Por Pablo del Amo* – Descifrando la Guerra
Donald Trump aspira a controlar Groenlandia como parte de su estrategia hemisférica, mientras la Unión Europea no sabe cómo reaccionar ante Estados Unidos.
La fractura interna de la Unión Europea en torno a cómo responder a Estados Unidos resulta, si cabe, más reveladora que la propia presión externa. Por un lado, buena parte de las élites europeas parecen decididas a no incomodar a Donald Trump, evitando cualquier posicionamiento que pueda interpretarse como confrontacional.
Por otro, crece el malestar frente a esta actitud de deferencia, cada vez más percibida como una forma de vasallaje político. Este rechazo atraviesa el eje izquierda- derecha y se extiende más allá de los círculos institucionales, alcanzando a una parte creciente de la opinión pública.
En el núcleo de este malestar se encuentra una contradicción estructural. La Unión Europea aspira a presentarse como defensora del derecho internacional, de la soberanía y de un orden basado en normas, pero aplica estos principios de forma selectiva y profundamente inconsistente.
La indignación a la carta y los dobles estándares minan su credibilidad. Cuando determinadas violaciones de la soberanía se condenan con firmeza mientras otras se ignoran o se justifican, Europa debilita sus propios argumentos y erosiona la limitada autoridad moral que aún pretende reivindicar en la escena internacional.
Esta incoherencia resulta especialmente dañina para el caso de Ucrania, donde ha buscado aislar diplomáticamente a Rusia. Al negarse a plantar cara a Estados Unidos en otros escenarios y alinearse con Washington en conflictos como Gaza o Venezuela, Bruselas se priva de simpatías internacionales y debilita su posición al presentarse como un actor guiado más por la conveniencia que por principios.
El problema se agrava con la nueva estrategia de seguridad nacional estadounidense, que deja de tratar a Europa como un socio entre iguales. Las fuerzas liberales y centristas del continente aparecen cada vez más como un obstáculo, mientras que los actores nacionalistas reciben un respaldo implícito o explícito. En este contexto, los intentos europeos de acomodación no solo resultan ineficaces, sino contraproducentes.
Groenlandia y la importancia del Ártico
Las amenazas estadounidenses respecto a Groenlandia deberían tomarse muy en serio. No son una mera hipérbole retórica. Groenlandia ocupa una posición central en el cálculo estratégico de Washington, vinculada al control del Ártico y del Atlántico Norte, con implicaciones militares, económicas y geopolíticas de primer orden.
El Ártico es clave por tres razones principales. En primer lugar, por su valor militar. La región acorta las distancias estratégicas entre Estados Unidos y Rusia, alberga infraestructuras críticas como la base de Thule en Groenlandia y se ha convertido en un espacio de creciente militarización, especialmente por parte de Moscú.
En segundo lugar, por su dimensión económica y comercial. El deshielo progresivo está abriendo nuevas rutas marítimas que podrían reducir de forma sustancial las distancias entre Asia, Europa y América del Norte, alterando las principales cadenas logísticas globales. Este factor explica también el interés creciente de actores no árticos como China, que percibe estas rutas como una oportunidad estratégica a largo plazo.
En tercer lugar, el Ártico es relevante por sus recursos naturales. Hidrocarburos, tierras raras y minerales críticos se concentran en la región, con Groenlandia como uno de los territorios más prometedores. A ello se suma su papel en las comunicaciones civiles y militares, con cables submarinos esenciales para la conectividad global.
El mensaje de Washington es inequívoco. En un entorno internacional cada vez más competitivo, Estados Unidos prioriza el control de espacios estratégicos antes de que lo hagan otros actores. Para Europa, y en particular para Dinamarca, el caso de Groenlandia plantea preguntas incómodas sobre la soberanía, la autonomía estratégica y el verdadero alcance de la alianza transatlántica en un mundo crecientemente dominado por la lógica del poder.
Resulta difícil imaginar a Europa enfrentándose de manera directa a Estados Unidos, y tampoco está en condiciones de abandonar la OTAN. La dependencia europea es profunda y creciente.
No se trata únicamente de un déficit de capacidades militares, sino de una carencia más profunda de voluntad política y ambición estratégica por parte de los Estados miembros. La crisis de Groenlandia expone así una realidad más amplia, que Europa carece tanto de los instrumentos como de la determinación necesarios para defender sus propios intereses cuando estos entran en colisión con los de su principal aliado.
Cómo podría Trump controlar Groenlandia
Resulta poco probable que Washington opte por una vía militar directa para hacerse con Groenlandia. No solo sería innecesaria desde el punto de vista operativo, sino también extremadamente costosa en términos políticos y estratégicos. El escenario más plausible es una estrategia de presión sostenida y negociación política, orientada a modificar el estatus de la isla sin recurrir al uso abierto de la fuerza.
Dentro de esta lógica, la compra directa del territorio sigue siendo una opción sobre la mesa. No sería un precedente inédito en la historia estadounidense, ni una anomalía desde el punto de vista de la cultura estratégica de Washington.
Más bien encajaría en una concepción patrimonial del territorio, tratada como un activo estratégico susceptible de ser adquirido mediante compensaciones económicas, garantías de seguridad y acuerdos políticos. La reiteración pública de esta posibilidad cumple, además, una función clara de normalizar la idea de que Groenlandia es negociable.
Junto a esta vía, otra opción plausible sería impulsar un proceso político interno en Groenlandia, incluida la celebración de un referéndum de independencia, seguido de negociaciones directas con Copenhague.
En este escenario, Estados Unidos no permanecería al margen, ya que podría optar por movilizar e impulsar el movimiento independentista groenlandés; de hecho, Reuters informa de que podría ofrecer hasta 100.000 dólares por persona para persuadir a la población.
Este tipo de secuencia permitiría a Estados Unidos presentarse formalmente como un actor respetuoso con el derecho de autodeterminación, al tiempo que condiciona de forma decisiva el resultado mediante incentivos económicos, compromisos de inversión y garantías de seguridad.
Las señales procedentes de Washington apuntan precisamente a una combinación de estas estrategias. Las amenazas públicas no buscan anunciar una invasión inminente, sino elevar el coste político para Dinamarca de mantener el statu quo y forzar un escenario de negociación. En este contexto, se ha debatido también la posibilidad de ofrecer a Groenlandia algún tipo de acuerdo de libre asociación, similar a los existentes con pequeños Estados del Pacífico.
Este tipo de pactos permitiría a Estados Unidos operar militarmente en el territorio, influir de manera decisiva en su política exterior y garantizar un acceso privilegiado a recursos estratégicos, sin necesidad de una anexión formal.
En este sentido, la opción militar, además de innecesaria, sería altamente peligrosa. Enviaría una señal muy negativa a otras potencias, normalizando el uso de la fuerza para la adquisición territorial incluso entre aliados formales, y abriría una crisis profunda en el seno de la relación transatlántica.
Estados Unidos no tiene interés en provocar una ruptura abierta con Europa ni en debilitar de forma irreversible la OTAN. Su objetivo no es la ruptura, sino la subordinación. La lógica es imponer condiciones y crear hechos consumados, no destruir un marco institucional que sigue siendo funcional a sus intereses.
Uno de los principales beneficios que Estados Unidos obtiene de su relación con Europa es precisamente su presencia militar en el continente. Las bases estadounidenses en Europa funcionan como nodos avanzados de proyección de poder, facilitando operaciones en Oriente Medio, el Mediterráneo, el norte de África o el Sahel. Son plataformas logísticas, de mantenimiento, de apoyo a operaciones especiales y de respuesta rápida.
Europa ofrece algo que ningún otro espacio geopolítico puede igualar. Estabilidad política, marcos legales previsibles, infraestructuras civiles y militares avanzadas y una población mayoritariamente favorable a la presencia estadounidense. Esta combinación convierte al continente europeo en una plataforma estratégica insustituible para Washington.
Precisamente por ello, Estados Unidos puede permitirse ejercer una presión intensa sobre sus aliados sin temor a una ruptura real. Groenlandia no responde a una lógica de conquista clásica, sino a una estrategia de control incremental de espacios clave, apoyada en la asimetría de poder y en la dependencia estructural europea.
Estados Unidos como superpotencia imperial
El caso de Groenlandia no es un exabrupto ni una anomalía retórica atribuible al estilo personal de Donald Trump. Es la expresión coherente de una concepción del poder profundamente arraigada en la actual administración. Una visión en la que la soberanía, el derecho internacional o incluso las alianzas formales quedan subordinadas a una lógica cruda de interés nacional, jerarquía y control estratégico del espacio.
Desde esta perspectiva, Groenlandia aparece reducida a una ecuación demográfica y geopolítica elemental. Una población pequeña, un territorio inmenso y un valor estratégico significativo. La pregunta que subyace no es jurídica ni histórica, sino instrumental: quién está en condiciones de controlar eficazmente el territorio y garantizar que no caiga en manos de adversarios estratégicos.
En ese razonamiento, Dinamarca carece de legitimidad práctica para ejercer soberanía, mientras que Estados Unidos se atribuye el derecho implícito de intervenir por su condición de pilar militar de la OTAN. Las declaraciones de Trump encapsulan esta lógica. Groenlandia se presenta como una necesidad de seguridad nacional, un espacio estratégico supuestamente mal gestionado por Dinamarca y vulnerable a la presencia rusa y china.
El tono burlón con el que se desacreditan los esfuerzos daneses de seguridad no es anecdótico. Refleja una visión jerárquica de las relaciones internacionales en la que los aliados menores son tratados como actores incapaces, cuya soberanía es contingente y revisable.
Esta concepción se refuerza desde el entorno de seguridad nacional estadounidense. Estados Unidos se define abiertamente como una superpotencia que debe comportarse como tal, sin complejos ni disculpas.
La Doctrina Monroe, reinterpretada y actualizada bajo la Doctrina Trump, no busca preservar un orden compartido, sino garantizar que los espacios estratégicos y los recursos relevantes no beneficien a adversarios, sino exclusivamente a Estados Unidos.
La idea de construir democracias o sostener instituciones multilaterales queda relegada. Lo que prima es la imposición directa del interés nacional mediante el poder militar, económico y coercitivo.
Europa, desorientada en un orden más hostil
Frente a esta lógica, las declaraciones de la primera ministra danesa introducen un contraste revelador. Dinamarca apela al derecho, a la pertenencia a la OTAN, a los acuerdos de defensa existentes y a las inversiones realizadas en la seguridad del Ártico.
En términos formales, el argumento es sólido. Groenlandia no está en venta, forma parte del Reino de Dinamarca y ya ofrece a Estados Unidos un acceso amplio y privilegiado. Sin embargo, esta respuesta pone de manifiesto precisamente el problema europeo. Apela a normas y marcos que Washington ya no considera vinculantes cuando entran en conflicto con sus intereses estratégicos.
La solidaridad retórica expresada por varios Estados europeos refuerza esta impresión. El respaldo político a Dinamarca ha sido claro, pero limitado al plano declarativo. No ha ido acompañado de medidas disuasorias creíbles ni de una estrategia común que eleve el coste real de la presión estadounidense. De nuevo, Europa reacciona, pero no actúa.
La segunda Administración Trump está redefiniendo la relación transatlántica de forma más profunda de lo que muchos anticipaban. No se trata únicamente de un estilo más brusco o transaccional, sino de un cambio estructural en la manera en que Washington concibe a sus aliados.
La presión sobre el gasto en defensa, el enfoque instrumental hacia la OTAN y el cuestionamiento de la Unión Europea como actor político responden a una misma lógica: Estados Unidos reduce compromisos, prioriza beneficios inmediatos y exige subordinación estratégica.
El episodio de Groenlandia es especialmente revelador porque afecta directamente a un aliado de la OTAN. Muestra hasta qué punto la soberanía y las normas compartidas pasan a un segundo plano cuando entran en juego intereses geoestratégicos clave como el control del Ártico.
Para Europa, esto genera una situación profundamente incómoda. La dependencia de Estados Unidos sigue siendo elevada, pero el comportamiento de Washington erosiona la previsibilidad y la confianza que han sostenido la relación transatlántica durante décadas.
Más allá de Groenlandia, la actitud de la administración Trump obliga a una reflexión más profunda sobre el orden internacional que Europa dice defender. El llamado orden basado en reglas se ha convertido en un artefacto normativo vacío.
Funciona de forma asimétrica, constriñendo a los Estados pequeños y medianos mucho más de lo que obliga a las grandes potencias. Mientras no exista una autoridad global capaz de hacerlo cumplir, el derecho internacional depende, en última instancia, de la voluntad de los actores dominantes, que lo aplican selectivamente cuando sirve a sus intereses.
Estados Unidos fue durante décadas el garante material de ese orden mediante su poder militar y económico. Sin Washington dispuesto a desempeñar ese papel, dicho orden ha perdido su razón de ser. Europa no puede pretender ocupar ese vacío sin capacidades ni voluntad política.
Persistir en una defensa retórica de un mundo que ya no existe, además, se ve agravado por los claros dobles estándares europeos en casos como Gaza o Venezuela, que erosionan aún más su credibilidad internacional.
La cuestión de Groenlandia simboliza, así, un dilema más amplio. Europa debe decidir si sigue aferrada a una narrativa normativa desconectada de la realidad del poder o si avanza hacia una maduración geopolítica realista. Sin una lectura honesta del nuevo entorno internacional y sin asumir los costes de una mayor autonomía, el continente seguirá atrapado entre la dependencia estratégica y la irrelevancia política.
*Pablo Del Amo, graduado en Historia y Máster de Cooperación internacional por la Universidad complutense de Madrid.
