Por Néstor Prieto Amador* – Público.es
Del resultado depende si el presidente llega a 2029 con las manos libres o con un Congreso dispuesto a frenarlo en su imperialismo indisimulado que ha convertido la política exterior en un asunto de bolsillo.
Estados Unidos vota hoy y el mundo contiene la respiración. Las elecciones estadounidenses siempre trascienden sus fronteras y agitan los cimientos del orden internacional, pero esta vez más que de costumbre. Lo que salga de las urnas condicionará los dos últimos años de Trump en el poder, y en Bruselas, Kiev, Teherán, Caracas o La Habana se seguirá el recuento casi con la misma atención que en Washington. Para muchos votantes, además, la política internacional pesará en la papeleta casi tanto como la cesta de la compra.
Las elecciones de mitad de mandato rara vez se ganan o se pierden en el exterior, pero este año la política internacional ha ocupado buena parte de una campaña bronca y polarizada. El resultado medirá cuánto margen conserva Trump para ejercer su poder más allá de las fronteras, porque por el Congreso pasan decisiones como los aranceles, los poderes de guerra o los presupuestos que financian cada operación.
Una campaña atravesada por el exterior
La política exterior de Trump se ha colado en estas elecciones por el bolsillo. La guerra arancelaria encareció las importaciones, y el enfrentamiento con Irán, con el estrecho de Ormuz en el centro, disparó el precio del combustible. Ocho de cada diez votantes quieren que el próximo Congreso haga de la rebaja del coste de la vida una prioridad, según la encuestadora AP-NORC, y el 78% de los estadounidenses culpa a las políticas de Trump de que los precios suban más que los sueldos, según Reuters/Ipsos.
La guerra pesa aunque se libre a miles de kilómetros: el 62% de los votantes la sitúa entre los asuntos más importantes, y la aprobación de la política exterior de Trump ha caído al 33%, el nivel más bajo de las ocho mediciones de AP-NORC en este segundo mandato. Los candidatos han tomado nota. En Michigan, los demócratas hacen campaña contra la guerra para atraer a votantes castigados por la subida de la gasolina y los alimentos, y hasta un aspirante republicano grabó un anuncio en un supermercado pidiendo que termine, y pronto.
La Casa Blanca también ha hecho política exterior pensando en las urnas, casi siempre con el precio del combustible de fondo. En los últimos meses, Trump ha presionado a Kiev para que deje de atacar refinerías rusas, en un intento de desviar la culpa por el encarecimiento de la gasolina. En Venezuela, a las pocas semanas del secuestro de Nicolás Maduro, Washington cerró un opaco acuerdo de 2.000 millones de dólares para la venta de crudo venezolano y obtuvo además una reforma exprés de la Ley de Hidrocarburos que abre el sector a la inversión privada y extranjera. El objetivo era asegurar un flujo constante de barriles en plena crisis energética. En la misma línea, Trump ha preferido aplazar la reanudación de la guerra en Irán que le pide Benjamin Netanyahu antes que arriesgarse a una nueva escalada en vísperas de las urnas.
Los sondeos explican que Trump haya levantado el pie del acelerador, y los frentes abiertos tampoco le dan motivos para acelerar. En Irán, los resultados no son los que buscaba, con un Gobierno iraní débil pero atrincherado. En Cuba, sometida desde principios de año a un bloqueo petrolero draconiano, lo único que le queda por apretar es la palanca militar, y esa opción es impopular. Solo el 17% de los estadounidenses apoya tomar el control de Cuba por la fuerza y el 58% se opone, según The Economist/YouGov. El presidente mantiene la amenaza para su electorado de Florida, donde el 73% de los cubanoamericanos respalda una acción militar para derrocar al Gobierno cubano. En un mitin en ese estado llegó a decir que se ocuparían de Cuba «a la vuelta de Irán».
Trump no puede permitirse ir a contracorriente de las encuestas, y la aritmética de estas elecciones lo confirma. Los republicanos tienen 53 escaños en el Senado frente a 47 de los demócratas, y les bastan 50 para conservarlo, porque el vicepresidente JD Vance deshace los empates. Casi todos los modelos dan por perdida la Cámara de Representantes, y la incertidumbre se concentra en el Senado, que Decision Desk HQ otorga a los demócratas con un 64% de probabilidad.
La lección de 2018 y el pato cojo con el dedo en el gatillo
Trump ya gobernó con un Congreso dividido. En 2018 los demócratas recuperaron la Cámara, y eso no le frenó en el exterior. En 2019 vetó la resolución que le obligaba a retirarse de la guerra saudí en Yemen y declaró una emergencia para vender armas a Riad sin pasar por el Capitolio. En enero de 2020 ordenó matar al líder militar iraní Qasem Soleimani sin consultar a nadie. En diciembre de ese mismo año, ya derrotado en las urnas y a pocas semanas de abandonar la Casa Blanca, reconoció de forma unilateral la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.
Este mandato ofrece una advertencia aún más clara. En junio, ambas cámaras aprobaron una resolución que le ordenaba poner fin a la guerra con Irán, y la Casa Blanca la ignoró alegando que invadía sus poderes como comandante en jefe. Por eso el problema para Trump no es solo perder, sino si la derrota es lo suficientemente grande para amedrentarle a él y a los suyos. Con el Senado en sus manos conserva un escudo para nombramientos, tratados y vetos. Si pierde también la Cámara Alta, ese escudo desaparece.
Trump encara la segunda mitad de su último mandato, aunque no lo dé del todo por cerrado. En agosto admitió que le gustaría optar a un tercer mandato, pero que la ley es un obstáculo serio, y en octubre, en un mitin en Iowa, bromeó con que tenía «derecho» a volver a presentarse. La Constitución no deja resquicio. La Enmienda 22, ratificada en 1951 tras los cuatro mandatos de Franklin D. Roosevelt, establece que nadie puede ser elegido presidente más de dos veces. Cambiarla exigiría dos tercios de ambas cámaras y la ratificación de tres cuartas partes de los estados, 38 de 50, una mayoría que hoy ningún partido puede siquiera imaginar.
La teoría del pato cojo sostiene que un presidente sin reelección pierde fuerza: el Congreso deja de temerle, los suyos miran al sucesor y la agenda interna se atasca. La historia reciente matiza esa idea en un punto clave. Cuando el frente doméstico se cierra, los presidentes se refugian en el exterior, donde la Constitución les da más margen. George W. Bush perdió las dos cámaras en 2006 y respondió con más tropas en Irak, justo lo contrario de lo que habían pedido las urnas. Barack Obama perdió el Senado en 2014 y cerró en los dos años siguientes el acuerdo nuclear con Irán y el deshielo con Cuba.
En el caso de Trump, ese incentivo se multiplica. No tiene ninguna elección propia por delante, busca un legado y dispone de herramientas ejecutivas que ya ha demostrado estar dispuesto a usar aunque el Congreso se oponga. La derrota podría limitar sus opciones en casa sin hacerle más prudente fuera.
Los escenarios
El escenario más temido en la Casa Blanca es perder las dos cámaras. Con el presupuesto, las citaciones y los nombramientos en manos demócratas, Trump tendría que gobernar a golpe de veto. Su política exterior no desaparecería, pero se volvería más cara: más difícil de financiar, de defender y de institucionalizar. Si los republicanos salvan el Senado, el país revivirá 2019: investigaciones y bloqueos legislativos en la Cámara Baja, con el núcleo de la política exterior intacto. Es un terreno que Trump ya conoce y en el que se movió con soltura. Y si resiste en ambas cámaras, presentará el resultado como un plebiscito ganado pese a una guerra impopular. Tendría un cheque en blanco para Irán, Venezuela y Cuba.
Pero el reparto de escaños no lo explica todo. Gane quien gane, el nuevo Congreso no toma posesión hasta enero, y durante esos dos meses Trump sigue gobernando con las mayorías actuales. Es la ventana más barata para volver a atacar Irán o para tomar decisiones difíciles de revertir, y es justo cuando la presión de Netanyahu tiene más recorrido.
Después, todo dependerá de cómo encaje Trump el golpe. Una derrota contundente podría empujarle a buscar un legado. La mediación ofrecida por Qatar y Pakistán para la crisis en Oriente Medio sigue abierta, y un acuerdo con Teherán le permitiría presentarse como el presidente que cerró la guerra que él mismo abrió, además de dejar a los demócratas sin su mejor argumento para 2028. La reacción contraria también es posible: acorralado en casa, podría buscar fuera, con nuevas operaciones militares o más presión sobre los aliados de la OTAN, el poder que pierde en el Capitolio.
Ninguno de estos caminos excluye a los demás. La ventana de dos meses puede ser el preludio de esa huida hacia delante, y una derrota total puede acabar en un acuerdo con Irán. Lo que se decide hoy no es si Trump sigue imponiendo su ley al mundo, sino el precio que tendrá que pagar por hacerlo.
*Politólogo y periodista especializado en política internacional y geopolítica. Ha cubierto sobre el terreno procesos políticos y migratorios en México, Venezuela, el Líbano, Argelia y el Sáhara Occidental. Compagina su labor académica con el análisis internacional en medios. Colabora con Público en la sección de Internacional.
