Por Alberto Mesas* – Contexto y Acción (CTXT)
Tres décadas después, en Bosnia sigue abierta la pugna entre quienes intentan reivindicar la memoria de la masacre y sus víctimas, y quienes la niegan y glorifican a los criminales que la perpetraron.
Es 11 de julio. Como cada año, al cementerio de Potočari han llegado miles de personas que contemplan mudas y con la vista baja la procesión a pulso de varios ataúdes cubiertos con una tela verde –el color favorito del profeta Mahoma, según el islam–. La multitud se arrodilla y reza ante los féretros dispuestos en hilera en el suelo, a unos pocos metros de las fosas excavadas en la tierra que van a recibirlos.
Dispersos por el recinto también hay dolientes que zigzaguean entre las tumbas blancas protegiéndose con paraguas del sol del verano. Cuando encuentran la de su ser querido acarician la piedra pulida del monolito y cuelgan pañuelos, o dejan flores, velas y mensajes escritos. Las emociones están a flor de piel y los sollozos y las lágrimas se escapan de las bocas y los ojos cerrados.
Dentro de cada ataúd verde y de cada lápida blanca yacen los restos que se han podido identificar y reunir de algunos de los más de 8.000 hombres y niños musulmanes asesinados en la vecina Srebrenica en 1995. Fue el genocidio más grande que ha tenido lugar en suelo europeo desde el holocausto nazi.
Desde 2003, en los actos de conmemoración de Potočari se entierran nuevos restos de víctimas identificadas mediante pruebas de ADN. También se lee la džuma –una oración– en memoria de las víctimas, y otros muchos peregrinan durante varios días por la Marš Mira (la Marcha de la Paz) entre Nezuk y el cementerio memorial, más de 100 kilómetros que recrean la ruta de escape de los supervivientes del genocidio que consiguieron huir de la artillería serbobosnia.
En todo este trabajo hay una institución clave, el Centro Memorial de Srebrenica, que lleva más de dos décadas trabajando para forjar alianzas con grupos de víctimas del genocidio, intentando unificar la fuerza de sus demandas. En el Centro aseguran que su misión y propósito siguen siendo los mismos que en su fundación, también en 2003: “Preservar la memoria de las víctimas del genocidio y educar sobre la importancia de la paz, la tolerancia y los derechos humanos”. “Nuestra promesa a los seres queridos que hemos perdido es que seguiremos contando su historia”, recalcan.
Ocurrió en una “zona segura”
En 1992 Bosnia también quería ser un país independiente como sus vecinas Eslovenia y Croacia, pero el referéndum de autodeterminación recibió la violenta oposición de la recién autoproclamada República Srpska (la República serbia de Bosnia), un rechazo encabezado políticamente por su presidente, Radovan Karadžić. La guerra estalló unas pocas semanas después, y gran parte del territorio oriental del país quedó rápidamente cercado por el avance del ejército serbobosnio (VRS), liderado por Ratko Mladić. A él se unieron milicias y grupos paramilitares ultranacionalistas y supremacistas serbios como los Tigres de Arkan, que a su paso iban arrasando aldeas de población musulmana, asesinando a familias enteras, prendiéndole fuego a sus casas y violando a mujeres y niñas.
Srebrenica fue uno de esos muchos enclaves del noroeste del país que sufrieron el asedio de las tropas serbobosnias. Durante tres años, miles de civiles convivieron con cortes de electricidad, bloqueo de suministros, falta de atención médica y ataques continuos. Ante este escenario, en 1993 el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución que declaraba Srebrenica “zona segura” libre de ataques, y habilitó una base militar en Potočari que estaría custodiada por cascos azules de Naciones Unidas.
Sin embargo, sobre el terreno esa promesa de seguridad se tradujo únicamente en un pequeño batallón neerlandés de soldados mal equipados, escasos de recursos, sujetos a una cadena de mando fragmentada y llena de trabas burocráticas, y que no tenían capacidad real de disuasión militar. Aprovechando esta circunstancia, en julio de 1995 Mladić lanzó una ofensiva final sobre Srebrenica. Durante días, los serbobosnios rodearon y bombardearon la ciudad, mientras miles de refugiados buscaban amparo en las inmediaciones de la base de Potočari. Las peticiones de apoyo aéreo para intentar frenar el avance de Mladić se retrasaron o directamente fueron ignoradas por el alto mando.
El 11 de julio, y sin apenas resistencia, el VRS entró y tomó Srebrenica. Frente a varias cámaras de televisión de medios internacionales, Mladić se paseó por las calles de la ciudad repartiendo chocolate y caramelos a los niños, y prometiendo que ningún civil resultaría herido. No obstante, las cámaras también captaron parte de su verdadera intención cuando declaró: “Regalemos la Srebrenica serbia al pueblo serbio. Ha llegado el momento de vengarnos de los turcos [en referencia a los bosnios musulmanes]”.
En ese momento, lejos de las cámaras, los soldados serbobosnios se dirigían hacia Potočari, donde unas 30.000 personas, en su mayoría mujeres, niños y ancianos, intentaban refugiarse en la base de la ONU. Los cascos azules, desbordados por las circunstancias, solo pudieron ver cómo en medio del caos las tropas de Mladić empezaban a separar a los hombres, y los adolescentes de sus familias, y los obligaban a subir a varios autobuses con el pretexto de interrogarlos acerca su presunta vinculación con grupos bosnios armados.
Desde allí, los autocares partieron hacia varios lugares controlados por la República Srpska –principalmente escuelas, almacenes o hangares–, aunque todos sus ocupantes se dirigían al mismo destino. A partir del 13 de julio comenzaron las ejecuciones sumarias de los detenidos. En total, 8.372 personas fueron asesinadas, y aún hoy hay 800 de ellas de las que no se han hallado restos o éstos no se han podido identificar.
Un intento de ocultar los crímenes de guerra
La limpieza étnica seguía un modus operandi establecido que se llevó a cabo hasta finales de julio. Primero, en su avance, los militares serbobosnios capturaron a civiles desplazados que caminaban entre pueblos y aldeas como Nezuk, la ribera del Jadar o Međezi. Muchos de ellos fueron ejecutados y enterrados in situ, como sucedió en el valle del Cerska o la presa de Petkovic. A otros los trasladaron a emplazamientos concretos para asesinarlos de manera masiva, como sucedió en la fábrica de zinc de Potočari, el almacén de Kravica, la granja de Branjevo o las escuelas de Orahovac y Pilica. Los que consiguieron escapar y huyeron corriendo a través del bosque hacia Tuzla fueron emboscados, ametrallados o atacados con fuego de mortero. Muy pocos lograron sobrevivir.
Las excavadoras hicieron el resto. Buscando eludir futuros cargos de crímenes de guerra, los hombres de Mladić abrieron decenas de fosas comunes para llenarlas de cuerpos. Algunos aún no habían muerto cuando los arrojaron a ellas y los rociaron con cal viva.
Días después regresaron a varias de esas fosas para volver a exhumar los cadáveres y diseminarlos por otras tumbas secundarias y terciarias, lo que complicó muchísimo los posteriores trabajos de identificación y agrupamiento de restos. Se llegaron a encontrar partes pertenecientes a una misma persona en fosas separadas por decenas de kilómetros.
‘Fracaso histórico’ de la comunidad internacional
En los tres años anteriores al genocidio de Srebrenica la guerra en Bosnia ya había dejado más de 100.000 muertos y en torno a dos millones de desplazados. Además, los episodios de limpieza étnica tampoco eran nada nuevo, ya que a lo largo del conflicto fue habitual que en el suroeste las fuerzas croatas asesinaran musulmanes del mismo modo que en el noreste lo hicieron los serbios. Sin embargo, la comunidad internacional estuvo inmersa en una profunda parálisis diplomática y estratégica que prolongó la guerra y no pudo anticiparse a masacres como la de Srebrenica.
En 1999 la propia ONU reconoció en un informe el “fracaso histórico” de la gestión militar y humanitaria en el enclave. En el texto, el organismo admite que el mando de los cascos azules desplegados en Potočari solicitó hasta cinco veces y sin éxito que la OTAN diese cobertura aérea ante el avance de Mladić. También reconoce que los soldados de la base no tenían armas suficientes para repeler a los serbobosnios y tampoco hicieron nada por evitar el inminente genocidio.
En cuanto a la Unión Europea, hubo que esperar hasta 2010 para que el Parlamento declarase el 11 julio como Día de Recuerdo del Genocidio de Srebrenica. Por su parte, la ONU ha tardado casi 30 años en honrar la memoria de las víctimas con un día de conmemoración. Fue en mayo de 2024 cuando su Asamblea General estableció el 11 de julio como el Día Internacional de Reflexión y Conmemoración del Genocidio de Srebrenica.
“Hemos ganado una batalla muy importante, la batalla por el reconocimiento internacional”, declaran desde el Centro Memorial. Sin embargo, critican la actitud de algunos sectores políticos y sociales serbios: “Estas personas no están participando en el mismo debate. Están manteniendo una conversación consigo mismos, y siguen anclados en 1995”.
El compromiso más serio de la comunidad internacional hacia lo ocurrido en las guerras de los Balcanes fue la creación del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY, el único de estas características desde Núremberg). Durante 24 años (desde 1993 y hasta 2017) la corte celebró más de un centenar de juicios e impuso unas 90 condenas. En el caso concreto de Bosnia y el genocidio en Srebrenica, las condenas más importantes fueron las del expresidente de la República Srpska, Radovan Karadžić y del líder del VRS, Ratko Mladić.
El primero fue condenado a 40 años de cárcel por el Tribunal Penal Internacional, pero su defensa recurrió la sentencia. En 2019 un tribunal de la ONU revisó el caso y lo condenó a cadena perpetua. Respecto a Mladić, desde el principio fue condenado a pasar el resto de su vida encarcelado. También recurrió la sentencia, aunque el mismo tribunal de la ONU la ratificó en 2021.
Además de los procesos internacionales, se han celebrado juicios en Bosnia y Herzegovina, Serbia y otros países europeos contra colaboradores de menor rango. Sin embargo, muchas de estas causas han estado politizadas o se han quedado estancadas, especialmente en Serbia, donde el reconocimiento del genocidio sigue siendo motivo de controversia política. Debido a estos obstáculos a la justicia transicional, la mayoría de las víctimas nunca ha visto a los responsables directos de la muerte de sus familiares sentarse en el banquillo de los acusados.
La negación aleja la reconciliación
“Es algo que no existe”; “un mito fabricado”; “una tragedia escenificada con la intención de demonizar a los serbios”. Son algunas afirmaciones sobre el genocidio de Srebrenica que a lo largo de los últimos años ha ido exhibiendo públicamente el actual preside de la República Srpska, Milorad Dodik. El líder serbobosnio también ha llegado a asegurar que muchas de las personas enterradas en fosas comunes murieron en combate, y que en el listado oficial de asesinados hay gente viva. Pero el negacionismo no solo se limita a declaraciones incendiarias, sino que se ha institucionalizado.
Después de que La Haya probara y sentenciara que en Srebrenica se había cometido un genocidio, el parlamento serbobosnio impulsó comisiones de investigación paralelas para reexaminar las cifras y reinterpretar los hechos, cuestionando el número y la identidad de las víctimas y esparciendo desinformación. En las calles de Banja Luka, la capital, también es habitual ver pintadas que glorifican a Mladić. Tanto allí, como en Belgrado y otras partes de Serbia, el criminal es considerado un héroe por una parte importante de la población. Esto responde a una estrategia de negación sistemática por parte de los líderes políticos nacionalistas.
Alejandro Esteso Pérez es politólogo experto en los Balcanes. Asegura que esta negación del genocidio con la que juegan los líderes serbobosnios “tiene dos vertientes que benefician a ese grupo étnico. En primer lugar, es una premisa que ayuda a resarcirse o eximirse de una responsabilidad grupal que los serbios no están dispuestos a asumir. La segunda vertiente versa sobre cómo se alimenta esta narrativa, que es clave en la construcción de marcos discursivos que persiguen un efecto determinado en la población y en los votantes”.
En muchos municipios bosnios de población mixta, las escuelas están segregadas por etnia, así que los planes de estudio y lo que se estudia en asignaturas como Historia difiere dependiendo de la zona. En la República Srpska, muchas generaciones de estudiantes serbios han pasado por el colegio y el instituto sin un solo profesor o libro de texto que les hable sobre las ejecuciones de personas que tuvieron lugar en el patio de su misma escuela o en los bosques que rodean su ciudad natal. La negación se ha convertido en la ley natural de la coexistencia, y los jóvenes de toda Bosnia crecen sin una memoria compartida.
Sin ir más lejos, el alcalde de Srebrenica es un nacionalista y negacionista serbio. Ostenta el cargo desde 2016, y en la campaña electoral llegó a afirmar que el genocidio perpetrado en la ciudad que gobierna “es una historia impuesta y acabará por derrumbarse. Ningún serbio y la mayoría de los bosnios [musulmanes] que viven aquí creen en la farsa de La Haya”. Al igual que Dodik, también asegura que los civiles asesinados en Srebrenica murieron en combate.
Esteso Pérez destaca que “los serbios de Bosnia viven en un contexto político en el que no se da espacio a la reflexión acerca de si se cometió o no genocidio, porque directamente se tilda de traidor a quien desafía esa narrativa oficial”. Además, el politólogo incide en que estas narrativas son muy fácilmente manipulables. La opinión pública es maleable y puede cambiar de parecer en función de lo que vayan apuntando sus élites políticas, ya que al final son ellos los que moldean el discurso en función de lo que les conviene”.
La negación, por tanto, es una postura totalmente refrendada por las instituciones y los representantes políticos serbobosnios. Al final, explica Esteso Pérez, “se trata de perpetuar un paradigma que legitima una política extractivista y clientelista que se viene practicando durante un montón de años. Un sistema donde la filiación nacional y étnica es el eje y medida de todo. No hay espacio para la transversalidad, ni para la confrontación de ideas de corte cívico con las de tipo nacionalista”.
Para tratar de combatir la negación del genocidio y la glorificación de criminales de guerra, en 2021 el Alto Representante para Bosnia y Herzegovina impuso por decreto una ley que los criminaliza. La reacción de los líderes serbobosnios fue inmediata: boicotearon las instituciones estatales, manifestaron su intención de no cumplir la nueva ley y redoblaron sus discursos nacionalistas.
El pasado mes de abril, el Centro Memorial de Srebrenica presentó un análisis jurídico en Sarajevo para abordar los desafíos en el procesamiento judicial de la negación del genocidio. “Abogamos por un sistema que permita presentar una denuncia penal por negación del genocidio, con la expectativa de que esta tenga la mayor probabilidad de ser aceptada. Es inaceptable que desconozcamos qué leyes nos aplican”.
Desde la institución critican que, pese a la reforma penal de 2021 que criminalizaba la negación, hasta ahora no se había abierto ningún procedimiento legal contra ningún negacionista de la limpieza étnica de bosnios musulmanes en Srebrenica. En el Centro señalan lo que tildan de “inacción judicial” por parte de las instituciones bosnias contra la negación generalizada en la esfera política serbobosnia: “El proyecto genocida no se ha detenido. Lo que ocurrió en 1995 fue orquestado al más alto nivel político y sigue en marcha. Es inaceptable que no sepamos qué leyes nos protegen o que se nos acuse de enterrar huesos de animales en el memorial”.
No obstante, y según el último informe sobre la negación del genocidio en Srebrenica, en los últimos años Bosnia y Herzegovina ha presenciado un aumento en los incidentes de negación del genocidio. Y una de las razones, afirman en el Centro Memorial, es que la negación no se castigó penalmente desde el principio, y durante décadas negar la limpieza étnica y las ejecuciones sumarias y masivas en Srebrenica no ha tenido ninguna consecuencia judicial.
El negacionismo se ha consolidado como uno de los principales obstáculos para la reconciliación. La memoria colectiva en el país está profundamente fragmentada. Los tres principales grupos étnicos –bosnios musulmanes, serbios (cristianos ortodoxos) y croatas (católicos)– conmemoran la guerra y lloran a sus víctimas de manera separada, erigiendo monumentos y organizando ceremonias que refuerzan narrativas exclusivas. Así, los monumentos y homenajes se han transformado en extensiones simbólicas del campo de batalla, donde la lucha por el relato histórico impide que se construya una memoria compartida por todos los bosnios.
Las mujeres de Srebrenica
El 11 de julio es la fecha más señalada en el calendario de conmemoración del genocidio, pero los actos de homenaje empiezan dos días antes. El 9 de julio, un convoy con los restos de las últimas víctimas identificadas recorre las avenidas Mariscal Tito y Mula Mustafe Bašeskije, en el centro de Sarajevo, hasta detenerse delante del edificio de la Presidencia de Bosnia y Herzegovina. Allí, cientos de personas esperan emocionadas. Unos lanzan flores y otros rezan. Dos de los tres presidentes del país (el bosnio y el croata) asisten al acto formando parte del cortejo. El tercero, el serbio, siempre ha estado ausente.
Entre la multitud hay, sobre todo, mujeres. Ellas son las que se quedaron viudas y huérfanas, a las que les quitaron a sus hijos y a sus hermanos. Ellas son quienes perdieron a sus seres queridos y las que llevan consigo el dolor desde entonces. Además, y aunque la masacre tenía como objetivo el exterminio de los musulmanes –por eso el grueso de las víctimas son hombres, niños y adolescentes–, en Srebrenica también hubo mujeres asesinadas. Hasta ahora se han identificado más de 50. De hecho, la víctima más joven y la más mayor del genocidio son mujeres. Una es Fatima Muhić, que nació unos días antes de la toma de Srebrenica por el ejército serbobosnio. La otra es Šaha Izmirlić, una mujer de 94 años.
No obstante, aquí las mujeres no son solo víctimas, también han tomado parte activa en la búsqueda de justicia y la depuración de responsabilidades. La organización Madres de Srebrenica nació en 2002 con este propósito. Con más de 6.000 integrantes, a lo largo de estas tres décadas han presentado demandas ante tribunales internacionales, logrando, entre otras cosas, que la justicia neerlandesa reconociera la responsabilidad parcial de los Países Bajos en la masacre.
Los políticos se van, la multitud se dispersa y el convoy echa a andar de nuevo, alejándose despacio rumbo al cementerio de Potočari. Allí esperan, por fin, la dignidad y el descanso.
*Alberto Mesas, periodista por la Universidad Complutense de Madrid especializado en temas sobre migraciones, derechos humanos y Balcanes occidentales.
