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El ultranacionalista primer ministro de Hungría que cree que Europa está siendo invadida por los inmigrantes

Por Redacción BBC Mundo

Se define a sí mismo como el defensor de Hungría y Europa ante los inmigrantes musulmanes

El primer ministro húngaro Viktor Orbán, del gobernante partido conservador nacionalista Fidesz-Unión Cívica Húngara, ganó este domingo sus terceras elecciones consecutivas bajo la promesa de continuar anteponiendo la soberanía nacional a cualquier otra cosa.

Pero los críticos lo atacan por considerar que sus políticas son racistas y autoritarias.

¿Qué significa para Europa que Orbán haya vuelto a triunfar en los comicios con el apoyo de casi la mitad de los votantes?

«Mantener a Hungría como Hungría»

En 2015, Viktor Orbán era uno de los líderes mundiales a la cabeza de la masiva manifestación que recorrió París por la libertad de expresión y contra el terror tras el ataque sufrido por el periódico satírico francés Charlie Hebdo.

Orbán fue claro desde el primer momento sobre a quién había que culpar: a los inmigrantes.

«Nunca permitiremos que Hungría se convierta en un país objetivo de los inmigrantes. No queremos minorías con culturas y antecedentes diferentes entre nosotros. Queremos mantener a Hungría como Hungría», dijo.

Fue un discurso que Orbán ya había utilizado en el pasado. Pero desde aquel momento, comenzó a explotarlo para continuar atrayendo el interés de los votantes.

En 2015 y 2016, Europa tuvo que hacer frente a otro desafío: la llegada de cientos de miles de refugiados.

Según Orbán, muchas de estas personas no eran refugiados huyendo de la guerra y la persecución sino «inmigrantes económicos» buscando una mejor vida en el oeste de Europa.

En realidad, muy pocas de las miles de personas que cruzaron la frontera de Hungría desde el sur en 2015 querían quedarse allí. Se dirigían a los países más prósperos de Europa occidental.

Pero la pesadilla de Orbán era que en el futuro pudieran ser devueltos a Hungría desde Austria o Alemania.

En mayo de 2015, la Comisión Europea propuso cuotas obligatorias para redistribuir a los solicitantes de asilo. Pero Orbán no estaba dispuesto a aceptarlas.

«Nadie nos dirá a quién dejamos entrar en nuestra propia casa», exclamó.

Y respondió con una valla. En junio de 2015, Hungría anunció la construcción de una barrera de 175 kilómetros a lo largo de la frontera sur con Serbia.

«Cortina de hierro» contra inmigrantes

Poco antes, su partido Fidesz había perdido dos elecciones parciales y el líder, según sus críticos, vio en la carta de la inmigración un auténtico filón.

En los meses siguientes, su partido recuperó hasta un millón de seguidores, según los encuestadores.

La valla fue construida y se agregó una extensión de 40 kilómetros a lo largo de la frontera con Croacia. Cubierta con bobinas de alambre de púas, se reforzó con una segunda valla, una corriente eléctrica de 900 voltios y cámaras de visión nocturna.

«La antigua cortina de hierro se construyó contra nosotros. Este fue construido por nosotros», dijo entonces Orbán.

Su mensaje está claro. Hungría no está abierta a los inmigrantes, y su mensaje tocó la fibra sensible de muchos húngaros.

El primer ministro le preguntó a la población en un referéndum celebrado en 2016 si quería que la Unión Europea (UE) «impusiera inmigrantes» a Hungría.

La respuesta fue un rotundo «no» del 41% del electorado, aunque la participación fue demasiado baja para que el resultado fuera tomado en cuenta.

«¡Rusos, váyanse a casa!»

Nick Thorpe, corresponsal de la BBC en Budapest, recuerda cómo conoció a Orbán en 1988, quien le explicó cómo estaba organizando un nuevo movimiento político junto a sus amigos.

Se llamaría Fidesz, oAlianza de los Jóvenes Demócratas (nombre al que después se añadió Unión Cívica Húngara), y sería rival de la Liga de Jóvenes Comunistas.

Orbán tenía 25 años.

Nació en mayo de 1963 en Szekesfehervar, una ciudad a 60 km al sur de Budapest. De niño fue un alumno brillante y un talentoso futbolista.

Su padre era miembro del Partido Comunista. Sin embargo, según uno de sus biógrafos, el sentimiento anticomunista de Orbán probablemente surgió del acoso y la propaganda marxista a la que fue sometido durante su servicio militar.

El movimiento juvenil Fidesz se transformó rápidamente en un partido político, con una ideología liberal.

En 1989, frente a decenas de miles de personas, Viktor Orbán se unió a otros líderes de la naciente oposición húngara para exigir que las tropas soviéticas abandonaran Hungría.

El último soldado soviético salió del país en junio de 1991, mientras los activistas de Fidesz agitaban pancartas triunfales.

Fidesz obtuvo un respetable 9% en las elecciones de 1990, pero cayó a 7% en 1994.

Pero Orbán vio una brecha que se abría en la derecha política y se apoderó de ella, arrastrando a su partido liberal hacia una tendencia más conservadora.

Sus primeros cimientos

A mediados de los 90, mientras una coalición socialista-liberal gobernaba Hungría, Orbán continuaba su giro hacia una postura más conservadora.

En aquella década, Hungría vivió un cambio dramático. Fábricas, tierras agrícolas, bosques y negocios fueron privatizados.

La inversión extranjera llegó al país, pero gran parte de las fábricas húngaras fueron destruidas. Las empresas occidentales no querían industrias casi obsoletas. El número de desempleados llegó a un millón.

El país estaba lleno de resentimiento entre los nuevos ricos y los nuevos pobres, entre nacionalistas y liberales. Mucha gente sentía que la privatización había ido demasiado lejos y que la riqueza nacional se había perdido.

En 1998, Orbán ganó las elecciones y formó un gobierno de coalición. Su mandato fue visto como exitoso y, poco a poco, fue preparando la entrada de Hungría en la UE.

Por eso, su sorpresa fue mayúscula cuando perdió frente a los socialistas en los comicios de 2002.

Tras ser derrotado nuevamente en las elecciones de 2006, Fidesz regresó al poder en 2010 en un país que aún se tambaleaba por los efectos de la crisis económica mundial.

Con una mayoría de dos tercios en el parlamento, Fidesz era imparable y forjó un nuevo estado basado en su propia ideología.

Orbán impulsó una nueva Constitución que enfatizaba los valores cristiano-conservadores de la nación y la familia.

Se aprobó una nueva ley de medios. La televisión pública, la radio y la agencia estatal de noticias se convirtieron en portavoces del gobierno. Debido a la presión internacional, la ley fue finalmente enmendada.

Huída de trabajadores

Orban prometió crear un millón de empleos en 10 años, y afirma que ya ha alcanzado los 740.000.

Pero lo cierto es que 180.000 personas están empleadas en programas de trabajo del gobierno, barriendo calles y limpiando matorrales, con poca capacitación para progresar en el mercado laboral.

El auge de la construcción en el país está impulsado por fondos de la UE de entre US$3.700 y US$5.000 millones al año.

Muchos húngaros, sin duda, se sienten mejor que hace cuatro años. Los salarios han aumentado en más del 10% al año y el desempleo está por debajo del 4%.

Pero cada vez escasean más los trabajadores, ya que más de 600.000 emigraron a otros países europeos en busca de salarios más altos.

También hay denuncias de corrupción que afectan al gobierno.

El yerno del primer ministro, así como varios ministros y empresarios conectados con Fidesz, están acusados de desviar fondos públicos. El yerno de Orbán niega cualquier delito.

«Entre dos osos»

A finales de 2009, Orbán hizo una corta visita a San Petersburgo para asistir al congreso de Rusia Unida, el partido de Vladimir Putin.

Era un viaje llamativo para un hombre que había alcanzado la fama en 1989 por decir a los soldados rusos que salieran de su país.

Pero la crisis financiera de 2008 había afectado la confianza de Orbán en el modelo económico occidental.

Al «girar hacia el este» -incluidos Rusia, China y Turquía-, Hungría buscó nuevos inversores cuya disposición a hacer negocios no se viera afectada por el desdén hacia sus acciones en el país.

El país depende en gran medida de la energía rusa. Oleoductos gigantes construidos en la era soviética la canalizan a Hungría a través de Ucrania.

Orbán también firmó con Putin un acuerdo para proveer al país de energía nuclear, a pesar de los estudios que sugerían que costaría tres veces más que la electricidad comprada en la red europea.

Por otro lado, la fortuna de Hungría está profundamente entrelazada con la de Alemania.

Una cuarta parte de las exportaciones húngaras van a aquel país, y 300.000 personas trabajan para compañías alemanas.

«La estrategia del primer ministro es mantener la misma distancia entre dos osos, los rusos y los alemanes», le dijo a la BBC un cercano aliado político de Orbán.

«Ve las tragedias de la historia húngara como resultado de estar demasiado cerca de una u otra. Orbán no es la marioneta de Putin. De hecho, Orbán cree que puede manipular a Putin», señaló.

En cuanto a sus relaciones con Angela Merkel, estas se enfriaron notablemente desde la última visita de la canciller alemana a Budapest en febrero de 2015.

Incluso antes de la crisis de refugiados de 2015, Merkel consideraba a Viktor Orbán como «un hombre peligroso».

¿Identidad europea o centroeuropea?

La lealtad de Hungría hacia la UE y la OTAN, dicen, está probada por la decisión de Hungría de expulsar a un diplomático ruso por el reciente caso de envenenamiento Skripal en el Reino Unido.

«Hay otras maneras de mostrar solidaridad con nuestros socios europeos que aceptar inmigrantes», dijo una fuente gubernamental de alto rango. «Por ejemplo, construyendo vallas para fortalecer las fronteras exteriores de la UE».

Según Orban, no existe una identidad europea, contradiciendo las afirmaciones de los líderes alemanes y franceses. Pero sí hay una identidad centroeuropea entre los dos osos de Rusia y Alemania.

Viktor Orban ha estampado su propia personalidad en el mapa de Europa. Es admirado en todo el mundo por personas que quieren defender la soberanía nacional frente a la globalización.

¿Pero cómo lo juzgará la historia? Depende de si termina en el lado ganador o el perdedor.

Si los países de Europa central (Hungría, Eslovaquia, República Checa y Polonia) se hacen más fuertes, como contrapeso a las visiones de Europa de Emmanuel Macron y Angela Merkel, Orbán se sentirá tranquilo.

Si sus críticos admiten que él tenía razón al identificar la inmigración como la «maldición» de esta era, él reclamará su reconocimiento.

Pero si los futuros fondos de la UE están vinculados al respeto de los valores europeos o si la población húngara se cansa de su estilo autoritario, Viktor Orbán se quedaría en una incómoda y solitaria situación.

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ANEXOS:

–Europa ante Hungría

Xavier Vidal-Folch – El País

Urge condicionar el otorgamiento de nuevas subvenciones de los fondos estructurales europeos al respeto de los principios democráticos

Desde que Viktor Orbán volvió al poder en 2010, tras una cuarentena en el ostracismo, por corrupto, recuperó lo peor de la historia húngara. Reformó en 2011 la Constitución, para hacerla confesional y nacionalista; modificó la ley electoral en favor de su partido; edificó una “democracia iliberal”.

Acentuó el viraje hacia la xenofobia (y el racismo antigitano), cuando apenas un 1,5% de la población proviene del exterior. E instauró el éxtasis populista cuando la marea de refugiados alcanzó su país en 2015: les endilgó calificativos como los de “aprovechados” o “terroristas potenciales”.

Lideró el incumplimiento de los planes de la Unión Europea para reasentar refugiados, alegando una presunta “invasión musulmana”; formuló una inane alternativa retórica al europeísmo, parloteando de “construir y defender nuestro hogar, Europa central, y mantenerlo como nacional y cristiano”; y se consagró como un Cifuentes del PP Europeo, ese forúnculo que a todos los conservadores asquea, pero que nadie se atreve a reventar, porque les ha sido útil para derrotar al adversario ideológico.

El húngaro no ha sido un caso de distorsión democrática y antieuropea solitaria entre los nuevos socios que la UE salvó de las garras pos-soviéticas. Sigue Polonia, y en menor medida, la República Checa. Y esos agujeros negros del Este mantienen parentescos con líderes del Oeste populistas ultras, como Marine Le Pen, Geert Wilders o Matteo Salvini. La maldad, como la estupidez, no tiene fronteras.

La Europa democrática acertó al acoger a los prófugos del Este, por dignidad y por imperativo histórico. Pero el modo de acogida podría haber sido más exigente: faltó prever que los años de avasallamiento soviético a sus naciones regurgitaría en ellas el sueño de soberanías imposibles.

Y pues, debería haber ultimado un fácil procedimiento de expulsión, al menos a efectos disuasorios. La amenaza, ya actuante en el caso de Polonia, de activar el artículo 7 del Tratado de Lisboa (sanciones políticas y reputacionales) no basta.

Urge condicionar el otorgamiento de nuevas subvenciones de los fondos estructurales europeos al respeto de los principios democráticos. Sencillamente, para no financiar con nuestro dinero a sus violadores, las democracias iliberales, la semidictaduras.

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–La Hungría de Orbán, el país donde arraiga el odio

Por Gina Tosas – La Vanguardia, Barcelona

En la Hungría de Viktor Orbán, ‘inmigrante’ es un insulto que se puede escuchar en la calle. El discurso antiinmigración de Fidesz, el partido gobernante en el país centroeuropeo en los últimos ocho años, ha calado en gran parte de la sociedad húngara, considerada la más intolerante con los musulmanes de Europa. Tal es la histeria ante la “amenaza extranjera” proclamada por el Gobierno de derechas que en alguna ocasión ciudadanos de a pie han denunciado turistas o deportistas procedentes de países árabes porque sospechaban que eran inmigrantes irregulares.

Así lo explica a LaVanguardia.com el investigador en Europa y Asia Central para Human Rights Watch (HRW), Todor Gardos. “Orbán ha cambiado el debate público introduciendo una retórica tóxica de odio contra los refugiados, inmigrantes, musulmanes y gitanos rumanos que cambia la manera como los húngaros ven a las minorías: como ciudadanos de segunda”.

Orbán ha cambiado el debate público introduciendo una retórica tóxica de odio contra los refugiados, inmigrantes, musulmanes y gitanos rumanos”

Víktor Orbán, el primer ministro húngaro que este domingo aspira a conquistar su tercer mandato en las elecciones parlamentarias, ha basado su campaña (y sus últimos tres años de Gobierno) en una incesante idea: el ‘enemigo’ extranjero. Sin embargo, las cifras contradicen los mensajes de la amenaza exterior: apenas el 1,5% de la población de 9.800.000 millones de personas en Hungría es extranjera y la mayoría (66%) son europeos, según la Oficina Central de Estadística del país. Y en el último año se han reducido las peticiones de asilo: de más de 26.000 en los primeros diez meses de 2016 a 3.035 en el mismo periodo de 2017, según ACNUR.

El aumento del flujo de refugiados y migrantes que llegó a Europa en el verano de 2015 le sirvió a Orbán para justificar su ideología populista. Pero además cerró las puertas del país centroeuropeo y dejó en él atrapados miles de refugiados que huían mayoritariamente de las guerras de Siria, Irak y Afganistán. Poco después, el primer ministro construyó una doble valla de alambre a lo largo de la frontera con Serbia para frenar la ola de solicitantes de asilo y creó una ley que permitió arrestarlos en la frontera. En las zonas de tránsito había a mediados del pasado noviembre 455 solicitantes de asilo detenidos, incluidos 243 niños, entre ellos 19 niños no acompañados por adultos.

“Europa afronta ahora una invasión”, alarmaba Orbán en un acto en Budapest el pasado mes de marzo. “Su tarea (la de la oposición) es hacerse con el poder e implementar el gran plan: romper Hungría, que se encuentra en el camino de los inmigrantes”. En otra ocasión llegó a decir: “No queremos que nuestro color se mezcle con otros” y ello le valió el calificativo de racista y xenófobo por parte del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Zeid Raad al Hussein.

Para el experto de HRW, la instigación al odio que se plasma en los discursos del Gobierno, denunciada recientemente por las Naciones Unidas, ha contaminado el país de tal forma que la discriminación se ve como un acto cada vez menos condenable. “Las instituciones se permiten discriminar porque el Gobierno defiende esta retórica de odio que diferencia a las personas en base a sus origen o estatus. Es espantoso”, afirma Gardos.

Apenas el 1,5% de la población de 9.800.000 millones de personas en Hungría es extranjera y la mayoría son europeos

El investigador constata que se dan continúas muestras de discriminación contra los gitanos rumanos en el acceso a la vivienda, sanidad, empleo o educación. En 2015 se modificó la ley de educación pública para permitir la segregación de alumnos en base a su etnia en las escuelas, una medida que ha sido públicamente condenada por la Comisión Europea.

La discriminación en los tribunales es una práctica tan común como alarmante, concluye el think tank Polítical Capital, uno de los más potentes del país, en un extenso informe sobre xenofobia, radicalismo y crimen de odio en Hungría de 2016.

El estudio detalla casos en los que los jueces pasan por alto el agravante de odio en agresiones contra refugiados, migrantes o rumanos, como por ejemplo la periodista con vínculos con el partido de extrema derecha húngaro Jobbik que en 2015 pateó y puso zancadillas a varios refugiados cerca de la frontera con Serbia y que el tribunal, tras condenarla a tres años de libertad condicional por vandalismo, apuntó que nada hizo pensar que la agresión estuviera motivada por el origen étnico de la víctima.

En otro caso, dos húngaros ultras, rapados y con esvásticas, dejaron inconsciente a golpes a un solicitante de asilo de Costa de Marfil: “hombre negro vuelve a África, esto es Hungría”, le gritaron. A pesar de que los acusados dijeron enorgullecerse de su ideología nacionalsocialista ante el tribunal, el juez descartó el caso como un crimen de odio.

 “No queremos que nuestro color se mezcle con otros” – Viktor Orbán

Los expertos coinciden en señalar que uno de los mayores problemas del país es que no existe un registro de los crímenes de odio y que se eluden tales motivaciones en caso de agresiones verbales o físicas contra inmigrantes y rumanos tanto en los tribunales como en las comisarías.

Asimismo, hay casos de agentes de policía que esperan cerca de los asentamientos de rumanos para multarles por cualquier falta menor que observen. Según testimonios recogidos por el informe de Political Capital, algunas personas han sido multadas por cruzar la calle fuera del paso de zebra o caminar por fuera de la acera.

Nunca han visto un refugiado, pero los detestan

La campaña de Orbán ha calado hondo en la población, sobre todo en la Hungría rural. La propaganda del primer ministro, que ha reformado las leyes para poder aferrarse al poder y gobernar en lo que él mismo define como una “democracia no liberal”, recuerda a la del régimen comunista, de cuya herencia el país no se ha podido desprender. “¿Lo sabías? Más de 300 personas han muerto en atentados terroristas en Europa desde el inicio de la crisis migratoria”, rezaba uno de sus anuncios durante la campaña del referéndum que rechazaba las cuotas de reubicación de refugiados de 2016 que, a pesar de considerarse inválido por participación insuficiente, Hungría sigue sin cumplir la política migratoria común.

Los votantes de Fidesz en la localidad de Ercsi nunca han conocido a un refugiado, pero eso no les impide rechazarlos. No los quieren en su pueblo de 8.000 habitantes situado a 30 kilómetros al sur de Budapest. “Nunca he visto ningún refugiado”, explicaba a la agencia Reuters María Pulai, una militante activa del partido de derechas y de tinte extremista. “Pero veo televisión todo el tiempo, así que aprendí mucho. No los necesitamos aquí”, añadía.

El compromiso de Orbán de preservar la soberanía de Hungría y defender los valores cristianos frente a la “invasión musulmana” le ha dado victorias abrumadoras en las últimas dos elecciones parlamentarias y es probable que haga lo mismo este domingo. Parece que su electorado se siente cómodo dando rienda suelta al odio.

“Veo televisión todo el tiempo, así que aprendí mucho. No necesitamos a los refugiados aquí” – María Pulai Militante activa de Fidesz

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— ONGs promigrantes, 1er objetivo de nuevo parlamento

BUDAPEST, Hungría (The Associated Press) El parlamento de Hungría podría aprobar en mayo una ley contra los defensores de los derechos de los migrantes, dijo el lunes un funcionario del partido del recién reelegido primer ministro del país, Viktor Orban.

La formación, de derechas y de carácter populista, impulsará el proyecto conocido como “Stop Soros” gracias a su nueva supermayoría en la cámara, explicó el vocero parlamentario de Fidesz, Janos Halasz.

La nueva ley podría complicar mucho la labor de los grupos que trabajan con solicitantes de asilo en Hungría. La nueva norma los obligaría a obtener permisos del gobierno, a tributar por los ingresos que reciben del extranjero y les impediría acercarse a menos de ocho kilómetros (cinco millas) a las fronteras del país, que es la zona donde los migrantes presentan sus peticiones de amparo.

Además se espera que la Unión Húngara de Libertades Civiles se convierta en el objetivo de los “ataques legislativos y de comunicaciones” del ejecutivo.

 

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