Multilateralismo y unilateralismo

Mitos y realidades de la Argentina de Javier Milei

Por Fernando Rosso* – Fundación Rosa Luxemburgo 

Tras casi tres años de gobierno, Milei impuso un ajuste histórico y corrió a la derecha el debate público, pero no logró fundar un orden estable.

– Aquí, como ves, hace falta correr todo lo que puedas para quedarte en el mismo lugar.
Lewis Carroll, A través del espejo.

El mito más eficaz que produjo Javier Milei fue el de su propia inevitabilidad. Durante buena parte de estos tres años pareció que no había llegado solamente para gobernar la crisis, sino para cerrarla. Había encontrado la salida por derecha al laberinto argentino y venía a cumplir la tarea histórica de cortar el nudo que nadie había podido desatar desde la gran crisis de 2001. Después de décadas de avances y retrocesos, alguien finalmente iba a romper el equilibrio que impedía reorganizar el país sobre nuevas bases. El viejo país (sus sindicatos, sus universidades públicas, sus derechos sociales, sus tradiciones igualitarias, incluso cierta memoria plebeya) habría encontrado finalmente su sepulturero. 

Mauricio Macri, presidente entre los años 2015 y 2019, había intentado movimientos en esa dirección con otro lenguaje y otra temporalidad. Milei llegó después de ese fracaso con una conclusión a la que el Macri tardío ya había arribado: el gradualismo fue el problema. Había que aprovechar la crisis, acelerar, producir hechos consumados antes de que los afectados pudieran recomponerse. En ese sentido, el mileísmo fue la etapa superior del macrismo.

Allí apareció también la contradicción original del experimento: la radicalidad del programa era mucho mayor que la fuerza propia disponible para ejecutarlo.

La Libertad Avanza, el partido de Milei, llegó al Gobierno en 2023 con una minoría parlamentaria extraordinariamente pequeña para la transformación que proponía. Para avanzar necesitó de una parte decisiva del sistema político que decía venir a dinamitar. La Ley Bases, un mega-paquete de reformas regresivas, consiguió apoyos del centro derecha del PRO, la Unión Cívica Radical, bloques provinciales y gobernadores. Con mayorías prestadas sostuvo también sus decretos. Esa colaboración fue enorme, pero no ilimitada.

El verdadero problema de Milei fue que pudo ganar elecciones, aprobar leyes, imponer un ajuste de dimensiones históricas y desplazar hacia la derecha zonas enteras de la discusión pública. Lo que no consiguió hasta ahora es transformar esos avances en un orden capaz de reproducirse sin una batalla permanente.

La batalla cultural

La filósofa y politóloga norteamericana Wendy Brown permite medir la ambición del proyecto libertariano: un neoliberalismo radicalizado y con 40 grados de fiebre. En El pueblo sin atributos sostiene que su fuerza no está sólo en privatizar, ajustar o desregular, sino en extender la racionalidad del mercado hacia territorios antes pensados con otras lógicas. El individuo debe dejar de concebirse como ciudadano o trabajador y verse como capital humano: alguien que invierte en sí mismo, compite y carga íntimamente con las consecuencias de ganar o perder.

La batalla cultural tuvo esa pretensión. Para reformar las relaciones laborales hacía falta más que una ley: había que erosionar la idea de que quienes venden su fuerza de trabajo poseen intereses comunes. Para reducir jubilaciones, la solidaridad entre generaciones debía dejar de verse como obligación colectiva. Para desfinanciar universidades, hospitales o políticas de discapacidad, cada institución pública tenía que caer bajo sospecha.

El objetivo era producir otro sentido común, un espejo invertido del “hombre nuevo” con el que soñó cierta izquierda en el siglo pasado.

Ese proyecto encontró materia disponible. Milei no inventó la precarización (aunque la profundizó), la fragmentación laboral, el endeudamiento de los hogares ni la desconfianza hacia las instituciones. Tampoco el cansancio después de años de inflación y salarios en retroceso después de un gobierno de todas las fracciones del peronismo encabezado por Alberto Fernández que había prometido reparar la experiencia macrista y terminó en 2023 con una inflación anual superior al 200%. La Argentina que recibió Milei estaba exhausta antes de ser libertariana.

A los pseudointelectuales del mileísmo les gusta presentar a su movimiento como un “gramscismo de derecha”, envoltorio que también compraron analistas del otro campo. Sin embargo, es en el posmarxista Ernesto Laclau donde se encuentra una llave para entender la construcción política que permitió a Milei llegar hasta donde llegó.

Vendrá la casta y tendrá tus ojos

La “casta” fue un significante extraordinariamente productivo porque podía alojar malestares de distinto origen: el comerciante que odiaba los impuestos, el trabajador o la trabajadora informal que veía pasar derechos a los que nunca accedía, el asalariado furioso con la inflación, el joven que ya no imaginaba llegar a tener una casa, quien rechazaba al feminismo o a la dirigencia sindical. La operación consistió en volver circunstancialmente equivalente lo estructuralmente heterogéneo y darle un adversario. Laclau estudió esa capacidad de construir un “pueblo” mediante una frontera político-discursiva. Milei lo hizo desde la derecha con eficacia, pero con una falencia decisiva: ese “pueblo” es demasiado volátil, por no decir efímero en términos históricos.

El jamaiquino Stuart Hall vio algo parecido, aunque en otro país y otro tiempo, cuando estudió el thatcherismo. Margaret Thatcher privatizó empresas, derrotó sindicatos estratégicos y consiguió hablar de orden, propiedad, aspiración individual, nación y consumo; combinó coerción con promesas materiales y modificó el terreno sobre el cual incluso sus adversarios discutían.

Milei quiso hacer algo comparable en ambición, pero sobre un capitalismo periférico y semicolonial, endeudado, de baja productividad y recurrente restricción externa (falta de dólares “genuinos”), con una burguesía que suele pedir menos Estado para los derechos sociales y mucho Estado cuando necesita protección o rescate. Y lo intentó sin haber producido una derrota de la magnitud de la que impuso el thatcherismo a las fuerzas capaces de bloquearlo.

Varios siglos antes que Laclau o que Stuart Hall, Maquiavelo ya distinguía entre quienes llegan al poder por virtud propia y quienes llegan por fortuna. De los segundos decía que no encuentran obstáculos en el camino porque lo recorren volando: las dificultades empiezan cuando aterrizan. Y agregaba una imagen botánica: lo que nace y crece de golpe no tiene raíces, y el primer mal tiempo lo apaga. Milei pasó de una banca de diputado a la Casa Rosada en dos años. Voló. Lo que no pudo fue echar raíces.

El péndulo y la brújula

Este punto conecta al mileísmo con un problema mucho más antiguo: el empate argentino. Los sucesivos bloques que conquistan el gobierno, modifican aspectos importantes de la sociedad y hasta producen derrotas en el campo contrario, pero no logran estabilizar un proyecto que discipline de manera prolongada a sus adversarios y organice una mayoría social relativamente estable. Milei confundió el envión del péndulo con el norte de la brújula.

La historia desmiente una fantasía: que una transformación social de semejante escala puede imponerse de una vez y para siempre con la única condición de tener suficiente decisión política.

El país sobre el que opera Milei no es una hoja en blanco. Los sindicatos están debilitados, pero no fueron destruidos. El movimiento de mujeres perdió la centralidad del ciclo 2015-2020, pero sigue gravitando. Universidades, organismos de derechos humanos, jubilados, movimientos territoriales y distintas formas de organización obrera conservan legitimidad y capacidad de movilización. Surgen nuevos actores: endeudados o inquilinos organizados. Incluso el Congreso que colaboró con el Gobierno reunió mayorías para revertir algunos vetos presidenciales bajo presión social. La derrota necesaria para fundar un orden libertariano estable no ocurrió, para desgracia del Gobierno… y de los derrotistas.

La trampa de la “desinflación”

Durante dos años hubo una razón poderosa para imaginar que, pese a esas resistencias, Milei podía conseguir sus objetivos. La inflación se desaceleró frente al desquicio del Gobierno anterior y la inflación generada por la mega-devaluación que llevó adelante el mismo Milei cuando llegó al Gobierno. Para una sociedad acostumbrada a mirar un precio y preguntarse cuánto costaría la semana siguiente, eso produjo alivio y ayudó a tolerar una caída inicial muy fuerte del ingreso, el retroceso del gasto público, el deterioro de los servicios y el derrumbe de ramas enteras de la economía. La épica del ajuste funcionó como aquel antiguo llamado a la última guerra que va a terminar con todas las guerras: una parte del país creyó por un momento que éste era el ajuste que iba a acabar con todos los ajustes.

En agosto de 2026 la inflación mensual fue de 1,7%. Pero el PIB del segundo trimestre había crecido frente al año anterior y caído respecto del trimestre precedente; la desocupación llegó al 7,9%; la informalidad afecta a la midad de la clase trabajadora; en julio la producción industrial manufacturera estaba 5% por debajo de un año antes y las ventas reales de supermercados se habían desplomado. La pobreza, después de descender desde el pico inicial del ajuste, volvió a subir durante el primer semestre. Lo que queda de los ingresos después de pagar gastos fijos cambia dramáticamente para peor.

El 12,9% de morosidad en los créditos familiares es quizá el número más elocuente. Durante un tiempo, el crédito permitió estirar el presente: pagar el supermercado con tarjeta, patear un saldo, tomar un préstamo personal, refinanciar. El sacrificio político puede sostenerse si se parece a un puente. Con una eonomía real en ruinas, se vuelve más difícil sostener que del otro lado hay un lugar donde llegar. Por un tiempo, la deuda permitió la ilusión de que el puente todavía continuaba.

El apoyo internacional hizo su parte: en 2025, cuando el programa económico iba camino al colapso, el Tesoro norteamericano intervino directamente para salvarlo: no se hundió, pero tampoco recuperó dinamismo. Un año después atraviesa una crisis que hace dudar hasta los sectores empresarios que respaldan al Gobierno sobre la sostenibilidad del proyecto.

La erosión de la imagen presidencial corrió paralela a este cambio. La consultora AtlasIntel/Bloomberg registró a comienzos de septiembre una imagen positiva de 35% para Milei y una negativa de 62%. El Presidente conserva una base social importante, ganó las elecciones legislativas de 2025 y sigue controlando enormes recursos institucionales y políticos. Tiene el respaldo de Donald Trump y ahora festejó el triunfo de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones en Brasil. Lo que se quebró es la sensación de movimiento perpetuo y de infalibilidad.

Durante su ascenso, parecía que cada crisis terminaba fortaleciéndolo. Lo atacaban y crecía. Ajustaba y mantenía apoyo. Insultaba adversarios y transformaba el escándalo en prueba de autenticidad. Para sus seguidores, los obstáculos demostraban que había que acelerar; para muchos adversarios, cada avance confirmaba que el país se había desplazado irreversiblemente hacia la derecha. 

La situación de 2026 es distinta porque el Gobierno empezó a cargar con las consecuencias de gobernar. Después de casi tres años, explicar cada problema por “la herencia” ofrece rendimientos decrecientes. La “casta” ya no está solamente afuera: el oficialismo negocia presupuestos, designa funcionarios, acuerda con empresarios y gobernadores y responde por sus decisiones.

También el frente internacional se tornó más complejo. Si bien asistimos a una ola de triunfos de derecha en la región con gobiernos inestables, Milei vinculó abiertamente su experiencia con Donald Trump y Benjamin Netanyahu y presentó a Estados Unidos e Israel como referencias políticas y morales. Esa alianza le dio respaldos concretos y una pertenencia simbólica. El problema de atar el destino propio a líderes ajenos es que también se importan sus dificultades.

A fines de septiembre de 2026 Trump registraba 32% de aprobación según Reuters/Ipsos (por esa razón, entre otras, se puso más agresivo con América Latina) y enfrenta una elección difícil el 3 de noviembre en los comicios de medio término, mientras Netanyahu llegaba a la Asamblea General de Naciones Unidas en medio de un aislamiento diplomático creciente después del genocidio en Gaza.

Polarización

Mientras ese paisaje cambia afuera, aparecen movimientos todavía incipientes dentro del país. Un síntoma es la emergencia de otro polo en la izquierda.

En la misma medición de AtlasIntel/Bloomberg, Myriam Bregman, referente del Frente de Izquierda, registró 43 % de imagen positiva y viene posicionada como una de las dirigentes políticas con mejor imagen en el pais. Algunas encuentas revelan que su intención de voto ya alcanzó los dos dígitos. El dato vale porque una dirigente identificada con la izquierda socialista, el feminismo y los derechos humanos logra una valoración considerable cuando pierde brillo la promesa libertariana.

Puede leerse como un síntoma de “reacción a la reacción”: una contra-tendencia política, ideológica y cultural. Las derechas radicales consiguieron durante años politizar malestares reales (precariedad, vivienda, salarios, inseguridad económica) y traducirlos hacia enemigos culturales. Nada garantiza que conserven el monopolio de esa traducción. Ya circulan estudios que constatan un giro en los valores de la sociedad y una revalorización de lo público o lo colectivo (incluso lo estatal) en detrimento del individualismo extremo y a favor de ponerle límites al mercado puro y duro.

Ese movimiento hacia una polarización mayor plantea un problema singular al peronismo, que es la fuerza de oposición más importante. Durante la primera etapa de Milei, su principal ventaja fue no ser el Gobierno. Su principal debilidad fue la misma. Había dejado el poder en 2023 después de una experiencia que erosionó la confianza de sectores de su base social. Puede beneficiarse electoralmente del deterioro libertariano sin haber resuelto qué balance hace de aquella derrota ni qué propone ante un país que cambió.

¿Un Tony Blair para la pampa argentina?

El riesgo para el peronismo es aceptar como definitiva una victoria cultural que Milei todavía no obtuvo: suponer que la sociedad argentina se volvió irreversiblemente hostil a los derechos laborales, la universidad pública o cualquier orientación hacia lo común, y concluir que se debe conservar el corazón del programa libertariano con mejores modales u otra sensibilidad. Sería una suerte de blairización frente a un Thatcher que no fue. Tony Blair construyó el New Labour en Gran Bretaña después de una década en la que Thatcher había derrotado organizaciones decisivas de la clase trabajadora y alterado sensiblemente el sentido común británico. En Argentina no está claro que esa derrota histórica haya ocurrido. Milei avanzó mucho; no consiguió cerrar el conflicto ni terminar con el impulso igualitarista que habita en la sociedad.

El Gobierno no fracasó en todo lo que se propuso. Cambió leyes, desplazó el debate público, produjo una derecha con identidad propia y normalizó ideas reaccionarias antes mucho más marginales. La falta de una hegemonía consolidada no vuelve inocua la experiencia. Tampoco consiguió lo que había prometido en el nivel más profundo. No cerró la crisis que lo hizo posible. 

Esa persistencia explica mejor la situación que la idea de un país que un día amaneció libertariano y otro día dejó de serlo. Las sociedades no cambian así. Acumulan derrotas, aprendizajes, instituciones, recuerdos y fuerzas que parecían extinguidas hasta que encuentran una ocasión para reaparecer. Milei fue capaz de llevar la ofensiva más lejos de lo que se podía haber imaginado. También descubrió que avanzar muy lejos no equivale a llegar al final.

Debajo de la niebla inflacionaria apareció otra vez la disputa. Hay indicios de que la reacción empezó a encontrar reacciones en el sentido contrario, y de que la polarización puede dejar de tener un único polo dinámico. Las calles se agitan nuevamente contra el intento de rematar las tierras del país a empresarios extranjeros.

El peronismo tampoco posee la respuesta por derecho hereditario: la interna fratricida que lo atraviesa (entre el liderazgo decreciente de la expresidenta Cristina Kirchner y el emergente del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof) lo tiene encerrado en su cámara de eco. Y Milei conserva gobierno, votos, instrumentos estatales, alianzas económicas, un sostén internacional, pero tiene una diferencia con 2023: entonces podía presentarse como el hombre que venía a romper el laberinto argentino. Tres años después, está encerrado adentro.

*Periodista y editor político en la Plataforma Global en Español de la Fundación Rosa Luxemburgo. Fundador y columnista en La Izquierda Diario. Escribió el libro La hegemonía imposible (2022).

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