Por Juan Antonio Sanz* – Público.es
La incertidumbre de Netanyahu para formar gobierno deja en el aire la reanudación de la guerra contra Irán, que depende ahora de los comicios de Estados Unidos del próximo 3 de noviembre.
Aunque aún no está claro quién gobernará en Israel en los próximos cuatro años, sea Benjamín Netanyahu quien renueve su poder como primer ministro o sea el general Gadi Eisenkot quien lo suceda, lo único que parece cierto es que Israel no cambiará apenas su política exterior basada en el hegemonismo en Oriente Medio y la hoja de ruta belicista que tiene a los territorios palestinos, el Líbano e Irán como obligados objetivos. Ante unas elecciones marcadas por la situación interna israelí, tanto el ultraderechista Netanyahu como su contrincante de centroderecha Eisenkot apostaron por la manu militari contra sus enemigos declarados, sea en Gaza o en Irán, y esta posición también podría determinar quién tendrá el poder en Israel.
De momento, la reanudación de las hostilidades contra Teherán queda en compás de espera, con todas las miradas ahora en Estados Unidos, el otro artífice de esa conflagración. El país norteamericano celebra elecciones parciales para renovar el Congreso el próximo 3 de noviembre y su presidente, Donald Trump, ya anunció que esperaría a los resultados de esos comicios de medio término, que no parecen muy propicios para los republicanos, para decidir si se reanuda a gran escala la guerra de Irán, actualmente en un frágil impasse.
Con cerca del 90% de los votos escrutados, los comicios israelíes de este martes los ganó el Likud, el partido de Netanyahu, al frente de su coalición de extrema derecha que conseguiría unos 53 escaños. La alianza opositora que encabeza el ex jefe del Estado Mayor israelí, Gadi Eisenkot, líder de la formación Yashar y algo más moderado que el carnicero de Gaza, aparece pisándole los talones con 48 diputados a la espera del recuento total de votos. En estos momentos, ninguno de los dos bloques alcanza los 61 escaños que supone la mayoría absoluta de los 120 asientos de los que dispone la Knéset, la Cámara legislativa israelí.
Los árabes, clave
Y con una paradoja en ciernes: puede que sean árabes del mismo origen palestino de quienes, por órdenes de Netanyahu, están siendo masacrados en Gaza y Cisjordania, pero con pasaporte israelí y participantes en los comicios celebrados este martes, quienes decidan cuál va a ser el Gobierno que lidere Israel. Los partidos árabes han conseguido en torno a 19 escaños en estas elecciones que han tenido una altísima participación, especialmente por parte de la población palestina ciudadana del Estado judío.
Puesto que ni el «bloque del cambio» de Eisenkot ni tampoco los partidos coaligados en torno a Netanyahu han conseguido ese mínimo de 61 escaños, la importancia del apoyo árabe es clave, a pesar del rechazo que casi todos los partidos, incluidos los opositores, han reiterado una y otra vez su oposición a pactar con los palestino-israelíes.
Ahora es de esperar que le harán menos ascos a un eventual acuerdo, por lo menos por parte de ese «bloque del cambio» que, con excepción de la izquierda israelí, tiene los mismos prejuicios hacia los palestinos, aunque sean sus conciudadanos. Ninguno de esas formaciones, menos aún la del líder opositor Eisenkot ha denunciado el genocidio desatado por Netanyahu sobre Gaza ni ha cuestionado los 74.000 palestinos asesinados en la Franja en el curso de la operación lanzada allí por el Ejército judío, como tampoco se opone abiertamente a la ocupación y colonización ilegal del otro territorio palestino, Cisjordania.
Solo Yair Golán, líder del partido de izquierda Los Demócratas, ha defendido desde un principio la importancia de llegar un acuerdo con los diputados de origen árabe. «No debemos seguir aceptando la división racista que hace Netanyahu entre votos judíos y votos árabes», indicó Golán en las últimas horas en la red social X. El problema para que Eisenkot pacte con los árabes es que el aspirante a primer ministro se declara también profundamente sionista, posición rechazada por los palestino-israelíes para regocijo de Netanyahu. Por cierto, el primer ministro israelí se ha apresurado a culpar a los árabes de «robar las elecciones» con su alta participación en los comicios.
Otro dilema para Eisenkot, en caso de formar coalición también con los partidos árabes, es que estos reclamarán más tarde o más temprano una solución para el caos y la catástrofe humanitaria provocada en Gaza por Netanyahu, además de frenar los nuevos asentamientos ilegales judíos en Cisjordania. Igualmente no son partidarios de sostener la marcha hegemonista proyectada por Netanyahu en los países vecinos, especialmente en el Líbano. Entonces habrá una fractura del Gobierno o bien la presión de la oposición derechista y de la propia calle llevará a la caída de esa Administración.
Netanyahu, a la recolección de tránsfugas
La esperanza de Netanyahu se apoya en otra posibilidad, esto es, que pueda convencer a algún grupo o algunos diputados de la oposición para que se unan a su coalición, algo bastante complicado, dado el historial corrupto y déspota del actual primer ministro en la propia política interna israelí. Y podría ocurrir precisamente lo contrario, es decir, que algunos de los diputados de la coalición ultraderechista optaran ahora por una mayor moderación en las filas de Eisenkot, dándole a este estabilidad para formar un Gobierno que excluya al líder del Likud.
Netanyahu ha sido cuestionado desde el centro, la derecha moderada y la izquierda israelíes a lo largo de esta campaña electoral y antes de la misma por las acusaciones de corrupción que pesan sobre él, la presión de los judíos ultraortodoxos que por razones religiosas no quieren prestar el servicio militar y menos ir a la guerra o por la sospechosa actitud del primer ministro en la crisis del 7 de octubre de 2023, cuando el ataque de Hamás sobre Israel dejó 1.200 muertos en este país y desencadenó el genocidio de Gaza. También desde luego por el desastroso estado económico del país debido a las guerras múltiples a las que el todavía jefe de Gobierno ha arrastrado a Israel.
El futuro de la guerra de Irán
Entre esas guerras, en las que está implicado Israel y sobre cuyo futuro sobrevuela un gran interrogante, está la de Irán, lanzada por él mismo y Trump, a quien convenció de que había llegado el momento de ajustar cuentas con el régimen islámico el pasado 28 de febrero. Esta contienda, que dura ya ocho meses, ha interrumpido el flujo normal de petróleo y gas desde el Golfo Pérsico a través del estrecho de Ormuz, ha causado miles de muertos principalmente en Irán, ha provocado daños económicos inmensos en todo el planeta por la disrupción energética y se ha extendido al Líbano, los países del Golfo, algunas zonas de Siria y Yemen.
No obstante, desde junio pasado Israel ha detenido sus ataques directos contra Irán y la confrontación entre Teherán y Washington también se ha reducido notablemente en el último mes, según entraba Estados Unidos en campaña electoral para decidir la próxima semana la renovación de toda la Cámara de Representantes y parte del Senado las elecciones de mitad de mandato.
Hasta la víspera de la celebración de los comicios israelíes, Netanyahu reiteró la necesidad de «terminar el trabajo» comenzado en Irán, que pasa por el derribo del régimen islamista, la destrucción hasta su última traza del programa nuclear iraní y la reducción casi a cero de su capacidad de defensa. Precisamente lo que demandan los halcones militaristas estadounidenses e israelíes.
Eisenkot no es, en cualquier caso, una paloma. En lo que se refiere a la política exterior y de seguridad israelí, el general de origen judío-magrebí respalda las campañas militares en curso en Gaza, el Líbano y, sobre todo, Irán. En alguna ocasión, ha criticado a Netanyahu por detener el bombardeo del país persa a petición de EEUU. Ahora parece considerar alguna aproximación diplomática para la resolución del conflicto, al menos para atraer a los diputados árabes y de izquierda.
Un gobierno de unidad nacional con Irán en mente
En este sentido, y aunque es una de las opciones que menos probabilidades tiene de salir adelante, Netanyahu podría pedir a Eisenkot la formación de un gobierno de unidad nacional con el objetivo de aplastar de una vez por todas a Irán. Para eso, el líder opositor debería incumplir sus promesas electorales de no pactar jamás con el actual primer ministro israelí. En esa dirección, Eisenkot solo aceptaría un gobierno de unidad nacional con el Likud y los otros partidos ultraderechistas si Netanyahu sale del mismo.
Si fuera Eisenkot quien formara gobierno, no descartaría una nueva acción militar contra Irán. No obstante, la gran duda es saber qué haría el líder opositor si Netanyahu lanzara esa renovada ofensiva antes de que se establezca en Israel un nuevo Gobierno y con la intención de que, en medio de una guerra a gran escala, el líder del Likud intentara precisamente propiciar ese Gobierno de unidad nacional del que estarían excluidos los árabes antisionistas.
«Netanyahu, no intentes utilizar la seguridad de Israel para tu conveniencia política», le advirtió este miércoles Eisenkot, a la vez que recordó a los jefes del Ejército y de los servicios de inteligencia que en estos momentos Netanyahu es el jefe de un Gobierno interino, al menos hasta que se produzca su renovación. Pese a las recomendaciones del líder opositor, Netanyahu insistió en la formación de un «gobierno judío nacional de orientación derechista», que «no ponga en peligro a Israel con una Administración que se apoye en los partidos antisionistas árabes».
Y sobre Irán fue tajante: «Irán está más débil que nunca e Israel más fuerte que nunca». Agregó que en tanto exista la república islámica, esta «tratará de destruir a Israel». Ahora, advirtió Netanyahu, «junto a nuestro formidable amigo, el presidente Trump, tenemos la oportunidad de eliminar esa amenaza de una vez por todas».
Una propuesta inquietante. Dado que uno de los primeros en felicitar a Netanyahu por su pírrica victoria en las urnas fue Trump, quizá el primer ministro quiera arriesgarse a gobernar en minoría y confiar en que una política internacional cargada de amenazas para un Israel respaldado por EEUU pueda sostenerle en el poder. Netanyahu estaría pensando así más en un gobierno de «emergencia nacional» que de unidad nacional.
Y para contentar a la disidencia interna en un Parlamento donde el Likud y sus pretorianos extremistas no tendrían la mayoría absoluta, nada mejor que ofrecer a los israelíes la anexión definitiva de Cisjordania y la limpieza étnica total en Gaza, con la expulsión final de los palestinos, para una hipotética colonización judía de estos territorios. Las actuales operaciones que está lanzando el Ejército israelí en la localidad cisjordana de Hebrón apuntarían en esta dirección.
De momento, y en este paréntesis de negociaciones, Netanyahu mira hacia EEUU y el 3 de noviembre. Una debacle electoral de Trump tendría efectos inmediatos en Oriente Medio y sería una señal inequívoca para subrayar que también Israel puede estar llegando al fin de una época en la que la exclusión de Netanyahu del poder sería su consecuencia mayor.
*Analista especializado en temas internacionales.
