Del mal uso de los impuestos

Por Luis Casado*

Cuando un ‘experto’ del Banco Mundial anuncia una desgracia, la desgracia es tan probable como si el anuncio lo hiciese el FMI. Están para eso. Los que pagan el pato, siempre, son los mismos.

No me cansaré nunca de repetir las palabras de Adam Smith en su célebre libro De La Riqueza De Las Naciones (1776): los impuestos sirven para financiar el gobierno civil, y la principal tarea del gobierno civil consiste en proteger a aquellos que poseen un patrimonio de aquellos que no poseen nada.

El buen Adam lo tenía claro. Y suponía que los más interesados en pagar impuestos eran precisamente los ricos, para proveer con qué defender sus propios intereses. No obstante, los poderosos no tardaron en darse cuenta de que podían confiarle esa eminente tarea a los mismos pringaos de los cuales se defienden. Así, la mayor parte del financiamiento del gobierno civil se obtiene exprimiendo a los que menos tienen. El riquerío hace como Sebastián Piñera: se lleva la pasta a los paraísos fiscales sin pagar un centavo de impuestos. Desde tiempos inmemoriales.

Lo que demuestra que no solo son voraces y codiciosos sino además incapaces de aprender las lecciones de la Historia. Quien cree que la Revolución Francesa tuvo lugar el 14 de julio de 1789 –la Toma de la Bastilla– no se entera: el descalabro comenzó mucho antes, como consecuencia de la enésima hambruna que golpeó a los franceses durante 1788 y 1789, y de la imaginativa variedad de impuestos que cobraban los privilegiados. Digo cobraban porque, sistema monárquico mediante, ni la nobleza ni el clero pagaban ni uno.

El pinche campesino que poseía una cabañita y un pedazo de tierra debía pagarle entre un 5 y un 10% de su ingreso al rey (la taille). A lo que el régimen agregó los ‘vigésimos’ (vingtièmes), incrementando la carga impositiva hasta en un 30% si consideramos las regiones menos afectadas (Cambrésis, Flandres). A lo que precede se agregaba una cascada de tasas indirectas y/o servidumbres a la entrada de los productos en las ciudades (octroi), a su transporte y a su venta (gabelle), el mantenimiento de las rutas (corvée), el servicio de la milicia, etc.

Entretanto el clero cobraba el diezmo (dîme) y los señores feudales los champarts, sin contar a los usureros y los rentistas. Según Pierre Goubert, historiador del Antiguo Régimen, la totalidad del impuesto representaba en esos años entre un 30 y un 50% del ingreso de los campesinos que constituían la inmensa masa de una población de 26 millones de almas. El clero y la nobleza, reunidos, representaban apenas 400 mil personas. Y como se ve, compartían la riqueza mitad y mitad.

¿Hay que sorprenderse si, ya en 1788, los campesinos tomaron por asalto las oficinas encargadas de cobrar tasas e impuestos? La revuelta frumentaria fue acompañada de la insurgencia fiscal.

Si te hago el cuento es porque Miss Carmen Reinhart, economista jefe del Banco Mundial (el mismo Banco Mundial que manipula sus cifras y se cachondea con el índice Doing Business…), acaba de tocar la sirena de alarma de incendios.

Carmen, ¿puedo llamarla Carmen?, anuncia un desmadre-de-dios-te-guarde que no tardará en caernos encima: la inflación. Allí donde los banqueros centrales –como Mario Marcel y otros irresponsables– juran que se trata de un fenómeno transitorio, Carmen Reinhert afirma: “No veo la inflación como algo transitorio”. Carmen sostiene que la inflación viene para quedarse.

Que en Europa la energía –gas, electricidad, carbón, gasolina, fuel, diesel– se venda ya en las joyerías no ayuda a desmentirla. Como diría Joaquín: “No mames wey, el diesel está en más de € 1,53 el litro (1.530 pesos chilenos)… ¿qué pedo?”

Los desórdenes monetarios, la emisión de todo el billete necesario para salvar a las empresas y a la Banca, pagar las vacunas enriqueciendo a los Laboratorios, distribuir el IFE y otras limosnas, amén de la especulación bursátil y dos o tres saqueos más, del 2008 en adelante hasta ahora, rompió el dique. Las Bolsas están allá arriba, junto a media docena de milmillonarios que van a pasar algunos minutos en el espacio a 40 millones de dólares el ticket… pero la manivela va a patear de regreso.

Carmen –para eso le pagan– toca el pito. Apunta al gigantesco endeudamiento del sector privado (francamente impagable), a la inconmensurable deuda soberana, y no puede sino ofrecer sus luces con relación a cómo salir del aprieto:

“La economista jefa del Banco Mundial apunta a los impuestos como el instrumento más efectivo para reducir la abultada deuda pública pospandemia”.

Hasta ahí… yo mismo. No hace falta ir a perder el tiempo a Harvard para saber que si las entradas son insuficientes para pagar las deudas, no hay 30 soluciones. Los gobiernos volverán a platicar de la necesaria reducción del gasto público, de la bienhechora austeridad, esa que nos llevó a este desmadre gracias a los cálculos de mierda del FMI (‘perdone la muerte del niño…’ dijo mi compatriota Olivier Blanchard, que en esa época fue economista jefe del FMI y su director de estudios), cálculos corregidos por un estudiante en práctica: ¡era al revés! No había que bajar el gasto: había que aumentarlo…

Pero la austeridad no basta. De ahí que Carmen Reinhart sugiera recurrir al aumento de impuestos. Hay que leer lo que dice:

“Si uno escucha a los bancos centrales, toda esta inflación es transitoria. Pero yo lo veo más complicado. La pandemia no solo ha tenido un enorme impacto sobre la demanda agregada, como ocurrió en la crisis financiera de 2008 y 2009, sino que también tiene muchos efectos por el lado de la oferta.”

Ahí está la madre del cordero. Durante décadas el FMI ha preconizado bajar los impuestos, para ‘liberar las energías de los emprendedores, incentivar la inversión y el crecimiento’. Ahora hay que comprender que no, que una vez más, es al revés: ¡hay que cobrar más impuestos!

En fin, tal vez no tan al revés… Carmen señala que –¡horror!– estamos fallando del lado de la demanda y del lado de la oferta (la Ley cayó en desuso, ya no funciona…). Razón por la cual hay que cobrar más impuestos, ya se dijo. Pero Carmen no dice a quién hay que cobrarle impuestos. No sé si ves la sutileza…

No es que yo sea mal pensado, no. Pero veo con nitidez el renacimiento de la taille, de los vigésimos, de l’octroi, de las gabelas, de las corvées, de los diezmos, de los champarts y dos o tres puntitos suplementarios de IVA para asentar el todo. Todos esos impuestos, en fin los impuestos, los pagamos los pringaos.

¿Dominga? ¿Qué pasa con Dominga? El riquerío, aparte en los sueños de Adam Smith, nunca pagó impuestos.

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*Editor de POLITIKA. Ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, le llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes. Ha publicado varios libros  en los que aborda temas económicos, lingüísticos y políticos.

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El premio Nobel de Economía fue otorgado a David Card, Joshua Angrist y Guido Imbens. Reconoce a Card por sus “contribuciones empíricas en el campo de la economía del trabajo”, entre ellas la que rebate la idea generalizada de que una subida del salario mínimo conspira contra el empleo. Angrist e Imbens fueron premiados porque –con varios siglos de retraso– inventaron el principio de causalidad ya conocido por los filósofos de la Antigüedad griega hace más de 2.500 años.

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