Editorial / Análisis – Diario Red
Apuntes urgentes sobre la visita de Xi a Trump.
Es, sin ápice alguno de duda, la noticia de la semana en clave internacional: “Trump recibe a Xi en una bienvenida que no se veía hacía décadas en Estados Unidos”. Así tituló la británica BBC, que con buen criterio reconoció la cumbre sino-estadounidense como una “visita histórica”. Con más prosa tituló El País: “Alfombra roja, flores y Trump: así ha sido la llegada de Xi Jinping a Washington”. También Telecinco: “De la tensión de Trump a la relajación de Xi Jinping: así ha sido el inusual quinto encuentro entre los magnates”.
Pero, más allá de una curiosidad meramente estética, poco importan a estas alturas los formalismos de la diplomacia trumpista. Trump, como era de esperar, ha sido escasamente respetuoso con el ritmo de las negociaciones y los acuerdos y ha posteado en sus redes sociales detalles de la conversación con Xi Jinping. La parte china, evidentemente, brindará las claves en sus canales oficiales.
Lo que sí tiene una relevancia considerable es el cuándo de la reunión. Ninguno de los dos obvia que Trump enfrenta en poco más de un mes unas elecciones legislativas que, a todas luces, perderá. Tampoco ignoran la frágil posición política en la que se encuentra Trump, asfixiado por los desatinos de sus múltiples campañas de aventurismo imperial. Tampoco pueden obviar los éxitos imperiales del trumpismo 2.0. Gracias al injerencismo del presidente y a una insistente, ilegal y agresiva campaña por parte de Marco Rubio, Estados Unidos domina hoy, a través de sus representantes locales, casi toda América Latina.
El cipayismo con el que es recibido el Gobierno estadounidense en Lima, Quito, Buenos Aires o Bogotá, contrasta con el vis-a-vis soberano que Xi Jinping le ofrece cada vez que se encuentra con Trump. Una altura de miras que poco tiene que ver con los gestos, los trajes o la cantidad de newtons de fuerza aplicados en el apretón de manos, y que sin embargo tiene bastante que ver con el juego diplomático de la negociación entre iguales.
Por lo pronto, conviene apuntar que la visita de Xi a Trump no es en sí misma una sorpresa. Tras el viaje de Donald Trump a Pekín hace unos meses, el Gobierno chino y la Administración trumpista avanzaron algunas ideas de cara a una eventual visita inversa. Y tuvo que ver necesariamente con el Acuerdos de Busan, cerrado entre ambos países en octubre de 2025 y que pausaba la guerra comercial entre ambos que había desatado el magnate republicano.
Facilitada por la mediación de He Lifeng, viceprimer ministro chino y jefe de las negociaciones económicas y comerciales con Estados Unidos, esta tregua se extenderá de momento hasta enero de 2027, una insidiosa necesidad para Trump antes de las mid-term. Ciertamente, la reanudación de la batalla arancelaria con China es lo último que necesitan las torpes cabezas pensantes que diseñan la política trumpista hacia Pekín y Asia. Y, evidentemente, es lo último que quieren ver quienes están trabajando para evitar la debacle electoral republicana en noviembre.
Lejos está todavía Estados Unidos de lograr la no-dependencia de China. Muy al contrario, las importaciones estadounidense desde el gigante asiático han crecido un 33%, especialmente en el sector de los productos tecnológicos de alto valor agregado. Bienes intermedios y tierras raras son dos ámbitos en los que la economía norteamericana, especialmente sus grandes empresas tecnológicas, necesitan a China.
La IA estadounidense, en cuyo cesto ha puesto el trumpismo una cantidad casi temeraria de huevos, depende de los suministros chinos, y esos mismos suministros dependen de que la guerra comercial, que el propio Trump había lanzado de forma absolutamente contraintiutiva, siga en stand by. No por casualidad, Trump se apresuró en celebrar como un éxito la extensión de aquellos Acuerdos de Busán… Que fueron necesarios precisamente por la guerra comercial que él desató.
Ni Taiwán, ni las tierras raras, ni Oriente Medio, ni la inteligencia artificial, ni el cambio climático, ni las armas nucleares ni ningún otro asunto de controversia, fruto del ascenso chino irremediablemente contradictorio con la declinante hegemonía imperial estadounidense, han sido resueltos. Ni lo serán próximamente. Se trata de movimientos tectónicos en el orden internacional que se resolverán por métodos lejanos a las cumbres bilaterales –aunque no necesariamente bélicos–. Entre tanto, reuniones como la actual ilustran dos formas de transitar el terremoto: la china, paciente y estratégica; la estadounidense, atropellada, torpe e inestable.
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