Por Alberto Mesas* – Contexto y Acción (CTXT)
La movilización ciudadana en Serbia aúpa al poder a la Lista Estudiantil, un experimento político transversal y de democracia de base que encierra un mosaico de ideologías.
Tras ocho años de movilizaciones ciudadanas contra la corrupción y la deriva autocrática del Ejecutivo, una candidatura impulsada por el movimiento estudiantil ha obtenido la mayoría absoluta en las elecciones generales.
Más que un hombre de partido, Aleksandar Vučić siempre ha sido un hombre del sistema. A la manera de los viejos apparátchik soviéticos, el hasta hace apenas un mes presidente de Serbia supo navegar como pocos el caos que dejaron en el país el fin del comunismo y el desmembramiento de Yugoslavia. En eso se parecía un poco a Milošević –quien lo nombró ministro de Información–. Ambos supieron ser comunistas cuando tocaba, echarse después en los brazos del socialismo y acabar envueltos en la bandera del nacionalismo más exacerbado y excluyente.
Vučić parecía intocable, y durante doce años lo fue. Como buen camaleón político, en 2008 fundó el Partido Progresista Serbio (SNS), que en realidad es una formación profundamente conservadora y de corte ultranacionalista. Y subido en ese barco ha sido el rostro del poder en Serbia desde 2014, hasta que unas elecciones generales, esta vez sí, han acabado tumbándolo.
Durante años, decenas de miles de serbios han salido a la calle masivamente en multitud de ocasiones para denunciar los dejes autoritarios que Vučić y su Ejecutivo fueron adquiriendo conforme crecía su mayoría parlamentaria. Con un control asfixiante de los medios de comunicación públicos, un fuerte hostigamiento a los privados, y campañas de ataques constantes –a veces llegando a las agresiones físicas– contra la oposición, el SNS de Vučić llegó a ser prácticamente todopoderoso. Hasta noviembre de 2024.
La marquesina de Novi Sad, el principio del fin
El factor que ha cambiado el rumbo político de Serbia nació de una tragedia. El 1 de noviembre de 2024, el derrumbe de una marquesina en la estación de tren de Novi Sad (al norte del país) provocó la muerte de 16 personas. La estación estaba recién inaugurada tras su rehabilitación a través de un proyecto bastante opaco en lo relacionado a los contratos públicos y en el que participaron empresas chinas. Inmediatamente se desencadenó una oleada de indignación pidiendo responsabilidades que no tardó en convertirse en un clamor general por la corrupción y la censura.
Los universitarios fueron el grupo más activo en aquellas protestas, que han ido creciendo y extendiéndose a lo largo de estos dos años. Los estudiantes ya apuntaban entonces hacia un modelo de Estado en el que las instituciones parecían incapaces de fiscalizar a quienes ejercían el poder. Con el paso de los meses, la protesta estudiantil se desbordó y fue atrayendo a sectores más amplios de la sociedad.
Sin embargo, para Vučić y su Gobierno las manifestaciones no eran nada nuevo. La agresión al político opositor Borko Stefanović en 2018 sacó a la calle ininterrumpidamente a miles de personas todas las semanas hasta marzo de 2020, cuando apareció el Covid. Desde entonces, en Serbia ha habido elecciones legislativas y presidenciales, pero la falta de coordinación de la oposición, que además en alguna ocasión pidió boicotear los comicios, impidió que se produjese un cambio real.
Nueva etapa tras doce años seguidos de Vučić en el poder
Hasta ahora Vučić había sobrevivido a todas las crisis, pero en esta ocasión ha sido distinto. Como venía siendo habitual, el presidente trató de vincular las marchas con una supuesta injerencia extranjera, pero los manifestantes ya las estaban canalizando hacia la política con la Lista Estudiantil, un escenario que el presidente ha estado meses tratando de evitar, consciente de que la derrota electoral esta vez sí era posible. De hecho, Vučić dimitió a finales de septiembre y adelantó las elecciones por la presión de las protestas.
Así, en los comicios del pasado domingo 25 de octubre, la candidatura de los estudiantes obtuvo el 52,6% de los votos –mayoría absoluta–, frente al 39,2% de la coalición encabezada por el SNS. El Partido Socialista se quedaría fuera del Parlamento, debilitándose así también el entramado de apoyos que había permitido al SNS sostener su hegemonía.
“Los estudiantes han ganado, y con ellos la esperanza de que Serbia pueda ser un país de justicia, libertad y dignidad”, remarcan desde la Lista Estudiantil incidiendo en que “estar en el poder no es un privilegio, sino una responsabilidad hacia el pueblo”. En el movimiento defienden que con la mayoría obtenida en los comicios pretenden abrir “una etapa en la que Serbia no esté dividida entre vencedores y perdedores, sino en la que todos los ciudadanos construyan juntos un país donde todos tengan derecho al voto, a conocer la verdad y a tener un futuro”.
De hecho, la Lista Estudiantil se ha marcado como prioridades eliminar la censura y la manipulación política de los medios de comunicación, acabar con las presiones sobre los trabajadores del sector público y combatir la violencia institucional. Sin embargo, uno de sus temas estrella en campaña ha sido el de la depuración de responsabilidades por el accidente de la marquesina de Novi Sad: “Serbia necesita justicia y un sistema en el que todos sean iguales ante la ley, sin que los derechos dependan de la afiliación política”, defienden, e insisten en que “sería terrible que no se encontrara a los responsables y escandaloso que los culpables hayan sido indultados por el anterior presidente”.
“Las protestas estudiantiles han sido el único movimiento de las clases populares que ha conseguido catalizar un cambio de manera sostenida en el tiempo”, expone el politólogo experto en los Balcanes Alejandro Esteso Pérez. Para él, el hecho de que anteriores movilizaciones no tuviesen un impacto tan grande se debe, por un lado, a que el movimiento estudiantil no tenía un líder claro y establecido; y por otro a que “los estudiantes se han movilizado, han ido a los pueblos y las ciudades pequeñas, puerta por puerta, para hablar y al menos promocionar esa candidatura alternativa”.
Esto, explica Esteso, ha permitido llegar más allá de las grandes urbes. “Hasta entonces, este tipo de movimientos de protesta estaban confinados a Belgrado, Novi Sad, Nis, etc, y eran movimientos preeminentemente urbanos, de las clases urbanas, que se dirigían a gente de clases quizá con un mayor nivel educativo y un mayor poder adquisitivo”, comenta.
En estos doce años en el poder –primero como primer ministro y después como presidente– Vučić ha ejercido un liderazgo muy personalista, combinando el nacionalismo serbio con una retórica ambigua en sus relaciones con la Unión Europea. Sin embargo, las constantes críticas de Bruselas sobre la transparencia en los procesos electorales, la censura en los medios de comunicación y la corrupción le han acarreado un enorme desgaste.
Esteso añade que en la derrota del SNS “también ha ayudado el hecho de que en todos esos años los partidos de la oposición han sido un cero a la izquierda. No han sabido ofrecer una alternativa atractiva, no han tenido candidatos populares”. De hecho, prosigue el politólogo, “de cara a estas elecciones muchos de estos partidos de la oposición decidieron directamente no presentarse para favorecer a los estudiantes”.
Una campaña sin personalismos y evitando temas espinosos
La Lista Estudiantil ha sido un experimento político totalmente transversal y de democracia de base. En lugar de organizarse en torno a un líder o una estructura de partido ya consolidada, el movimiento articuló su candidatura mediante un proceso de deliberación salido de las asambleas estudiantiles. La mayoría de los 250 nombres de las listas electorales fueron seleccionados entre personas propuestas por más de 80 facultades, y tuvieron que recibir la aprobación de esas mismas asambleas.
También se estableció un filtro político. La Lista excluyó a miembros y exmiembros de los partidos que han gobernado en Serbia, así como a políticos y burócratas que habían trabajado para el Gobierno y a altos cargos de los partidos de la oposición, con el objetivo de construir una candidatura independiente tanto del entorno del SNS como de la oposición. La idea era vertebrar una alternativa a las élites políticas sin depender del partidismo y las afiliaciones que han marcado la vida institucional serbia desde que Yugoslavia estaba en pie.
Quizá la principal fortaleza de la Lista Estudiantil ha sido su capacidad de atraer a votantes descontentos con el Gobierno alrededor de unas demandas compartidas más allá de ideologías, y no metiendo en campaña temas espinosos como la adhesión a la UE o la relación con Kosovo. “Hay que tener en cuenta que la Lista Estudiantil no es de izquierdas”, advierte Esteso. “Engloba un mosaico inacabable de ideologías que se han unido para acabar con un sistema que consideraban injusto y para llevar a sus responsables a la rendición de cuentas”, prosigue.
El politólogo, por tanto, no espera cambios radicales en asuntos de la política exterior como las relaciones con Rusia, China y la UE, o la cuestión de Kosovo: “Hay un consenso social sobre ciertos temas que la Lista Estudiantil no va a romper, porque forman parte del discurso mayoritario en Serbia […] Algo muy raro tendría que pasar para que el nuevo gobierno se quisiera acercar, por ejemplo, a la OTAN”, ejemplifica.
En Bruselas, la derrota de Vučić ha sido bien recibida, al menos de cara a los medios de comunicación. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha felicitado a la Lista Estudiantil, y se abre la posibilidad de una relación distinta con Belgrado. Esteso Pérez apunta a que varios Estados miembros, como Francia o Alemania, encontraron en Vučić una figura muy cómoda con la que tener buenas relaciones diplomáticas y evitar que se acercase demasiado a las esferas de influencia rusa o china. El politólogo destaca como significativo “que ninguno de estos países, ni la propia Comisión, se hayan posicionado claramente sobre estos dos últimos años de protestas, únicamente han esperado al desenlace”.
Serbia es un país candidato a la adhesión, pero Vučić navegó entre el acercamiento al bloque comunitario y la continuidad con sus vínculos económicos y políticos con otros actores, principalmente Rusia. Esa ambigüedad le permitió maniobrar para forjar alianzas a nivel internacional, pero las dudas sobre la calidad democrática del país siempre entorpecieron el acercamiento de la UE.
*Periodista por la Universidad Complutense de Madrid especializado en temas sobre migraciones, derechos humanos y Balcanes occidentales.
