Multilateralismo y unilateralismo

Alemania del Este vuelve a mirar a los extremos

Por Nelsymar Ulrich Serrano* – Mundiario

La ultraderecha consolida su fuerza en los territorios de la antigua Alemania Oriental. La desigualdad económica, la pérdida de población, el desencanto con las instituciones y el rechazo a la inmigración ayudan a explicar un fenómeno que ya condiciona la política del país.

Alemania atraviesa una transformación política que resulta especialmente visible en los territorios que formaron parte de la antigua República Democrática Alemana (RDA). Alternativa para Alemania (AfD) volvió a imponerse este 20 de septiembre en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, con alrededor del 38% de los votos, apenas dos semanas después de superar el 44% en Sajonia-Anhalt.

El fenómeno va mucho más allá de una sucesión de victorias electorales. El este alemán se está convirtiendo en el territorio donde el descontento económico, la sensación de abandono y la desconfianza hacia los partidos tradicionales encuentran con mayor facilidad una traducción política. La paradoja es evidente: regiones que durante cuatro décadas pertenecieron a un Estado que se definía oficialmente como antifascista son hoy el principal bastión electoral de una formación considerada de extrema derecha por los servicios de inteligencia alemanes.

Una reunificación que no cerró todas las heridas

La caída del Muro de Berlín y la reunificación de 1990 transformaron Alemania, pero sus beneficios no se distribuyeron de manera uniforme. Más de tres décadas después, los trabajadores de los estados orientales ganan, de media, un 17% menos que los occidentales. Además, la población de la antigua RDA —sin contar Berlín Oriental— se ha reducido un 16% en 35 años.

La transformación económica fue particularmente abrupta. De las 12.354 empresas públicas existentes en la RDA, unas 3.700 cerraron y buena parte de las restantes fueron privatizadas. El desempleo llegó entonces al 25%. Aquella desindustrialización dejó una huella que no desapareció simplemente porque mejoraran posteriormente los indicadores económicos.

Ese pasado ayuda a comprender una idea recurrente entre parte de la población oriental: la percepción de haber sido los perdedores de la reunificación. No significa que todos los votantes de AfD respondan al mismo perfil ni que exista una explicación única, pero sí que el voto de protesta encuentra un terreno especialmente fértil donde persisten diferencias económicas, envejecimiento demográfico y emigración juvenil.

La inmigración, incluso donde hay menos inmigrantes

Otro elemento resulta especialmente revelador. La inmigración se ha convertido en una de las principales cuestiones movilizadoras para AfD, aunque precisamente en el este vive proporcionalmente mucha menos población extranjera. Excluyendo Berlín, los extranjeros representan aproximadamente el 8% de la población de los cinco estados orientales, frente al 16% en el oeste, según datos correspondientes a 2024 citados por BBC Mundo.

Esta aparente contradicción permite entender que el debate migratorio no depende únicamente de la experiencia directa. Estudios citados en la información apuntan a una relación inversa entre contacto e intolerancia: allí donde existe menor convivencia cotidiana con inmigrantes pueden aumentar el temor y las percepciones negativas hacia ellos.

AfD convierte el malestar en identidad

La fortaleza de AfD tampoco puede reducirse a la economía o la inmigración. El partido ha construido presencia territorial y un discurso de pertenencia capaz de conectar con comunidades afectadas por aislamiento rural y pérdida de población. Expertos citados por BBC destacan incluso iniciativas locales, como encuentros comunitarios y barbacoas, como parte de esa estrategia de proximidad.

Los resultados de septiembre muestran hasta dónde ha llegado esa transformación. AfD obtuvo alrededor del 38% en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, mientras la CDU del canciller Friedrich Merz cayó al 4,9%, quedándose fuera del Parlamento regional por primera vez en la historia del partido. En Berlín ocurrió algo diferente: Die Linke ganó con alrededor del 25%, mientras AfD quedó tercera.

Ese contraste es significativo. El malestar oriental no desemboca exclusivamente en la derecha radical. También puede beneficiar a fuerzas situadas en el extremo opuesto del espectro político. Investigadores consultados por BBC señalan que AfD y Die Linke comparten una ventaja frente a los partidos tradicionales: pueden presentarse ante determinados electores como alternativas a unas formaciones asociadas durante décadas con el poder federal.

El desafío para Alemania, por tanto, no consiste únicamente en preguntarse por qué crece AfD. La cuestión más profunda es por qué una parte considerable de la población oriental sigue sintiendo que el sistema político construido después de 1990 no la representa. Treinta y seis años después de la reunificación, el muro físico desapareció, pero algunas de sus fronteras económicas, sociales y políticas siguen dibujándose en las urnas.

*Periodista.

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