Timothy Garton Ash*
Emmanuel Macron se enfrentará a fuertes resistencias y a la ira acumulada contra Europa
Si no logra imponer reformas, es posible que tengamos a Le Pen de presidenta en 2022
Igual que alguien que acaba de superar por los pelos un infarto, Europa puede brindar con champán y dar gracias por la victoria de Emmanuel Macron. Pero la copa no está ni siquiera medio llena y, si Europa no cambia su forma de actuar, lo único que se habrá conseguido es aplazar el fatídico momento.
El próximo presidente de Francia es un brillante producto de la élite nacional, un hombre que comprende los profundos problemas estructurales del país y tiene buenas ideas sobre cómo abordarlos, un sólido equipo político y un compromiso real con la Unión Europea. Cuando, después de las elecciones del próximo otoño en Alemania, se forme un Gobierno centrista y europeísta en Berlín, Alemania y Francia tendrán la oportunidad de encabezar una reforma que fortalezca la UE.
Ahora bien, saboreen el champán mientras puedan, porque la copa ya está vacía. Pasemos a las tres tazas de café de una realidad más preocupante.
La primera taza: más de un tercio de los que han votado en la segunda vuelta lo han hecho por Marine Le Pen. ¿En qué época vivimos que tenemos que celebrar ese resultado? Gracias al magnífico sistema electoral francés y a su fuerte tradición republicana, el resultado ha sido mejor que las victorias de Trump y el Brexit, pero, en cierto sentido, la realidad de fondo es peor. Trump procedía del mundo del capitalismo pirata, no de un partido establecido de extrema derecha, y, en el caso de Reino Unido, la mayor parte del 52% que votó por el Brexit no lo hizo por Nigel Farage. En cambio, después de la repugnante, mentirosa e insultante actuación de Le Pen en el debate televisivo del miércoles pasado, nadie podía tener ninguna duda de a quién estaría votando. A su lado, Farage parece casi razonable.
El país que nos dio en 1789 el gran ejemplo de revolución violenta nos ha mostrado ahora la personificación de la contrarrevolución antiliberal que se extiende hoy por el mundo. Le Pen es la quintaesencia del populismo nacionalista moderno. Ella misma presumió en el debate de que era la mejor situada para lidiar con este mundo nuevo, “para hablar de Rusia con Putin, para hablar de EE UU con Trump, para hablar de Reino Unido con Theresa May” (resulta nauseabundo ver a una primera ministra británica con semejantes compañías). Todo hace pensar que, detrás de esta ola de reacción populista contra la globalización, la liberalización y la europeización, existe todavía mucha ira acumulada.
Segunda taza: Macron sabe lo que hay que hacer en Francia, pero tiene pocas probabilidades de poder hacerlo. A los que votaron por Le Pen hay que sumar los numerosos ciudadanos que se abstuvieron, incluidos los votantes de izquierdas que dijeron que esta segunda vuelta era una elección entre dos males. El presidente electo no cuenta con un partido establecido, por lo que no está nada claro qué mayoría surgirá de las elecciones legislativas del próximo mes. Muchos le llaman “Renzi 2.0”, en referencia al antiguo primer ministro italiano, que aspiraba a hacer tantas reformas. Su objetivo es reducir el gasto público, del 55% del PIB a nada menos que el 52%. En Francia, los obstáculos al cambio son inmensos, desde unos sindicatos muy poderosos y un sector público inflado hasta unos agricultores que acostumbran a obstruir las carreteras con sus tractores. Si no logra imponer reformas en Francia, es posible que tengamos a Le Pen de presidenta en 2022.
Tercera taza: está muy bien que Macron también quiera reformar la UE, pero eso no entra dentro de sus competencias. Con el desagradable giro que han adoptado ya las negociaciones del Brexit, Reino Unido ha pasado de ser un gran aliado para la reforma de Europa a ser una tremenda distracción. Italia, con una deuda pública superior a la de Francia, un sector bancario frágil y una política fracturada, puede proporcionar la siguiente crisis de la eurozona. Las causas fundamentales de la crisis de los refugiados no se han resuelto. En Hungría y Polonia gobiernan populistas antiliberales. Las propuestas de Macron para la reforma de la eurozona —una política fiscal común, un ministro de finanzas conjunto, que se comparta parte de la deuda y la culminación de la unión bancaria— no sentarán bien entre los votantes alemanes. Su promesa más importante ha sido “una Europa que proteja”. Muy bien, pero ¿cómo?
En definitiva, este no es más que un valioso respiro. Aún está todo por hacer, y Europa está ante su última oportunidad.
Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, donde dirige el proyecto freespeechdebate.com, e investigador titular en la Hoover Institution, Universidad de Stanford. Su último libro es Libertad de palabra: Diez principios para un mundo conectado. Este mes recibirá el Premio Internacional Carlomagno. @fromTGA. Artículo en Tribuna de El País, 9.5.176. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
ANEXO:
Seis pilares para una nueva UE: la izquierda pide construir una Europa más social
Beatriz Ríos – Público.es
Un grupo de eurodiputados de izquierdas presenta coincidiendo con el Día de Europa, un manifiesto en el que piden la construcción de una Europa más democrática, más justa y más social.
El pasado mes de marzo, con motivo del 60 aniversario de la fundación de la Unión Europea y la vista puesta en el futuro de la institución, la Comisión Europea publicó su Libro Blanco. Un documento con la firma de la Comisión Juncker que proponía cinco escenarios posibles para la UE: la Europa a varias velocidades, más integración, menos integración pero mejor gestionada, seguir como hasta ahora o limitar la Unión al mercado único.
Para la izquierda, ninguno de estos escenarios aborda el mayor problema de la Unión, la falta de una verdadera dimensión social. El Caucus Progresista, una organización que reúne a eurodiputados de los grupos socialdemócrata, verdes y la izquierda unitaria europea, presenta en el Día de Europa, un manifiesto en el que defiende que existe una alternativa, una Europa más justa, más democrática, más social.
El Caucus Progresista considera el Libro Blanco de Juncker “una propuesta decepcionante” que no concuerda con los grandes desafíos Europa. Entienden además “que el modelo de austeridad, las llamadas reformas estructurales y la pérdida masiva de derechos y de esperanza para los europeos deben ser superados inmediatamente” y que el documento de la Comisión no aborda este problema. Por eso el documento urge a las instituciones a recuperar los principios de solidaridad social, democracia e igualdad ante lo que considera, con el ‘Brexit’ en el horizonte, un proceso de desintegración en marcha.
La izquierda reclama “una Europa social capaz de recuperar los bienes comunes y ofrecer beneficios que tengan en cuenta las necesidades de las personas y no los intereses económicos y privados”. Esa Europa más justa y social que reclaman desde este colectivo cuenta con seis pilares. El primero, justicia y solidaridad, exige que los derechos sociales o la educación estén por encima de la libertad de capitales; pide una regulación común del trabajo que asegure los mismos sueldos, los mismos subsidios y los mismos derechos para todos los europeos; una política real y compartida, humana y solidaria, para la migración y el asilo; el establecimiento de una renta mínima garantizada o la promoción de la igualdad de género en todas la políticas de la UE.
El segundo, aborda la necesidad de una democratización de la Unión. En este sentido, el manifiesto aboga por la creación de instituciones democráticas que regulen la política económica y monetaria y que éstas rindan cuentas de sus decisiones. Pide la izquierda la protección de los informadores y el control de las actividades de los lobbies. Además, considera necesario renovar el compromiso con la ciudadanía y lanzar un proceso constituyente que asegure la participación de los europeos en el desarrollo de las instituciones.
El tercer pilar del manifiesto por una nueva UE hace referencia a la “economía de la recuperación y la solidaridad”. En este sentido, el manifiesto pide la reforma de la previsión semestral de crecimiento de la Comisión Europea para que incluya parámetros sociales. Una medida que la Comisión ha incluido en su pilar social, presentado hace unas semanas. El Caucus Progresista reclama más medidas en materia de vivienda, consumo y lucha contra la pobreza y considera necesaria una mayor regulación del mercado financiero para evitar futuras crisis. Además, insiste en la necesidad de crear un marco europeo de lucha contra le evasión fiscal y el lavado de dinero.
La izquierda dedica el cuarto punto de su manifiesto a trabajar por una sociedad más sostenible, a través de la promoción de la transición energética; la reforma de la política agraria para una drástica reducción de la utilización de productos químicos o la defensa de la aplicación del principio de precaución en la regulación de la actividad comercial, para asegurar la protección de la salud y los ecosistemas. En su quinto pilar, el manifiesto aborda uno de los temas más controvertidos de la política europea en los últimos años: la regulación de la globalización.
Considera el Caucus Progresista que la globalización está creando más perdedores que ganadores y que sus supuestos beneficios no son compartidos de manera igualitaria. Por eso, defiende este grupo de eurodiputados, es necesario adoptar medidas “ambiciosas y protectoras” en los futuros acuerdos de libre comercio de la UE. Unas medidas que deben asegurar que estos tratados sean respetuosos con “la democracia, los derechos humanos y sociales, la justicia fiscal y protección del medio ambiente”.
El sexto y último punto es un alegato pacifista. El Caucus Progresista critica las intervenciones en Afganistán, Siria, Libia e Iraq que, consideran, no han hecho más que desestabilizar estos estados. En su rol como actor humanitario, incide el manifiesto, la Unión no puede condicionar su ayuda al desarrollo al establecimiento de políticas migratorias restrictivas en los países beneficiarios, tal y como se prevé en acuerdos con terceros países. La izquierda europea defiende que la Unión “debe trabajar por la paz y un mundo sostenible” y no en el rearme de sus fronteras y debe promover además “unas relaciones internacionales más equilibradas y un mejor reparto de la riqueza entre el Norte y el Sur”.
En pleno año electoral para no pocos Estados miembros, el Caucus Progresista presenta este manifiesto con el objetivo de abrir el debate sobre el futuro de la UE con otras fuerzas políticas y sociales. Desde este grupo insisten en que no se trata de elegir entre el actual sistema y el nacionalismo, “hay alternativas para los europeos”.
