Por Beto Cremonte* – Noticias PIA (Periodismo Internacional Alternativo)
África impulsó una reparación cartográfica que fue mucho más allá de Mercator. Puso en disputa quién representa el mundo, desde dónde lo hace y cuánto de la mirada colonial sobre el continente permanece todavía vigente.
La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó, por 164 votos contra uno, una iniciativa impulsada desde África para corregir las distorsiones con las que durante siglos fue representado el continente en buena parte de los mapamundis. La discusión parece cartográfica, pero detrás de Mercator y Equal Earth emerge una cuestión mucho más profunda: quién tuvo históricamente el poder de representar el mundo, convertir esa representación en conocimiento universal y determinar desde qué lugar África debía observarse a sí misma. La reparación del mapa aparece así como otra dimensión de una descolonización que, más de seis décadas después de las independencias, permanece inconclusa.
El 4 de septiembre de 2026 ocurrió en la Asamblea General de Naciones Unidas un hecho cuya trascendencia resulta difícil de advertir si se lo observa exclusivamente como una discusión entre cartógrafos. Por 164 votos a favor, uno en contra y seis abstenciones, los Estados miembros aprobaron la iniciativa “Correct the Map: Rebalancing global cartographic representation and promoting equitable representation of the world’s regions, particularly Africa” («Corregir el mapa: reequilibrar la representación cartográfica mundial y promover una representación equitativa de las regiones del mundo, en particular de África»), presentada por Togo en representación del Grupo Africano. Estados Unidos quedó como único voto negativo, mientras Estonia, Georgia, Lituania, Moldavia, Serbia y Ucrania se abstuvieron. La resolución no prohíbe la tradicional proyección Mercator ni establece un único mapa obligatorio, pero recomienda que gobiernos, instituciones educativas, organismos internacionales y empresas tecnológicas avancen hacia representaciones que respeten mejor las superficies relativas de los territorios y enseñen, al mismo tiempo, las limitaciones inevitables de cualquier intento de trasladar un planeta esférico a una superficie plana.
El resultado posee una importancia que excede ampliamente la matemática cartográfica porque no nació como una reforma técnica impulsada desde los grandes centros académicos occidentales, sino como una demanda política construida progresivamente desde África. Togo encabezó las negociaciones en Naciones Unidas después de que la iniciativa adquiriera respaldo continental y fuera asumida por la Unión Africana. Tras la votación, el presidente de la Comisión de la UA, Mahmoud Ali Youssouf, definió la decisión como un paso importante para conseguir una representación más justa y científicamente adecuada del continente e instó a instituciones internacionales, sistemas educativos, editoriales y plataformas digitales a promover progresivamente mapas que reflejen con mayor fidelidad las superficies reales. La formulación utilizada por la propia organización continental condensa el contenido político de la campaña: África debe ser representada de acuerdo con sus verdaderas dimensiones y con el lugar que efectivamente ocupa en el mundo.
La secuencia resulta especialmente significativa. Una discusión promovida inicialmente por organizaciones africanas consiguió transformarse en una reivindicación panafricana, fue posteriormente incorporada a la agenda institucional continental, encontró en Togo un vehículo diplomático para trasladarse al sistema multilateral y terminó obteniendo el respaldo de una mayoría abrumadora de Naciones Unidas. Más que la sustitución inmediata de un planisferio por otro, lo que ese recorrido demuestra es una capacidad africana creciente para transformar una discusión sobre su propia representación en una cuestión internacional. Durante siglos fueron otros quienes dibujaron África y establecieron las categorías mediante las cuales debía ser comprendida; esta vez es el continente el que obliga al mundo a discutir los criterios con los que continúa siendo representado.
Mercator no inventó el colonialismo, pero el mapa tampoco fue inocente
Para comprender la profundidad de esa discusión es necesario evitar una simplificación tentadora. Gerardus Mercator no creó en 1569 su célebre proyección con el propósito de reducir el tamaño de África ni de proporcionar una justificación cartográfica para el colonialismo europeo que alcanzaría su fase más expansiva tres siglos después. Su objetivo era resolver un problema concreto de la navegación oceánica: construir una representación en la que las líneas de rumbo constante pudieran trazarse como líneas rectas, permitiendo a los navegantes mantener con mayor facilidad una dirección determinada. Desde ese punto de vista, la proyección fue una extraordinaria herramienta técnica y continúa teniendo utilidad para determinadas aplicaciones.
El problema comienza cuando una solución diseñada para una finalidad específica se transforma progresivamente en una representación general del planeta. Ningún mapa plano puede reproducir perfectamente una superficie esférica: necesariamente deberá sacrificar áreas, formas, distancias o direcciones. Mercator privilegia fundamentalmente los ángulos y las direcciones, pero para conseguirlo aumenta la escala a medida que crece la latitud. Los territorios próximos a los polos aparecen entonces enormemente ampliados respecto de aquellos ubicados alrededor del ecuador. África, atravesada por la línea ecuatorial, no es literalmente achicada por Mercator; son Europa septentrional, Rusia, Canadá o Groenlandia los territorios que aparecen desproporcionadamente agrandados frente a ella. Esa precisión técnica resulta importante porque permite abandonar una denuncia históricamente débil para formular una pregunta políticamente mucho más interesante: ¿qué sucede cuando una herramienta concebida para las necesidades de la navegación europea termina convirtiéndose durante generaciones en una de las imágenes más reconocibles del mundo?
La comparación entre Groenlandia y África permite observar el fenómeno inmediatamente. En un mapamundi Mercator ambas pueden adquirir dimensiones visuales que parecen relativamente próximas, aunque África es alrededor de catorce veces mayor. Algo semejante sucede con Europa, Canadá o Rusia. El continente africano posee aproximadamente treinta millones de kilómetros cuadrados, pero la ampliación progresiva de las regiones septentrionales modifica radicalmente la percepción de sus dimensiones relativas. Lo que millones de estudiantes aprendieron como una representación objetiva del planeta era, en realidad, una elección cartográfica perfectamente explicable desde el punto de vista matemático, pero inadecuada cuando el objetivo era comparar superficies territoriales.
La cuestión adquiere entonces una dimensión cultural. Un estudiante africano que durante generaciones observó el mundo desde una escuela de Dakar, Lomé, Nairobi, Kinshasa o Lusaka encontró su continente representado frente a enormes extensiones septentrionales artificialmente ampliadas. La distorsión podía tener una explicación matemática, pero sus efectos sobre la percepción no eran necesariamente matemáticos. Los mapas participan en la construcción de ideas sobre magnitud, centralidad, distancia y periferia, y por eso Robert Dussey, canciller togolés y uno de los principales impulsores diplomáticos de la iniciativa, sostuvo ante Naciones Unidas que los mapas moldean nuestra comprensión del planeta, alimentan la imaginación e influyen sobre las percepciones colectivas.
La resolución aprobada en Naciones Unidas utiliza, de hecho, conceptos mucho más políticos que los habituales en una discusión cartográfica. Presenta la corrección de esas distorsiones como una cuestión relacionada con la “justicia cognitiva” y la “reparación memorial”, vinculando la representación territorial con una discusión sobre historia, conocimiento y poder. No sostiene que Mercator deba desaparecer ni desconoce su utilidad para la navegación; cuestiona que una determinada forma de mirar el planeta haya adquirido durante siglos un carácter universal y continúe siendo utilizada allí donde existen alternativas más apropiadas.
La diferencia es fundamental porque permite ubicar correctamente el problema. La proyección Mercator no creó el colonialismo europeo, pero la cartografía sí desempeñó posteriormente un papel central en la expansión imperial. Explorar, medir, nombrar, clasificar y delimitar territorios permitió transformar espacios desconocidos para las administraciones metropolitanas en superficies legibles y, por lo tanto, administrables. Las expediciones geográficas produjeron información sobre ríos, rutas, poblaciones, tierras productivas y recursos naturales que posteriormente podía ser utilizada por comerciantes, compañías concesionarias, ejércitos y administraciones coloniales. El mapa dejó entonces de ser solamente una representación del territorio para convertirse también en una tecnología de apropiación y gobierno.
Esa relación entre conocimiento y poder resulta mucho más útil para comprender la cartografía colonial que la afirmación simplista de que Mercator fue concebido para empequeñecer África. El imperialismo no necesitó inventar una falsa geometría para dominar el continente; necesitó conocerlo, clasificarlo y convertirlo en un espacio sobre el cual pudiera ejercerse autoridad. La capacidad para dibujar un territorio, establecer nombres, identificar recursos y determinar límites formó parte de la misma infraestructura intelectual que permitió posteriormente ocuparlo y administrarlo.
Berlín: cuando la regla y la escuadra se convirtieron en metáfora del poder
La Conferencia de Berlín de 1884-1885 constituye uno de los grandes momentos simbólicos de esa transformación del mapa en instrumento de poder. Sería históricamente impreciso imaginar a las potencias europeas reunidas alrededor de una única mesa dibujando durante aquellos meses cada una de las fronteras africanas que conocemos actualmente, porque buena parte de esos límites fueron establecidos, negociados o modificados durante las décadas posteriores. Pero convertir esa precisión historiográfica en una relativización de Berlín conduciría al error contrario. La conferencia estableció reglas fundamentales para ordenar la competencia imperial, legitimó una lógica según la cual las potencias europeas podían negociar entre ellas la ocupación de territorios africanos y aceleró un reparto en el que las sociedades afectadas tuvieron una capacidad extraordinariamente desigual para decidir sobre su propio destino.
Por eso la conocida imagen de África dividida con “regla y escuadra” conserva una enorme potencia histórica, siempre que sea entendida como metáfora de una racionalidad colonial y no como la descripción literal de una jornada de trabajo en Berlín. La caprichosidad del reparto no radicó solamente en que algunas fronteras siguieran paralelos, meridianos o líneas geométricas, sino en algo bastante más profundo: espacios políticos, económicos y culturales africanos fueron subordinados a las necesidades estratégicas de imperios cuyos centros de decisión estaban a miles de kilómetros del continente. Reinos, comunidades, circuitos comerciales, zonas de pastoreo y sistemas políticos anteriores a la ocupación quedaron fragmentados entre diferentes administraciones coloniales, mientras sociedades que habían seguido trayectorias distintas fueron incorporadas dentro de una misma jurisdicción. Que determinadas fronteras utilizaran ríos, accidentes geográficos o incluso límites africanos preexistentes no modifica la naturaleza fundamental del proceso, porque lo decisivo era quién poseía finalmente la capacidad de transformar esas referencias espaciales en soberanía política.
La arbitrariedad colonial tampoco debería ser entendida exclusivamente como indiferencia o desconocimiento de las sociedades africanas. En numerosos casos ocurrió algo incluso más complejo: las administraciones imperiales estudiaron las diferencias existentes, las clasificaron mediante categorías europeas y posteriormente las utilizaron como instrumentos de gobierno. El colonialismo no necesitaba encontrar un continente vacío de estructuras políticas para reorganizarlo; podía apropiarse de jerarquías, identidades y conflictos preexistentes, modificarlos y convertirlos en piezas de una nueva arquitectura administrativa. De ese modo, el mapa colonial no sólo dividió territorios: también contribuyó a fijar identidades y a transformar relaciones sociales que anteriormente podían haber sido considerablemente más móviles.
El caso de Ruanda permite observar con particular claridad ese mecanismo. Las categorías hutu, tutsi y twa existían antes de la colonización y estaban relacionadas con posiciones económicas, políticas y sociales dentro del Reino de Ruanda, pero sus fronteras no funcionaban necesariamente como las identidades étnico-raciales rígidas que posteriormente construiría la administración colonial. Primero bajo dominio alemán y especialmente durante el mandato belga, aquellas diferencias fueron reinterpretadas mediante teorías raciales europeas que presentaron a los tutsis como una población supuestamente distinta y naturalmente destinada a gobernar. La administración colonial institucionalizó esas clasificaciones, las incorporó progresivamente a sus mecanismos de gobierno y terminó fijándolas incluso en documentos de identidad. Una relación social históricamente compleja fue transformada así en una clasificación política mucho más rígida, cuyas consecuencias sobrevivieron largamente al dominio colonial.
Ese proceso permite comprender que la violencia cartográfica del colonialismo africano tuvo al menos dos dimensiones complementarias. Por un lado, fragmentó territorialidades anteriores mediante fronteras construidas de acuerdo con la competencia entre imperios; por otro, clasificó a las poblaciones que quedaron dentro de esas nuevas fronteras y convirtió determinadas diferencias sociales, lingüísticas, regionales o económicas en identidades administrativas aparentemente permanentes. La regla y la escuadra operaron entonces no sólo sobre el territorio sino también, metafóricamente, sobre las sociedades: dividir el espacio y clasificar a quienes lo habitaban formaron parte de una misma tecnología colonial de gobierno.
El Congo ofrece otra expresión extraordinaria de esa lógica. La inmensa cuenca congoleña no fue constituida como unidad política moderna a partir de un proceso interno de integración nacional, sino que terminó convertida primero en el Estado Libre del Congo bajo propiedad personal de Leopoldo II y posteriormente en colonia belga. Dentro de aquel gigantesco espacio quedaron incorporadas sociedades, reinos y sistemas políticos con historias diferentes, mientras otras comunidades quedaron atravesadas por límites que las vinculaban administrativamente con posesiones francesas, portuguesas, británicas o alemanas. La posterior República Democrática del Congo heredaría aquella dimensión territorial y aquellas fronteras, demostrando hasta qué punto el Estado poscolonial debió construir una identidad nacional dentro de una arquitectura espacial cuya configuración moderna había sido determinada en gran medida por la expansión imperial.
Por eso la Conferencia de Berlín conserva una centralidad que no depende de atribuirle literalmente cada línea del actual mapa africano. Berlín representa el momento en que las potencias europeas institucionalizaron entre ellas el principio de que África podía ser objeto de negociación territorial sin que los pueblos africanos fueran reconocidos como sujetos equivalentes de esa negociación. Las fronteras concretas continuarían trazándose durante décadas, pero la regla fundamental ya estaba establecida: el espacio africano podía ser repartido según una correlación de fuerzas definida fuera de África.
La metáfora de la regla y la escuadra conserva entonces toda su fuerza. No porque cada frontera africana haya sido efectivamente dibujada con instrumentos geométricos sobre una mesa berlinesa, sino porque resume una realidad histórica mucho más profunda: el colonialismo convirtió sociedades y territorialidades africanas en variables de una ecuación imperial cuyos términos principales fueron establecidos fuera del continente. La violencia no estuvo solamente en la forma de las líneas, sino en el poder de decidir quién podía trazarlas.
Equal Earth y la disputa por la representación
La principal alternativa promovida por la campaña es Equal Earth, desarrollada en 2018 por los cartógrafos Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny. Se trata de una proyección pseudocilíndrica equivalente diseñada específicamente para mapamundis, inspirada visualmente en la conocida proyección Robinson pero con una diferencia decisiva: mantiene correctamente las relaciones entre las superficies territoriales. Si una región posee el doble de superficie que otra, esa proporción se conserva también en el mapa. Sus creadores buscaron además evitar algunas de las fuertes deformaciones visuales que habían dificultado la popularización de otras proyecciones equivalentes, especialmente Gall-Peters.
Equal Earth tampoco representa un “mapa verdadero” en sentido absoluto. Como cualquier proyección plana, deforma determinadas propiedades de la esfera terrestre y sacrifica exactitud en algunos aspectos para conservarla en otros. Esta limitación, lejos de debilitar la campaña africana, permite formularla con mayor rigor: no se trata de sustituir un mapa falso por uno verdadero, sino de utilizar representaciones adecuadas para cada finalidad y reconocer explícitamente qué distorsiones produce cada una. Mercator puede continuar siendo útil allí donde resulta necesario conservar direcciones; Equal Earth u otras proyecciones equivalentes ofrecen una representación mucho más adecuada cuando se pretende comparar las dimensiones territoriales de continentes y Estados.
Esa es también la razón por la que Naciones Unidas no decidió prohibir Mercator ni imponer universalmente Equal Earth. La resolución alienta el uso de Equal Earth y otras proyecciones equivalentes cuando importa representar correctamente las superficies y reclama que se enseñen las limitaciones inherentes a cualquier mapa plano. El contenido resulta menos espectacular que algunos titulares que anunciaron que “la ONU cambió el mapa mundial”, pero políticamente es bastante más interesante: 164 Estados reconocieron que la manera en que se representa el planeta no constituye una cuestión completamente neutral y que las distorsiones cartográficas pueden contribuir a producir percepciones desequilibradas de sus regiones.
La reacción estadounidense permite medir hasta qué punto la discusión había dejado de ser exclusivamente técnica. Washington fue el único voto negativo y calificó la iniciativa como parte de un proyecto ideológico más amplio, cuestionando particularmente las referencias a reparación y justicia cognitiva. El contraste resulta significativo porque el resto de la Asamblea, incluidos Estados con posiciones geopolíticas profundamente enfrentadas entre sí, acompañó la propuesta africana o evitó votar en contra. La iniciativa consiguió así atravesar divisiones tradicionales entre Norte y Sur, Occidente y potencias emergentes, convirtiéndose en una de esas extrañas cuestiones en las que una demanda surgida desde África logró construir una mayoría internacional casi total.
No conviene, sin embargo, interpretar el aislamiento estadounidense como demostración de una conspiración occidental para conservar Mercator. La evidencia no permite sostener semejante afirmación y, de hecho, varios países europeos apoyaron la resolución. La importancia política del voto reside en otro lugar: frente a una iniciativa que vinculaba explícitamente cartografía, reparación histórica y justicia cognitiva, Washington decidió disputar precisamente esa interpretación mientras la enorme mayoría del sistema internacional aceptó que la discusión sobre las representaciones también podía formar parte de una agenda de reparación.
Descolonizar el territorio, descolonizar la mirada
Es en este punto donde la reparación cartográfica adquiere una dimensión específicamente africana. Durante el siglo XX, las luchas anticoloniales estuvieron concentradas fundamentalmente en recuperar soberanía territorial y construir Estados capaces de gobernarse sin administraciones imperiales. Una vez conquistadas las independencias formales, aparecieron otras dimensiones de la dependencia: monedas vinculadas a antiguas metrópolis, estructuras productivas orientadas hacia la exportación de materias primas, deuda externa, presencia militar extranjera, subordinación tecnológica, concentración del conocimiento científico y una arquitectura internacional en la que África continúa teniendo una representación muy inferior a su peso demográfico.
La discusión contemporánea sobre soberanía narrativa se incorpora a ese proceso porque plantea que la emancipación política tampoco puede considerarse completa mientras el continente dependa de categorías externas para comprenderse y explicarse. La Unión Africana ha relacionado explícitamente Correct the Map con la necesidad de representar África sobre bases objetivas y científicamente establecidas, y con una agenda continental más amplia de recuperación de su capacidad para intervenir sobre los relatos mediante los cuales es conocida internacionalmente. No se trata de sustituir una narrativa occidental negativa por una propaganda africana positiva, sino de disputar quién posee autoridad para determinar cuáles son las categorías aparentemente universales con las que se describe al continente.
La cartografía ocupa dentro de esa disputa un lugar singular porque su poder opera silenciosamente. Un mapa escolar no necesita afirmar que Europa es más importante que África, ni que las regiones septentrionales poseen una centralidad natural; simplemente presenta una determinada organización visual del mundo que, repetida durante generaciones, puede terminar siendo percibida como la única posible. Las convenciones cartográficas se transforman entonces en sentido común y dejan de ser observadas como decisiones históricas.
Algo semejante ocurrió con muchas otras categorías utilizadas para pensar África. Durante siglos el continente fue descrito desde afuera como territorio vacío, espacio tribal, continente oscuro, periferia económica, reservorio de materias primas o escenario permanente de crisis humanitarias. La construcción colonial no consistió únicamente en apropiarse de tierras y recursos, sino también en producir conocimiento sobre las sociedades dominadas y establecer categorías que posteriormente adquirieron apariencia científica o universal. Por eso la discusión sobre el mapa no puede separarse completamente de la discusión sobre museos europeos llenos de patrimonio africano, archivos coloniales conservados fuera del continente, idiomas administrativos heredados, sistemas educativos construidos sobre currículos metropolitanos o medios internacionales que continúan determinando buena parte de las imágenes globales sobre África.
Sería exagerado afirmar que cambiar una proyección cartográfica modificará por sí mismo esas relaciones materiales de poder. Equal Earth no recuperará minerales extraídos por compañías extranjeras, no eliminará bases militares, no reformará el Consejo de Seguridad ni devolverá patrimonio cultural expoliado. Convertir el mapa en explicación de todos los problemas africanos reduciría una discusión compleja a un gesto simbólico. Pero cometeríamos el error contrario si consideráramos que las representaciones carecen de importancia porque no modifican inmediatamente la estructura económica. El poder también necesita categorías, relatos e imágenes capaces de presentar determinadas relaciones históricas como naturales.
La reparación cartográfica adquiere sentido precisamente dentro de esa relación entre lo material y lo simbólico. África no reclama algunos centímetros adicionales sobre una pared escolar; reclama capacidad para intervenir sobre una representación global que durante demasiado tiempo aceptó como universal una perspectiva construida desde otras necesidades históricas. La diferencia puede parecer pequeña frente a los enormes conflictos que atraviesan al continente, pero toca uno de los terrenos donde la dominación resulta más difícil de identificar: aquello que dejamos de cuestionar porque aprendimos a considerarlo normal.
El recorrido de Correct the Map resulta por eso tan importante como el resultado de la votación. Una campaña africana consiguió atravesar organizaciones civiles, instituciones continentales y diplomacia estatal hasta convertirse en una resolución de Naciones Unidas apoyada por 164 países. África no apareció en ese proceso como objeto de una política internacional diseñada por otros, sino como productora de una demanda que terminó obligando al sistema multilateral a discutir sus propios criterios de representación.
Ese movimiento conecta la cartografía con otras batallas que el continente está librando simultáneamente: la reforma del Consejo de Seguridad, las reparaciones por esclavitud y colonialismo, la restitución del patrimonio cultural, el control de los minerales estratégicos, la industrialización en origen, la soberanía monetaria y financiera, la revisión de los acuerdos militares y la construcción de medios capaces de producir una narrativa africana propia. Ninguna de esas disputas es idéntica a las demás, pero todas interrogan una estructura histórica en la que África ocupó durante siglos el lugar de objeto mientras otros centros acumulaban capacidad para decidir, clasificar, extraer y representar.
El mapa permite observar esa historia de una manera casi pedagógica. Primero los europeos navegaron utilizando sus propias herramientas cartográficas; posteriormente exploraron y midieron los territorios africanos; más tarde utilizaron mapas para delimitarlos y administrarlos; finalmente, aquellas representaciones y convenciones fueron incorporadas a sistemas educativos y culturales que sobrevivieron ampliamente al colonialismo formal. La descolonización política modificó radicalmente quién gobernaba los Estados africanos, pero no eliminó automáticamente todos los instrumentos intelectuales mediante los cuales el mundo colonial había sido organizado.
Por eso la reparación del mapa no debería interpretarse como un intento de reescribir la geografía para favorecer a África. El continente no necesita ser artificialmente agrandado: necesita que dejen de ser artificialmente ampliados, cuando se comparan superficies, aquellos territorios cuya ubicación septentrional los beneficia dentro de Mercator. Tampoco necesita sustituir una visión eurocéntrica por otra que coloque arbitrariamente a África en una posición privilegiada. Lo que reclama es mucho más sencillo y, justamente por eso, políticamente difícil de impugnar: que cuando el objetivo sea comparar territorios, treinta millones de kilómetros cuadrados sean representados como treinta millones de kilómetros cuadrados y que las limitaciones de cualquier mapa sean enseñadas como tales.
La votación del 4 de septiembre no cambiará inmediatamente los planisferios de todas las escuelas ni hará desaparecer Mercator de las plataformas digitales. La resolución no es vinculante y su aplicación dependerá de gobiernos, instituciones educativas, editoriales y empresas tecnológicas. Pero la dimensión histórica del episodio no reside únicamente en sus efectos inmediatos. Por primera vez, una reivindicación continental que vincula explícitamente cartografía, representación y reparación consiguió un respaldo prácticamente universal dentro de la principal organización multilateral del planeta.
Durante buena parte de los últimos dos siglos África luchó primero por recuperar el derecho a gobernar su territorio y posteriormente por controlar los recursos contenidos en él. Hoy esas disputas continúan, pero comienzan a ser acompañadas por otra batalla menos visible: recuperar capacidad para determinar cómo el continente es pensado, explicado y representado. Esa dimensión no reemplaza a la soberanía política ni económica, pero forma parte de una pregunta mucho más profunda acerca de qué significa realmente completar un proceso de descolonización.
Quizás por eso Correct the Map consiga expresar algo bastante mayor que una discusión sobre proyecciones. El colonialismo no sólo ocupó territorios; produjo también una determinada representación del mundo en la que Europa se convirtió durante siglos en medida, centro y punto de observación. Desmontar esa estructura no implica negar el conocimiento producido fuera de África ni reemplazarlo por otra verdad geográficamente determinada. Implica reconocer que muchas de las categorías presentadas como universales surgieron de experiencias históricas particulares y que también ellas pueden ser interrogadas.
África no necesita un mapa que exagere su importancia. Su superficie, sus recursos, su población y su creciente peso geopolítico hacen innecesaria cualquier exageración. Lo que necesita —y lo que acaba de conseguir que 164 Estados reconozcan— es el derecho a no continuar siendo disminuida por una representación que confunde una solución náutica del siglo XVI con una imagen neutral y definitiva del planeta.
En ese sentido, reparar el mapa no resuelve la descolonización africana, pero revela hasta qué punto permanece inconclusa. Porque después de conquistar la independencia política, discutir la soberanía sobre los recursos y reclamar una transformación del orden internacional, África comienza también a disputar algo todavía más elemental: el lugar desde el cual el mundo aprendió a mirarla y desde el cual, durante demasiado tiempo, el propio continente fue obligado a mirarse a sí mismo.
*Redactor en jefe en PIA Global, especializado en el continente africano. Analista internacional en geopolítica. Docente, profesor de Comunicación social y periodismo, egresado de la UNLP, Licenciado en Comunicación Social, UNLP, estudiante avanzado en la Tecnicatura superior universitaria de Comunicación pública y política. FPyCS UNLP.
