Nazanín Armanian*
Era de esperar que un “acto terrorista” apartara la notica del crimen de Khashoggi de los titulares: un simpatizante de Trump enviaba paquetes de bomba a los líderes del Partido Demócrata, mientras unos “anónimos” están demonizando al periodista desertor saudí, en las redes sociales. Aun así, un sector del establishment estadounidense (de ambos partidos), con el fin de cambiar la política de EEUU en Oriente Próximo, pretende evitar que los trumpistas consigan organizar el olvido sobre un crimen que ni ha ocurrido en EEUU, y ni la víctima y sus asesino son estadounidenses. La élite de la superpotencia ha abandonado al falso heredero y el golpista Mohammed Bin Salman (MBS) – apodado “Mohammed Bone Sawman” (en referencia al uso de sierra de hueso utilizada para desmembrar a Khashoggi), aprovecha la incapacidad del presidente para gestionar la primera gran crisis en las relaciones entre EEUU y el Reino de Arabia Saudí (RAS), y el fracaso de Mike Pompeo en convencer a los turcos en encubrir juntos el atroz asesinato.
“Este tipo debe marcharse” sentenció el senador republicano Lindsey Graham. Los adversarios demócratas de Trump, en la víspera de los comicios parlamentarias de noviembre, pretenden utilizar las relaciones del presidente (ya tachado de poco menos que “agente de Rusia” y pervertido sexual) con los “asesinos saudíes” para forzar su dimisión. La familia de Salman, que se jacta de tener “en el bolsillo” a Jared Kushner, el yerno de Trump y el hombre de Israel en la Casa Blanca, habían comprado una planta de la Torre Trump y uno de los yates del magnate para sacarle de un apuro económico en los años noventa. De allí el “Amo a los saudíes” del presidente.
El crimen mal planeado y peor ejecutado de Khashoggi, el hombre de la Hermandad Musulmana (HM), rival del wahabismo, y quien en una entrevista había afirmado que “Los saudíes merecemos algo mejor” que los actuales gobernantes, ha sido la copa de nieve necesaria para producir el alud que está arrollando la familia de Samlan. Decía Friedrich Engels, al explicar la “Ley del tránsito de la cantidad a la cualidad”, que cuando unos cambios cuantitativos adquieren un nivel crítico, se produce inevitablemente un cambio cualitativo. Y hay un antes y después de Khashoggi en la historia de RAS.
Afirma el diario británico Express que tres semanas antes de la llegada de Khashoggi de EEUU a Turquía, el MI6 conocía los planes de MBS para su secuestro; también Washington Post publica que la inteligencia estadounidense conocía este plan. Es posible que el heredero haya caído en una trampa parecida a en la que EEUU tendió a Sadam Husein en 1990: el 30 de julio Sadam informó a la embajadora de EEUU en Bagdad April Glaspie de su intención de invadir Kuwait. Ella le respondió que su país no tiene ninguna opinión respecto a los conflictos inter-árabes (¿una luz verde?). Luego, el secretario de Estado adjunto, John Nelly, a la pregunta de si EEUU ayudaría a Kuwait en caso de un ataque de Irak, responde: No tenemos tratados de defensa con ningún país del Golfo”. Bush padre, iba a sacrificar a Irak en una devastadora agresión para agradecer a los dioses el fin de la Unión Soviética y anunciar sobre las cenizas de Irak el Nuevo Orden Mundial.
La CIA apoya al que fue el verdadero príncipe heredero Mohammed bin Nayef, , en arresto domiciliario desde el 2015. Es consciente de que MBS no tiene el apoyo de la Guardia Nacional de Arabia Saudí (SANG), en el que EEUU ha destinado 4.000 millones de dólares para su “capacitación”, ni del clérigo wahabita, ni de los tres miles príncipes (a unos 200 de ellos les secuestró en la peculiar Noche de Cristales Rotos Saudíes, en el hotel Ritz de Riad, y les obligó con palizas y torturas a entregarle cientos de miles de millones), ni mucho menos de millones de hombres y mujeres jóvenes que sueñan con un país moderno. El declive de la economía, se agrava con la fuga de capitales y de cerebros y la paralización de la salida a la bolsa de la petrolera estatal Aramco, debido a la incapacidad del régimen de presentar unas cuentas transparentes.
Mohammed, de 33 años, ha desmantelado el gobierno tradicional, concentrando la totalidad del poder en sus manos. El caso Khashoggi ha revelado la farsa de la estabilidad del reino bajo el mando del “reformador” MBS: recuerda las palabras Jeimmy Carter en diciembre de 1977 cuando calificaba al Irán del Sha como una “isla de estabilidad”. Un año después, el Sha preparaba las maletas.
Choque entre dos modelos
Si bien es cierto que EEUU para preservar su hegemonía sobre el Golfo Pérsico debe asociarse con Arabia Saudita o con Irán, también lo es que la caída del régimen del Sha en 1978 ha generado serias discrepancias en establishment de EEUU acerca de cómo hacerlo, en una región que 1) es la principal reserva mundial del petróleo y gas, y 2) está próximo a las dos capitales rivales: Moscú y Pekín, y muy lejos de Washington.
Una facción apuesta por reconfigurar el mapa de la zona, destruyendo los países poderosos y convertirlos en mini estados controlables mediante devastadoras guerras, la ocupación militar, y un regreso al colonialismo. Línea representada por los Bush, Clinton y Trump, que hoy pretende:
- Contener a Irán. Trump es el único presidente de EEUU que ha realizado su primer viaje al extranjero, visitando a Riad y Tel Aviv, los archienemigos de Irán, y está promoviendo una “OTAN sunnita” para una guerra “delegada” contra los persas, a los que ha impuesto un embargo de petróleo con la esperanza de que los saudíes consigan llenar el vacío que dejaría Irán en el mercado.
- Dividir a los propios países “sunnitas”: el Caso Khashoggi ha aumentado la tensión entre Ankara y Riad. Ahora, Erdogan – quien sabe dónde está el cuerpo de Khashoggi-, busca un acercamiento a Washington y hace que el péndulo de poder regional se incline hacia Turquía. No hace mucho, Trump también provocó un conflicto entre Arabia y Qatar, y sólo invocó la paz cuando recibió del pequeño país un cheque por el valor de 12.000 millones de dólares para la compra de 36 aviones F-15. La política de Trump ha sido fortalecer el eje Riad-El Cairo- Dubái, y enfrentarlo a Ankara-Doha, gobernados por la HM.
- Sacar miles de millones de dólares de los saudíes, con amenazas: sólo un día antes del asesinato de Khashoggi, Trump advirtió al rey Salman: “Sin nosotros no duraríais ni dos semanas”, ya que Riad se había negado bajar los precios del petróleo. Tras el crimen de Estambul, el destino del régimen de Arabia Saudita está completamente en manos del presidente de EEUU. Además, Washington no estaba nada contento con la visita de Salman a Moscú el octubre del 2017: ¿había tratado con Vladimir Putin desvincular el petróleo del dólar? ¡Ni se le ocurra! Trump miente al decir que las posibles sanciones a Arabia pondrían en peligro su contrato de 110.000 millones de dólares en ventas de armas, y empujarán a Riad a comprarlas de Rusia o China: este “contrato” fue negociado con Obama y aún está por concretar. Además, RAS sí o sí tendrá que comprar armas a EEUU dentro de al menos diez años, rehén de los recambios, municiones, entrenamiento, etc. que necesitará para sus aviones y misiles y que ningún otro país se los podrá suministrar. Lo que le preocupa al presidente es la ingente comisión que cobran los intermediarios de estos contratos.
Frente a esta política, la facción liderada por Barak Obama– quien calificaba a los saudíes de “llamados aliados“-, considera a la Casa Saud socios venenosos que perjudican los intereses de EEUU, y aboga por un equilibrio entre Irán, Turquía, Israel y RAS, para así volcarse con la contención del principal enemigo: China. La advertencia de Obama de que los saudíes tenían que “compartir” el Medio Oriente con Irán, provocó el desaire de la monarquía que en la vista del presidente al reino el 21 de abril del 2016 no negó a recibirle en el aeropuerto. La política de EEUU para esta región falló cuando en 2003 Bush reemplazó el régimen semi secular y árabe-sunnita de Sadam Husein por una teocracia-chiita, provocando la ira de Israel, Turquía y Arabia.
Por lo que, propone:
- Recuperar el acuerdo nuclear con Irán, o al menos permitir que Europa haga del “Occidente bueno”, y suavice las relaciones con Teherán. No todas las compañías estadounidenses son vendedoras de armas. Trump ha suspendido, por ejemplo, la venta de 73 aviones Boeing a Irán, y ha hecho que sean Rusia y China quienes dominen el mercado petrolífero iraní.
- Potenciar al otro islamismo reaccionario: la HM, debilitando el wahabismo. Obama abortó la Primavera árabe de Egipto al patrocinar a Mohammed Mursi, quien fue derrocado con el dinero saudí pagado al general Al Sisi.
- Ahora que los países árabes se acercan a Israel (Netanyahu acaba de visitar Omán), EEUU no necesita de Riad para sacar a Tel Aviv del aislamiento.
- Rescatar los llamados “valores occidentales” -que Trump ni siquiera los usa como pretexto-, para condenar a Riad, si no ¿cómo podrían condenar a Rusia o China por el pisoteo de los derechos humanos?
- Apartar al Jack el destripador saudí, por confundir el estatus de su país ante EEUU con el de Israel: en enero del 2010, seis agentes del Mosad, disfrazados con pelucas y gorros, asesinaron al líder de Hamas, Mahmud al Mabhuh en un hotel de Dubái. ¡No fue portada de ningún periódico! Hay que buscarle un sustituto, ya que MBS, no ha hecho más que acumular fiascos en:
- Impedir que Irán aumentase su influencia en la zona. Todo lo contrario: Qatar, Omán y Kuwait ven en Teherán la garantía de un equilibrio regional y mantener su soberanía, amenazada por las tentaciones saudíes.
- La guerra contra Yemen
- Aislar a Qatar.
- No conseguir la expulsión de Hizbolá del gobierno de coalición libanés, a pesar de secuestrar al primer ministro Saad Hariri y obligarle a renunciar de su cargo. Francia reprobó a Arabia y restituyó a Hariri en su puesto.
- La inaudita reacción a las críticas: cuando el gobierno canadiense le criticó el agosto pasado por el encarcelamiento de las activistas en Arabia Saudí expulsó al embajador, congeló todo el comercio bilateral, canceló los vuelos entre ambos países, y ordenó que los 16.000 estudiantes becarios saudíes regresasen al país. Semanas después, “crucificó” a un hombre y luego exhibió su cuerpo decapitado en una plaza de Riad.
Salvar a Arabia de los Salman
Los occidentales ya no podrán apretar la mano de MBS, e impera la necesidad de reformar la teocracia medieval saudí, que ha pasado de ser un socio incómodo a insoportable.
Ya en 1964, cuando las fuerzas progresistas habían derrocados sus monarquías en la mayoría de los países árabes, Gran Bretaña organizó a través de la SANG un golpe de estado contra el rey inmovilista Saud Bin Abdulaziz en favor de su hermano pequeño Faisal, evitando una revolución, que en el sur de Yemen, país vecino, terminó llevando a los marxistas al poder, y aun hoy sigue siendo la única república de la Península Arábiga. El golpe reforzó el papel del wahabismo panislamista. En 1969, los militares, respaldados por un sector del Pentágono, intentaron otro golpe, planeando bombardear el Palacio Real, matar al rey y los príncipes, e instalar la República de la Península Arábiga.
Dicha reforma en Arabia le urge para el Occidente, tanto para maquillar su tenebroso rostro, como para impedir revueltas sociales: “la evolución para evitar la revolución”. Rusia (que ha aceptado la versión saudí del crimen) amplía su influencia en la región, y sobre dos países que tradicionalmente estaban en la órbita de EEUU: Turquía e Irán. Y la presencia de MBS en la primera fila impide realizar ambos objetivos. Y si no va por las buenas, EEUU podrá:
- Congelar la venta de armas a Riad, en virtud de la Ley de Control de Exportación de Armas de 1976, y así de paso poner fin de la guerra contra Yemen ahora que el MBS, no ha podido ganarla, en parte por la ayuda inestimable de algunos príncipes saudíes a los Hutíes. De hecho, ya hay movimientos: el propio Pompeo acaba de “pedir” a Riad un alto el fuego, y empiezan las negociaciones (secretas) entre Riad y Teherán.
- Utilizar la Ley de Justicia contra Patrocinadores del Terrorismo (JASTA) que permite a los ciudadanos de EEUU demandar a gobiernos extranjeros por cooperar en ataques terroristas en éste país, persiguiendo a Arabia por su papel en los atentados del 11S.
Lo que desconocen es la imposibilidad de modernizar una teocracia.
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*Nazanín Armanian es iraní, residente en Barcelona desde 1983, fecha en la que se exilió de su país. Licenciada en Ciencias Políticas. Imparte clases en los cursos on-line de la Universidad de Barcelona. Columnista de Público.es. Fuente: http://www.nazanin.es/ – Público.es
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Anexo:
El dinero importa más que el asesinato
Robert Fisk*
Ottawa. A casi 8 mil kilómetros de la ciudad donde su cuerpo fue sepultado en secreto –ya sea entero o en pedazos– por sus asesinos sauditas, la muerte de Jamal Kha-shoggi sacude ahora los escrúpulos y los bolsillos de otro país. Canadá, tierra de los libres y las conciencias liberales –especialmente durante el mandato de Justin Trudeau–, de pronto se ve confrontada con los frutos de los antecesores conservadores del joven y brillante primer ministro, y una simple cuestión de conciencia: ¿debe Trudeau romper un acuerdo de 2014 para vender equipo militar a Arabia Saudita por casi 12 mil millones de dólares? (15 mil millones de dólares canadienses).
Cuando Canadá decidió vender sus flamantes vehículos blindados ligeros (LAV, por sus siglas en inglés) al reino saudita, éste ya tenía una bien merecida fama por sus decapitaciones y por su apoyo a islamitas violentos fuertemente armados. Pero Mohamed bin Salmán aún no era el príncipe heredero de su piadoso Estado. Los sauditas aún no invadían Yemen, ni le cortaban las cabezas a los líderes chiítas ni encarcelaban a sus propios príncipes, ni habían secuestrado al primer ministro libanés, ni habían descuartizado a Khashoggi.
Por lo tanto, el gobierno conservador canadiense de Stephen Harper no tuvo escrúpulo alguno en llegar a un acuerdo sobre la venta a Riad de esos pequeños monstruos blindados que son los LAV, especialmente porque eran para transporte y protección de funcionarios del reino.
Es difícil acusar a Trudeau de solapar al régimen saudita. En agosto pasado, cuando los muchachos de Mohammed bin Salmán ordenaron la expulsión del embajador canadiense en Riad y suspendió todos los acuerdos comerciales con Canadá después de que el canciller de Trudeau protestó sobre el arresto de mujeres que militaban por sus derechos. Los canadienses hicieron acusaciones falsas, señalaron las sauditas, cuya reputación por hacer acusaciones falsas pronto alcanzaría proporciones dignas de una película de terror de Hollywood.
Entonces Trudeau estuvo castigado, no sólo por Riad sino por Washington, pues dos meses antes Trump lo llamó deshonesto y débil.
Desde luego, tan pronto se supo que Khashoggi fue asesinado en el consulado saudita en Estambul, la conciencia liberal de Canadá despertó. Se pensaba que era seguro que Trudeau rompería el acuerdo de 2014 por esos brillantes y ligeros vehículos que Harper ofreció a los sauditas. ¡Ay!, pero resultó que hace unos días se informó que el acuerdo incluye lo que el gobierno describió como una cláusula de prohibición de cancelación que indicaba que de no completarse la transacción se penalizaría a los canadienses con millones de dólares. Aún así, cancelar el contrato tenía sentido desde un punto de vista económico, pero como todas las cosas que involucran a los sauditas últimamente, surgiría el factor sorpresa.
Resultó que –¡Ay, ay!– esos inofensivos LAV canadienses fueron grabados en video en una provincia del este saudita en 2017 reprimiendo una rebelión civil chiíta.
El ministerio canadiense del Exterior –que hoy se ha rebautizado como departamento de Asuntos Globales de Canadá, lo cual es toda una obra maestra– suspendió las exportaciones de armas y ordenó una completa y profunda investigación; igual a la que hoy conducen con entusiasmo los sauditas en torno al asesinato y entierro clandestino de Khashoggi. La versión canadiense de dicha investigación concluyó que los vehículos habían sido modificados por los sauditas tras su exportación.
Para entonces, Mohamed bin Salmán ya era el dueño del circo en Riad, y Trudeau ya era el dueño del circo en Ottawa. Pero llegó otra vez el factor sorpresa saudita. Trascendió que los LAV fueron modificados secretamente con torretas y ametralladoras y entonces fueron usados en una operación saudita de 2017 en la que murieron 20 civiles –y aquí interviene la Deux ex machina (Dios desde la máquina) que le gana a todas las demás– el reporte de Asuntos Globales agregó (en una sátira inconsciente) que no hubo violaciones a los derechos humanos por parte de las fuerzas sauditas que hicieron esfuerzos por minimizar las bajas civiles. El documento agregó (lo adivinaron, lectores) que el uso de la fuerza fue proporcionado y apropiado.
Gracias al cielo, los sauditas dispararon ametralladoras instaladas en esos vehículos en vez de atacar a sus enemigos con cuchillos y seguetas cortahueso.
Pero ahora –y aquí la más gastada metáfora resulta la más apropiada– el cuchillo fue clavado en la espalda de Trudeau. Un tal Ed Fast, diputado de la oposición conservadora de Canadá, quien fungió como ministro de Comercio conservador, fue quien ayudó originalmente a lograr los lucrativos acuerdos de ventas de armas con los sauditas. Él explicó que las cláusulas sobre penalizaciones por no completar la transacción no tienen nada qué ver con él y fueron añadidas posteriormente por la compañía General Dynamics Land Systems, que fue la que armó estas miserables máquinas en Ontario.
Fast añadió, el pasado fin de semana, que el contrato debe cumplirse, y que lo que Canadá debe hacer es castigar a los sauditas enfocándose en las propiedades de los que violan los derechos humanos y poner fin a las importaciones de petróleo del reino.
Nadie ha disfrutado esto tanto como los sauditas porque Ed Fast tuvo una recaída al expresar una alucinante opinión que minimizaba el asesinato de Khashoggi: describió el descuartizamiento del periodista saudita en Estambul como un tema y una situación, y me imagino que se refería a un problema. Porque según Fast la cancelación del acuerdo de venta de armas no castigaría realmente a los sauditas, y de todas formas –ahí vamos de nuevo– ellos comprarían vehículos blindados a otros países.
Dennis Horak, ex embajador canadiense en Arabia Saudita –es extraño cómo estos ex embajadores tienen la costumbre de defender a Riad–, anunció que la cancelación sólo serviría para castigar a más de 3 mil canadienses que verían desaparecer sus empleos como trabajadores de clase media altamente calificados por un gesto que no afectaría en nada a Arabia Saudita. Un mensaje así se perderá en el liderazgo saudita, agregó. Venderles vehículos blindados no fue un favor sino una transacción comercial.
Horak declaró al periódico Toronto Star que lo que se debe hacer es hablar directamente con los sauditas e involucrarlos en vez de aislarlos.
¿Quién diría que este es el mismo embajador Horaka a quien los sauditas expulsaron de Riad apenas en agosto pasado, después de que la cancillería canadiense protestó por el arresto de mujeres activistas en el reino? ¿Es que quiere que lo dejen regresar, por amor de Dios?
No es difícil apreciar la moral –o más bien la inmoralidad– de la historia. Las armas siempre serán más importantes que el asesinato. Nuestros amigos de la clase media y sus familias –porque afortunadamente no he visto que haya muchas mujeres entre los directivos de las compañías de armas– deben tener sus empleos asegurados a cualquier precio, incluidos muertos.
Bodas en Yemen, hospitales bombardeados o periodistas descuartizados. Y eso que hace apenas dos semanas nos enteramos que en los consulados pueden hacerse cosas más ambiciosas que tramitar divorcios. Siempre se corta la tela a la medida de los escrúpulos hasta de los más liberales estados occidentales, para que los temas y situaciones no interfieran con las transacciones comerciales de la economía global. (Traducción: Gabriela Fonseca)
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*Periodista y escritor británico con sede en Beirut, premiado varias veces sobre el Oriente Medio. Es uno de los muy escasos reporteros occidentales que habla fluentemente el árabe. © The Independent. En La Jornada de México, 02.11.18.

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