Multilateralismo y unilateralismo

Trump sufre un vuelco histórico: los demócratas conquistan el Congreso y frenan su poder

Por José Luis Gómez* – Mundiario

La recuperación del Senado y la Cámara de Representantes, junto con el avance demócrata en Texas, supone un severo castigo al presidente estadounidense. Trump reconoce la derrota y afronta dos años de mandato bajo una fiscalización parlamentaria que puede cambiar el rumbo de Estados Unidos.

La democracia estadounidense ha respondido a Donald Trump con un resultado electoral que puede marcar el comienzo del final de su hegemonía política. Los demócratas han recuperado el control del Senado y de la Cámara de Representantes, mientras los republicanos han sufrido pérdidas de extraordinaria relevancia, incluida la de Texas, uno de sus grandes bastiones históricos. El presidente, que todavía dispone de dos años de mandato en la Casa Blanca, ha reconocido la derrota y anunciado que aceptará los resultados. El vuelco altera profundamente el equilibrio de poder en Washington y demuestra que las instituciones conservan capacidad para corregir democráticamente los excesos de quienes las gobiernan.

La trascendencia de estas elecciones legislativas no reside solo en el número de escaños que cambian de manos. Las elecciones de medio mandato suelen castigar al partido del presidente, especialmente cuando la situación económica provoca malestar social. Pero esta vez los estadounidenses estaban llamados a pronunciarse también sobre una forma de ejercer el poder que ha llevado al límite la relación entre el Ejecutivo, el Congreso y los tribunales. El resultado puede interpretarse como una exigencia de mayor control institucional y una advertencia contra la pretensión de gobernar sin contrapesos efectivos.

La derrota republicana adquiere una dimensión especial por producirse en el año del 250º aniversario de la independencia estadounidense. La Constitución de Estados Unidos fue concebida para impedir la concentración del poder en una sola persona y garantizar que las instituciones pudieran limitarse mutuamente. Esa arquitectura ha atravesado numerosas crisis y ha demostrado sus insuficiencias, pero el nuevo reparto parlamentario ofrece una oportunidad para recuperar el equilibrio que la polarización política había debilitado.

El voto de castigo a una presidencia controvertida

La economía ha desempeñado un papel central en el descontento electoral descrito por los primeros balances de los comicios. La inflación, la pérdida de poder adquisitivo y la incertidumbre asociada a las decisiones comerciales y militares de Washington han alimentado la frustración de numerosos ciudadanos. Las promesas de prosperidad y estabilidad que acompañaron el regreso de Trump a la presidencia se han encontrado con una realidad más compleja, en la que el coste de la vida sigue condicionando las decisiones de millones de familias.

A ese malestar se ha sumado el rechazo a determinados aspectos de la gestión presidencial. La política migratoria, las tensiones con los tribunales, la utilización de las instituciones federales y el enfrentamiento constante con los adversarios políticos han suscitado críticas que van más allá del electorado tradicionalmente demócrata. También la política exterior, sobre todo la intervención militar contra Irán y sus consecuencias económicas y diplomáticas, ha contribuido a cuestionar las prioridades de la Administración.

Sin embargo, sería excesivo atribuir todos los votos republicanos perdidos a una condena uniforme del presidente. Las elecciones estadounidenses responden a realidades territoriales diversas y a factores que incluyen la calidad de los candidatos, las preocupaciones locales y la movilización de los independientes. Una parte del electorado puede haber rechazado determinadas políticas sin abandonar sus convicciones conservadoras. Esa distinción resulta fundamental para interpretar correctamente el alcance de la derrota.

El avance demócrata en Texas, un territorio asociado durante décadas al predominio republicano, simboliza la magnitud del cambio. Su significado político trasciende las fronteras del estado porque cuestiona la aparente solidez de una coalición electoral que Trump había conseguido movilizar con notable eficacia. No obstante, una victoria en unas elecciones concretas no garantiza una transformación permanente del comportamiento político de sus ciudadanos.

Un Congreso dispuesto a recuperar sus atribuciones

La consecuencia más inmediata del resultado será la recuperación de los contrapesos parlamentarios. Con ambas cámaras bajo control demócrata, la Casa Blanca tendrá mayores dificultades para impulsar nuevas leyes sin negociar con la oposición, mientras el Congreso dispondrá de más capacidad para investigar decisiones del Ejecutivo, exigir explicaciones a sus responsables y supervisar la utilización de los recursos públicos. Esta nueva situación obligará a Trump a elegir entre dos estrategias. Puede aceptar la necesidad de alcanzar acuerdos y adaptar su agenda a una realidad institucional menos favorable, o profundizar en la confrontación política y recurrir a las facultades ejecutivas que todavía conserva. La primera opción permitiría cierta estabilidad durante los dos años restantes de mandato; la segunda podría multiplicar los conflictos jurídicos y parlamentarios, agravando una polarización que constituye uno de los principales problemas de la democracia estadounidense.

La posibilidad de nuevas investigaciones parlamentarias e incluso de un procedimiento de destitución volverá inevitablemente al debate político. Pero conviene recordar que un impeachment no equivale a la destitución automática del presidente: requiere una acusación de la Cámara de Representantes y una mayoría cualificada de dos tercios en el Senado para una eventual condena. Convertir esa posibilidad en el objetivo central de la nueva mayoría sería arriesgado si desplaza las prioridades económicas e institucionales que han motivado a los votantes. Otra cosa es que, mediante un impeachment, pueda caer, por ejemlo, el secretario de Defensa, ahora de Guerra.

La principal responsabilidad de los demócratas será demostrar que el poder recuperado puede utilizarse para mejorar el funcionamiento del Estado y no simplemente para invertir los términos de la confrontación. La fiscalización del Gobierno es imprescindible, pero también lo son la elaboración de propuestas legislativas, la negociación presupuestaria y la búsqueda de soluciones a los problemas cotidianos de los ciudadanos.

El reconocimiento de Trump y la legitimidad electoral

El anuncio del presidente de que acepta los resultados constituye un elemento relevante en un país marcado por los acontecimientos posteriores a las elecciones presidenciales de 2020 y el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. La transmisión pacífica del poder y el reconocimiento de las decisiones de los electores son obligaciones básicas de cualquier dirigente democrático, no concesiones personales que dependan de la conveniencia política. Que Trump haya admitido esta derrota no elimina las tensiones acumuladas ni garantiza una relación constructiva con el nuevo Congreso. Pero representa una diferencia importante respecto a anteriores episodios de cuestionamiento electoral y permite que la discusión política se desplace hacia las consecuencias institucionales de la nueva mayoría.

La democracia estadounidense necesita recuperar normas de convivencia que durante años parecieron indiscutibles: el respeto a la independencia judicial, la legitimidad de la oposición, la aceptación de los resultados electorales y la responsabilidad de los gobernantes ante las instituciones. Ninguna victoria partidista puede reconstruir por sí sola esa cultura democrática, pero una alternancia parlamentaria respetada constituye un punto de partida significativo.

Europa ante un presidente debilitado, pero todavía poderoso

El cambio político en Washington será recibido con atención por los aliados internacionales de Estados Unidos. Para Europa, la posibilidad de que el Congreso ejerza un control más efectivo sobre la política presidencial puede contribuir a introducir mayor previsibilidad en algunas decisiones económicas y estratégicas. La relación transatlántica, sometida a tensiones por los aranceles, el gasto en defensa y la guerra de Ucrania, necesita recuperar mecanismos de cooperación estables. Sería, sin embargo, imprudente interpretar la victoria demócrata como el final de la incertidumbre.

El presidente estadounidense conserva amplias competencias en política exterior, capacidad de iniciativa diplomática y una influencia considerable sobre la orientación de su Administración. Un Congreso adverso puede condicionar presupuestos y decisiones legislativas, pero no sustituye al Ejecutivo en la conducción cotidiana de las relaciones internacionales.

Europa debe aprovechar la nueva situación para reforzar sus vínculos institucionales con Washington sin renunciar al desarrollo de una mayor autonomía estratégica. La experiencia de los últimos años ha demostrado que la estabilidad internacional no puede depender exclusivamente de la voluntad de un presidente estadounidense, sea cual sea su orientación política.

El comienzo del final de Trump no significa el final del trumpismo

El resultado de estas elecciones recuerda una advertencia formulada por The New York Times –también recogida en MUNDIARIO– antes de la votación. El influyente periódico estadounidense sostuvo que los ciudadanos tenían la oportunidad de imponer un límite al poder de Trump y de exigir responsabilidades al Partido Republicano por su actitud ante los excesos presidenciales. La recuperación demócrata del Congreso responde, en términos institucionales, a la posibilidad que aquel editorial consideraba decisiva: que los electores pudieran utilizar las urnas para restablecer los contrapesos democráticos.

Pero la dimensión de la derrota no debe llevar a conclusiones precipitadas sobre el futuro del movimiento político construido alrededor del presidente. Trump conserva millones de seguidores, una notable capacidad de comunicación y una influencia profunda sobre el Partido Republicano. Las ideas que han impulsado su ascenso –el nacionalismo económico, el rechazo a determinadas élites, el endurecimiento migratorio y la desconfianza hacia las instituciones tradicionales– no desaparecerán por un revés electoral, por severo que sea.

La victoria demócrata tampoco garantiza que la oposición haya resuelto sus propias contradicciones. El partido deberá articular una alternativa capaz de responder a las inquietudes de los trabajadores, las clases medias y los territorios que se sienten excluidos de los beneficios de la globalización. Si se limita a administrar el rechazo a Trump, corre el riesgo de desaprovechar una oportunidad histórica.

Estados Unidos entra así en una nueva etapa de convivencia forzosa entre un presidente debilitado y un Congreso políticamente adverso. Puede ser el comienzo de una recuperación institucional o el escenario de una confrontación todavía más intensa. La diferencia dependerá tanto de la disposición de Trump a reconocer los límites de su poder como de la capacidad de los demócratas para ejercer sus nuevas responsabilidades con eficacia y moderación.

La principal enseñanza de este vuelco electoral es que la democracia estadounidense conserva mecanismos para rectificar su rumbo. Después de años de tensión institucional, los ciudadanos han modificado el equilibrio de poder mediante el voto. Es una noticia importante para Estados Unidos y para las democracias que observan con preocupación su evolución.

El comienzo del final político de Trump parece ahora una hipótesis mucho más consistente que antes de las elecciones, aunque todavía no una conclusión definitiva. Al presidente le quedan dos años en la Casa Blanca y al trumpismo, probablemente, una vida política más larga. Lo que ha cambiado es que el poder presidencial vuelve a encontrar enfrente un Congreso con capacidad para controlarlo. Y esa es, por encima de cualquier victoria partidista, la consecuencia democrática más relevante de las elecciones. @mundiario

*Periodista, fundador y editor de Mundiario. Es también comentarista de la Televisión de Galicia (TVG), Radio Galega y Radio Coruña (SER), así como analista económico de los diarios La Región y Atlántico, y editor del Anuario del Foro Económico de Galicia, entidad de la que es miembro fundador. Dirigió la revista Capital y los periódicos Xornal de Galicia y La Voz de Galicia y fue director editorial de Grupo Zeta. Es coautor, junto a la economista María Cadaval, del libro Cómo salir de esta (II), editado por Mundiediciones en octubre de 2021, a la venta en librerías y en Amazon. Está en posesión, entre otros, del Premio Diego Bernal de periodismo.

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