran simpatía: “Por fin llega un visitante y me quita tanta burocracia”. Me pareció un gesto extremadamente generoso. El ambiente se distendió».

¿Y?

«Nos quedamos discutiendo hasta las cinco de la mañana. Al final me regaló su libro La guerra de guerrillas, con una dedicatoria: “Sin pretensiones de adoctrinamiento, en recuerdo de una intensa noche de verano, a Roberto Savio”».

¿Qué impresión le causó?

«Guevara hacía preguntas continuamente, te contradecía siempre, me pareció muy doctrinario. Muchos años después, con el Che ya fallecido, me di cuenta de que no había entendido nada».

¿Qué quieres decir? 

«Estaba en mi oficina de Roma y un senador venezolano me pidió que lo recibiera. Me dijo: “Oye, a ver, nos hiciste pasar una mañana terrible”. Al principio no entendí, pero se refería a la mañana siguiente a mi encuentro con el Che. Me contó que, después de despedirse de mí, el Che fue a un hotel donde estaban todos los dirigentes de la guerrilla venezolana, los despertó y, bastante molesto con ellos, les contó todo lo que yo le había dicho».

¿Y Entonces?

«El Che no era doctrinario; conmigo solo había adoptado deliberadamente esa postura para exprimirme como un limón. Quería saber qué había estudiado y qué información tenía».

Usted trabajó con Moro y, entre los años 60 y 70, fue testigo cercano de los primeros indicios del compromiso histórico con el PCI de Berlinguer.

«Con Moro la DC estaba más a la izquierda que la CDU alemana. Es comprensible: ellos tenían el comunismo real de estilo soviético en la mitad del país; mientras nosotros teníamos un PCI que quería insertarse en el cauce de la democracia y que representaba electoralmente a un tercio del país. Moro comprendió que no solo no se le podía ignorar, sino que era necesario, en el plano político y de cohesión social, completar el camino democrático de los comunistas italianos llevándolos al gobierno. Pero…».

¿Pero?

«Para los estadounidenses esto era peligroso. Para Estados Unidos, el compromiso histórico ponía en marcha un mecanismo que no encajaba en los esquemas polarizados de la Guerra Fría, donde para ellos todo era blanco o negro y la complejidad no se reconocía: o estabas con ellos o contra ellos. Sigo convencido de que el asesinato de Moro fue una operación en la que los servicios secretos desempeñaron un papel fundamental».

Moro, junto con De Gasperi, fue el líder más importante de la Primera República. ¿Qué clase de persona era?

«Era un profesor universitario, un hombre de cultura y de apertura mental profundas, además de extremadamente civilizado, dialogante. El estilo de Fanfani era mucho más autoritario. Moro, en cambio, dialogaba con su equipo, escuchaba y te dejaba hablar. Pero cuando salías de su despacho, el 99 por ciento de las veces le dabas la razón. Tenía una visión de largo plazo, era un hegeliano: si le decías A, no te respondía B, sino C; en el momento te parecía desenfocado, pero en realidad ya estaba más allá».

Usted lo define como su maestro.

«En Il Popolo (el periódico de la DC) yo a veces escribía editoriales muy radicales. Él me sugería que no generara polémicas; a su juicio sólo servían para polarizar, y la polarización convenía a los extremistas, no a las personas serias. Una vez me escribió una nota: “Querido Savio, más que lo contrario no se podrá hacer jamás”. En esa frase está todo Moro. En otra ocasión me dijo:  “Querido Savio, la diferencia entre un político y un profeta es que el profeta debe gritar la verdad, mientras que el político debe hacerla posible”. Él representaba la tolerancia de la política. Toma por ejemplo su relación con Almirante…».

El líder del MSI, el partido neofascista.

«Nosotros, los morotei (la corriente de izquierda de la DC), lo mirábamos como a alguien que quería devolver el fascismo a Italia. Moro, en cambio, un día me dijo: “Querido Savio, fíjese que Almirante es una persona con la que usted puede hablar en latín,  todo lo contrario a alguien grosero. Él se ha sumado a un sector pequeño pero estructural de la población que se ha mantenido fiel al fascismo y está de ese lado, pero es una parte biológica, normal, así que no lo considere un aventurero: es una persona seria y muy culta”. Nunca más he escuchado a nadie hablar así de un adversario político».

Usted ha hecho de la cooperación internacional una bandera. ¿No le duele ver el caos geopolítico actual?

«Vivimos una situación de caos internacional sin precedentes. Estamos retrocediendo siglos. Hoy rige la ley del más fuerte, el derecho internacional no cuenta, estamos en la ley de la selva. Tenemos un presidente estadounidense que estuvo a punto de permitir la transmisión en vivo de un fusilamiento (el del autor del atentado de Fort Hood); estamos regresando a la guillotina. Sin embargo…».

¿Sin embargo?

«Como el sistema así no se sostiene, no es sostenible en el plano económico y social, creo que dentro de unos diez años esta fase soberanista pasará y se volverá a un sistema internacional basado en la cooperación. Son ciclos históricos».

*Licenciado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales por la Universidad de Padua.

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