Por Federico Pita* – Página 12
La detención y deportación del árbitro somalí Omar Artan pone en evidencia la vigencia del perfilamiento racial en las fronteras occidentales y la subordinación de la FIFA a un orden geopolítico que garantiza la libre circulación de capitales, pero no la de las personas.
El fútbol suele jactarse de ser el único idioma universal capaz de suspender, aunque sea por noventa minutos, las asimetrías del planeta. La retórica corporativa de la FIFA insiste en vender cada Copa del Mundo como una fiesta de la integración multicultural, un territorio neutral donde el mérito desplaza al privilegio. Sin embargo, a días de que ruede la pelota en el Mundial 2026, la realidad material se encargó de recordar que la circulación global sigue teniendo dueños, filtros y un marcado sesgo colonial. La detención, interrogatorio por once horas y posterior deportación del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan en el aeropuerto de Miami no es un error de la burocracia estadounidense; es la puesta en acto de la arquitectura racial que el Norte Global perfecciona día a día.
Artan no era un polizón ni un migrante precarizado intentando vulnerar los muros de la fortaleza occidental; viajaba con su documentación en regla, su visa aprobada y el aval institucional de ser consagrado como el mejor árbitro de su continente por la Confederación Africana de Fútbol (CAF). Iba a ser el primer somalí en impartir justicia en una cita mundialista. Pero en el nuevo diseño del orden occidental, la legalidad de los papeles capitula ante la soberanía del perfilamiento racial. Para la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP), un cuerpo negro, islámico y con pasaporte del Cuerno de África es, por definición, un sujeto de sospecha permanente. Bajo el amparo de la “seguridad nacional” y la reactivación de los vetos migratorios que la administración de Donald Trump convirtió en política de Estado, el estatus de un atleta de élite internacional fue reducido a la categoría de amenaza.
Este episodio expone una sincronía alarmante con la agenda que las extremas derechas globales vienen coordinando a nivel internacional. Hace apenas unos meses, en Portugal, figuras de la represión migratoria norteamericana como Greg Bovino —exfuncionario del ICE— participaban de cumbres destinadas a legitimar el concepto de «remigración». Ya no se trata meramente de frenar la migración irregular; se trata de ensayar la logística de la expulsión masiva, del vaciamiento preventivo de la alteridad en los espacios de visibilidad de Occidente. El calvario de Artan es la traducción deportiva de esa doctrina: un cordón sanitario que opera bajo la premisa de que ciertos cuerpos del Sur Global no tienen derecho a habitar ni a circular por el suelo del imperio, ni siquiera de manera transitoria y consagrada por el espectáculo de masas.
Ante la violencia institucional del Estado anfitrión, la respuesta de la FIFA fue un ejercicio de cobardía burocrática camuflada de neutralidad. Al declararse incompetente frente a las leyes migratorias soberanas, el máximo organismo del fútbol desnudó los límites de su propia gobernanza. La FIFA, que no duda en exigir a los países organizadores exenciones impositivas escandalosas, la creación de tribunales de excepción para defender los intereses de sus patrocinadores y la flexibilización de leyes nacionales para el libre flujo de capitales corporativos, se arrodilla sumisa cuando se trata de garantizar los derechos civiles de los protagonistas del Sur Global. La corporación deportiva asume su rol secundario en el tablero geopolítico: las corporaciones mandan, pero el supremacismo blanco de los Estados dicta quién entra y quién se queda.
Sin embargo, la pedagogía del desprecio imperial chocó de frente con la dignidad de su pueblo. Al regresar a Mogadiscio, el supuesto “sujeto de riesgo” fue recibido como un héroe nacional. Lejos del confinamiento y la hostilidad de Miami, una multitud desbordó las calles y colmó un estadio entero para arroparlo entre cantos y banderas somalíes, en un acto donde el propio primer ministro, Hamza Abdi Barre, acudió a manifestarle el respaldo absoluto del Estado. “Estaré en el próximo Mundial y seguiré haciendo que Somalia esté orgullosa”, lanzó un Artan conmovido pero entero frente a los suyos. El contraste es total: mientras el Norte lo encierra, el Sur Global lo abraza y resignifica la afrenta colonial en una bandera de soberanía cultural. La farsa de la “seguridad” norteamericana quedó expuesta pocas horas después, cuando la UEFA —en una sutil bofetada diplomática a Washington— anunció la designación de Artan para dirigir la próxima Supercopa de Europa.
Hay, además, un disciplinamiento simbólico que no podemos pasar por alto. El Norte Global consume con avidez la fuerza de trabajo del Sur; idolatra a los futbolistas africanos o afrodescendientes que nutren las ligas millonarias de Europa y llenan los estadios norteamericanos. El capitalismo racial tolera al sujeto racializado en tanto mano de obra exportable y objeto de entretenimiento, pero le niega el acceso cuando este viene a ocupar el lugar de la autoridad. Que un hombre negro de Somalia tuviera el silbato para dictaminar las reglas del juego, evaluar la conducta y sancionar a los jugadores en suelo estadounidense era un desafío intolerable para el orden visual del supremacismo.
La aduana de los Estados Unidos terminó actuando como el primer y más implacable réferi de esta Copa del Mundo, y su primer fallo fue expulsar al mejor de África. Mientras los discursos oficiales nos inviten a celebrar la “hermandad de los pueblos”, la ausencia forzada de Omar Artan se erige como el recordatorio de que las fronteras coloniales siguen activas, recordándole al Sur Global que en la cancha de Occidente, las reglas del juego nunca las manejamos nosotros.
*Politólogo (UBA). Especialista en afrodescendencia, raza y racismo. Fundador de la Diáspora Africana de la Argentina (DIAFAR).
