Por Eduardo García Granado* – Diario Red
Trump ha reactivado sus presiones contra Dinamarca por el control de Groenlandia.
Donald Trump persiste en su empeño de rediseñar y actualizar las formas y objetivos del imperialismo estadounidense. Apenas dos días después del secuestro sin precedentes del presidente de Venezuela Nicolás Maduro, la Casa Blanca ha vertido nuevas amenazas: Colombia, Cuba y Dinamarca son quizá las más nítidas en estos momentos. Específicamente contra Dinamarca, país miembro de la Unión Europea y miembro fundador de la OTAN, Donald Trump ha sido particularmente vehemente en los primeros días del año 2026.
«Necesitamos Groenlandia por motivos de seguridad nacional. Es un lugar muy estratégico. En este momento, Groenlandia está llena de barcos rusos y chinos por todas partes. Dinamarca no puede hacerse cargo”, ha dicho el jefe de la Casa Blanca y, por extensión, máximo mandatario de la OTAN (a la que Dinamarca debe su política de defensa en última instancia).
En realidad, las pretensiones abiertamente amenazantes de Trump contra el país escandinavo se remontan a la misma campaña electoral del año 2024 y, de forma más particular, a las primeras semanas de su mandato. Y conviene entender qué ve Donald Trump en esta gigantesca isla ártica para fijar sus obsesiones en ella y amenazar sin ningún tipo de elegancia a un “aliado” europeo.
Aunque, a primera vista, la isla pueda parecer un elemento marginal para la política imperial nortamericana, adquiere otra dimensión cuando se observa su peso militar, logístico y económico. Desde la Segunda Guerra Mundial, el control del territorio ha demostrado ser clave para tareas de vigilancia estratégica, en particular para la detección temprana de misiles balísticos. Tal es así que Estados Unidos mantiene allí una base instalada en 1951.
A esta dimensión militar y estratégica se suma el peso creciente de las materias primas críticas. Groenlandia alberga presumiblemente importantes reservas de tierras raras, esenciales para numerosas industrias tecnológicas y militares, cuya obtención resulta compleja a escala global. En un escenario marcado por la competencia con China por estos recursos, y habiendo Pekín dado un golpe sobre la mesa en este campo en 2025, la isla aparece como una posible pieza decisiva para reforzar la posición estadounidense, cada vez más debilitada.
El deshielo progresivo intensifica todavía más este interés. La apertura de nuevas rutas marítimas y la mayor accesibilidad a yacimientos minerales incrementan el atractivo económico del territorio, donde también se concentran otros recursos como uranio, oro, zinc, petróleo y gas natural. Estos factores refuerzan la percepción de Groenlandia como un activo estratégico de primer orden en el siglo XXI.
Las declaraciones de Trump reflejan con claridad este enfoque. Ya sea mediante fórmulas de control directo o a través de una mayor presencia estadounidense, la isla es concebida por Trump y el movimiento MAGA como una necesidad vinculada a su particular repliegue hemisférico. En conjunto, el caso groenlandés ilustra una orientación más confrontativa de la política exterior estadounidense de la que tampoco se salvan los subordinados europeos, cuyos intereses estratégicos han pasado de ser secundarios a plenamente irrelevantes.
Más allá de Nuuk
Groenlandia, que cuenta con una muy profunda autonomía política a pesar de formar parte del Reino de Dinamarca, respondió en las urnas a las amenazas de Trump a inicio de 2025. En los comicios del 11 de marzo, se vio reforzado el unionista Demokraatit, pero mantuvieron su dominio conjunto las distintas fuerzas del independentismo groenlandés —opuesto al mismo tiempo a Copenhague y a Washington—, con especial dominio de las tendencias menos confrontativas con Dinamarca.
En cualquier caso, de aquellos comicios emergió una suerte de gobierno de unidad insular liderado por Jens Frederik Nielsen que puso en el centro la mejoría de la cooperación con Copenhague y, sobre todo, el repudio por las pretensiones de Estados Unidos de hacerse con el control del territorio. Tal es la presión percibida por la práctica totalidad de la política groenlandesa que varios de los espacios independentistas convinieron poner en stand-by sus intenciones soberanistas para priorizar el entendimiento con el Estado danés.
El gobierno danés de Mette Frederiksen, hoy en el ojo del huracán Trump, y a meses de afrontar las elecciones generales del país, llamó a consultas en agosto de 2025 al jefe de la misión estadounidense y ha rechazado toda negociación al respecto de Washington. No obstante, la condición de subordinado militar a Estados Unidos del país escandinavo, así como la escasa credibilidad de las advertencias nórdicas y europeas de “responder” ante una eventual agresión norteamericana, debilitan profundamente la posición de Copenhague.
Estados Unidos insiste, en primer lugar, porque controlar Groenlandia es coherente con su empeño por refugiarse en su propio hemisferio en el contexto del auge de China. Y, en segundo lugar, porque Rusia y —especialmente— China tienen cierta fuerza en el Ártico. China tiene interés en la minería y en el desarrollo de infraestructuras y pretende consolidar un estatus de Estado cuasi Ártico. Es por ello que las rutas marítimas árticas preocupan al gobierno MAGA y tensan sus relaciones, no solo con Dinamarca, sino también con Canadá.
Sea como fuere, Washington juega la baza del vínculo imperial-otanista de Dinamarca y de los lazos comerciales que atan a Copenhague con Estados Unidos, si bien estos lazos también la unen a Pekín. En este sentido, Trump ha apostado por la mano dura contra sus aliados como herramienta para afianzar la sumisión en un contexto en el que China, muy a menudo, brinda condiciones más favorables con el resto de países del mundo de las que ofrece la propia Casa Blanca.
*Eduardo García Granado, Politólogo y máster en Relaciones Internacionales (UNSAM). Analista internacional.
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