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Apagón de internet en Irán: así funciona la censura digital del régimen

Por María P. Martínez* – Mundiario

Irán volvió a apagar internet. No fue un fallo técnico: fue una estrategia de poder para aislar a 85 millones de personas.

El apagón total de internet impuesto por Irán la noche del 8 de enero no fue un accidente ni una medida temporal de seguridad. Fue un acto deliberado de control. A las ocho y media, hora local, el país se desvaneció del mapa digital: sin web, sin llamadas, sin datos, sin GPS. En cuestión de minutos, 85 millones de personas quedaron atrapadas en una burbuja de silencio. El régimen no solo apagó cables y antenas; intentó apagar la protesta, la organización y el relato.

Este tipo de apagón no es nuevo, pero sí cada vez más sofisticado y brutal. Ocurrió tras el estallido de protestas en Teherán por el colapso de la moneda y una inflación asfixiante. Cuando la calle se enciende, el poder pulsa el interruptor. La lógica es simple y antigua: si la gente no puede comunicarse, no puede coordinarse; si no puede contar lo que pasa, la represión ocurre a oscuras.

La plataforma NetBlocks confirmó que, a la mañana siguiente, el 99% del tráfico de internet en Irán estaba completamente caído. Pero el dato más revelador no es la magnitud del corte, sino su intención: el Gobierno iraní no solo desconectó la red tradicional, también intentó bloquear Starlink, el sistema de internet por satélite que en protestas anteriores había servido como vía de escape digital. Esta vez, el cerco fue casi total.

El apagón como doctrina de poder

Para un régimen autoritario, internet no es una herramienta neutral: es un riesgo. Permite documentar abusos, difundir convocatorias y romper el monopolio del discurso oficial. Cortarlo es una forma de estado de excepción digital. Amnistía Internacional lo resume con crudeza: los apagones “ocultan violaciones en una creciente y mortal represión”.

Irán ya ha recurrido a esta táctica antes. En 2019, durante las protestas por el precio del combustible, más de 300 personas murieron mientras el país estaba desconectado. En 2022, tras la muerte de Mahsa Amini bajo custodia policial, el régimen volvió a apagar la red. Cada apagón deja menos dudas: no es una reacción improvisada, es una política.

Cómo se apaga internet en un país entero

La clave está en la infraestructura. Cuanto más centralizada está una red, más fácil es controlarla. Irán cumple ese requisito. El método técnico principal es el control del BGP (Border Gateway Protocol), el sistema que decide por dónde viajan los datos en internet. Si los routers dejan de anunciar rutas o empiezan a descartar el tráfico mediante null routing, los datos simplemente desaparecen.

En la práctica, el país se borra del mapa digital. Es como si Irán dijera al resto del mundo: “No me envíes nada, no responderé”. Y el mundo obedece, porque así funciona internet.

VPN, Starlink y el juego del gato y el ratón

Durante años, las VPN fueron la tabla de salvación de millones de iraníes. Pero cuando el apagón es total, ni siquiera eso funciona. Proton VPN confirmó una caída drástica de tráfico: la infraestructura básica estaba apagada.

Starlink parecía la nueva frontera. Se estima que entre 40.000 y 50.000 personas lo usan en Irán. Pero el régimen ha aprendido rápido. Desde el 8 de enero, se detectaron pérdidas de hasta el 80% de los paquetes de datos en algunas zonas debido al jamming: interferencias deliberadas que bloquean señales satelitales y GPS. Tecnología militar, burda pero eficaz.

Un fenómeno global, no una anomalía iraní

En 2024 se registraron 296 apagones de internet en 54 países. Myanmar, India y Pakistán lideran el ranking. África vivió su peor año. Incluso democracias formales recurren a esta herramienta durante elecciones o protestas. El mensaje es inquietante: apagar internet se está normalizando.

La oscuridad digital como forma de represión

Cortar internet no solo silencia a la población; la aísla emocionalmente. Impide pedir ayuda, verificar información, despedirse. Convierte la incertidumbre en miedo. Por eso es tan eficaz.

Las consecuencias legales son mínimas. Pocas sanciones, poca presión diplomática. Nigeria es una rara excepción, donde los tribunales obligaron a levantar un apagón por considerarlo ilegal y desproporcionado.

Irán demuestra que, en el siglo XXI, el poder no siempre necesita tanques en las calles. A veces basta con pulsar un botón y apagar la luz digital. Porque en la oscuridad, casi todo es posible.

*María P. Martínez, colaboradora de Mundiario, es Comunicadora social, especializada en Periodismo Impreso.

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