Por Emilia G. Morales* – Público.es
– Testimonios recogidos en la prensa progresista israelí, documentales como ‘Naza’ o expuestos por políticos de la esfera más moderada de Israel, como Yair Golan, han certificado las prácticas deshumanizantes y genocidas de los sionistas en la Franja de Gaza.
– La cara b de esta oleada de confesiones es que, a ojos de los palestinos y de quienes son afines a su causa, terminan reforzando la exculpación de los victimarios y poniendo en un segundo plano a los palestinos «sin sacudir ni derribar las estructuras de poder e impunidad».
El relato oficial dentro del Ejército de Israel es que, tres de los 15 paramédicos que fueron asesinados en la conocida como «masacre de Rafah», eran sospechosos de pertenecer a Hamás. Nir, soldado israelí entrevistado por Haaretz a mediados de septiembre, confirma que no es así. Según su relato, las dos ambulancias palestinas en las que se desplazaban los paramédicos estaban perfectamente identificadas. Los soldados israelíes las tenían controladas y les tendieron una emboscada. Los sanitarios palestinos se escondieron tras las ambulancias y suplicaron por sus vidas. No iban armados. Uno a uno fueron ejecutados. Sus cuerpos fueron enterrados en aquel mismo lugar, a poca distancia del amasijo de metal en el que fueron convertidas las ambulancias tras ser aplastadas por un bulldozer.
Nir lo vio todo, explica, desde la distancia que le proporcionaba su posición como operador de drones del Ejército. Un año después de aquella matanza, el militar retirado ha decidido hablar con Haaretz bajo pseudónimo. Desde 2024, otros tantos soldados israelíes que participaron activamente en el genocidio de la Franja de Gaza han iniciado un intento de redención que pasa por confesar los crímenes que presenciaron y cometieron en la Franja de Gaza.
A cuentagotas, estos relatos se han hecho hueco entre los contenidos de los escasos medios progresistas de Israel. Todos ellos tienen en común que presentan a sus protagonistas como víctimas de los actos que cometieron o en los que no intervinieron. Más allá del potencial valor jurídico que puedan tener sus testimonios —Israel y algunos de sus lideres enfrentan dos investigaciones por genocidio en la Corte Internacional de Justicia (CPJ) y en la Corte Penal Internacional (CPI)—, estas revelaciones han suscitado reacciones de todo tipo.
Por lo general, oscilan entre la compasión de determinados sectores europeos e israelíes, y el odio de una parte importante de sus compatriotas, que consideran que dichas confesiones ensucian innecesariamente la imagen pública de Israel y de sus fuerzas armadas. Entre ellos está el actual primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu.
Fuera de este polo están los palestinos y sus apoyos en el extranjero. Estos consideran que presentar a quienes han llevado a cabo el genocidio como víctimas de sus propios actos es un insulto para las decenas de miles de civiles que han sido asesinados en Gaza. «Tener que ver a soldados genocidas llorando o pidiendo perdón me parece algo obsceno», afirma Raúl Sánchez Cedillo, ensayista y traductor, quién además afirma que «no merecen compasión», sino «un Núremberg».
Y es que, como Nir, otros soldados han terminado revelando sus crímenes a la prensa israelí. Es el caso de Ran, que confesó a Haaretz que cualquier precaución de evitar «daños colaterales» —víctimas civiles— «se esfumó». Todo lo contrario, «planificábamos y obteníamos la aprobación para ataques que sabíamos que causarían la muerte a decenas de civiles o incluso más. Y eso no importaba».
También es el caso de Mayya, que presenció el asesinato de cinco civiles palestinos a los que enterraron en seguida «para que no se los comieran los perros»; el de Yehuda, que nunca denunció que había visto a un oficial estadounidense asesinar «sin más» a un civil palestino; y el también el caso de un soldado anónimo que presenció las torturas contra un palestino que fue interrogado por la Unidad 504: «Cogió un par de bridas de plástico y le ató una al pene y otra a los testículos. Le hizo una pregunta y, como no respondió, apretó más las bridas. No paraba de gritar, como si su alma abandonara su cuerpo (…) Al final lo confesó todo».
Otros soldados arrepentidos han terminado hablando con cineastas como Yuval Abraham y Rachel Szor, directores del documental Naza, premiado en la última edición del Festival de Cine de Venecia. El hype del documental ha provocado en la periodista experta en Oriente Medio, Isabel Pérez, una sensación «de hartazgo». Pérez vivió en la Franja de Gaza durante una década y tiene familia gazatí. Su casa quedó destrozada al inicio del genocidio. Con su crítica afirma que no pretende» descalificar el objetivo de los directores de Naza«, pero sí denunciar cómo «el dolor ajeno se archiva, se filme y se aplaude sin que nada cambie».
La periodista considera que, en demasiadas ocasiones, las obras cinematográficas han canalizado «el trauma desde la perspectiva del agresor», con el consiguiente riesgo de «convertirse en un mero producto estético, una coartada moral para aplacar conciencias en medio de un tratamiento de Trastorno de Estrés Post Traumático (TEPT)».
Nada más cercano a la realidad. La prensa israelí, al igual que las declaraciones públicas de los líderes políticos y culturales del país evidencian que, en los pocos casos en los que dan por creíbles estos testimonios —circula la idea de que son campañas para degradar la imagen de Israel—, el abordaje sobre estos crímenes se hace desde una perspectiva de salud mental. En el mejor de los casos, el debate gira en torno a la responsabilidad última de los gobernantes de extrema derecha y de sus altos cargos militares en estos crímenes.
Cómo las confesiones terminan siendo funcionales al sionismo
La culpa por las decisiones que tomaron y que hicieron posible el genocidio en Gaza —al que se refieren simplemente como «guerra»—, reconcome a algunos excombatientes. Los crímenes que cometieron o que presenciaron les acompañan tras deponer las armas. Irrumpen en su cotidianidad en forma de delirios, adicciones, depresión e intentos de suicidio. Una parte de la sociedad israelí se muestra muy preocupada por este último fenómeno y por el rápido crecimiento de casos de excombatientes que se quitan la vida desde el 7-O.
En el mismo periodo, al menos 74.041 palestinos han sido asesinados en la Franja de Gaza y Cisjordania, incluidos bebés, niños y otros colectivos vulnerables, como ancianos, personas con diagnósticos psiquiátricos o con discapacidad. Los que han sobrevivido al genocidio pasan sus días bajo el sonido constante de drones y disparos que día a día deterioran su salud mental. Quienes han estado en la Franja describen esa banda sonora como una «tortura psicológica».
En Israel, el debate gira en torno a cómo denominar las consecuencias psicológicas que sufren los excombatientes israelíes que han quedado traumatizados por el genocidio. Desde los ámbitos más progresistas se promueve el concepto de «daño moral». El profesor Yossi Levi-Belz, de la Universidad de Haifa, explicó a Haaretz que este fenómeno «se produce por la exposición a incidentes que se perciben como una violación fundamental de los valores morales básicos, ya sean propios o ajenos, y suele implicar sentimientos de culpa, vergüenza, rabia, asco, alienación, pérdida de fe y una ruptura de la identidad, el sentido de la vida y la sensación de humanidad».
Esto coincide con los testimonios de los excombatientes que confiesan que la experiencia en Gaza destrozó «todo lo que pensaba del Ejército, todo lo que pensaba de nosotros, de mí mismo. Si somos capaces de hacer algo tan terrible sin que los civiles lo sepan, ¿qué más estará pasando en los sótanos? ¿Qué otros secretos estamos ocultando?». Otros se preguntan, directamente, «¿en qué me he convertido?».
Dado que el «daño moral» no está recogido en el DSM, el manual de referencia de la psiquiatría, el Ejército israelí se niega a reconocerlo como trastorno. De esta forma, denuncia un editorial de Haaretz publicado en abril del pasado año, «trasladan la responsabilidad al soldado» y no ponen en cuestión «el cliché del Ejército más moral del mundo».
Es justo en este punto donde encalla el debate sobre los crímenes de guerra en Israel. A la pregunta «¿quién tiene la responsabilidad de este daño moral de los soldados en la guerra —genocidio—?» la respuesta más progresista es: es el Gobierno de extrema derecha dirigido por Benjamín Netanyahu.
En relación a las confesiones recogidas por el documental Naza, el activista y fundador del medio Digital Intifada, Ali Abunimah, afirma que mostrar a soldados afligidos por sus propios actos «cumple la importante función propagandística» al permitir que «los israelíes que sabían perfectamente lo que hacía su entidad y que la apoyaban plenamente, finjan estar conmocionados y que acaban de enterarse, al darse cuenta de lo mal que está ahora la imagen de la misma». En otras palabras, permite a los excombatientes presentarse ante el público «como seres morales».
¿Puede un excombatiente del genocidio ser una víctima?
Sánchez Cedillo recuerda que las denuncias de crímenes de guerra surgidas desde dentro del Ejército no son nuevas, sino una respuesta habitual a las «sucesivas matanzas del expansionismo Israelí». En 2004, el informe del colectivo de exsoldados israelíes, Break the Silence, expuso, por primera vez, los testimonios de un centenar de militares israelíes que había llevado a cabo o presenciado crímenes de guerra.
Yehouda Shaul, a quién Público entrevistó en 2024, fue uno de ellos. Su testimonio fue útil para conocer, desde el interior, las prácticas genocidas que Israel lleva imponiendo desde mucho antes del 7-O. Aquellas revelaciones sacudieron a la opinión pública dentro y fuera de Israel, pero no llegaron a permear las estructuras de poder del país, como muestra el genocidio en curso. Nada cambió entonces, trae a colación Isabel Pérez. Nada está cambiando tampoco ahora.
En tanto que las violaciones de derechos humanos denunciadas por Break the Silence hace más de dos décadas no han cesado, «nadie puede decir que no lo sabía, como dijeron tantos alemanes» tras la caída del Tercer Reich. «Todos y todas eran plenamente conscientes de lo que estaban haciendo, por lo tanto no cabe compasión alguna. Lo que han hecho es inolvidable y tendrán que vivir con ello», insiste Sánchez Cedillo.
«Israel es un Estado-guerra en el que el mayor honor es ser un soldado», expone el ensayista. Llevan preparándose para la guerra contra la población colonizada durante toda su vida. La narrativa nacionalista israelí está incrustada en el relato de la supervivencia del pueblo judío. En palabras de Omer [sin apellido], cuyo testimonio en 2008 pasó a formar parte del libro Refuzniks. Los que se rehúsan a servir en la máquina de guerra israelí (Bardo Ediciones, 2010), «la educación y el sistema en general nos hace pensar que tenemos que defender a nuestro país, pero es una increíble mentira: en realidad nuestra posición es de ataque». Por ello, «el servicio militar es permanente y la cultura de la guerra está presente desde la guardería», recuerda Sánchez Cedillo. Salir de esta lógica no es un proceso cómodo, pero tampoco imposible.
Renunciar a la nación, desertar
Tamar tenía 16 años la primera vez que el ejército de Israel la convocó para iniciar el servicio militar. A los 17 supo que no deseaba participar en el ejército y rechazó hacerlo. En una entrevista que la joven concedió en 2008 al fotógrafo Martín Barzilai —y que después quedó recogida en Refuzniks— Tamar explica que lo más difícil fue lidiar con la decepción familiar. Pese a ello, afirmó que no se arrepentía «ni un ápice» de haber tomado aquella decisión que le costó tres meses en prisión. «Pienso que la molestia de la cárcel es nimia al lado de lo que realizamos pública y personalmente», afirma.
En Israel, el servicio militar es obligatorio a partir de los 18 años. Ellos deben cumplimentar tres años. Ellas, dos. Sólo quienes cursan estudios religiosos, los árabes israelíes y quienes reciban un permiso por parte de una unidad de psiquiatría, están exentos de realizar el servicio. Hay quienes tratan esta última vía. Otros, como Tamar, deciden «dar a conocer» su «opinión» y enunciarse contrarios a la ocupación.
Negarse a realizar servicio militar está penado con una pena de prisión que puede extenderse entre dos meses y dos años. Además, la renuncia conlleva la pérdida de numerosos privilegios asociados a pertenecer a la reserva, como becas de estudio o facilidades para acceder a una vivienda. «[Si no haces el servicio] te van a denigrar, pero no eres un maldito asesino», evidencia Sánchez Cedillo, quién fue parte del movimiento de insumisos que rechazó hacer la mili española durante el tiempo en el que esta era obligatoria.
Los refuzniks —quienes rechazan participar en el ejército— son un colectivo minoritario dentro de la sociedad israelí, como explican quienes cuentas sus experiencias en el libro que lleva el mismo nombre. La sensación de soledad y de incomprensión es una parte fundamental de sus relatos. Para Tamar, su paso por prisión le demostró que la sociedad israelí «no está lista para aceptarnos y que hará todo lo posible por intentar quebrarnos».
También, «que era imposible cambiar las cosas desde dentro». Por ello, no acudir al llamado del ejército era hacerse cargo de su papel como ciudadana israelí: «Para nosotros [los refuzniks], ir al ejército no es tomar responsabilidades, sino todo lo contrario». Pese a la hostilidad social que deben enfrentar, sus narraciones no contienen ni un ápice de la culpa ni del sufrimiento psíquico que manifiestan quienes sienten haber perdido su humanidad en el campo de batalla. Uri, otro refuznik entrevistado en el libro de Barzilai, lo resume del siguiente modo: «No hice nada malo y, sin embargo, recibí un castigo. Creo que no me lo merecía».
*Redactora de Internacional y datos.
