Por El País – Editorial
La cumbre de Madrid sirve para reivindicar un vínculo que sigue vivo y es útil pese a las divisiones ideológicas.
La XXX Cumbre Iberoamericana en Madrid ha servido al menos como fotografía de un vínculo que se mantiene vivo a pesar de las debilidades y divisiones internas de una comunidad en construcción. El cónclave logró, gracias a la mediación de España, alcanzar una declaración conjunta de mínimos que sorteaba profundas diferencias sobre Cuba, la igualdad de género o el desarrollo sostenible. Los asistentes, entre los que se contaba una decena de jefes de Estado y de Gobierno de los 22 países miembros de la comunidad, afrontaron la sesión plenaria sin enfrentamientos cruzados de calado. La cumbre se ajustó a la invitación del rey Felipe VI de “ceñirse a la partitura”, con la excepción del presidente argentino, Javier Milei, que ha convertido la ofensa institucional hacia el Gobierno español en una verdadera marca política.
El principal mérito de la cita, que volvía a España después de 14 años, es existir, y no es menor. Lo crucial es que el espíritu de estas reuniones de países de habla española y portuguesa sigue vigente pese a las permanentes turbulencias geopolíticas. Y el propósito de la cohesión regional al margen de las diferencias de proyecto y de agenda política se mantiene. La cumbre de Madrid estuvo marcada por las ausencias como el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva o la mexicana Claudia Sheinbaum, pero dejó señales más optimistas que la anterior, celebrada en Cuenca (Ecuador) y que se cerró por primera vez sin declaración conjunta.
Este logro puede considerarse aún mayor al tener en cuenta que desde entonces los equilibrios internacionales han experimentado cambios profundos, y no en favor del multilateralismo y la cooperación. En América Latina se ha afianzado un giro conservador. Además de Argentina, Chile, Colombia, Perú, Bolivia, Ecuador, Paraguay, cuatro de los seis países de habla hispana de Centroamérica tienen gobiernos de derecha o de extrema derecha. La onda expansiva del segundo mandato de Donald Trump ha tenido un efecto arrastre en los modos y el estilo de la política latinoamericana, con exponentes dispuestos a ondear esa bandera como el colombiano Abelardo de la Espriella, el salvadoreño Nayib Bukele o el propio Milei. El mandatario argentino fue el único en romper las reglas de protocolo de esta última cumbre. Además de no llegar a tiempo para la inauguración y dar plantón al Rey en la cena de gala, lo primero que hizo al aterrizar, el miércoles por la noche, fue reunirse con el líder de Vox, Santiago Abascal, una irrupción en toda regla en la precampaña electoral española. Milei, que en otro viaje a Madrid hace apenas dos semanas había arremetido contra Sánchez llamándole “impresentable dictador”, evitó los ataques personales, aunque equiparó al socialismo con el fascismo durante su intervención delante del presidente del Gobierno.
Sin contar con los exabruptos, el caleidoscopio de posiciones y discursos de los integrantes de la alianza iberoamericana muestra una brecha ideológica cada vez más difícil de salvar incluso en torno a algunos consensos básicos. De ahí que sean todavía más significativos algunos resultados tangibles alcanzados en Madrid, como una alianza para la inteligencia artificial y un entendimiento sobre los cuidados en las políticas públicas. La Cumbre volverá en Honduras en 2028. Mientras tanto, es un signo alentador que la comunidad siga actuando como lo que es, un espacio cultural y político. Solo el refuerzo de esos vínculos por encima de ideologías puede poner límites a las injerencias o la depredación política y económica de EE UU y China en el continente.
