Por Nacho Alarcón – El Confidencial
Canadá busca lazos más estrechos con la Unión Europea en un momento de crisis con los EEUU de Trump. Carney pide una “alianza única” con los Veintisiete.
Si hay dos socios tradicionales de Estados Unidos que están sufriendo las turbulencias de la segunda etapa de Donald Trump en la Casa Blanca, son Canadá y la Unión Europea. Y es algo que une mucho. O eso cree Mark Carney, primer ministro canadiense, que ha lanzado una ofensiva para estrechar los lazos entre Ottawa y Bruselas. Por el momento, Carney ha estado presente en la tradicional apertura de curso político en el Parlamento Europeo en Estrasburgo (Francia), donde Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, ha realizado su discurso sobre el Estado de la Unión (SOTEU) este miércoles. Carney defiende una relación especial para «el país no europeo más europeo».
En Bruselas esperan que el primer ministro aproveche el jueves, durante su propia intervención ante el Parlamento Europeo, para defender una relación más estrecha. Según el Wall Street Journal, el primer ministro canadiense defenderá que Canadá se convierta en un ‘miembro asociado’ de la Unión Europea, un estatus que no existe, pero que el Gobierno alemán del conservador Friedrich Merz defiende para Ucrania. «Lo que buscamos, y sobre lo que vamos a iniciar conversaciones, (es) una alianza única con la Unión Europea», señaló Carney este domingo desde Toronto. «Canadá es un socio estratégicamente importante y un aliado cercano» y hay una “alta ambición» para la relación bilateral, ha explicado esta semana Olof Gill, portavoz de la Comisión Europea.
Que Canadá es un socio muy estrecho de la Unión Europea es conocido y viene de lejos. Pero a partir de 2024 la idea de llevar esa relación más allá ha ido ganando terreno. En enero de 2025 la columna europea de la revista británica The Economist sugería que Ottawa se convirtiera en un nuevo miembro de la UE: para los canadienses no hay un socio más cercano en la nueva era de Trump, mientras que a Europa le daría un miembro estratégico y materias primas de las que carece.
Desde entonces varios líderes políticos han hablado del asunto, siempre medio en broma, pero dejando claro que la voluntad de acercar posturas es tal que se puede llegar a hablar de la adhesión, por mucho que nadie crea que sea posible. Lo ha hecho el ministro de Asuntos Exteriores francés o el presidente de Finlandia.
Según encuestas realizadas en Canadá, más del 50% de los encuestados apoyarían adherirse a la Unión Europea. Se trata de una cuestión hipotética. La realidad es que, más allá de la voluntad de los canadienses, los tratados de la Unión limitan la oferta de ingreso a los Estados europeos, y extender ese lenguaje para incluir a un Estado en Norteamérica requeriría una compleja reforma de los Tratados, un anatema en Bruselas. El propio Carney ha explicado en el pasado que su intención no es unirse a la UE, sino estrechar lazos con los Veintisiete.
Historia de un acercamiento
El discurso de Carney cala bien en Bruselas, donde hay una necesidad de encontrar nuevos aliados en un entorno global muy convulso. Canadá es uno de esos ‘poderes medianos’ en los que la Unión Europea ha empezado a fijarse. Cuando el primer ministro canadiense defendió su visión del mundo en Davos en enero de 2026, en una intervención que circuló por todos los teléfonos de la capital comunitaria, Ottawa empezó a perfilarse no solamente como un aliado fiable, sino como una fuente de inspiración ideológica en tiempos de zozobra de los pilares de la relación transatlántica.
Las relaciones entre la Unión Europea y Canadá son especiales. Con un acuerdo firmado en 1976, el país norteamericano fue la primera economía industrializada con la que el club comunitario cerró un acuerdo de cooperación, seguido de acuerdos sectoriales en los años noventa y de una cierta tensión a raíz de los derechos de pesca en el Atlántico Norte durante la misma década. A comienzos del siglo XXI, Ottawa y Bruselas lanzaron un nuevo intento de estrechar lazos y de cerrar una relación estratégica que incluyera un acuerdo comercial, aunque estos intentos fracasaron en 2006. Solamente una década después, la UE y Canadá lograron un acuerdo comercial histórico (CETA).
Hasta entonces, 2016, «ninguno de los dos veía la necesidad de ‘pasar por encima’ a EEUU a la hora de establecer relaciones entre ellos que no fueran reproducidas por el otro socio transatlántico», explicó en 2017 Amy Verdun, profesora visitante de Política Europea y Economía Política, que escribió un artículo académico respecto a la historia de las relaciones entre la Unión y Canadá, marcadas por la presencia de EEUU.
Canadá y UE han compartido siempre el gravitar alrededor de Estados Unidos, a nivel comercial, político y de seguridad. Ambos son dos de los socios más estrechos de Washington y de los que más han sufrido la furia comercial de la administración liderada por Trump, además de los riesgos derivados de las amenazas del inquilino de la Casa Blanca contra la OTAN, de la que tanto Ottawa como la mayoría de Estados miembros del club comunitario forman parte. La segunda legislatura de Trump ha provocado el colapso del sistema en el que confiaban ambos socios.
La respuesta de ambos bloques ha sido, en todo caso, diferente. Carney ha apostado por una estrategia que no ha evitado la confrontación en el ámbito político, donde Trump se ha referido en muchas ocasiones a Canadá como el «quincuagésimo primer Estado», o a él como «gobernador» en vez de primer ministro. Tampoco ha esquivado la disputa comercial, donde su Gobierno se ha levantado recientemente de unas tensas negociaciones y ha plantado cara con sus propios aranceles a productos estadounidenses.
Mientras tanto, la Unión Europea ha adoptado posturas mucho menos confrontativas con la administración Trump, priorizando el retener el vínculo transatlántico al menos temporalmente. Los perfiles de Canadá y la UE son también, en todo caso, muy diferentes. Por ejemplo, los europeos se encuentran mucho más expuestos a la amenaza de Rusia.
Para la UE, atraer a Canadá es una gran victoria geopolítica, pero debe mantener el equilibrio con los otros socios que orbitan alrededor del club, como son los miembros del Espacio Económico Europeo, como Noruega o Islandia, que muy recientemente ha rechazado en un referéndum reactivar las negociaciones de adhesión a la Unión Europea.
De cierta forma, Ottawa está ya buscando su propia ‘tercera vía’ ante la Unión Europea. Y parte de ello se ha visto con su participación en el programa SAFE, de 150.000 millones de euros, enfocado a financiar el rearme de miembros de la Unión.
