Juan Carlos Escudier*
La idea habría partido de un periodista y activista palestino llamado Ahmed Abu Artima, 34 años, que sólo ha salido de Gaza en dos ocasiones para visitar a su madre en Egipto. ¿Qué pasaría -se preguntaba ingenuamente en un post de Facebook- si miles de los habitantes de la Franja, en su mayoría refugiados, y sus descendientes se acercaran desarmados a la verja que les separa de Israel e intentaran cruzarla en cumplimiento de la resolución 194 de Naciones Unidas, aquella que establecía el libre acceso a Jerusalén, su desmilitarización y el derecho de los refugiados a regresar a sus hogares previos a la guerra árabe-israelí de 1948? Pues que serían acribillados a balazos.
Nacía así la llamada Gran Marcha del retorno, concebida como una protesta pacífica y hasta lúdica, con carpas levantadas junto a la frontera donde se bailaría el dabke, se disputarían partidos de fútbol y hasta se celebrarían bodas como manera de denunciar la crisis humanitaria que vive Gaza por el bloqueo que padece desde hace más de diez años y exigir el derecho a regresar del exilio de cinco millones de refugiados palestinos.
Apoyada por Hamás, que es siempre la excusa de Israel para transformar cualquier acción en un ataque terrorista camuflado, las movilizaciones semanales habían dejado desde marzo cerca de cien muertos hasta este lunes, en el que el Estado hebreo conmemoraba el 70 aniversario de su creación, los palestinos los 70 años de su catástrofe (nakba) y el emperador del tupé decidía saltarse la legalidad internacional y abrir en Jerusalén la nueva embajada de EEUU como tarta de cumpleaños. Mientras la bella Melania declaraba inaugurada la pantanosa legación, más de 50 palestinos fueron abatidos a tiros y cerca de 2.000 resultaban heridos. “Un gran día para Israel” tuiteó Trump en medio la masacre.
Denunciar este baño de sangre, estos crímenes sin sentido y esta desproporción irracional en el uso de la fuerza convierte a quien lo hace en un antisemita, según las normas de la propaganda de Israel. Antisemitas son quienes creen inmoral mantener un muro de 700 kilómetros que consagra el apartheid o los que piensan que Gaza es una cárcel en la que viven casi dos millones de personas en condiciones infrahumanas, con menos de cinco horas de electricidad al día y apenas agua potable por la contaminación de sus pozos. Gaza, tales son las previsiones de las agencias de Naciones Unidas presentes en la zona, será inhabitable a partir de 2020.
Los palestinos han cometido y siguen cometiendo múltiples errores y han sido víctimas de su propio cainismo pero siguen integrando la parte más débil de un conflicto eternizado que ha dejado de figurar en la primera página de la agenda internacional salvo cuando la sangre lo empapa todo. En los últimos años la estrategia de Israel se ha mantenido invariable: no negocia nada con quienes califica de terroristas o debilita a sus interlocutores para imponer su política de hechos consumados.
Consciente de que el Gran Israel es imposible y que ha de aceptar la presencia palestina, su plan pasa por jibarizarla y separar físicamente a la comunidad árabe de la judía porque, como confesaba en su día el exprimer ministro Ehud Olmert, “si llega el día en el que la solución de los dos Estados fracasa y afrontamos una lucha al estilo sudafricano por la igualdad del derecho al voto, el Estado de Israel estará acabado”. La única bomba eficaz de los palestinos es la demográfica.
Y eso es justamente la que activistas como Abu Artima pretenden detonar con sus movilizaciones. “No creo –explicaba en The Guardian– en la liberación (de la tierra de Israel). Creo en terminar con el apartheid y que vivamos todos en un estado democrático. Quiero vivir con israelíes”. Su protesta es mucho más peligrosa y demoledora que los cohetes caseros de Hamás. De ahí la brutalidad de una respuesta que hoy mismo puede volver a escribirse en una marcha prevista con ancianos, mujeres y niños en primera línea de fuego. 15/05/2018
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*Escritor y periodista español. Columnista del diario digital Público.es
Matanza de Israel
Editorial –El País
Los muertos por disparos israelíes en Gaza alcanzan su mayor número en un solo día desde 2004
La muerte de más de medio centenar de personas por disparos del Ejército israelí marca trágicamente la que ha sido la jornada más sangrienta desde que se inició la ola de protestas masivas palestinas de la Franja de Gaza en su frontera con Israel el pasado 30 de marzo. A este balance hay que sumar centenares de heridos. Es un número de muertos palestinos en Gaza en una sola jornada que no tiene precedente desde 2004.
Las manifestaciones están convocadas bajo el lema “La gran marcha del retorno”, que reivindica el derecho a volver de todos los refugiados palestinos y sus descendientes que fueron expulsados en 1948 de lo que hoy es territorio israelí. Hay que recordar que durante estos días los israelíes celebran el 70º aniversario de la independencia de su Estado, mientras que los palestinos conmemoran la Nakba, que marca el desplazamiento forzoso de cientos de miles de palestinos a raíz del conflicto que se abrió con Israel a partir de esa fecha.
Ayer, además, se protestaba con énfasis añadido por el traslado de la Embajada de EE UU en Israel desde Tel Aviv a Jerusalén, una decisión que se oficializó a la misma hora de la manifestación y que, como se temía, ha elevado aún más la tensión en la Franja de Gaza.
Al tiempo que se producía esta matanza, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, celebraba en Jerusalén el regalo diplomático que le ha hecho Trump, poniendo en evidencia hasta qué punto la situación se agrava todavía más con acciones como la promovida por Trump.
Estamos ante un número injustificable de fallecidos en unas manifestaciones de carácter civil en el interior de Gaza. El Gobierno israelí debe explicar de forma urgente por qué se respondió con fuego real a las 35.000 personas que se manifestaban ayer en la frontera y no únicamente con material antidisturbios, y así depurar las responsabilidades correspondientes.
